Nigredo
He expiado hasta los pecados que no he cometido.
Miles de espectros me han rodeado
con grandes tijeras
intentado cortar lo que me sobra, dicen.
Otros insertan grandes anzuelos en mis miembros:
me halan para estirar las partes que me faltan, dicen.
A veces cortan y halan al unísono.
Cortan, recortan, halan:
nadie conoce a mi corazón coronado por ortigas,
velado por un gran crespón negro.
Mis planetas me lanzan al gran caldero cósmico:
mueven los hilos con los que me titiritean,
juegan, ríen.
Es una presión aplastante,
sofoca.
Los ángeles me susurran:
.......serás diamante, serás luz.
Nadie pregunta si quiero seguir siendo el humilde carbón
que sueña ser cenizas algún día.
Albedo
Anoche algo me tocó,
dejó voces en mi cuerpo:
mi plexo solar como atanor en llamas.
Susurrome palabras sagradas,
me mostró sabidurías sobrehumanas,
me llamó por mi verdadero nombre.
Anoche, una vez más, hubo una visita en mi sueño.
Un espacio absolutamente blanco,
alguien indistinguible,
una sensación inexpresable...
Desperté: parecía que me incendiaba por dentro.
Anoche algo me tocó.
La vigilia cayó como un velo,
ocultándome del recuerdo.
Pero todavía el fuego
me recorre, me lame.
Anoche algo me tocó.
Desperté otro.
Hemorrágico
Mi sangre es sabia.
Recuerda cuando morí de tisis en una madrugada de nieves y navidades.
Por eso me entristecen los diciembres:
agonicé muchas veces en sus largas noches.
Mi sangre, ducha en epistaxis,
incontenible dentro de mi estrecho cuerpo,
sabe de escarlatinas, de dengues o de aquella peste negra
que tuve en la Edad Media.
Mi sangre guarda aún los sobresaltos
de emociones que nunca liberé y ahogué en vano.
Mi sangre es savia,
cicuta y curare.
Cuídate la sangre,
me dijo aquel adivino ciego.
Cuídate de tu sangre,
escuché tras sus comedidas palabras.
Cuídame de mi sangre:
sabe demasiado
y puede desangrarme.
Boleréame
En tu boca, una multitud de sabores cantan en canon,
como si salivaras Becherovka,
pero hay tanta súplica en tu beso que me robas las ganas.
Ofréceme las lágrimas que corren por tus venas,
compagínalas con mi olor a sargazos.
Sé ordinario, como las buganvilias,
emborráchate con el sudor de mis axilas,
disuelve nuestros cerebros en el agua regia del deseo.
Deséame, ma non troppo,
anhélame, con calma.
Deja que el silencio espese y especie
este momento.
Con tus ansias
escribe en mi piel un bolero,
pero aún no me lo cantes.
Gramática
Y fue.
Belleza, desazón, placer, dolor.
Simples palabras.
¿Hay otro modo para designar lo sido?
Ahora ese fue suena como el último suspiro de un moribundo.
Fuimos...
Fuiste...
Lapidario pretérito que cierra la puerta
y te deja fuera.
Sinestesia
Hay tanto silencio
que escucho el aroma de la rosa arrugarse,
caer.
Tengo la boca llena de mariposas inquietas.
La piel me huele a corazón.
Torbellinos de guacamayos dorados en el horizonte, contra las nubes negras:
llueven cantos,
llueven pájaros.
Le rezo a alguien,
................................alguien me reza,
................................me roza.
Desarrúgase la rosa.
Vuelve a florecer.
Gorrión1
Hoy desperté soñando con mi pueblo natal.
Intentando exorcizar a la morriña, ese pérfido monstruo,
o al menos, confundirla,
me hice un inventario de privilegios.
Rememoré la multitud de mariposas
que me esperaba en la cima de la Pirámide del Sol en Teotihuacán.
Me bañé fingiendo que en la ducha
se multiplicaba el turquesa y perla del Mar de Cortés.
El color de la mañana me habló de algún ambarino crepúsculo en Quisqueya.
Bebí té ruso especiado en tazas de talavera,
pensando en el olor a café y canela de las frías nieblas de Bogotá.
Me refugié en mis libros, mi música, mis versos,
en los abrazos que me sobran,
en una caminata por la selva de Xilitla,
donde la arquitectura surreal florece entre jugosas lianas.
Acaricié a mi perro por horas,
mirando sus grandes ojos agradecidos.
Canté el Guru Gaitri Mantra
once minutos:
purifica el subconsciente, dicen.
Pero hoy desperté soñando con mi pueblo natal
y aunque intenté introducir todo lo que tengo
en el vacío que me quedó dentro,
me falta aún el canto del sinsonte
o el arrullo de las palomas,
humedecido al pasar entre el rocío de los plataneros.
Guajirancias
Caen lentamente los residuos de incendios de cañaverales lejanos,
como copos de una nieve negra,
cenizas de lo que pudo ser azúcar,
de lo que pudo ser un flan o endulzar un café matutino
y me recuerdo caminando entre las cañas y las nieblas
para llegar al bohío que fue de mis bisabuelos.
Allí bebí cristales de un manantial que nacía de las raíces de una ceiba,
devoré pétalos de rosas blancas,
me masturbé con una guayaba.
Me llamaban rebencúo si era rebelde,
sabino, si era curioso,
jíbaro, porque me gustaba el monte.
Quiero guardar estas palabras en estos versos,
regalarlas:
¿para qué, si no para guardar palabras-regalos, son los poemas?
Me enseñaron que el primer rocío posado en las grandes hojas de la malanga,
puesta sobre los párpados, daba vista.
Ahora veo demasiado,
tanto que cierro los ojos.
Cinismo práctico
Mi perro ama las ardillas
o quizás las odia,
visceralmente.
En todo caso las persigue incansable,
les ladra estentóreo,
tiembla,
intenta subir a los árboles
desde los cuales los arteros roedores lo miran con burla
y dejan caer cáscaras de maní.
Mi perro siempre busca ardillas,
incluso en los postes eléctricos.
Mi perro no entiende que las ardillas duermen en la noche
y las busca entre la difusa luz de las farolas.
Pobre animal obseso
con su inane búsqueda,
con sus interminables ladridos de queja y desespero,
pienso con lástima.
De pronto miro sus ojos
y recibo una cósmica bofetada:
al menos él ve a sus ardillas.
Inalcanzables, pero ahí están.
Un día quizás alguna baje desprevenida.
Mientras, ¿a qué le ladro yo,
obcecado,
ante qué tiemblo,
a cuáles árboles quiero subir?
¿Qué amo, qué odio, qué persigo?
¿Existe siquiera?
Tarde, viento, viernes, Cuaresma
Famélico,
la frente cubierta de cenizas,
.....................................cenizas que fueron sueños
........................................................................sueños que murieron de tantísimos ayunos...
El viento me flagela
................me rasga.
Aprieto los dientes.
Llevo mi cilicio bajo las costillas.
El viento de cuaresma barre la hojarasca
y las flores secas.
Arranca hojas verdes.
Hace flotar como sucias medusas a las bolsas de plástico.
Escuecen los ojos...
Algún día seré este polvo
arremolinado por un viento de cuaresma
......................................que arrastra flores moradas
......................................que aturde a las palomas
que obliga a cerrar las puertas,
las ventanas,
los párpados,
la boca,
el alma.
Hambre vieja
Recuerdo esos días de preuniversitario
cuando caminábamos desesperados por los naranjales,
tragando los gollejos para engañar al estómago
que rugía como una bestia herida.
Y es que el hambre duele,
más cuando eres un adolescente,
más cuando sólo produces semen y miedos.
Hambre, insomnio, frío,
el olor de cientos de muchachos sucios en el mismo albergue,
cuyas botas apestaban,
tanto como aquellos baños donde la mierda desbordaba las tazas.
Hambre y aquella sensación constante de que unas grandes manos de hierro
atenazan tus intestinos.
Hambre,
masturbaciones frenéticas, los gritos de los profesores,
el mal olor perpetuo,
el horrible despertar cada mañana a campanazos:
el pan duro y algo hirviendo de desayuno.
Hambre, frío,
marchas forzadas a las tres de la mañana.
Parecía que me evaporaba:
muy poco cuerpo
para tantas hambres...
Como me cosieron la boca,
se abrieron grandes labios en mi garganta
para gritar que tengo más hambre que recuerdos,
porque me tuve que comer a mi memoria.
Frustración
Soñaba viajar por todo el mundo,
contemplar las iglesias de Armenia,
bailar con los kalbeliyas y sus cobras,
meditar en el Tíbet,
rezar en el Monte de los Olivos,
tener sexo con algún árabe muy musulmán,
recorrer el Nilo en bote,
tatuarme en Tailandia,
escuchar el canto del wendigo en interminables forestas,
llenar mis ojos de auroras boreales,
pisar cada país,
escuchar cada lengua.
Pero ya parece no haber tiempo
para mi único sueño
y aquí estoy,
con más rabias que visas
en un pasaporte color azul odio
de un país que no me reconoce.
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