“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Dos poemas a Laciana

viernes 1 de julio de 2022

La química del aire de Laciana

Para María Jesús Murias Adonegui

I

La química del aire de Laciana
respira la belleza de la lluvia.
Respira la belleza de la lluvia
y toda la humedad de los espacios.
¿Y toda la humedad de los espacios?
Y el verso de la tarde cuando muere,
que el verso de la tarde, cuando muere,
se sabe hacer crepúsculo a su tiempo
—se sabe hacer crepúsculo a su tiempo
la llama de esos soles moribundos—.
Y todos esos soles moribundos
descubren los secretos de la alquimia.
Descubren esa alquimia, desde luego,
las horas que discurren a la noche.
Las horas que discurren a la noche
también se hacen paisaje con la helada.
Y el caso es que es paisaje con la helada
la química que habita estos lugares.

 

II

El agua del arroyo cristalino
también tiene su química y su química
nos canta sus discursos cuando corre.
Lo mismo se ha de ver en la sustancia
de toda la pizarra de la zona
—los montes de caliza están en Babia—.
Y siento que la química que llena
de magia y de poesía al río Orallo
no quepa en la probeta de los genios.

El agua del arroyo cristalino,
los montes de pizarra y sus picachos,
el curso del Orallo, el canto triste
de todos los arroyos de la zona,
tal vez esas orillas donde suelen
los trasgos apartarse, si anochece.

Y claro que anochece.
De pronto, el sol se pone,
se esconde de nosotros,
se pierde entre las nubes,
que son vapor y química,
que son poemas puros
del agua de la vida,
de todos los bautismos
que llenan el paisaje.
Y el mundo es un paisaje,
Laciana es un paisaje.

 

III

Y tú tienes la clave de esa química,
del aire, del espacio, de la lluvia,
de toda la humedad en el otoño,
de todas las heladas y las nieves.
Y sabes enseñarla en esas clases
que encienden intelectos y regresan
a la curiosidad de los más niños
—los niños investigan ese mundo
que se abre ante las puertas de los ojos
que ven un mundo lleno de misterio—.

 

IV

Y sabes lo que sé de lo que sabes:
Laciana es para ti un laboratorio
de luces, de colores y de vida.
La vida sabe bien en esa tierra,
su química lo dice, lo pronuncia
alzando más la voz que el cielo mismo.

 

V

La química del aire del valle de Laciana
respira la belleza que vuela con la lluvia.
Respira la belleza que vuela con la lluvia
y toda la humedad que llena los espacios.
¿Y toda la humedad que llena los espacios?
Y el verso de la tarde que sabe cuándo muere,
que el verso de la tarde vencida cuando muere
se sabe hacer crepúsculo, callándose a su tiempo
—se sabe hacer crepúsculo callándose a su tiempo
la llama de esos soles que vagan moribundos—.
Y todos esos soles que gimen moribundos
descubren los secretos ocultos de la alquimia.
Descubren esa alquimia, su magia desde luego,
las horas que discurren alegres con la noche.
Las horas que discurren felices con la noche
también se hacen paisaje, si llega la helada.
Y el caso es que ese paisaje disfruta con la helada
la química que habita la esencia de esta zona.

 

El verso de Laciana

Para Ana Abello Verano

Dijiste que era el verso de Laciana
la voz del alba clara, donde el mundo
relumbra como el oro del entonces.
Y, entonces, ver nacer el nuevo día
no se hizo privilegio de los nobles
y el pobre pudo ver la luz hermosa.
Laciana, su dulzura entre paisajes,
hablaba a los mineros de la zona
—no quedan ya mineros en la zona—.

Y miro las montañas,
y miro los paisajes,
y siento su belleza.

Y siento su belleza
y entiendo que las nieves
pronuncian la invernada.

Pronuncian la invernada,
nos hablan de los sueños,
del tiempo en el olvido.

Y somos el olvido,
cantamos al olvido,
soñamos el olvido.

Supongo que el embalse de las Rozas
mantiene sus secretos en silencio,
pues todo son secretos en silencio.
Y digo que los castros de la tierra
también son un regalo del paisaje,
tal vez de viejos siglos apagados.
Y entiendo que los montes son hermosos
como ese cielo gris que hay en Laciana:
un cielo de tristezas y cenizas.

Y miro las montañas,
y miro los paisajes,
y siento su belleza.

Y siento su belleza
y entiendo que las nieves
pronuncian la invernada.

Pronuncian la invernada,
nos hablan de los sueños,
del tiempo en el olvido.

Y somos el olvido,
cantamos al olvido,
soñamos el olvido.

Dijiste que era el verso de Laciana
la voz del alba clara, donde el mundo
relumbra como el oro del entonces.
Y, entonces, ver nacer el nuevo día
no se hizo privilegio de los nobles
y el pobre pudo ver la luz hermosa.
Laciana, su dulzura entre paisajes,
hablaba a los mineros de la zona
—no quedan ya mineros en la zona—.

Dijiste que era el verso de tu mundo.

José Ramón Muñiz Álvarez
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