
La belleza de las llamas
Ricardo Jesús Mejías Hernández
Poesía
El Taller Blanco Ediciones
Cali (Colombia), 2023
58 páginas
Sueño el otro lado de la noche,
lo vivo con sus astros apagados,
con los escalofríos
encendidos,
con las palabras amarillas
que mis dedos esculpen.
Vuelvo al espejo,
sin tiempo,
desahuciado del verbo
y la sonrisa.
No tengo otro signo que el reflejo,
otro testimonio
que saludar de manos a mi ayer,
completar de mieles y cenizas
el piso de mi espanto.
En las palmas retengo la línea
donde se deposita la tarde,
un mar sin cruces
de inútiles alegrías,
un océano extinto de futuro,
el hilo de una vela amado por el frío.
Otra vez amaso
aquel sonido,
aquel cuenco remoto
que sin prisa cubre
el suave latir del tiempo.
Me basta un pedazo de mundo,
con un sorbo de agua.
Quizás sólo humo.
Mi invisibilidad me forma.
Mis ausencias tiemblan,
con un hilo del cielo
de cenizas se renuevan.
Anochece en mi voz,
y el cielo es liebre desbocada,
preciosa sustancia calendaria,
trazo de existencia límite,
ángel que acompaña
mi caída al futuro.
Embistieron mis sueños
los velos húmedos
que desnuda el frío.
Trinaba un pájaro extraño
en la sentencia del amanecer
y bajo su transparente dulzura
fui advirtiendo el temblor
la intermitencia
que acostumbra desbordarse
por las hojas blancas del tiempo.
Hay un continente al borde de tu mirada,
un extenso mapa
de dádivas y roces.
Recupero de la tierra
los frutos que tu cuerpo aún emana,
la raíz que ancla
la fiebre de tu fuga.
Allá, donde se pierde la vista,
muy adentro,
se prenden los signos de lo que será.
Muerdo las palabras que dejaste:
puerto, horizonte,
frontera, distancia,
luz,
otoño,
ocaso,
nave, raíz, frío...
¿Quién sabe del enigma de la tierra?
Sólo quien haya convulsionado
bajo el éxtasis
de sus múltiples capas,
de su fiebre,
estará habilitado para el hallazgo
que incendia su corazón.
Hay una isla al borde de tus ojos.
Y naufrago.
La distancia es errancia,
barco sin norte
que antecede al hundimiento.
Primero es el roce
que se extingue en el espacio.
Más tarde, es el destiempo
sobre la cicatriz.
La cueva me observa y me cuestiona
y en ausencia sollozo
las antiguas conquistas:
la intensa batalla
al frío y su quietud,
el toque del fuego en el alma.
La distancia desborda su revancha,
abofetea tan miserable...
Sólo quedan
el desierto y los segundos que consumieron
mis eternos reflejos,
el oscuro campo de la pena.
Invento otoños
en esta cadena de inviernos.
Trozos de vestidura que exigen
el camino de vuelta.
Sonríe la mañana al aire firme
y me tiendo al cobijo
de unas alas.
Las sílabas extraviadas
en los recónditos rincones del sueño,
la niebla
que asecha un espacio huérfano,
el ritmo acezante de la boca:
son como la silueta de una despedida,
apariencias con sabor dulce.
Invento otoños
en esta cadena de inviernos.
Y me desprendo.
La brisa del designio
mueve
mis venas
y rubrica mi tumba.
Advierto en mi calendario
las faltas y evasiones.
En las manecillas
de mi pecho
goteo y me desangro.
Y no hay cantos. Ni inocencia.
Tu mirada traza
la noche, las paredes
de niebla que esconden
tu desnudez.
Cada línea eres tú,
cada hilo amarillo
serás de nuevo tú,
transparente y libre como
un silbido de Dios.
Es mi cuerpo una celda,
estación de tristezas
por donde respiran los dolores.
Son las horas inútil certeza,
soledad intermitente,
pedazo de hielo que se estrella
al intangible final
de un pasajero eterno, insomne.
Espero en los atardeceres
que me haga Dios su prisionero y vuelva
hasta mi rostro
la belleza de las llamas.
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