I
El valle donde el alba era ligera
El valle donde el alba era ligera, las llamas del otoño en el follaje y el alma de la brisa de la tarde; también esa paciencia de las horas, ausentes de conciencia al ir huyendo, dormidas en los tedios insufribles; tal vez el viejo níscalo que nace, cansado, en cada parque, entre los pinos, a veces en los bosques más recónditos.
No sé, pero, al pisar aquellas sendas, las hojas de los árboles decían sus raros padrenuestros a la nada, y aquellos padrenuestros nos rozaban como esas brisas frescas de la tarde que quieren un noviembre adelantado. De pronto, imaginé que me decías verdades imposibles en tus cartas, que todo era verdad en tus escritos.
Entonces comprendí que la poesía no miente cuando cuenta los secretos que abundan en el fondo del espíritu. Pensé también en todo lo narrado: sentí que no mentían tus palabras, si hablaban de los zorros y la ardilla. Y quise ser con ellas un vecino del bosque, de la umbría, de los claros que miran cada noche las estrellas.
Y quise que vinieras a mi lado, forzando mis anhelos en un sueño de montes y humedades en las sábanas. Y quise ser el lobo del relato contado por la gente de la aldea —existen todavía esos relatos. Y fuiste entonces parte de mi sueño, del mundo de los sueños más extraños que sueña el que se siente vagabundo.
Y quise, vagabundo por tu pecho, sentirme vagabundo del paisaje, ser parte del desnudo de tu cuerpo. Y quise, vagabundo por tus labios, ser siempre un caballero a la aventura, dispuesto a la victoria o la derrota. Y fuiste la aventura y la derrota de la aventura bella del paisaje, soñando, como yo, los castañares.
Y, viéndome dejado en la derrota, recuerdo aquellos arces de mi patria, los parques de la infancia de otro tiempo. Y sueño la niñez de aquellas veces, dejando la mirada suspendida, perdida más allá de los cristales. Y pierdo la mirada en los cristales, y vuela al aguacero del ocaso que vieron esos arces apagados.
Quisiera, caminando por tus labios, volver a ser el niño que ya he sido, tomar la majestad en que vivía. Sabed que, de un plumazo, no se pierde la voz de la inocencia que animaba los versos del poeta que ahora vive. Lejano a ti, sospecho que me ignoras, y así se hace más fuerte la codicia que ayer robó tus besos en un sueño.
II
El verde intenso de los eucaliptos
Si, vistos desde la ventana, los eucaliptos tenían todavía ese verde intenso y azulado que tiene la juventud —y sólo se trataba de fumar un cigarrillo—, los castañares, más allá, evolucionaban desde el verde al pardo, pasando por distintas gamas de ocres y amarillos que embellecían el hermoso paisaje decrépito.
Pero también era verdad que, desde la ventana, casi se confundían con el verde holártico de los prados —y sólo se trataba de fumar un cigarrillo—, tal vez con la hierba fresca y humedecida de la lluvia, los colores del helecho, cuando no se venía tornando en un bronce lleno de melancolía, semejante al de las viejas esculturas griegas.
Porque, desde aquella ventana, cerrada al frío, por supuesto, al menos desde que pasara el mes de octubre —y sólo se trataba de fumar un cigarrillo—, los paisajes seguían siendo posibles, y, en ellos, toda la magia que revive ante las conciencias infantiles que imaginan duendes y elfos precisamente allí donde, escondidos, esperan los elfos y los duendes.
Por eso, mirar el mundo, catar con la mirada los montes que sorprendió la lluvia con su aliento fresco —y sólo se trataba de fumar un cigarrillo—, abrazarla con los ojos para recuperar la niñez perdida, si hubo una niñez perdida que realmente se echara de menos, pues a la postre todo son figuraciones, se hacía una vivencia única para el alma ociosa.
Y, años después, ante la misma ventana, dejando que la mirada se escapase más allá de los cristales, después de dejar el vicio malo —y ya no se trataba de fumar un cigarrillo—, era todo volverse a la lluvia, a la melancolía, a los caprichos del otoño, siempre veleidoso, si los eucaliptos eran verdes, pardos los castaños, extraños los colores y grises los cielos.
Y ahora, sin humo y sin tabaco, de nuevo como en la niñez más primigenia, el instinto del muchacho de entonces parecía recorrer el interior, en lo más hondo, cuando, en lo más profundo, los colores del valle y las humedades que flotaban en la nada venían recordando los años entregados al olvido en que era posible la aventura de jugar a ver ardillas.
Jugar a ver ardillas sin humos ni tabacos, en la virginidad de esos bosques donde, tierno, el roble que sabe envejecer sin cañas ni vinos baratos se sabe rozado por la brisa bendita; tal vez recuperar la niñez que no fue como recordamos, acaso una nota olvidada en los años previos a la adolescencia o, quién lo sabe, ya en la adolescencia y sus conflictos...
Porque fue bello en un tiempo lejano, irreal a los ojos de hoy en día, perderse en esos paisajes —y no se trataba todavía de fumar un cigarrillo—, para buscar las ardillas saltarinas en las ramas, temerosas de esa invernada que ya se instala, de manera inadvertida, con ese perverso regusto de nostalgias volanderas que nos hace de nuevo más jóvenes, entre nosotros.
Pensad que las niñeces mueren sin saberlo.
En efecto, si, vistos desde la ventana, los eucaliptos tenían todavía ese verde intenso y azulado que tiene la juventud —y sólo se trataba de fumar un cigarrillo—, los castañares, más allá, evolucionaban desde el verde al pardo, pasando por distintas gamas de ocres y amarillos que embellecían el hermoso paisaje decrépito.
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