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Cuatro poemas en prosa de Isac Masís Garro

lunes 4 de noviembre de 2024
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Dormiré para despertar aquí

El hombre solloza la reflexiva consistencia. La silueta de la playa, curvas ilustradas, un abrir y cerrar, adentrarse y salirse, margen en caricia, una maitinada. Sólo ofrezco este abrazo. La repercusión del eco. Amplificación del clímax. El frío de la madrugada, ternura en do mayor. Diafragma de carnívoro félido, Panthera onca de reflejos de bermellón, sus huellas, su aroma, sus manchas. Voy de paso, más allá, hasta el mañana, contemplativo, hacia los millones de años, adelante. Las moléculas. Un sueño alcanza su arrebato bajo las constelaciones ecuatoriales. Un libro de Vicente Aleixandre memorizado, extenuando el conducto de los cometas, autóctonos astros, larga cabellera chispeante. Ya respirado. Laringe, bronquios. Agreste y cardiovascular. Fantasma neurológico, este cerebro frutal, neo-corteza de glucosa. Lasciva bruja en la arena, ella es la sedienta porque me ha construido un refugio detrás de alguna imagen, en el envés. Cocoteros goteando y goteando en lo focal, tucanes durmiendo en mi cabeza. Ladéala: relámpago en la sien. Dulce fermentado por encima del bíceps relajado, observados por monos [escriben: embriaguez, la candencia, la marea] pertenecientes a penumbras, exiguo ensombrecer, ennegrecerse. El mar se aproxima, desdeña alejarse. Existo, me ilumino, he visto, me levanto, soy lo de aquí, reconciliado con la distancia. Me disocia de lo más absoluto. Fauna, la síncopa. Introducción en lo imperecederamente. Es lo que llevo adentro. Insondable. Ingenuo beso (esta es mi voluntad) sobre el omóplato de esta sicalíptica joven. La reconstrucción, aquello que es temprano. Amanezco. Terneza entre jaguares.

 

Despaciosamente nos traducimos

El iniciador a través de una sonrisa. Madurando al costado del corral cuando me levanto y te extiendo la mano. El labio inferior de un “hasta mañana”. Ya no hay nada más por mirar, esos escenarios desintegrándose en el anticipo. Poco a poco escuchamos menos, emigramos en paz, abriendo una senda bajo nuestros pasos. Leyendo en estado de ebriedad el panorama, técnicas parecidas a bromas del ordinario mundo, tal vez modernos creyentes en esta órbita que nos lleva por la apetencia. La pulpa del melocotón y en la distancia, entre las siluetas de los toros en estampida, las palomas limpian la crema del azul. Cabañas de madera de pino adornando la ladera de esta montaña del bronce, porque es el pigmento del autor que digiero en lo solemne, qué se yo, endorfinas, dulce de coco, alcohol. Dispersar de corazones. Esa blusa blanca tan brillante en julio, a principios, el desahogo, la falda imitando ese folclor juvenil. Pendiente en la nariz, la ceja. Nuevo colorante, aquel fucsia en ese cabello. Mi presencia se hunde, champú de lavanda, vetas, lentamente, por consiguiente, desigualmente, ven, el jabón en tus muslos. Calculo el peso del cuerpo, la masa, los sesenta kilogramos; una altura de ciento setenta y cinco centímetros. Balada, así le llaman, la que siempre hemos cantado, aunque no estés convencida. Análisis de una gloria. El cuerno del bovino en la pizarra del imperturbable turquesa, por donde las colúmbidas remarcan el rocío de los miles de años. Fósiles ya somos; tú y yo ya somos. Caminantes hacia el recuerdo, ese esfuerzo concluyendo en un olvido, la inevitabilidad. Bos Taurus reinando en los cielos. Nunca se detendrán. La felicidad sería ese intervalo, la alegría de su seísmo. El tinte del durazno desde aquí, desde el principio de nuestro caminillo, hasta allá, donde hay un parpadeo, un signo de lo que fue tu vida. El inventor nos saluda, y nosotros, dispuestos a la fugacidad, levantamos la mano, probablemente sonrientes.

 

Ave entre estrellas

El pájaro desliza ritmos heterogéneos, presenta su sintaxis volátil, su inercia. La divisoria de la irrealidad se fija, con base en mi proyección del anhelo, entre la montaña azafranada [Ven] y el cielo cobalto [acompáñame]. Su pico, surrealista arma, cosquillea la susceptibilidad, la lejanía, el alejamiento de la piel del espacio, refinamiento de las plumas en mi espalda. Tendones unidos a mi columna. Mi paladar se derrama y, antes o después, diseña un puente-arteria por el que deambulan, usando pies benignos, estrellas vespertinas que introduzco, untándolas de vaselina de melón, en el ombligo de ELLA. Músculos abdominales en función de almohada, mudable expresión. Yo, sugestionado de placer, niego mi deseo, calibro la salvación: dispersión al prado en el que ruedo. Fieras lumínicas bajo palpitaciones de mayo [recuérdanos], en los peldaños umbilicales. Alas para no volar en la frontera de la cumbre.

 

La metodología de la náusea

Hoy, sentado y doblado frente a un rojo precoz, me percibo pseudosagrado, ya que desertor siempre he sido. Dios, durante mi sueño, sonriente y perfumado, me ha dado un delirio metafísico. Hoy, pensando en la masa existencialista que he de expulsar, soy un desperdicio sacro, casi terráqueo. Me he levantado y desdoblado, y ahí, en el huevo/sistema de mi aceptación, he hallado mi alimento. Pescado crudo y vino agrio [Siéntense a mi mesa; coman conmigo]. Mi lengua limpia, brillante, puede lamerme/lamerte/lamernos. Más allá [he negado], menos acá [he aceptado]. Me he arrodillado ante mí mismo. La llanura, con huida morfológica, se ha erguido para que mi vista capte el firmamento que, durante el desmayo, se ha agachado.

Isac Masís Garro
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