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Buscando miruéndanos

miércoles 14 de junio de 2023
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Tal vez en Cadavedo

I

Tal vez en Cadavedo
la lluvia se hace lluvia
si llueve
sobre el hórreo,
si llueve en esas playas silenciosas
que cuentan el misterio del pasado,
que dicen el misterio del pasado,
pues siempre ese pasado nos habla de nosotros,
acaso nos pregunta, nos exige
respuesta a lo que fuimos hace siglos.

 

II

Tal vez en Cadavedo,
quizás en otro sitio,
porque
Villademoros
también contempla tristes los pedreros
que cuentan esa historia que sabíamos
los niños de ese tiempo, si llovía,
si entraban nieblas densas de mares olvidados,
amantes de esos gritos ancestrales
que suenan en el aire enmudecido.

 

III

Pues es en Cadavedo,
en esa tierra extraña
de soles
apagados,
donde uno sueña un Busto diferente,
no lejos del lugar de Corbeiriños,
si acaso en Corbeiriños, cada tarde,
Asturias se hace mágica y anuncia su belleza
por esas playas místicas de siempre
que escuchan el rumor de cada espuma.

 

IV

Y en Luarca se hace bello
buscar un sol vencido
en medio de
la nada,
quizás entre humedades que llegaron
en tiempos de prehistoria y de silencio,
pues nada quedó escrito en esos tiempos,
dejando que las voces que dicta el pergamino
escondan esa fe callada y noble
de todas las neblinas del pasado.

 

V

Que Luarca es ya testigo
de todas las tristezas
del aire que
confiesa
que vives repitiéndote en el aire,
que vuelas repitiéndote en el aire,
que existes repitiéndote en la brisa
que vuela cada cielo, que vuela cada tierra,
contando aquel ayer, aquel pasado
que no puede gritar que fue presente.

 

VI

Y más allá de Luarca,
detrás de la belleza
del blanco de
la villa,
encuentro los discursos de las playas
que lloran en la arena pizarrosa
que Otur está escondido en la neblina,
tal vez en el “orbayu” de tiempos ancestrales
que quieren renacer de su secreto,
que quieren emerger desde la nada.

 

VII

Carreño queda lejos,
igual que la mirada
del mouro en el
solsticio,
y sabes que el solsticio enciende un algo
de magia, de poder, de raro embrujo,
de hechizo irrenunciable en cada castro,
de fuerza en esos dólmenes que cantan a la luna
palabras apartadas en el seno
de rocas esculpidas por las olas.

 

VIII

Y hay rocas esculpidas
que saben el secreto
de gentes tan
arcaicas,
lejanas como el vuelo de los astros,
lejanas como el brillo de esa estrella
que enciende cada noche, si se apaga,
que brilla con el alba, que brilla con la noche,
planeta luminoso en primaveras
que quieren recordar tiempos mejores.

 

IX

Hay rocas esculpidas,
hay rocas esculpidas
que callan lo
que sienten,
que ignoran esos versos del poeta
que dice lo que sueña a todo el mundo,
hablando de humedades en Asturias,
besando en las Asturias las densas humedades
que pueden indicarnos, entre nieblas,
la senda de un destino al que no llegan.

 

X

Gastando gasolina,
en Navia, como siempre,
la brisa nos
halaga,
nos dice que tenemos un arraigo,
nos hace sentir madre a cada verso
de niebla derramado sobre el mundo,
y somos, con la niebla, palabras repetidas
en un discurso bello que repite
los ciclos de una tierra entre lloviznas.

 

Carreño nos invita

I

Carreño nos invita
a dar largos paseos
por esos bosques suyos,
poblados de tristeza y eucaliptos,
poblados de humedades y siempre
sugerentes,
como ese mar que siempre está cercano,
al borde de cantiles
que saben arrojarse en la locura
que pide el precipicio en su bajada.

 

II

Asturias nos ofrece
en todos sus rincones
los verdes y los grises,
llenando el campo todo, el cielo mismo,
y el caso es que en Carreño parecen más
hermosos,
más bellos los paisajes que distingue
quien, desde la ventana,
contempla, siempre en días despejados,
el Sueve y esos montes de Colunga.

 

III

Podéis verlos detrás
del cabo donde el castro
prefiere ir escondiendo
las raras evidencias de un pasado
que gusta al que lo admira, que prende en el
espíritu
de todos los curiosos que caminan
por estos andurriales
perdidos de la mano de ninguno,
que entregan la poesía a quien la quiere.

 

IV

Y si es que, silenciosos,
quizás teméis decirlo,
espero la pregunta
que os haga demandarme esa receta
de bosques y montañas, de sendas y
de charcos,
que ve surgir no lejos de las casas
el brillo del “orbayu”
que queda sobre el suelo, algunas veces,
detrás de la panera y de los hórreos.

 

V

De todos modos, miento
si no hablo de la arena
desnuda en cada playa,
pues duermen bajo espumas las arenas
que llenan estas costas: Xivares, el
Tranqueru,
la playa de Entrellusa y el islote,
no lejos de Carranques,
de Huelgues y la vista, en lo lejano,
del puerto de Candás, tras la neblina.

 

Dejó atrás los paisajes de montaña

Dejó atrás los paisajes de montaña y huyó de los caminos melancólicos, buscó los bosques verdes, las praderas. Después buscó las playas y las rocas calladas junto al mar, donde la espuma se encrespa con enfado hacia los puertos. Dejó el lugar y a todos los vecinos, partió de ese rincón donde las cumbres se abrazan con las nubes y la niebla.

—Y estoy de nuevo aquí —le oyó la cima.

Dejó el rincón perdido y enterrado por torres elevadas y castillos trazados por las viejas cordilleras. Dejó el lugar, se fue de las orillas de aquellos arroyuelos peregrinos, capaces de lanzarse en un torrente. Aquella orografía era el milagro del que hubo de escaparse sin motivo, buscando libertades en los sueños.

—Y al fin he regresado —oyó la cumbre.

Buscó mares y prados, la marina, los ocles en las playas, la tormenta que sabe muchas veces a salitre. Y fue dejando atrás sus impresiones, después de ver las redes en los muelles, después de ver las lanchas en el puerto. Viavélez, Tapia y Vega, acaso Luarca, quién sabe si rincones olvidados por Lastres, por Tazones y Colunga.

—Y vuelvo a mi lugar —le oyó la nieve.

Los libros prometían aventuras, las mismas aventuras que buscaban aquellos que llegaban con mochilas. Miraba a los turistas sin recelo, queriendo comprender que, en cada viaje, ganaban la vivencia de moverse. También quería ver otros lugares, dejar atrás la zona, las montañas, que fueron a sus ojos una cárcel. Quería ver el mar, el mar de cerca…

Atrás quedaba Bulnes, la tristeza de estar aislado en Bulnes y en los montes, perdido como un náufrago entre rocas. Cabrales era un fuerte inexpugnable con piélagos airados que se alzaban en la galerna de la geología. Y entonces, al echarse alegremente por los senderos bellos del verano, partió buscando sueños imposibles. Y luego regresó para el otoño.

José Ramón Muñiz Álvarez
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