Soneto I
La luz que ardió en la altura repentina
—salitre, espuma, mar, arena y playa—
lo dice en un susurro cuando calla
—arena y mar, espuma peregrina—:
no puede, desgarrando la cortina,
rayar esa belleza en la que raya
la luz, sin convertirse en atalaya
del agua de los mares asesina.
Lo saben los caireles, la mañana,
la luz del alba viva que despierta,
que besa lentamente su bostezo.
También al marinero abre la puerta
del verso celebrado a hora temprana,
si es aire la alborada de su rezo.
Soneto II
La furia que una madre enajenada
despecha ante la costa en la osadía
diréis que pudo ser, en la porfía,
rompiendo ante el pedrero encabritada.
Me sabe todo a grito y marejada,
galerna que se enciende y que, bravía,
se encrespa con no poca gallardía
como una voz que ruge alborotada.
Y digo que es hermoso ese paisaje
—salitre, espuma, mar, playa y arena—,
y el viaje digo bello en la aventura.
Y es bello contemplar desde la Almena
los bríos que, encendiendo su coraje,
se amansan como el río que murmura.
Soneto III
Y, entonces, por perderse en el sosiego
—no siempre ha de durar la marejada—,
la calma que, llenando la ensenada,
la noche ve volver con su despego.
Y el mar, que se revuelve en ese juego,
que luego se fatiga y, descansada,
se dice otrora dama cautivada,
la novia de ese faro nocherniego.
La aurora habrá de ver la nubarada,
si huyendo se la ve en lo más lejano,
que el sueño del verano pide sueño.
Lo sabe bien la brisa del verano,
la luz de la mañana regalada,
el eco de la brisa de Carreño.
La luz del alba vino
I
La luz del alba vino,
rozando la belleza
de un mar alborotado,
violento como el viento cuando, recio,
azota el eucalipto de los montes.
Y azota el eucalipto de los montes
cuando la luz del alba
nos llena, con su brillo,
de tantas bendiciones, tantos oros
que prenden en los pórticos del día.
II
Y, en esta marejada,
los golpes de la espuma
parecen asediarnos.
Parecen asediarnos las galernas,
llegado ya septiembre, pues septiembre
nos hiere con preludios del otoño.
Y, entonces, despidiéndonos
del beso del verano
—parece ser un beso que se fuga—,
sentimos que no queda otro remedio:
III
muy pronto, ya en octubre,
las noches poderosas,
haciéndose tempranas,
querrán robarnos horas de alegría.
Sabrán robarnos horas de alegría
las lluvias repentinas, las ventanas
que acogen cada gota.
Y, viendo los cristales,
de pronto, en la tristeza del crepúsculo,
será de nuevo el tiempo un acertijo.
IV
Y pienso que es el tiempo
la voz del acertijo,
que, hablando en las espumas,
gozando con las olas levantadas,
nos dice lo que dicen los ocasos.
Nos dice lo que dicen los ocasos
también la ventolera
que ruge donde doblan,
azules, melancólicos, sensibles,
los altos eucaliptos de los montes.
V
Los altos eucaliptos,
las briznas de la hierba,
la espuma en cada playa...
Y el sol, que, acobardado, se retira,
buscando, tras oscuros nubarrones,
la calma que no alientan, al buscarlo,
el mar, la arena, el verso
del agua en los guijarros
callados del pedrero, cada roca,
las cuestas, los cantiles y los verdes...
VI
El viento los desnuda,
desnuda este verano,
llamando a los otoños.
Llamando a los otoños, con sus risas,
la voz del aguacero caprichoso,
que es siempre caprichoso el aguacero
—yo sé que es caprichoso,
que alegra la mañana,
golpeando las aceras y el asfalto.
Septiembre viene siempre con tristeza...
Y sabe a despedida
Y sabe a despedida ese paisaje que sabe que nos sabe a despedida. Y sabe que nos sabe a despedida: nos sabe a despedida la mañana, nos sabe a despedida el aguacero, nos sabe a despedida ese septiembre que vino despidiendo, con su abrazo, la gracia de un verano moribundo.
Y sé que todo sabe a despedida, que sabe el tiempo mismo a despedida, si no lo sabe el aire, al respirarlo, la voz de su salitre, la mañana —tan gris como los llantos de la tarde, tan gris como el crepúsculo, si llueve. Y cerca de ese mar que habla rugiendo, me sabe a despedida, en las alturas, el cielo, ayer azul, como los cielos que mira el campesino castellano. La dársena del puerto, entre bocales, lamiendo la tristeza, relamiéndose con versos tristes y ecos de dureza —los hay donde la lluvia no nos falta—, también nos saben hoy a despedida. Yo sé que todo sabe a despedida.
Y todo sabe, al fin, a despedida: la Almena, los morriones y los bloques, la arena, el castillete, la escalera, tal vez cada verdín sobre la piedra, las lanchas que se mecen y las olas, las olas que las mecen agitadas, pues hoy hay mar picada y no echa el freno la furia que domina las mareas.
Y sabe a despedida ese paisaje que sabe que nos sabe a despedida. Y sabe que nos sabe a despedida: nos sabe a despedida la mañana, nos sabe a despedida el aguacero, nos sabe a despedida ese septiembre que vino despidiendo, con su abrazo, la gracia de un verano moribundo.
- Las raras travesuras del nordeste - miércoles 15 de abril de 2026
- Tres poemas de José Ramón Muñiz Álvarez - viernes 20 de marzo de 2026
- Tres sonetos para Tudela de Duero
y algunos poemas a modo de guarnición - viernes 13 de febrero de 2026


