XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

El viejo caminante en el delirio

viernes 12 de abril de 2024
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Pensé que era el momento.

—¿Qué sientes en otoño?

De pronto me detuve: no es lógico decir a los arroyos las cosas que les digo. Tampoco es cosa lógica tomarla con las nubes, alcanzarlas con un discurso extraño y mal trabado —a veces la retórica es terrible, los usos de un lenguaje ya sin uso.

Lo sé cuando las miro: se esfuman de mi lado con su paso, siguiendo su camino a la deriva, buscando su deriva. Y quiero adivinarlas, mirar lo que se esconde en el espíritu del alma de las nubes que corren a lo lejos. Y entonces yo les pido que confiesen la hondura de su pena, y me lo dicen.

—¿Las nubes te lo dicen? ¡Será prosopopeya!

Los bares están llenos de borrachos que ignoran que las nubes, a su modo, sugieren sentimientos muy curiosos. Y hablamos del hayedo. Pero hay embrutecidos cuyo vino les llega a la cabeza, volviéndolos más torpes, más necios, más estúpidos que nadie.

—¡Pues es prosopopeya!

Sabed que yo contesto, que puedo contestarles, decirles a la cara, sin temores, las cosas que imagino tantas veces.

—¡Pues es prosopopeya!

También ellos replican. Les gusta replicar a todas horas. No hay gente que no quiera, por momentos, hablar lo que no debe ante los otros.

Prefiero esos paseos por zonas solitarias. Hay tardes en que soy el eremita que vive donde habitan los helechos la magia de humedades del aire que respira en el verano. Y muere ese verano y el otoño nos habla del pasado, de toda la nostalgia del tiempo que se pierde para siempre…

Y el tiempo que se pierde recuerda los zapatos destrozados, los viejos calcetines que supo maltratar la caminata. Y el tiempo que se pierde me pregunta:

—¿Esperas a las nubes?

Y, a veces, yo no espero ni el paso de las nubes:

—Me basta con el bosque muchas veces —le suelo responder, alegre, al aire.

¿Estoy como un florero? Mi madre me acompaña, si escribo alguna página inspirada. También están mi tío y mis abuelas, sabiendo que en Asturias el cuclillo pudiera inspirar cuentos con magia sorprendente. Parece que me escuchan cuando escribo. Las siento muy cercanas y dicen conocer estos paisajes.

El caso es que las olas calladas del Cantábrico soportan mis discursos. El caso es que las olas alocadas que quiere la galerna, cuando ruge, también oyen mis voces encendidas, capaces de enfrentarse a su grandeza. ¡Y estoy como un florero! Pero hay algo magnífico, precioso, al contemplar tales sucesos: el mar comenta siempre los versos delicados que escribo de su espuma, y Asturias me susurra lentamente, pues sabe, como madre de la tierra, que vivo enamorado de sus verdes, sus verdes tan intensos, las densas humedades que saben confesarse como verdes, bajo ese cielo triste con sus grises.

Parece que el paisaje me inspira estos discursos, me dice las palabras que luego yo transporto a cada página, que quiero ver en tinta en cada página, y, entonces, al pensar en cada página, me acuerdo de las olas, me acuerdo de los montes, del bosque de eucaliptos, del carballo, del pardo que se ve en los castañares…

¡Entonces la palabra cobra vida!

José Ramón Muñiz Álvarez
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