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La noche no se va

sábado 30 de mayo de 2020
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 “Y entre las casas las voces
parecen todas hermanas”.

Fernando Paz Castillo.

La luz se va todos los días, de tres a seis horas, sin contar los bajones. Al día de hoy, no sólo ya nos acostumbramos a la asepsia del racionamiento, sino que nos rebelamos a su reflejo condicionado, cuando ellos alteran el ciclo de cortes y pasamos algunas horas adicionales a oscuras. Como si hubiese un cambio de carcelero en el pabellón de la muerte.

Si ha habido luz mañana y tarde, la quitarán en cualquier momento luego de las siete de la noche. Y sin embargo, cada corte es disruptivo. Algo de todos se rompe para siempre en cada apagón. Durante los minutos siguientes a la bajada de cuchilla, hay una velocidad inercial que nos hace chocar contra los objetos. Cuando el servicio vuelve de madrugada, sólo hay el movimiento continuo de una desesperanza, que no acepta unas horas de electricidad como placebo.

Hay una diferencia diametral entre los cortes diurnos y los nocturnos. Durante los primeros, algunas tareas pueden ejecutarse completas. La cotidianidad encuentra sus propias intermitencias, para sostenerse en medio del naufragio.

Los amantes se secan uno al otro el sudor, como autómatas. Otros duermen a la intemperie.

Pero en la noche, a partir de ese minuto que toda luz se borra, somos consumidos por un animal salvaje. Entre sus fauces, se despedazan nuestros caminos perdidos, los finales intempestivos, la carne ahogada en la adrenalina de un miedo paleolítico.

Las horas pesan en el sudor del cuerpo cansado. En las casas entra el viento que sopla antes de la lluvia, y devuelve por un instante la memoria de las cosas vivas.

Algunos, con la finalidad de evitar el vértigo del agujero oscuro, escriben a mano alzada logaritmos adivinando a qué hora llegará la luz, o también descifran la acústica de las lagartijas.

Para otros, el racionamiento se hace más visceral, cuando se apaga el aullido fósil de la noche. Ocurre, entonces, la cuadratura del silencio. Hay rabia, alguna lágrima. Los amantes se secan uno al otro el sudor, como autómatas. Otros duermen a la intemperie.

Y entonces llega la luz, pero la noche no se va. Queda en el alma como un pez abisal. A la mañana siguiente se advierte en la mirada, pero ya nadie hablará de eso. Todos corremos presurosos a simular la vida, hasta que la penumbra reaparezca, y volvamos de nuevo a morir.

Francisco Ramos M.
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