No cesa el aguacero —sabéis que el aguacero refresca los caminos, la brisa, el aire mismo y sus mansiones. No cesa el aguacero y la tristeza se cierne en el recuerdo de las calles soñadas por carbayos. No cesa el aguacero —diréis que tiene ganas de quedarse, y es cierto, porque, en medio del verano, disfruta del paisaje el aguacero.
¿No veis cómo la lluvia disfruta en los cristales? La magia de la aguada también moja los campos y las briznas de vida que nos quedan a los viejos. Y yo, que ya soy viejo como tantos, incluso con la lluvia, disfruto de los baños en la playa, me siento puro y santo en esos verdes que dejan ver el fondo de la arena.
Y va cayendo el agua, y así, gota con gota, escucho cada tarde los raros pizzicati de la lluvia que hiere los cristales con sus golpes. Y miro los cristales y las gotas que duermen el secreto, detrás de los cristales de la lluvia. Y siento el anticipo del otoño, tal vez porque yo mismo soy otoño.
O sigo con mi baño, soñando con los cuélebres, diciéndole al Nuberu que somos esa tarde hacia el crepúsculo que borra nubaradas con las sombras. Y siento que me vuelvo nubarada perdida en lo lejano, y sé que nada es próspero y la vida, la vida se hace dura nuevamente, después de acariciar un imposible.
El agua de la lluvia, que estudia economía, también sabe de crisis. Y sabe cuándo llegan los otoños, y sabe cuándo ronca el eucalipto, y sabe que el dinero es importante, y alcanza a comprendernos, si estamos lamentándonos de todo, si somos esa lluvia que lamenta que ronca el eucalipto en las Asturias.
Y ronca el eucalipto. Seguimos siendo ricos, teniendo mil tesoros, y el caso es que no cesa, cuando ronca. Hoy somos, como siempre, subsistencia que busca resistir en lo bucólico. Y ronca el eucalipto, debajo de las lluvias, siendo junio; sabiendo del otoño que nos dice, con esa voz tan suya, lo que ronca.
Con esa voz tan suya sabemos lo que ocurre. Y ronca el eucalipto. Y siento cómo ronca el eucalipto, mirando los camiones, con los ocles, sabiendo que los mares son desiertos. Y ronca el eucalipto. Y somos decadencia desusada, la eterna decadencia y la derrota de un tiempo que soñamos diferente.
—¿Bajamos a la playa? —la lluvia me lo dice. Y nunca es mala idea: vestir traje de baño con paraguas es un invento extraño en estos tiempos —la gente toma el sol más de la cuenta. Y ronca el eucalipto. Y, en cambio, siguen llenos los garitos, los bares y las tascas están llenos, hay gente que disfruta de la vida.
Y yo digo lo mismo: que ronca el eucalipto. Y el oro de los mares parece ser escaso en estos pagos. No queda ya pescado y las gaviotas también saben que ronca el eucalipto. Lo mío son los baños eróticos con agua de los mares y el agua de la lluvia en el cabello, llorando porque ronca el eucalipto.
Y no digáis que miento.
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