Soportan mis espaldas
Soportan mis espaldas
palabras sentidas alineadas,
tengo cuadriculado mi cerebro,
repleto de octosílabos; soy
un alma con el paso ya cambiado
con el mirar gravoso y lento.
Tan sólo tengo dudas, polvo manso
en los pies que cae del cielo.
No puedo alzar los ojos, llevo
una cortina de plomo y barro
que todo lo tapa desde dentro.
Soporto —como digo y como puedo—
el cerebro cargado de octosílabos;
a la misma orilla del mar espero
el rumor acaso de otro mar amigo
que oriente con claridad, de nuevo,
mis pasos ofuscados, confundidos
en lo oscuro y abrupto del sendero.
Entre flores amarillas
Discurríamos junto al río
arrimados a la orilla,
venía un aroma intenso
en el cuerpo de la brisa.
El agua alegre bajaba
con el alma cantarina;
era espejo de azabache
con su cara cristalina.
Refulgía tu semblante
como sol al mediodía.
La alameda era un tapiz
de amarillas margaritas.
Quise pronunciar tu nombre
y se me heló la sonrisa.
Cantaban los ruiseñores
y los lirios florecían.
Por tu rostro descompuesto
se te escapaba la vida.
Sonaban los trinos tristes
y entre ramas se perdían.
Quise allí vestir tu cuerpo
de encendidas margaritas.
En la vaguada la sangre
de rojo todo cubría.
Tu rostro ya no brillaba
ni tus ojos sonreían.
Quise regresar al punto
donde la fuente nacía.
En un arrebol ardiente
la tarde se consumía;
entre los árboles fríos
ya ni el aire discurría.
Al apagarse tu voz,
la luz se desvanecía.
No se escuchaban ya cantos,
mi alma se estremecía.
Dejaste tu último aliento
entre flores amarillas.
Marcescencia: vida muerta
Las hayas, robles y carpes jóvenes
presumen en el invierno crudo
de marcescencia caprichosa,
un canto mudo en su interior:
“Porque estás que te vas, que te vas
y te vas... y no te has ido”.
Cuando el invierno muera,
sus hojas secas tocarán tierra,
llorarán su muerte y su desdicha
en el paisaje invernal y frío,
con hielo y nieve a sus espaldas.
Hasta entonces, se moverán
al son que el viento les marque;
las hojas crujientes, oscilantes,
crearán mientras tanto, para sí,
un ambiente evocador y sonoro,
un traqueteo musical, una textura
de belleza en tonos beige,
un óleo de visión hermosa.
Bailarán con su música, chocarán
y harán sonar sus cuerpos secos;
las fieras y los pájaros del bosque
serán su público fiel, condescendiente.
Cuando las nuevas yemas hagan
valer su presencia en esos árboles,
perderán su encanto, su belleza muda,
la fuerza de su aguante poco a poco.
Los árboles marcescentes, pintan
una imagen tan serena y delicada
como la misma palabra: “marcescencia”,
que define su estado y sus vivencias.
Mnemosine (la memoria)
Tú, diosa, enciclopedia de la vida,
princesa celestial, hija de Urano,
germen de la tierra nacida de Gea,
procreadora de las nueve musas;
conocedora del pasado: lo que fue,
lo que es y aquello que vendrá,
eres el don humano más preciado,
maravilla suprema, inmarcesible.
¡Oh, reina inalcanzable,
tú que conoces los secretos,
lo más recóndito del saber y la belleza
ven, asístenos, riega cada noche
con tu lluvia nuestra mente!
Tú, que eres conocedora,
guardiana de todos los secretos,
flexible, recatada y animosa;
inventora del lenguaje y las palabras
deposita tu simiente fértil
en el erial de nuestras pobres bocas.
Fuente de la memoria eterna,
no dejes en el olvido las vivencias,
fluye alegre, manantial de remembranzas.
Tú, poderosa y frágil, corrige
tus errores, tus pecados, fruto
y consecuencia fiel de tus virtudes.
Sacúdete el polvo del camino
y elévate del barro tan mundano.
¡Oh, titánide grandiosa, antorcha vivaz,
deidad sin par, inagotable, excelsa,
reverdece con el don de tu saber
el desierto inmenso del pasado,
que por tu inmenso poder, tu luz,
florezcan en cascada los recuerdos
y nunca en el silencio desfallezcan!
- Poemas de Millán Cruz Hernández - viernes 14 de marzo de 2025
- Seis poemas de Millán Cruz Hernández - miércoles 29 de enero de 2025
- Cuatro poemas de Millán Cruz Hernández - miércoles 30 de octubre de 2024


