I
La Peña está tranquila. Las horas de la tarde, que beben en tus ojos leyendas de piratas, de viejos bucaneros, de corsarios, mariscan cada brisa, cada soplo, mirándola impasible, silenciosa.
II
La Peña está tranquila. Sabiéndola serena, sin apuro; diciéndola calmada, como siempre —poniendo que ese siempre de la tarde también lo fue a la noche y con la aurora—, la Peña está tranquila.
III
La Peña está tranquila. Y corren ya las horas de la tarde, gozando con mirar esas arenas, sabiendo disfrutar de las espumas de un mar que, recobrando señoríos, invade cada tramo, cada plaza de puertos silenciosos que abrazan los crepúsculos de otoño.
IV
La Peña está tranquila, las lanchas amarradas en el puerto, la noche en el bostezo de la tarde, los ocles arrastrados por las olas y un vuelo de gaviotas alegre en las alturas del cielo gris, callado y melancólico.
V
Y, viendo que la Peña está tranquila —las horas van despacio en estas tardes—, los versos se me agolpan en la mente, mirando un mar extraño, aventurero —al mar siempre lo digo aventurero.
VI
Atrás quedan los días de galerna, las noches de galerna.
VII
Las calas del ayer, las del mañana... Y hay bálagos de vida en cada roca, soñando como sueña cada bígaro, soñando como sueñan los percebes. Y aquel acantilado por cascada: la roca se desploma al precipicio como una fortaleza que sueña, inquebrantable, soportando los golpes de ese mar que nunca cesa.
VIII
Los golpes de ese mar que nunca cesa...
IX
Y hoy sueño golondrinas de mar en los caireles de las naves, las voces del charrán y del garrucho, los vuelos del albatros y sus rizos.
X
La Peña sueña el sueño de la tarde.
XI
Y, tierra adentro, un mundo de azulones. Los veis pasar, buscando paisajes silenciosos, los árboles que lloran el olvido, lo mismo que la leña que vio olvidado el hórreo. Y el aire convertido en un vocero de líricas ignotas, segrel de los pinceles del Atlántico, si Asturias quiere grises que acaricien las cumbres mismas de la cordillera, mirando un mar que calla, que, a veces, se emociona, que grita embravecida su dureza.
XII
La Peña abraza el sueño de la noche.
XIII
Y, en el recitativo de la tarde —la tarde tiene su recitativo, casado con la noche en que se abraza—, la lluvia solitaria, los ecos de la pruva, su canto melodioso y el brillo de los faros.
XIV
El brillo de los faros...
XV
La Peña está tranquila. Las horas de la tarde, que beben en tus ojos leyendas de piratas, de viejos bucaneros, de corsarios, mariscan cada brisa, cada soplo, mirándola impasible, silenciosa.
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