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Tres poemas en prosa de José Ramón Muñiz Álvarez

lunes 13 de febrero de 2023
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Miramos el pasado con recelo

Para María del Carmen Menéndez López

Miramos el pasado con recelo, buscando que abrevar en el espíritu que muestra tu dulzura, desde entonces, nos haga más acordes al paisaje. Y somos más acordes al paisaje: los ríos, los arroyos, la arboleda, la brisa que recorre la arboleda. Y somos más acordes a las costas, mirando mares, siendo como el rayo de cada temporal en los cantiles.

Y siento que ahora estás en los cantiles, que vuelas donde vuelan los cantiles, que lloras como espuma entre esos mares que rompen cada furia entre las rocas. Y busco, como suelen los piratas, y soy atalayero en la atalaya, serviola que iza un algo del pasado. Y quiero izar un algo del pasado y hallarte por bandera en la mesana del cielo en que me miras, de lo lejos.

Y siento que ahora estás en los cantiles, que sientes en tu pecho los cantiles, que vives en el aire repitiendo los nombres de las playas de otras épocas. Y siento los otoños, los castaños, las últimas palabras de diciembre, la voz de los eneros condenándote. Y siento la tristeza de la helada, su voz en este puerto del Cantábrico que sabe a espuma recia y melancólica.

Y quiero ser el niño que era entonces, sabiéndote más cerca, como entonces, teniéndote a la vista, en los pasillos de aquella infancia llena de palacios. Los míos fueron siempre los castillos que habré de imaginar, por no tenerlos, pues nadie me ha legado un principado. Y tengo en cada verso reinos nuevos que quieren pronunciarte con la brisa, que saben pronunciarte con la brisa.

Y vuelves a ser algo en los cantiles, y yo, como aquel niño del entonces, quisiera los pinceles del entonces, los lienzos del entonces, retratarte. Y sólo eres espíritu en la nada, perdida entre los viejos ventolines, dejada a los nuberos caprichosos. Y yo soy la tristeza que me llena, no lejos de las playas del Cantábrico, mirando las arenas de otro siglo…

Me sabe triste todo, al no tenerte.

 

Hablar de los plumieres de hace tanto

Hablar de los plumieres de hace tanto… Fue un tiempo de pupitres y pizarras, de tizas y de lluvia en los cristales; fue el tiempo de la tabla y de las voces que ardían como un verso en la memoria, tal vez como un suspiro en la memoria. Y el miedo al regletazo del maestro —entonces nos pegaban a la mínima—, llenando aquella atmósfera sin bríos, monótona, profunda y apagada.

Los viernes, sin embargo, eran distintos. Las bellas oberturas del otoño cubrían castañares con los pardos. Los viejos eucaliptos, con sus verdes, le daban un descanso a un panorama de rojos y amarillos esparcidos. La Fuente de los Ángeles ardía, como esa infancia nuestra descarriada, con ese otoño lleno de pinceles que mojan oro claro en su paleta.

La voz de la niñez habla sin prisa. Son muchos manantiales en su boca, son claros hontanares los que corren. Y siento que la voz de las corrientes nos lleva de regreso a aquellos años perdidos para siempre en el recuerdo. Después de aquellas clases cuyo tedio tendía nuestros ánimos heridos, un soplo de poesía nos miraba gozar la libertad de los ocasos.

Buscar el monte ya era una aventura. Las horas de la noche, por supuesto, se hacían más curiosas: los lobos y los duendes o la bruja campaban a sus anchas en las mentes de niños que indagaban sus misterios. Y un algo de las brumas asturianas fingía los paisajes alemanes que inspiran esas páginas ilustres de cuentos que rezuman fantasía.

Los duendes se escondían. Los trasgos, con sus bromas, se burlaban, guardándose entre zarzas, muchas veces. Los gnomos, esos viejos carcamales, también eran posibles a esas horas ambiguas de misterio y de belleza. Y allí las matemáticas, los mapas, las notas para casa y los plumieres dejaban de ser algo, y la poesía bullía entre los versos y la brisa.

Hablar de los plumieres de hace tanto…

 

El adagio de Dresde

Los montes de detrás de la ventana, manchados, deformados por la lluvia que corre los cristales a su antojo. Los altos eucaliptos del entonces, los mismos del presente, en esa zona que sigue dando paso al tren de antaño. Y el tren, el viejo tren de aquellos tiempos, sus ruidos junto al parque, junto al cine, llorando las tristezas de otro otoño.

¿Llorando las tristezas de otro otoño? Llorando las tristezas de esos días de densas nubaradas en el aire. Y hay densas nubaradas en el aire, dejadas a su gusto entre los grises, corriendo un cielo atlántico y vencido. La noche de los viernes va llegando —la tarde queda atrás, en la derrota— y somos esos niños del entonces.

¿Llorando las tristezas de la tarde? Llorando las tristezas del ocaso, las voces del crepúsculo que viene. Y se hace más temprano en el otoño, y alcanza los colores más oscuros que quieren los pinceles del otoño. Y quieren los pinceles del otoño las densas nubaradas en el cielo y el llanto de la tarde que ya es noche.

Y somos la tristeza del otoño y el llanto de la tarde con la noche, sabiendo caminar a horas tan raras. Y entonces queda atrás ese milagro del viernes, al dejar esos pupitres, las horas de plumier y matemáticas. Y todos se lamentan porque vemos que aquellas libertades se nos fugan, se escapan a un lugar nunca sabido.

Y pienso en tu partida, muchas veces, y miro, como un niño en el otoño, las horas del crepúsculo de un viernes. Y siento que no estás, que no te tengo, que vuelas ya muy lejos de mis ojos. Y no es pedir milagros lo que resta, sino que un verso bello, ya al encuentro, suplique tu regreso del vacío.

Hoy quiero recordarte como entonces.

José Ramón Muñiz Álvarez
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