
El 9 de julio de 2024 se cumplieron cuatro años de la partida de Armando Rojas Guardia, una de las voces más representativas de la poesía venezolana contemporánea. Por ello, Yoyiana Ahumada Licea ha preparado este dossier en su homenaje, con textos de Edda Armas, Graciela Yáñez Vicentini, Beatriz Alicia García, Hebe Muñoz, José Pulido y la propia compiladora.
El poema propiamente dicho, el que contiene una luz que suena, el que se logra para atravesar cegueras y sorderas, es un rezo dirigido al espíritu. A todo espíritu. El primer espíritu que toca, que cruza como un puente, es el del mismo poeta. Luego toca el espíritu de quien lee o escucha. Estoy hablando del poema. Una cosa es el poema y otra es la poesía. Cuando el poeta le pregunta al poema ¿qué quieres de mí? y el poema responde “lo que no has podido decir”, entonces ocurre el misterio. Y sucede lo que llamamos poesía. Por eso Armando Rojas Guardia podía hablar como un oráculo: siempre andaba respondiendo las interrogantes de la poesía.
El poeta
¿Adónde creen que se ha ido el poeta?
¿Al humus negro de la tierra que se come todo menos las raíces?
¿a la pulpa de papel donde los insectos harán cavernas hasta el fondo de sus palabras?
¿Ha ido a los lugares periféricos que mantenía descritos como la dirección de habitación de Dios?
¿Se ha marchado hacia la negrura del olvido que alimentan quienes nunca lo leyeron ni conocieron sus anhelos importantes?
No. El poeta se ha ido al lugar donde se colocan las lámparas
donde se destilan como rocío de agua bendita las cuentas espirituales
Ha ido a sentarse en la mesa redonda donde un grupo de almas parecidas a la suya protegen la semilla del país
Esos seres que se van sin soltar las amarras
han sido tan útiles que dejan lo mejor de ellos en este lado
ya sabes lo que dejan: obras preciosas que nadie ama de buenas a primeras, que nadie cree necesitar, pero que a la larga contienen la fertilidad salvadora
En Ulises, el señor Bloom medita:
“El lenguaje de las flores. A ellas les gusta porque nadie puede oírlo”.
y el poeta se quedaba pensando
en una flor que seguramente vaciaba su perfume
mientras él avanzaba
Cimitero monumentale
Fuimos de visita al cementerio de Staglieno
Armando Rojas Guardia quería conocerlo
es una montaña de pinos y mausoleos
que resisten los embates del mar y de la vida
lo alabaron Mark Twain y Hemingway
Maupassant y Nietzsche
¿qué podíamos hacer nosotros?
su belleza radica en que lo fundaron
cuando la muerte era respetable
Armando se sentó pensativo cerca de varias tumbas
en un breve reposo
su mirada recorrió un bosque de historias
una multitud de esculturas
obras de arte que asombran y entristecen
tragedias maravillosas y bañadas en polvo
capas de ceniza sobre rostros de alabastro
Los ojos de Armando fulguran abrasados por los rezos y la poesía
el poeta avanzaba entre cruces con serenidad de apóstol
no había manera de ignorar esa cosa sagrada que lo azota y lo protege
fue algo extraño sentir alegría de estar acompañándolo en un camposanto
Otro detalle difícil de olvidar es que allí duermen en una sola tumba
la belleza, la inteligencia y la desdicha,
me estoy refiriendo a Constance Mary Lloyd,
la esposa de Oscar Wilde.
Un mediodía con Armando
No hemos podido hablar de poesía
porque estamos atrapados en el antier
de estas casas arcaicas y espléndidas
y de un espíritu que nadie se esperaba,
decía Armando
También saboreamos y respiramos las cerezas
que se amaron contigo a primera vista
respondía yo.
Flotábamos en un ambiente caluroso que se mezclaba
con lo que éramos por dentro, toda esa Venezuela en lo sanguíneo
yo sentía los ardores del viento y la realidad de que sólo reconocería los araguaneyes cuando estuvieran florecidos
Tenemos que buscar las huellas de Montaigne y Rubens, Lord Byron y
Shelley, repetía Armando, y agregaba jubiloso:
pero ahora no podemos hacer eso ni hablar de poesía
porque estamos atrapados en el sabor del Dante
cuyas palabras pasan tan cerca de nosotros
Y sin aspavientos recitaba el inicio del quinto canto del Paraíso:
“Si te parezco más radiante en el fuego de este amor
de lo que suele verse en la tierra,
hasta el punto de superar la fuerza de tus ojos,
no debes asombrarte,
porque esto procede de una vista perfecta,
que, distinguiendo bien los objetos, se
dirige con más rapidez hacia el bien”.
Yo me quedé sin habla en la vieja ciudad, aunque después diría:
“Cerca de aquí hay un sitio donde Flaubert disfrutó un café
y encontró a la mujer más bonita de Génova”.
Armando sonreía cuando dijo: “Quizás están ahí todavía”.
Dedicado a mi amigo insustituible Armando Rojas Guardia (1949-2020).
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