Al oeste se asoma la rueda luminosa
Los verbos de los hombres dan cuenta de su finitud sobre la tierra. Habitar y ocupar, por ejemplo, señalan sus permanencias efímeras. Apoderar y conquistar, lo vacío de sus empresas. La guerra y la muerte (verbos por su naturaleza), la sola huella que persiste a su extinción.
He aprendido la lengua de los hombres en Emona, la amurallada. Quinientos días hace que mantengo el lugar bajo asedio. He devorado sus vestales. Liquidé sus centurias. Lavo mi coraza de bronce —manchada de vísceras— en las aguas pestilentes de la zanja que rodea sus torres.
Cuando los hombres mueren, algo de ellos se cuece en el aire.
Vigiliae
Esta noche he ido al río. Por encima de la copa de los árboles, diviso los fuegos de la villa. He levantado dos cabezas mutiladas en las puertas del foro. Les desollé la piel de la cara, dejando el hueso descubierto. Todo es ruindad.
Se alargó la cola de la estrella brillante
Cavilar. Engañarse. Los hombres invocan deidades y musas para otear lo invisible. En mi naturaleza no hay Clío ni Calíope. Yo sólo sigo el filo de mi coraza de bronce, cada mellado revuelve las aguas violáceas que hay en la caverna tras mi pecho. En los hombres, esa caverna está ocupada por su corazón.
Splendere
La primera palabra que aprendí de los hombres fue timore. Antes nada en sus rostros me interesaba, y luego conocí que la sombra negra que les crecía en sus ojos al enfrentar mis fauces era el miedo.
El alfabeto es un azar que gira en sí mismo como las curvas de un caracol. Todo queda fuera de él y, sin embargo, todo entra en él para ser descubierto por primera vez, como equo, arbor, ignis.
Esta noche he vuelto al río, tomo en mi boca las sanguijuelas y las escupo sobre las heridas que me ha dejado la cal viva que me arrojan. A lo lejos siguen las llamas. Encima del fuego, el viento trae un estrato de azufre que incinera las luciérnagas. Todo perece.
Los hombres me llaman con un nombre plural, hostes. El enemigo. Sus oráculos no han descifrado mi desmesura.
Vigiliae
Hoy anduve entre los osarios de los caídos. De Emona sólo queda ahora una ventisca de cenizas. Es cierto que los hombres son mortales y, al abandonarles la vida, algo se cuece en el aire.
Tantas muertes como ilusiones.
Sexta
Yo no tengo noción cierta de que pertenezca a los inmortales, pero hay señales que me indican que llevo centurias sobre la tierra. La más importante es esa rueda de cabellera brillante que va por el cielo y alarga o acorta según vaya del oeste al este. He acompasado mis asedios a su paso, como si fuera el alfabeto celeste de la destrucción. Luego aprendí el calendario de los hombres, cada día es un patíbulo. Para ellos, el tiempo es un enemigo más temible que este asediador.
Contradictio
Todo ha sido escrito sobre tablas de cera. Al comenzar leo el día anterior. Alguien diferente hay en esas inscripciones. Un hostes interior que se descubre en sigilo. Lo escrito se multiplica como un enjambre de ecos. Me pregunto si habrá un final. Si luego de ese final, el hades es el desvanecimiento del enjambre.
Enemigo de carnes abiertas, salud para las larvas que carcomen el enemigo, coraza de bronce que cubre el pecho del enemigo. Enervación de la naturaleza que eleva su cabeza encima de la copa de los árboles. Enemigo con el solo nombre de enemigo.
Atrás yace Emona. Adelante queda la cruel venganza de los hombres, la lengua con la que escriben sobre la cera del mundo. A ellos, las palabras les dan la inmortalidad; a su enemigo, la conciencia del perecimiento.
Quizás en el momento mismo del final algo de mí, como los hombres, también se perderá en el aire. Cuando lo pienso se revuelven las aguas violáceas que hay en la caverna tras mi pecho. La palabra es miedo.
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