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Tres sonetos para María del Carmen Álvarez Menéndez

lunes 5 de diciembre de 2022

Dedicatoria

Los versos que recuerdan a una madre parecen más sagrados que las luces del sol, cuando amanece en el enero: la escarcha se hace dueña de la zona y el hielo, dibujando sus cristales, se adueña del jardín y la campiña. El alba llega tarde y sus colores promesa de esperanza, nos engaña, queriendo ser benévola sin suerte. Tal vez las esperanzas son más crueles, y el alma derrotada por la vida galopa en un corcel a un reino extraño. Y en la orfandad que ofrece ese destino se encuentran desazones resignadas y un llanto atragantado que no aflora. El hielo y la poesía se confunden y el viento es libre entonces, con su gesto febril y numantino, por las calles. La voz de cada brisa nos convoca con todas sus campanas a los credos de viejos catecismos olvidados. Y se hacen más amargos los inciensos en templos que nos fueron conocidos en tiempos tan remotos como el mundo. Por eso estos sonetos son capricho que quiere desahogar estas tensiones que siguen enturbiando nuestro espíritu.

 

Soneto I

Hallamos en la altura el desconcierto,
buscando una alborada, pero en vano,
un eco de esperanza, si temprano,
reflejo de la escarcha en su desierto.

Tardó la luz del sol donde era cierto
su brillo en la hermosura del verano,
su fuego, su color siempre lozano,
dichoso como el niño más despierto.

Y pude, al advertirlo antojadizo,
mirando con recelo sus dorados,
temer al rayo claro que nacía:

la llama, con sus ecos apagados,
mostró su sol, herido y enfermizo,
aliento del enero en que vivía.

 

Soneto II

La aurora que, alcanzando su alegría,
la sombra derrumbó en la madrugada,
de pronto, coronando la invernada,
callada y derrotada, se encendía:

un verso que en el aire desmentía
y, en breve, adiviné dónde la helada,
la luz, el sol, el oro, la alborada,
mostraron el coral del nuevo día.

Dirá tu voz su canto en el reflejo
del alba triste, acento que, tardío,
hablaba en tono triste de la suerte.

El sueño de la noche fue el espejo
que pudo verte herida donde el frío
se hundió en el beso oscuro de la muerte.

 

Soneto III

No quiero recordar aquella herida,
la dura puñalada en que es dureza
la luz del sol, palabra de tristeza,
si vino de la muerte prevenida.

El hielo en que dejó la amanecida
el aire, al reflejarse en la maleza,
me supo revelar, en su belleza,
su duelo, su dolor, su despedida.

El alba es ya crepúsculo lejano
que siente, en la derrota del aliento,
un verso cristalino en el vacío.

La aurora trajo el brillo soberano
más tarde, y su color ya ceniciento,
como un ocaso gris, callado y frío.

José Ramón Muñiz Álvarez
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