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Cinco poemas de Roberto Garcés Marrero

lunes 6 de mayo de 2024
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Anamnesis

Un niño camina solo entre las tumbas.
No sabe nada sobre la vida o la muerte.
Los cipreses se yerguen como inmóviles llamas verdes.
El sol es suave. Cantan algunos pájaros.
El cementerio está vacío.
El valle, azul, dormido.

El niño camina solo entre las tumbas.
Una corriente gélida asciende.
Se escucha un tintineo.
Un frío le entra por el pecho:
lo lame por dentro.

Comprende de súbito que la soledad será su sino,
como aquel día que caminaba solo entre las tumbas húmedas,
en un soleado cementerio
donde los pájaros callaron repentinamente.

Un niño corre solo entre las tumbas.
Ya sabe todo sobre la vida.
Se lo contó la muerte.

 

Visita

Se acerca,
despacio.
No sé qué trae.
No sé a qué viene.

Se acerca.
Está aquí.
Puedo sentir su olor.
Su presencia,
como tormenta eléctrica en los huesos.

Se aleja,
despacio.
No sé a qué vino,
pero me lleva consigo.

 

Daguerrotipo

Hace siglos te vi,
alejándote por un camino en el que llovían hojas amarillas.
Tus grandes ojos tristes no miraron atrás.
En mis manos quedaron unos papeles
de contenido incierto,
impresos con una pálida tinta azul.

Dentro de mí se quedó tu partida,
como cuadro de Monet,
o una vieja fotografía sepia,
mordisqueada por las enormes mandíbulas del tiempo.

Hojarasca revoloteante,
imprecisa melancolía,
un sol tímido cuya luz ocre era el turbador canto de un duduk.
¿Son las lágrimas no lloradas entonces
esto que difumina los colores del recuerdo?

Supe que jamás volvería a verte.
Una hoja seca cayó sobre mi corazón abierto.

 

Noche de Hanukkah

Pocos autos corren por las solitarias vías.
A través de los cristales
de mi ventana,
de su balcón,
de los vidrios en trizas que quedan de mi alma,
puedo ver las luces de la janukiá de mi vecino.

Dos diminutas candelas al otro lado de la calle
no alcanzan a iluminar tanta oscuridad que me galopa dentro.

Mi ciudad santa, vacía,
con el simún colándose por las puertas desencajadas.
Pedazos de mí, desperdigados,
en diáspora.
Algunos perdidos.
Muertos.
¿Dónde, los milagros que me salven?
¿Por qué sin lámpara / por qué sin aceite?

 

Impersonal

Y a medida que escribo, este poema se va llenando de gente que no conozco…
Roberto Bolaño

Me exhibo para ocultarme.
Mientras, camino entre remolinos de polvo
por rutas abandonadas
donde sólo se escucha el trepidar de la rabia de los muertos;
mientras, te hago pensar que todo está bien.

Todo, bien: qué insulto al sentido común.

Me muestro para que dejes de verme,
como se deja de ver lo que es obvio,
lo que se da por sentado.
No te sientes,
levántate y anda, como Lázaro,
o nada, como nadie.

Me enmascaro para ser
porque tengo que darle alguna forma a este contenido
que no termino de abarcar.
¿Y cómo aprehenderlo si lo limito a una sola máscara?

Las máscaras no ocultan, multiplican,
las máscaras nos dan más caras,
nos reconocen,
nos reconfortan,
nos reconfiguran
nos recrean.
Acaso sólo somos máscaras.

Me escondo para rev/belarme
o relevarme, quizás,
de esta obligación de estar vivo
y tener que sonreír
como si tuviera ganas,
como si fuera normal estar vivo y sonriente.

Mi meta no es el olvido.
No soy Borges,
(no hubieras escrito entonces,
pinche viejo hipócrita).

Mi meta es que, viéndome, no me encuentres.

Roberto Garcés Marrero
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