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Cantera de fuego, de Francois Villanueva Paravicino
(selección)

lunes 24 de noviembre de 2025
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“Cantera de fuego”, de Francois Villanueva Paravicino
Cantera de fuego, de Francois Villanueva Paravicino (2024). Disponible en Amazon

Cantera de fuego
Francois Villanueva Paravicino
Poesía
Perú, 2024
ISBN: 978-6124988660
70 páginas

Destellos

Ven a vivir conmigo y sé mi enamorada.
Christopher Marlowe

Los rayos esfumaron las tinieblas del averno
en una carilla de diamante, con pétalos suaves;
los latidos se poseyeron y anidaron pájaros
en las estelas de los sueños ventrolaterales,
y de mano en mano la caja de sorpresas
escondió el mapa que dibujaba sus cuerpos
disolviéndose en la lava del Eón esmeralda;
y los arquitectos estelares se crucificaron
como sentenciados a consumir el elixir
que les ofrecía la sinfonía de la última partitura,
aunque los rosales crezcan con espinas envenenadas;
los dados rodaron en la mesa del póker
donde los lobos magos husmearon en sus sombras
y se reconocieron en el espejo de sus luceros,
cuyos destellos se estocaban con la alquimia
de la sangre dulce de los faros enlazados,
que se abrasaban en torbellinos evaporando
los océanos que aplacaban la sed de los acertijos;
los terciopelos azules cobijaron sus abrazos
bajo los ojos vigilantes del misterio inconmensurable
que los perseguía como un péndulo de un lado a otro,
atraído por las fuerzas de Gaia, la madre de los titanes,
que cantaba mientras mecía el lecho en llamas,
que todo lo convertía en los vestigios de las páginas
donde se dibujó, con sangre, la torre de los videntes
al ver la luna herida por Nyx y su manto lúgubre,
que todo lo cubre, hasta a los reyes en sus palacios,
donde esa flor y ese ruiseñor anhelaron celebrar
sus deseos en dos basas, caminando en los bosques,
que los aguarda con las musas que cantarán
sus mejores canciones para regocijarlos por siempre.
¡La luz ha llegado! ¡Oídle! ¡Oídme!

 

Bárbaros

La principal idea de la poesía es destruir o construir.
Bellow

Las sombras de sus muros calman la sed de los afiebrados,
que lloran o que ríen bajo el sol en pergaminos disecados,
y los exhorta a no perder la cabeza como ciertas gorgonas
que los lapidan con las piedras que ellas mismas crearon.
Tal vez el respiro de un aire fresco lenifique los tormentos
de sus cabezas llenas de heridas, de ilusiones perdidas,
de pasiones apagadas con las aguas de lagunas ensuciadas,
y así ellos elijan el camino estrecho de los bienaventurados,
porque es el único destinado a sus esperanzas marchitas,
como una flor que crece en un desierto con cientos de ráfagas
dispuestas a arrancarla, con brutalidad, desde las raíces,
aquellos lazos que los une a la tierra como a los estiércoles,
que les recuerda que son humanos, hombres o bestias,
de acuerdo a lo que carguen en sus hombros como mulas
o como hormigas que siempre trabajan destruyendo límites.
La geografía de sus linderos abarca la patria de los exiliados,
no pertenecen a la naturaleza de estos terrenos accidentados,
con barrancos constelados en el signo trágico de las dificultades
de ciertas personas que se dirigen a la vuelta de tuerca del cosmos.
Aquella materia existe gracias a la inteligencia, a los sesos,
si no sólo sería lluvia, mar, tierra, roca, pese a las plantas,
a los animales, que son nuestros hermanos, nuestros iguales,
y todos somos ese espejismo que nace después de las claraboyas
que nos dieron los dioses para entender nuestras desgracias.
Y ellos, los febriles, las cantan con voces llenas de cicatrices,
con sus pies nadando en pozos de sangre, lamentando las horas
que duran aquellos suplicios que les infligen los bárbaros.

 

Insectos

Me fastidia la inteligencia.
Flaubert

Los rebeldes luchan por romper sus cadenas,
mientras los buitres les comen las vísceras,
les vacían los ojos y les golpean las piernas,
y sólo gritan contra el sol que los incinera,
los mata de sed y les recuerda que nunca
deben mirarlo de frente, como se mira a un par,
un igual que los saluda con un abrazo fraterno.
Ellos desearon la holgura y el banquete divino,
el sueño perfecto, la alegría sincera, pero el sol
les dijo que sólo estaban condenados a sudar
a modo de búfalos que se disputan la hembra,
como cerdos que deben correr por sus vidas,
cual malditos a los que sólo los espera la hoguera.
A manera de rebeldía de aquel destino sin salida,
protestaron robándose el tiempo que gastaban
para adorarlo con la sumisión de un joven
enamorado de una deidad de la fuente de la vida,
y por ello acariciaron la idea de ser como ese astro
que nació desde el inicio de todo y de nada,
así se deleitaron con la venganza de los suyos,
los que, como ciegos, vislumbraron milésimas
de buenos tiempos, pero que al final se ahogaron
como tripulantes de un barco que estaba destinado
a hundirse en el más completo abandono, vacío,
que les recordó que sólo son insectos de la pradera.

 

La máquina ebria

Duerme, mi amante,
porque va y viene.
Rafael Alberti

Los cristales de su temple penetraban las sombras
de los fuegos que se apagan o se atizan con la sangre
que fluye como un río poderoso en el bosque
de cementerios con iglesias donde velan a los muertos,
en cuyos aposentos descansan los que lucharon
contra los demonios que, maldita sea, son crueles.
La fresa de sus bajas pendientes era pura, pero ardía
con la hechicería de los seres angélicos, cuya sublimidad
atraía a los cándidos para embriagarlos con la voz
del universo deseando lo más salvaje de su virilidad,
absorbiéndola hasta dejarlo seco como un higo,
poseyéndola como el espíritu de un profeta ciego.
La máscara de su cuerpo era lívida como un espectro,
gustaba a los que tienen los ojos vendados y, aun sí, creen
en la belleza de las flores al asomar el sol en el jardín;
era el armazón del verdadero caballero que seduce
a las doncellas que sueñan con los castillos más altos,
con el gran banquete que regocija a los invitados
que sonríen por el augurio de un sendero luminoso.
El origen de su vida era perfecto, delineado con dulzura,
de ella expelía una fragancia que adormecía a los justos,
es decir, a los que siempre desearon vivir bajo el sol,
a cielo abierto, entre los árboles, cerca de una laguna,
pues, como los nobles, entre nobles se admiran,
entre ellos anhelan formar reinos, templos, santuarios,
y sólo entre ellos liban en un crisol de oro, ebrios.
Él era todo eso y aun así sufría por los destinos destruidos,
aplastados por el peso del mundo a la hora del anochecer,
desintegrados por la lluvia que carcomía su fortaleza,
malheridos por las estocadas a sus espaldas, debajo de la nuca,
ensangrentados en lo más hondo de sí: la máquina
que lo enervaba como a un sistema perfecto, divino,
que siempre ha deseado la inmortalidad, la felicidad
y el poder absoluto sobre todas las cosas, oh, cielos.

 

Una chica linda

Siempre hay más de una manera buena de ahogarse.
Sylvia Plath

Tenía los cabellos rubios, los ojos grises y azulados,
los labios rosados, la piel de mármol: un rostro hermoso.
Amaba la luna y el peso de su resplandor
sobre su nuca, la que se paseaba entre sus manos
cuando danzaba el baile de los desdichados.
Aunque las lágrimas las bebía como si fueran néctares,
de las que disfrutaba su dulzura con sabor a sudor,
esas amargas transpiraciones que le recordaban
que este mundo nos destruye con el sol;
ella siempre entendió muy bien los ecos reclamándole,
en sus sombras superiores, por tanta generosidad
con Calíope, mil veces Calíope, un millón de veces ella.
Los tulipanes, que crecían con el fuego,
que con fuertes ventarrones se apagaban,
al final eran cenizas entre ascuas que cicatrizaban
en su mirada buscando el crepúsculo de los cielos,
que la castigaban por haberse rebelado contra el curso
del tiempo, ese laberinto que oculta al Minotauro,
y por eso ella temía que aquellas heridas le sangraran
cuando se las tocara a la altura del pecho,
de ese corazón eternamente enamorado de los astros,
cuyo brillo la consolaba de la lapidación
de los demonios, seres cuyos rostros estaban putrefactos,
que anhelaban hundirla en la fosa de los cementerios,
los santuarios que la acompañaban en sus sueños.
Ella dibujó con su sangre flores y diamantes,
le valían un ojo de la cara, así quedó ciega,
aunque disfrutara de los colores, de las sombras;
trazó con sus linfas los senderos de su propia perdición;
la partida estaba casi al inicio, a pocos metros,
y desde ahí la señalaron con hierro al rojo vivo
para que siempre recordara que nadie se libera
de su parte andrógina asexuada: la autodestructiva.

 

Horizontes

Ver en el día o en el año un símbolo.
Borges

Las esferas del cenit espejean los sueños
atrapados en fortines de lomos dorados,
de los cuales bebo del agua de sus pozos
y en los cuales me refugio de los huesos
que subsisten con un puñal en las manos,
un arma blanca con la dureza de los lirios,
con la grandeza de los desiertos selenios,
con la profundidad de los más azules océanos,
con la distancia que forjan los astros
y con todo lo que significa ser en los mundos,
en los confines, en lo cuántico, en los abismos.

Y cuando el trueno relampaguea mis sombras,
la culpa es de la condena de los dioses y de las musas;
yo sólo soy un galeote en el fondo de las galeras,
que, antes de descubrir la epifanía, debe sufrir golpizas,
sudar como un toro y lamentar la corona de espinas;
sólo en medio de aquel suplicio de brujas
puedo plasmar en mi piel aquellas heridas,
aquellas cicatrices de naturalezas escarlatas,
aquellos queloides que son trofeos de guerras,
que son recuerdos y son las estrellas
a las que encargamos nuestras más bellas voluntades,
nuestros más oscuros deseos o nuestras clemencias.

Los videntes destruirán la abertura ensangrentada
con un pico, un cincel, una amoladora, una plomada;
y soportarán la electricidad como el pozo a tierra,
que es el efecto de bañarse con la sangre derramada
y beber del sudor hecho oscuridad, de la hiel hecho néctar;
y, si despierta en ellos el fuego del fénix malherido,
cantará a media voz el eco atrapado en los médanos,
sonriendo si en el horizonte el crepúsculo es límpido,
llorando si lo azota una tormenta con truenos.
Es cierto, este proceso es un catoblepas, un nudo gordiano,
un Cronos que se traga a sus hijos, sus inefables hijos,
que los defeca más suculentos con ansias de ser devorados.

Francois Villanueva Paravicino
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