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La muerte del poeta

lunes 20 de enero de 2025
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La rosa moribunda y su belleza

I

Me gusta la blancura callada de la rosa, su canto a una pureza consciente del destino, del verso del crepúsculo purpúreo que vino desmintiendo sus colores. Y vino desmintiéndolos: la muerte la ronda como en todos los sonetos que dijo el Siglo de Oro. El pétalo los oye, su fragancia, el hálito febril de su perfume.

 

II

Y siento en sus espinas la herida de la escarcha de la helada, la nieve que consume su hermosura. Y siento que consume la luz de su hermosura. Su brillo de colores. Y digo que consume su hermosura, la gracia de su brillo y su hermosura, la dicha de su embrujo y su hermosura...

 

III

La dicha de su embrujo y su hermosura.

 

IV

Me gusta la blancura callada de la rosa, su canto a una pureza consciente del destino, del verso del crepúsculo purpúreo que vino desmintiendo sus colores. Y vino desmintiéndolos: la muerte la ronda como en todos los sonetos que dijo el Siglo de Oro. El pétalo los oye, su fragancia, el hálito febril de su perfume.

 

Y entonces sobrevino la muerte del poeta

Y entonces sobrevino la muerte del poeta.

 

Las tardes de brasero y catalítica

El verde de la tienda, su largo mostrador, la tarde que se cierne, las horas de merienda... La noche nos llegaba más temprano cuando la aurora hermosa de la vida.

 

Pizzicato polka

También hay un misterio romántico en la lluvia que roza los cristales. La vida en esta tierra nos recuerda la polka en pizzicato de otros siglos.

 

Ecos tristes, lejanos

Ecos tristes, lejanos, heridos por la lluvia de la tarde, serenos, familiares como el verso callado de la brisa y su caricia, pues veis que me consumo por los caminos tristes, dejado, entre eucaliptos, a momentos de intensas reflexiones e inquietudes, decid de dónde vienen los otoños y a dónde van las rosas que, marchitas, se apagan como el brillo callado de la mano que las corta. Pues siento ese crepúsculo acercarse.

 

De pronto uno descubre

“De pronto, uno descubre que, estando enamorado del mundo y de la vida, la vida, como el mundo, se esfuman en el sueño de los años, y el oro de la luz de la mañana, cuando, entre mil claveles, recorre el cielo todo la yegua de la aurora, se torna ya crepúsculo”.

Después de estas palabras, sobrevino la muerte del poeta.

 

Los valles

Hoy quiero ser el aire por los valles, la lluvia en cada prado —si desciende—, la muerte del crepúsculo de otoño.

 

La muerte del poeta

I

Y entonces sobrevino la muerte del poeta.

Y fue cuando la tarde buscaba, en lo lejano, el eco de los días en que hiere la brisa la hojarasca de los bosques, después de la derrota del estío; el llanto de la niebla pusilánime que quiere ligerezas en la danza del aire, si lo vuelve más pesado; el verso moribundo de soles y crepúsculos que gimen, que sueñan, a las puertas de la noche.

Y entonces sobrevino la muerte del poeta.

Y fue cuando la noche, jugando a ser la sombra, miró la luz lejana y temerosa, sabiendo del destino de sus luces. Y vino aquella nube. Las llamas perecieron y entonces sobrevino la muerte del poeta.

 

II

Me acuerdo de Machado, de la marmórea taza, del aire y el crepúsculo, sus oros. También recuerdo silvas de unos siglos de gracia y majestad, de imperio y plumas, todos los dolores, de aquellas pesadumbres centradas en la idea de la muerte. Un Góngora sin más, tal vez Quevedo, Francisco de Rioja, el sevillano. Supongo que los versos del artista brotaron cuando, viendo su destino, hiló un soneto triste.

Y entonces sobrevino la muerte del poeta. Fue su primera muerte.

 

III

Los versos de un Zorrilla también hablan de muerte: la muerte que consume a las novicias, la muerte que consume a los valientes, al hombre con la espada siempre presta. Y digo de Espronceda lo mismo ante su espejo.

Y entonces sobrevino la muerte del poeta. Fue su segunda muerte.

 

IV

Y el tema de la muerte de la rosa, si hay versos que se escriben, todavía, con gusto de antañones y de genios.

Y entonces sobrevino la muerte del poeta. Fue su tercera muerte.

 

V

La muerte es un motivo en la poesía. Pero es también palabra que teme el religioso. La muerte es la razón por la que suelen perderse en reflexiones los filósofos, hablándonos del ser con esos aires que piden un lenguaje más profundo.

Y entonces sobrevino la muerte del filósofo, la muerte del poeta, pues siempre hay un poeta en el filósofo —lo dijo Zaratustra en un pasaje.

 

El aire que susurra

El aire que susurra mientras muere, la rosa de las tardes que se fugan y el tópico del tiempo sin retorno...

 

La voz de la blancura

I

Me gusta la blancura callada de la rosa, su canto a una pureza consciente del destino, del verso del crepúsculo purpúreo que vino desmintiendo sus colores. Y vino desmintiéndolos: la muerte la ronda como en todos los sonetos que dijo el Siglo de Oro. El pétalo los oye, su fragancia, el hálito febril de su perfume.

 

II

Y siento en sus espinas la herida de la escarcha de la helada, la nieve que consume su hermosura. Y siento que consume la luz de su hermosura. Su brillo de colores. Y digo que consume su hermosura, la gracia de su brillo y su hermosura, la dicha de su embrujo y su hermosura...

 

III

La dicha de su embrujo y su hermosura.

 

IV

Y quiere ser efímero sabiendo que se escapa —pues sabe que se escapa—, malvado el tiempo rápido, dejando que las flores se marchiten, y logra que las flores se marchiten.

 

V

La rosa, su blancura, el tiempo que se escapa, la voz de los poetas, su lamento...

José Ramón Muñiz Álvarez
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