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Bernardo en los caireles

lunes 15 de enero de 2024
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Bernardo, en los caireles, miraba el nuevo día, la luz clara del alba, que trajo su bostezo. La espuma era la espuma de las olas, la brisa era la brisa de los mares, la calma era la calma del verano. Aquella era la calma del verano. Bernardo, en los caireles, sabía de la calma del verano.

Y trajo la mañana la magia del aliento que quiso con la aurora la luz en los caminos. El pueblo despertaba lentamente, las casas bostezaban lentamente, las viejas escaleras empinadas… El pueblo era de cuestas empinadas. Bernardo, en los caireles, pensaba en esas cuestas empinadas.

Y vino la mañana con su sonrisa alegre, mirando cada costa, lamiendo cada arena. Las playas esperaban bajamares, los puertos esperaban bajamares, la voz de los cantiles del verano —las costas eran siempre recortadas. Bernardo, en los caireles, pensaba en esas costas recortadas.

Después el mediodía, las horas dolorosas del tedio del sol fuerte, calmado por el aire. El aire es un amigo en los océanos, el aire es un amigo en los pedreros, el aire es un hermano, cuando quiere. Y el aire, cuando quiere, en los caireles, escucha las palabras que salen de la boca de Bernardo.

Bernardo es un poeta:

—La voz del alba clara lo dice cuando nace, la voz del nuevo día lo grita a los vecinos cuando llega, lo anuncia con su genio perezoso, quizás como las brisas revoltosas: la gracia del Cantábrico es eterna.

Son estas las palabras que sueña sin llegar a pronunciarlas.

Bernardo no era el único. Son muchos los poetas que viven en el sueño callado de un discurso: su voz mece las olas con un verso que sabe salpicarse de salitre, de alcohol, cuando es preciso, en una tasca, pues suele ser borracho el marinero. Manuel lo dice siempre:

—El vino mata bien las amarguras.

Y el vino siempre mata las tristes amarguras de sal y de naufragios en esta vida triste. Los chigres son remedio de los tristes, los bares son remedio de los tristes, el vino, los lagares y las barras. Manuel lo dice siempre con acierto:

—El vino es un amigo que quita la penuria y las miserias.

Son muchas las tristezas que sienten estos hombres de mar y de valía, luchando en la galerna, luchando contra el viento que no para, luchando con las olas que, ensanchándose, se encrespan con valor y con orgullo. También los marineros son orgullo, y el vino en sus estómagos los hace soportar tantos recuerdos.

Total, para una vida de llanto y de pobreza, las olas son las olas, las tascas son las tascas y el vino siempre es vino en los estómagos, subiéndose a la sangre, a la cabeza, llegando a la cabeza y alegrando los viejos corazones marineros, los viejos corazones que halláis en cada puerto silencioso: Candás, Puerto de Vega, Gijón y Llanes, Lastres, Colunga y un Tazones vencido por el paso de siglos que son siglos de los siglos —así lo dice el cura en cada misa—; de siglos que son siglos de batalla, de luchas incesantes, de derrotas por ese mar incierto que sabe de ballenas y naufragios.

Las noches de los puertos también se hacen extrañas, pues no se oyen canciones, se escuchan otras cosas: los cantos de los viejos marineros cedieron a los nuevos transistores, a la televisión y sus sonidos de músicas ajenas y extranjeras. Ya no se escucha hoy día la voz de aquellos viejos marineros.

La voz de aquellos viejos hablaba de la costa, de pueblos de la costa, de gentes de la costa, de barcos que eran barcos de la costa, caireles que miraban las auroras igual que hizo Bernardo esta mañana, sabiéndola una amiga que despierta. Y es que ella es una amiga, como lo son el tinto y el clarete.

Y el tinto es un amigo y amigo es el clarete de tanto tripulante, de tantos pescadores heridos por la voz de la intemperie, marcados por la voz de la intemperie, rozados por su látigo terrible. Los niños en el mar también rendían en esos tiempos duros que quedan relegados al olvido.

Y quedan relegados el tinto y el clarete: la gente ya no bebe las cosas que solía, si no es que son los viejos de otras épocas, los viejos que quedaron del entonces, metidos en el bar, matando el tiempo, pues tiempo es lo que sobra a los mayores que esperan esa muerte que no les vino cuando la faena.

Y toda la tristeza que queda en cada copa, y toda la tristeza que queda en cada vaso. Y queda en cada vaso la tristeza, y queda en cada copa la tristeza, y es triste cada copa, cada vaso, cada momento muerto en el silencio, no lejos de la barra, perdido entre las sombras de los chigres.

Bernardo nos enseña con toda su poesía, sin un arte aprendido, que el mar es la madrastra, que el verso de los mares es un látigo y el tacto de su abrazo es un zarpazo que, igual que los puñales traicioneros, hirientes y terribles, lacera el corazón de los marinos.

Bernardo nos recuerda con toda su poesía, sin un arte aprendido, que el mar, aunque nos guste, nos canta la canción de tanta muerte, nos hace lamentar, con tanta muerte, que somos marineros y un destino, si el mar es un destino, que queda donde quedan las espumas.

Y luego están las algas, los ocles, los pedreros y los mariscadores, que buscan, entre rocas, cangrejos, andariques y una esguila que llena paladares de placeres, igual que la perceba de otro tiempo —quien sabe de percebes también sabe a qué saben estos mares.

Y Asturias es Cantábrico, se mira en el Cantábrico, se dice en el Cantábrico, llorando en el Cantábrico las penas de los viejos marineros, las voces de los viejos marineros, los gritos de esos viejos marineros que beben vino amargo en el olvido de un mar azul que hiere, de un mar azul que invita a ser escéptico.

Pero hay momentos buenos. Es bello ver delfines, y ver sus saltos ágiles, valientes como el aire, saltando de los mares a los mares, si vemos que nos llegan por la proa, si vemos que nos dejan por la popa, queriendo saludarnos con su espíritu. Nos traen esa alegría que sienten los muchachos más pequeños.

Hay mares silenciosos, serenos, cuya luna los hace ser la plata que alumbra cada cielo. Hay mares que reflejan nubarrones enlodados y el negro de su pez habla de muerte, de llanto, de naufragio y viudedades, de llanto para un pueblo humilde y triste. Y hay mares generosos que llenan cada tripa y te hacen próspero:

Los viejos boniteros lo saben como nadie —los viejos y los nuevos—: el mar tiene riquezas. Pensad en los atunes, los cardúmenes, los grandes xarabales, esos bálagos de pesca que rodean la canía —la gente sigue hablando de canía, mas no de tintorera por estas tierras nuestras, en Asturias.

Y en estos mares tristes, se escucha la poesía que nace de la boca de viejos marineros, tal vez como Bernardo, cuando gime; tal vez como Bernardo, cuando llora; tal vez como Bernardo, cuando canta los cantos que solía, a la sardina. Los mares, las espumas, recuerdan cada canto de su boca, parecen repetirlo, lo gritan a la luna, quizás a las estrellas de un cielo de verano, por más que aquí los cielos son más grises que en tierra meseteña, donde el cielo parece el más azul de los azules, que no es una metáfora decirlo. Los cantos de Bernardo, mirando el alba clara en los caireles:

No hay nada más hermoso
que el canto de la espuma,
que el beso del Cantábrico,
que el alba cuando nace,
mirando cómo vuelan los albatros,
siguiéndolos, siguiendo ese reposo
del vuelo en que planean a sus anchas,
jugando a su capricho, disfrutando
del mar y su belleza.

Aquí quedan los versos de Bernardo.

José Ramón Muñiz Álvarez
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