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Comprando este libro ayudas a los afectados por el volcán de La Palma
Selección de poemas de la antología Piedra sobre piedra

domingo 29 de enero de 2023
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“Piedra sobre piedra”, antología de poesía coordinada por Carmen Rojas Larrazábal

Piedra sobre piedra es una antología de poesía coordinada por la escritora venezolana Carmen Rojas Larrazábal, con autores de habla hispana que se unieron en un canto solidario por las personas afectadas por la erupción del volcán de la isla La Palma. Las ganancias de la venta del libro, que está disponible en Amazon, son destinadas a apoyar a quienes perdieron sus casas en ese desastre natural ocurrido el 19 de septiembre de 2021. Hoy ofrecemos a nuestros lectores una muestra de la poesía contenida en este libro. Haz clic aquí para comprar la antología Piedra sobre piedra y colaborar con La Palma.

Comprando un ejemplar de la antología Piedra sobre piedra ayudas a los afectados por la erupción del volcán de la isla La Palma. Haz clic aquí para leer las primeras páginas

Raúl Zurita

Pastoral/Epílogo

Recortados en la noche, como espejismos, con las manos
recogíamos puñados de tierra y del pasto verde
que crecía. Sé que todo esto no fue más que un sueño
pero aquella vez fue tan real
el peso de la tierra en mis manos, que llegué a creer
que todos los valles nacerían a la vida
Y es posible porque algunos cantaban
incluso tú, que no habías parado de llorar
es posible que también rieras
y contigo el aire, el cielo, los valles nuevos
toda luz, hermana, toda luz
del amor que mueve el sol te juro y las otras estrellas.

 


 

Antonio Orihuela

Taponando un agujero

Todos podríamos vivir en un submarino amarillo
como aquel que estaba atracado
en el dique de Westpoor en Ámsterdam
o aquel otro, aún por pintar a orillas del Ij,

pero nadie quiere un submarino amarillo,
un cuarto de colores, una mente vagabunda,

demasiadas filtraciones,
demasiados peligros
si nunca has bajado de los doce metros,
si te preocupa que tu mente no sepa dónde está,
que las aguas crezcan
o que te hundas como una piedra.

Sad Eyed Lady of the Lowlands
tienes mercurio en la boca
y tu corazón es una cruz de plata,
pero me arrastro cuando suena tu voz
hasta la escalera de agua
a la que me aferro para salir
de mi submarino amarillo,
mientras la lluvia no deja de caer
sobre tu cuerpo de vidrio,
sobre la carta XIII del tarot
y los amantes boca abajo
y la torre muy herida por el rayo
junto a los perros que ladran a la luna.

¡Has puesto tan atrás mi submarino amarillo,
mis besos de los que huyes como si tuviera la peste!

¿Acaso no sabías que sucedería de este modo?

Quiero un marido de revista, me dices,
no un terrón de azúcar
con el que me haces trampas.

¿Quién te volverá a regalar nunca más
un submarino amarillo, un manojo de lluvia,
una linterna para preguntar a los demás
por su locura?

Voy a apagar tu luz, me dices,
voy a arrancar tus flores,
no puedo esperar mucho más en esta jaula vacía.

Este es el fin, el fin de nuestro último intento.

Deberías habérmelo dicho en París,
junto a la tumba de Jim Morrison,
bajo la lluvia, aquel verano, o al fondo del pecero
que nos llevaba por Londres, esquina con Morelos,
hasta la casa azul del frío después del frío, en Coyoacán,
tal vez entonces no habría sido tan doloroso
no poder seguir tus pasos, olvidar tu nombre,
perder el camino que cae dulcemente sobre el pueblo,
apagar los fuegos que ardieron con tanto brillo.

¿Dónde están nuestras flores, nuestras plumas?
Me dijiste en lo alto de la pirámide del Sol en Tenochtitlan
mientras buscabas mi mano en el reflejo
de un espejo oscuro de doscientos pesos.

Tu voz repiquetea como The Well Tuned Piano
de La Monte Young durante horas y horas,
es como para perder la cabeza.

Ya sé que te gusta la música,
pero ahora vienen las malas noticias, me dices.

Espera, déjalas para mañana,
sentémonos a reír, ya lloraré mañana
sobre este submarino amarillo,
sobre esta flor que es el loto del olvido,
ya lloraré, cuando hayas vuelto
al otro lado.

 

Lee también en Letralia: La poesía tiende una mano a La Palma. Carmen Rojas Larrazábal y Sonia Betancort hablan sobre la antología Piedra sobre piedra en entrevista con Jorge Gómez Jiménez.

 

Sonia Betancort

El mapa no es el territorio

Charco Verde es una playa
situada en el Suroeste de la isla de La Palma.

La isla cabe en un puño,
sus costas despejan un amuleto terrible,
un corazón que no sabe reconciliar fatalidad y belleza.
La isla descuida los rastros de un sol hechicero,
repasamos con el índice su mapa, la forma leve
de un trayecto que nunca coincide con la tierra.
Siempre un tajo nuevo, giras la mirada
y allí está el barranco perfecto
entregado a la concavidad como un poeta maldito.
Estómagos de coral obsesionados
con engullir el musgo de los árboles,
a veces logro comprender en qué medida
el centro coincide con el borde:
algo como una eterna búsqueda de lo que se escapa,
algo que está dentro mientras está fuera.
Cegada de sí misma, la isla cabe en lo que no cabe,
la mano abierta la disimula, golpea su alma de viento,
nada hay que no contenga, todo de ella se va.
Volcanes subterráneos, acantilados de palabras o voces.
Su dictadura de agua se escurre entre los dedos
y estalla en la boca.

 


 

Rolando Kattán

Ovejas versus cisnes

Las ovejas son en el mundo al revés las nubes que contemplan las estrellas cuando se tienden boca abajo en su oscuro patio. Para nosotros las ovejas son de día, un dios hechizado de mansedumbre y de noche, se convierten en preguntas, en dientes y pendientes que nos muerden las uñas y andan a sus anchas en los patios del insomnio. Contar ovejas es un conjuro contra la tiroides de un demonio. Por eso las mañanas nos animan a sacarle punta a los lápices, a que vuelva la dentadura a la boca y llevar el rebaño de ovejas al manso corral de la rutina. Pero vuelve la noche y las ovejas me miran con sus ojos mansos y redondos y preguntan: ¿Por qué veo en tus manos las manos de tu padre muerto? ¿Quién duerme en el espacio vacío de tu cama? ¿Cómo duele un equinoccio en la costilla? ¿Retoñará, alguna vez, un fruto de las palabras que plantaste como un árbol imposible? ¿Por qué sueñas con relojes de arena, si todo se va haciendo polvo?

Hasta que descubrí los cisnes negros y en lugar de las nubes vi el inmenso lago del cielo y cada cisne con su hermoso cuello de pregunta infinita me abrazaba extendiendo las alas. Los cisnes negros son en el mundo al revés, las estrellas que las nubes contemplan cuando se pasean por los lagos. Para nosotros un cisne negro es un manso ángel que no interroga, ni responde: en silencio y junto a ellos, somos nosotros la pregunta y te deja soñar con relojes de polvo, con el polvo que va quedando de tus días.

 


 

Jeannette L. Clariond

¿Por qué nos desprendemos de las cosas de los muertos?

En las visiones escucharé gritos emergiendo de los muros,
y ahí estarás tú, rosa sosegada, sombra y amor cosechando.
Cubrirá mi rostro la lluvia de una antigua locura:
la abuela en su bata blanca por delante, hacia el alba que siempre es ausencia,
sangre sobre la mesa del comedor, rezos,
el hundimiento de una leve certeza. Nací entre chispas y centellas
de rostros implorando un pacto con el horizonte inicial,
ese océano de muerte por donde debía regresar a las tinieblas de la herida.
¿Cómo remontar el río de arena? Esa inmensidad dorada
se escondía en el venero de sus ojos, blancura
que di por llamar inocencia. Sí, la inocencia es flor de cristal.
Era silencio lo que yo escrutaba en ese océano —acuosa herida—
yo, quien debía atravesar toda una vida para besar por fin su cicatriz.
Sobrebañada de mar, iluminada por la estrella, pedí su bendición.
Pero sus manos estaban ya bajo tierra. Sobrebañada de oscuridad, allí.
Desde entonces no he vuelto a hablar. El dolor me encadenó a aquel silencio.

 


 

Juan Carlos Mestre

Salmo de los bienaventurados

Ávida vena, dame tu cordel.
Antonio Gamoneda

Bienaventurado el que a los cuarenta años aún no ha conocido la recompensa y llama virtud al cordón de un zapato,

el hombre sin convicción que tumbado en la hierba pasa el día durmiendo y discute sobre el esfuerzo con los saltamontes.

Bienaventurado el que soporta el préstamo de la verdad, el excavado en piedra y el que construido en paja es alternativamente señor de la nada y rey de un solo vasallo.

Bienaventurado tú que sin llamarte Juan no eres otro que Juan el explícito, el padre del aire cuyos hijos heredarán los molinillos de viento.

Bienaventurado el que ha pasado la noche con la insignificancia, porque embellecido por la privación será de él alguna vez la ausencia, el que es vecino de dos bocas, el de la voz menuda al que le falta un diente, el hombre sin pretexto que tuvo un asno, una boina, un chivo.

Bienaventurado el que ante el argumento de la pólvora tuerce su hocico de linterna y habla alto, el que paga su aullido con la vida, el que en un instante es articulación de lobo y árbol de rodillas.

Bienaventurado el pájaro cuyo canto despierta el corazón de una madre en las ramas de la tristeza.

Bienaventurado el manco y su violín de oxígeno, la abeja del azúcar que liba la corteza de los licores blancos.

Bienaventurado el viajero que vaga en lo concéntrico y traduce el límite, la fertilidad del sacrificio, la teología de las medallas de la luna.

Bienaventurado el que emigra al borde de su amor, porque de él será la extraña fruta del animal del sábado.

Bienaventurado el esqueleto de Rimbaud y su pájaro influyente, único héroe en el festín del cráneo.

Bienaventurado el que ante la alusión de los espejos se vuelve pensativo y amablemente azul sus lágrimas ignora.

Bienaventurado lo inmortal del muerto, la excusa del sombrero y su balido, el repentinamente desahuciado en el paladar de tablas de la muerte.

Bienaventurada la golondrina de madera que le late al niño antes de conocer el sexo.

Bienaventurado el aire de la soledad del péndulo, el manso bajo el sol y la virtud del ciego, la esponja que da de cantar su lluvia a la garganta.

Bienaventurado el que apoyado en su bastón está toda la noche ahí y es piedra de la luz, piedra de la edad, los dos ojos del pájaro en el collar del cero.

Bienaventurado el astro que ignora su caballo y ha cerrado el párpado, la agria lepra que arde en las arterias, la sal del paraíso.

Bienaventurado el que condensa lutos negros, porque de él será la última soga del relámpago, el primer peldaño en la escalera del descendimiento.

 


 

Alfredo Fressia

El huésped
Arte poética

Entre tú y yo, lector, hay un tercero
que no escribe ni lee. No sé de dónde vino
ese huésped con su equipaje leve.
El desván del poema estaba aseado
y anochece, ya es demasiado tarde.
La luna se levanta desde oriente
y estos versos plateados se iluminan.
El huésped canta una canción antigua,
su voz, lector, sólo tú y yo la oímos
junto a los versos que escribo y tú lees,
que seguirás leyendo cuando yo ya no esté,
y cuando no estés tú quedará la canción
de ese huésped que no escribe ni lee
y que canta en la noche entre versos de plata.

 


 

Josefa Parra

Y de repente, Ítaca

No bastará la vida para borrar la imagen
de los sauces dorados y verdes sobre el muro, esa
patria hasta entonces ignorada, refugio repentino y
fugaz donde acuné mis ojos.
Premonición, o sueño, o profecía.
Hijos de Ulises, Ítaca aún espera.

 


 

Luis Manuel Pérez Boitel

La llave poderosa

En el centro de la ausencia
mi sombra es el centro
del centro del poema.
Alejandra Pizarnik

Sobre la sombra que ha quedado del druida
Se anuncia otra temporada, la piedra que ha caído
En el estanque de modo insalvable vuelve
Con todo el sentido de la noche. Mi mano escapa
Por la arboladura que otros edifican. Así también
Sentía Alejandra Pizarnik al trotamundos
Cuando dejó que la llave estuviera resguardada
Por el pretexto de tanto chinesco paisaje,
Detrás del paisaje, en la vendimia de lo que ha quedado
Con esa reseques que el druida edifica. Me persiguen
Las ventanas que no llegan a ningún sitio, la
Habitación vacía. El país vacío. La noche vacía.
El escarpelo de la casa y la noche y la nada, son vicios
Que agujerean tanta pesantez. La llave que abre
El país cierra la noche. La noche que abre la llave
Cierra el país. Escapo ante la vorágine
De estar solo. La nulidad de estar solo.
Escapar por los acantilados que se van cerrando.
Dejar la llave puesta sobre la puerta que nunca
Se abrirá me enrarece los nombres que reconozco,
Que ya no están en la agenda, que simplemente
Se han ido. La llave deja un rastro de penitencia
Para lo que se va borrando. Preferir tachar
La comarca del druida, estos finales.
Preferir tener una llave propia para decidir
Sobre las cuestiones de vida o muerte, sobre las cuestiones
De la tierra que se anuncia. Una llave maestra,
Diría el que me persigue, una llave poderosa
Que dibuje sobre mí cuerpo la sed de tantas
Estaciones perdidas, ahora que recorro la habitación
Y solo veo que alguien escapa,
Por el hecho de que debe ser escurridiza
La sombra que te cubre, la sed
Del que puso tu nombre sobre el cadáver;
Porque no podía pasar por alto
Tanta belleza resurgida, tanta impenitencia
Para el que solo tiene una llave entre
Las manos, un pedazo de cal sobre los días
Que se suscitan. Me había preguntado,
Alejandra Pizarnik qué era tanta hojarasca,
Si acaso fue necesaria la rutina de existir
Con unas naranjas y quedarse en el malecón,
En algún lado de la isla, viendo cómo pasa
El que no vio. El que se ha quedado sin la llave.
El que ha dejado a su padre en el último lugar
Del mundo, sin poder decir adiós.
El que a nadie quiso y se fue por otros lares
Con una extraña anunciación de pasado.
La llave ha quedado sobre la mesa,
Lo que hay debajo es una nota que habla
De estos laberintos. Pero si no llegamos
Hasta ese lugar nadie podrá reconocer
Lo que escribió el que estuvo antes. Salvable
Es toda propuesta que define la fugacidad,
El óleo que se pinta en la pared, a contracorriente.
Lo dispuesto en la cerradura por donde alguien quiso
Hablar del país. El camino de tu mano
Será la llave verdadera, y deberás encender
La lumbre para que nada falta. El druida
Me ha dicho tanto del dolor que nos habita
Que todo puede ser adverso, insignificante,
Salvable a estas alturas. Pero no creo en la tempestad,
Y dejo que sea la hora exacta lo que nos identifique.
La llave que te daré no tiene otras lecturas.
Si fuera posible acércate para que veas por la hendidura
De la puerta cómo existe la sombre del otro lado,
Como el silencio hace de los años una nube inmensa
Que nos hace retroceder, que simplemente,
Nos olvida. Alejandra Pizarnik, no sé qué pasa
A esta hora de la noche que todo se vuelve
Contra mí, contra los límites en este otro paisaje
Donde el poema transita, sigue sin mirar atrás.
Mientras yo, me dejo caer, aprieto el paso.

 


 

Leymen Pérez

Página desconocida del Diario de Ana Frank

19 de julio de 1944

A mis espaldas las sombras cuelgan sobre la alambrada y un pájaro se asfixia en la naturaleza del estío. En su centro, un punto rojo, tiembla.

Yo siempre tiemblo cuando pienso en ti, amado Rudolf Hoess. Aún hierven los cuerpos de mis padres como si fuera el agua que obligas a caer sobre mí antes de que pueda tocar tus cicatrices.

Dividiéndome en dos,
clausurándome.
Temo por mí, este cielo imposible que eres tú, y esa pared blanca que separa mi desnudez del alma corroída por soles invisibles. “No estoy enamorada de Peter, sino del estío”, diría mamá.

Al escribir me libero de todo, menos de ti: astilla de metal,
jaula que armo y desarmo en mi interior, como si pudiera encerrarme perpetuamente y olvidar que no es a mí a quien amas encima de la poca tierra del jardín, cerca de los primeros hornos de Auschwitz.

Un sol con otro sol, consumiéndose.
Un pensamiento con otro pensamiento, consumiéndose.
Dios y la humanidad, consumiéndose.

Éramos los dos triángulos superpuestos o entrelazados de la estrella de David. Un hexagrama sin límites.
Dos cuerpos vencidos. Patrias atravesadas por la misma raíz.

Siento miedo, amado Rudolf Hoess, cuando las sombras se derraman en el campo y los pájaros no se abren a sí mismos para que rompas lo que hay en mí de la noche.

Siento miedo de no volver a ver tu rostro:
esa gota de plomo,
derretido.

 


 

Zulema Retamal

Dicen

Dicen que Etruria fue amiga
del cielo y del infierno
y que Dante habló en etrusco
cuando le dio vida a las fieras de su averno.
Sí, aquellos siglos no fueron más
que un festín de los dioses
cuando de oro y risas de plata era el gentío,
omnipresentes en el paso las mujeres.
Nada se comparaba a la fruición
vital de los placeres, la hermosura.
Estos inmortales que cruzaron
lo torrencial del universo
llenaron de estertores
los sueños de quienes un día
entrarán en las fauces del delirio.
Ay, pobres de nosotros que andamos
en el trajín de los bordes suicidas.
Nosotros que buscamos quedarnos
como ellos en alguna parte.

 

Lee también en Letralia: reseña escrita por Alberto Hernández sobre Piedra sobre piedra, antología creada en solidaridad con la isla de La Palma.

 

Carmen Rojas Larrazábal

La última sed de la tarde

Quien dice que se nos murió todo
Cuando se nos quebraron los ojos.

Paul Celan

La desgarradura de estos vidrios enmudece la alegría, desangra la fe en medio de las grietas, persigue sus estruendos, sus heridas. Hemos aprendido a sobrevivir el fin de la esperanza en pupilas anónimas, a respirar el aire dentro de los espejos y a dormir sumergidos al fondo de la oquedad, fingiendo junto al fuego la última sed de la tarde. No murieron los recuerdos inhumados bajo párpados de alabastro. Han quebrado también, querido Paul Celan, la oscuridad de sus nombres y como serie inalterable, habitan la memoria del prófugo, embistiendo con incisivos ojos, el pulso inédito de la luz.

 


 

Winston Morales Chavarro

Poema XI

Aniquirona
Morir no implica ningún riesgo
La muerte es una puerta
Y el tiempo una ventana
Por donde mis pasos presurosos
Perciben otras cosas, otros mundos.

La inspiración de la locura
¡Oh amada locura!
Se manifiesta en mi suavísima forma
De mirar y asimilar el cosmos
En mi manera de hacerle el amor a la naturaleza.
La tiranía de la normalidad no me socorre
He decidido que mi realidad sea variable,
Indescifrable,
Impredecible.
Así como mis ojos
Perciben a través de las paredes
Y mis manos a través de las quimeras
Mis ideas asimilan con exactitud
Los espacios ingrávidos
Los sueños etéreos de épocas pasadas
En donde me sujeto a la felicidad de la sorpresa.

¿Cómo seguirme?
¿Cómo perseguirme?
Schuaima nos junta a ambos en el universo
En las estrellas
En este infinito sueño que nos llama
En este esperar
Nacer
Abordar el tren
Barajar los días
En este regresar a la vida
A la muerte
Y viceversa.

 


 

Alfredo Pérez Alencart

La palabra volcán

Dedicado a los habitantes de La Palma
y a la poeta Cecilia Álvarez

Digo la palabra volcán
y, cual severo despertar,
mi corazón es el que no cesa
de temblar.

Ante lo que arrasa sólo soy temblor
bajo una lluvia de cenizas
o sobre las huellas dactilares
de la devastación.

Sólo soy el triste
que muestra su pulso roto
cuando, una y otra vez, erupciona
el volcán.

Sólo soy el doblegado
ante casas y plantaciones
que por la colada ya no existen,
salvo en la memoria del corazón.

Digo la palabra volcán
y lo que arrasa me ensucia
y me separa el aliento,

mientras lagrimeo
y sólo puedo extender mis manos
y mi voz
hacia los perjudicados.

 


 

Uberto Stabile

Dice Gillespie

Dice Gillespie que la muerte no es lo peor
que no es el dolor la mejor escuela
ni el hambre nos convierte en héroes.
Dice Gillespie
que nos son más fuertes quienes más pueden
que lo son quienes más resisten
quienes de la derrota levantan victorias.
Dice Gillespie
que lo más peligroso no es el peligro
que lo más peligroso es la seguridad
con la que eludimos diariamente el peligro.
Dice Gillespie
que no es un hombre acabado
que es un hombre que está acabando
que nunca el final sustituye al fin
porque, en realidad,
dice Gillespie
que le dijo Parker
que le contó Cortázar
que en lugar de hacer el amor
ya va siendo hora
de que el amor nos haga.

Letralia

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