Para María del Carmen Álvarez Menéndez
La noche saltimbanqui disfruta al contemplarnos, se burla de nosotros, nos cuenta sus mentiras, nos engaña, y el viento de noviembre, con su beso de hielos que llegaron del Oriente, nos hiere con su látigo, como a los castañares: sus frutos acompañan a los níscalos que lloran las tristezas del otoño.
Las playas de Carreño, la arena de Verdicio, los cabos y cantiles, el mar que nunca cede donde Peñas, dirán que los crepúsculos conocen los gritos de la noche saltimbanqui que torna con sus burlas, que, con su risa dura, sabrá mirar las rocas de los mares perdidos en tus ojos y en la nada.
Y yo, que con la noche me miro en el espejo callado de la vida, detesto esa ironía que demuestra la risa de esa noche despejada que supo ver las hojas en el suelo, los frutos en el barro, perdidas las castañas que saben los secretos de la lluvia que llama, solitaria, en los cristales.
Por eso me imagino que el viento la destierra, que quiere el alba alegre, burlando los jardines de la muerte y el peso de esa noche saltimbanqui que llora como el puente de difuntos, preludio del invierno, preludio de la nada que enlaza su belleza con el hielo que quiere cada soplo que madruga.
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