Romance del norte
I
Hoy quiero ser la palabra
que, en sus corceles, recorre,
el aire del viento herido,
la brisa suave del norte.
II
Hoy quiero ser esos trenes
que, recorriendo la noche,
silbando, por los raíles,
buscan la calma del norte.
III
Quiero ser norte en los puertos,
quiero ser norte en los bosques,
ser, con el agua, la fuente,
los manantiales del norte.
IV
Estas palabras le oyeron,
entre los oros y bronces
de la aurora que nacía,
ya que son bellos colores,
V
las escarchas a las lluvias,
los granizos a los ocles
que, extendidos en la arena,
son testimonio del norte.
VI
Y el norte, por ser neblina,
me dice con altas voces,
que tiemblan ya, por el frío,
las palabras de la noche,
VII
cuando parte el atunero,
cuando, yendo a no sé dónde,
le responden las espumas
y los versos le responden,
VIII
bajo esa luna callada
que da luz al horizonte,
hasta que el alba despunta
por los paisajes del norte.
IX
Escuchad cómo replican
en las calas las canciones
que pronuncian los salitres,
las algas que los conocen:
X
saben bien que van los trenes
por los paisajes sin nombre,
buscando, entre densas brumas,
esos paisajes del norte.
Los bígaros hermanos de la lluvia
¿No es el recitativo de la lluvia?
Los bígaros lo saben y lo cantan,
lo saben recitar los llampariegos.
Y el martes se hace martes, si no es miércoles,
amando los paisajes de las costas
que huelen a salitre y nos animan.
Y somos esos niños del “orbayu”
dejados a las horas del verano,
perdiéndonos tal vez en el destierro
de tantas tardes grises, tras las décadas...
Ese norte que nos mira
I
Ese norte que nos mira,
ese norte que nos dice
que están tristes las espumas,
si las espumas más tristes
nos saludan con su beso.
II
Ese norte que nos habla,
ese norte que nos dice
que están tristes las arenas,
si las arenas más tristes
nos saludan con su beso.
III
Ese norte que murmura,
ese norte que nos dice
que están tristes los pedreros,
si los pedreros más tristes
nos saludan con su beso.
IV
Ese norte que nos llena,
ese norte que nos dice
su saludo de mañana,
si las mañanas más tristes
nos saludan con su beso.
V
Y esa Elena que es Aránzazu,
esa niña que nos dice
que las luces se entristecen,
si las luces, en el norte,
nos saludan con su beso.
VI
Y ese norte para Aránzazu,
esa Aránzazu que dice
que están tristes los magnolios,
si sabemos que el magnolio
nos saluda con su beso.
(del libro Elena vio los trenes).
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