Soneto I
El niño que hubo hallado en tu regazo
paciencia, amor, la luz que, abanderada,
refleja en la belleza la escarchada,
te busca tras el duro batacazo.
Y extraña, en la belleza de tu abrazo,
la luz del sol, que, hermana de la helada,
llegaba, al despertar la madrugada,
como una cuchillada o un arañazo.
No quiero despertarte de ese sueño
sin una voz de vida que despierte
del sueño de la muerte tanta vida.
No quiero despertarte de la muerte
sin un aliento dulce, en el empeño,
si no es para curarte de esa herida.
Soneto II
La luz del sol, que, atenta a la alborada,
derrama en cada cielo su hermosura,
nos canta con febril coloratura
la luz de la mañana ensortijada.
Sus oros sueño son de llamarada
que busca los palacios en la altura,
y, en tanto que voy viendo su figura,
te siento con el aire de la nada.
Y quiere el pensamiento más espacio,
sintiendo que en la idea vive preso
del mármol quebrantar y su dureza.
Hallarte de regreso en el regreso,
si puede haber regreso del palacio
que habitan tu silencio y mi tristeza.
Soneto III
No pude ya, por más que hube querido,
perderme en las alturas soberano,
alzarme yo, buscar en lo lejano,
perderme con tu espíritu encendido.
No pude ya, y el ánimo abatido
volar no pudo al reino de un verano
que no existiera nunca en un temprano
ducado para el tiempo malherido.
Dejaste, en la alborada y su belleza,
tu luz, que se elevó del mismo suelo,
después de entrar en sueño tan profundo.
Te fuiste como un pájaro a ese cielo
que ofrece libertades y pureza,
dejando las tristezas de este mundo.
Finale
Y siento que te has ido
y espero tu regreso.
Y miro una alborada
que calla en el verano,
trayéndome recuerdos dolorosos
de aquel enero vil, hace ya tanto.
Y, al tiempo, no es posible
que vuelvas con nosotros, que regreses.
Y quiero recordarte, reteniéndote,
queriendo retener un imposible.
Y, ardiendo con la nada,
la luz del alba clara
me dice sus secretos,
los dice con tristeza,
lo mismo que el crepúsculo, si llega.
Y siento ese crepúsculo que viene
y vuelvo a repetirme:
te quiero entre nosotros y no puedo,
ya no es posible hallarte en los jardines
floridos del verano en el que estamos.
Y escribo estos sonetos
con aire melancólico.
Son siempre melancólicos
y tienen algo tuyo:
tal vez ese regalo que me diste
en tiempos diferentes, siendo niño.
Y poco me consuelan.
Y todo es una queja dada al aire,
al viento, a cada brisa que pasea
por donde yo fui niño en otros años.
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