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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Los azotes de Sancho Panza
Breve ensayo de antropología social

• Lunes 20 de noviembre de 2017
Sancho decide continuar con los azotes, no ya sobre sus espaldas, sino golpeando el tronco de los árboles… los golpeaba con tanta fuerza y denuedo soltando suspiros y lamentos como si estuviese arrancándose el alma a pedazos que llegó a pelar la corteza de muchos, muchos árboles.

Ante la orden del mago Merlín, Sancho responde: “¡Válete el diablo por modo de desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos!” (II, XXXV). La orden lleva a imaginar que Dulcinea abandonará la figura de una rústica y hedionda labradora y recobrará su estado primo cual hermosa doncella sólo a condición de que Sancho se dé una tanda de azotes. Para desencantar sólo valen los azotes. Son necesarios y suficientes tres mil trescientos.

La curiosa juntura dinámica entre ambos asuntos, azotes y desencanto, uno apegado al mundo ideal y de encantamientos de don Quijote, el otro tan sensible y cercano a Sancho Panza, ha motivado el gusto e interés por escribir estas páginas luego de la última relectura de la obra de Miguel de Cervantes y Saavedra.1Cervantes y Saavedra, Miguel de, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Editorial Trillas (México, 1993). Esta edición reproduce el texto de las ediciones príncipe de 1605 y 1615 y las notas al texto cervantino que para la edición de la Editorial Séneca (México, 1941) redactó el profesor Agustín Millares Carlo.

Azotes y encantamiento son términos densos que atraen nuestra atención en el intento de examinar el problema de las realidades múltiples en el juego del mundo donde don Quijote y Sancho Panza aparecen inmersos.

No hay dos lectores que den la impresión de haber leído el mismo Quijote y hasta los críticos más serios aún no terminan de escarbar en sus fundamentos. En cambio, sí es lugar común apegar a Sancho rasgos tales como prosaico, grotesco, vulgar o rechoncho. Esta caracterización, así como cualquiera otra atinente a don Quijote, en mucho depende del propósito y marco del análisis empleado, de los capítulos o las aventuras que centran el examen, de la perspectiva acerca del objeto o sujeto en cuestión, y sobre todo del gusto e interés del lector, su lengua y cultura, etc. De manera que, sobre el Quijote, el calidoscopio del mirador solitario no ha dejado ni dejará de moverse.

Admitimos que la libertad, simplicidad y dignidad de la vida humana no habían alcanzado tantas formas bellas hasta que Cervantes las recreó.2Siguiendo esta edición hemos aprovechado las abundantes y minuciosas notas de todo género que aparecen al final del libro, que tanto ayudan al lector hoy en día. Suponemos, para las humanidades y las ciencias sociales, que todas las hipótesis teóricas imaginables acerca de la vida y la condición humana ya han sido esbozadas en El Quijote y en los textos de los creadores clásicos de la cultura occidental.

Azotes y encantamiento son términos densos que atraen nuestra atención en el intento de examinar el problema de las realidades múltiples en el juego del mundo donde don Quijote y Sancho Panza aparecen inmersos. La relación entre ellos constituye el nudo y la grandeza del libro y se puede seguir en el tono y brío de sus conversaciones. Mientras andan y platican amplían el ámbito de sus pensamientos. Uno para el otro son interlocutores ejemplares, inseparables. Ellos cambian y evolucionan al escucharse mutuamente, aunque el ideal y la realidad son demasiado punzantes y fuertes en cada uno, dando brillo y contraste a una relación signada por la libertad y la amistad.

Para Sancho el asunto de los azotes moviliza e involucra todo su mundo cotidiano, su cuerpo y sus sentidos. En cambio, para don Quijote el desencantamiento de Dulcinea representa su más alto ideal, esperanza amorosa y apreciado logro caballeresco. La alegría pertenece a Sancho tanto como la vitalidad a don Quijote. Los une la común participación en ese mundo de juegos y un profundo afecto mutuo, de manera que el valor de la amistad consigue luces y cimas no antes alcanzadas en la literatura.

El envés de ese juego con dosis de seriedad, cierta ironía y muchísimo humor es manejado por Cervantes. Paciencia y barajar… anota en varios momentos y pasajes. La frase exhorta a quien en el juego va perdiendo. Hoy se ha vuelto extensiva a muchos desafortunados ante las adversidades de la vida. Repetidas veces Cervantes plantea envites serios al lector. Cada capítulo, cada aventura es una ronda con nuevos dados y cartas y, siendo un maestro, él apuesta por la casa, la morada del hombre con sus cimientos en el lenguaje, el sentido común y el humor. J. L. Borges alguna vez comentó en una conferencia: “Es como si Cervantes estuviera todo el tiempo entrando y saliendo fugazmente de su propio libro y, por supuesto, debe haber disfrutado mucho de su juego”.

Ese arte también atañe a otros ámbitos pues, para turbación del lector, al mencionar la palabra “dado”, Cervantes asoma varios sentidos hasta dejar colgando en la ambigüedad varios temas antropológicos relativos a la existencia y al destino del hombre. En la primera parte, y en dos momentos distintos, Cervantes repite lo siguiente: “Tal podría correr el dado, que los primeros movimientos no son en manos del hombre (…)”. Por otro lado, en una conversación entre ambos personajes aparece esta frase: “De tal manera podía correr el dado, que echásemos azar en lugar de encuentro”. Nótese que azar y encuentro son lances en el juego de dados.

Tampoco en la literatura ha sido igualado con tanta belleza y profundidad el tratamiento del principio de la realidad. Al respecto, Alfred Schütz3Schütz, Alfred (1955), “Don Quijote y el problema de la realidad”, revista Diánoia, Año 1, Nº 1, pp. 312-330. ha escrito el texto más memorable y provocador. De él retenemos dos tesis que sirven de guía en nuestro intento. Este sociólogo sostiene que la novela de Cervantes trata sistemáticamente el problema mismo de las realidades múltiples y muchos aspectos de las aventuras de don Quijote son variaciones cuidadosamente elaboradas del tema principal, esto es, de qué modo experimentamos la realidad. Todo el libro es un entretejido de realidades y sueños y en esa mixtura Cervantes va enlazando, colgando aquí y allá las aventuras. Conexa a esta primera proposición, la otra refiere la dialéctica de la intersubjetividad entre don Quijote y Sancho. Ciertamente, es un saber humano desplegado en una cadena de asociaciones y variaciones subjetivas, pero atado a una idea central, el tratamiento de la realidad. Y en medio, la mirada en el mirar de Cervantes, mientras atiende con mucha atención dos extremos en la condición humana, la locura y la cordura, o la discreción como gusta él denominarla.

Aquí consideramos el problema azotes vs desencantamiento como un caso denso particularmente apropiado para examinar sobre el riquísimo fondo de aventuras que viven don Quijote y Sancho, la relación entre ambos; un caso ajustado para seguir también el infinito juego de lenguaje en sus pláticas y disputas, juego entretejido de oposiciones y paradojas, refranes y percepciones, proverbios y anécdotas, acciones y motivaciones siempre, siempre distintas, cambiantes.

El largo y apretado enredo acerca del desencantamiento de Dulcinea y los azotes de Sancho aparece de manera inesperada y graciosa en la segunda parte de la obra. En esos capítulos, antes de narrar ciertas acciones de Sancho, Cervantes anota: “espera amable lector dos fanegas de risa”. Más adelante, Sanchica se entera por carta de las hazañas de su padre y Cervantes cuenta que “se le fueron las aguas sin sentirlo de puro contenta”.

La continua carcajada al leer el libro sobreviene con asombro porque Cervantes inventó infinitas maneras y figuras para interrumpir su propia narración y llevar al lector a participar en su historia, alterando y alternando tiempo, espacio y causalidad con extrema y sostenida cautela hasta convertirnos en lectores activos. Es como si él entrara y saliera del libro y además participara en los libros de don Quijote. Es así como muchos lectores evocan a don Quijote; así también el espectador procura seguir el teatro en Hamlet. De manera que —siguiendo a Schütz— ni el subuniverso de la locura de don Quijote, ni la realidad primordial de los sentidos en la cual nosotros, Sanchos, vivimos nuestra vida cotidiana, resultan ser tan monolíticos como parecen.

Las preguntas acerca de las diferencias entre realidad y sueño, entre experiencia e imaginación, Cervantes las asoma sólo en dos momentos. ¡Ah!, con asombro, el lector se percata, primero, de que únicamente don Quijote se interesa por ellas; segundo, de que sólo las formula ante dos artificios, el mono adivino y la cabeza encantada —para recibir la misma respuesta. Gracias a esa constante movilidad en la narración, los ejes y los enlaces entre el mundo idealizado de don Quijote y la realidad primordial de Sancho están cuidadosamente estructurados por Cervantes, quien nos revela así contrastes y transiciones inagotables.

Cervantes inventa el juego del mundo en cuyo despliegue él sigue siendo el señero maestro inspirador. Toda la obra es una inmensa y continua revelación de genio, belleza y humor. En su arquitectura inventa las reglas de una lógica que nos atrevemos aquí a denominar “lógica difusa”, distinta a otras, por ejemplo, aquella que rige al método científico racional o la otra apegada a las rígidas matemáticas. Él pareciera indicarnos que no hay conocimiento que escape al posible riesgo de la ilusión, el error, la locura… mientras nos lleva a la comprensión del mundo como ambigüedad, y ésta por sí sola es una trascendental y valiosísima lección para el género humano en su acercamiento al mundo. De allí el atractivo que Cervantes sigue suscitando entre quienes sienten vivo el interés por la vida y la condición humana, por el arte y la literatura.

Imaginamos que los límites de ese tablero donde Cervantes representa el juego del mundo, él los mueve con atinada finura y exquisita delicadeza hasta humanizar la tragedia que a la vida del caballero andante le ha reservado. Las aventuras de don Quijote a ratos provocan en el lector una mezcla de compasión, admiración y humor jocoso. Muy distintos son los límites y movimientos que a través de Sancho, y sólo para él, Cervantes va recreando. Cuanto más sofisticadas, serias o circunspectas son las posturas y respuestas de don Quijote tanto más lucen las de Sancho vívidas, graciosas y certeras. En cierto momento, es Sancho quien remueve los ánimos del caballero y le recuerda que, “si los hombres sienten demasiado las tristezas, se vuelven bestias”.

Porque Cervantes no se ocupa de esbozar una filosofía, más bien revela una actitud meridional dejando correr “lo dado” y “el dado”. Queda asomada una alquimia en justas proporciones de cantidad y calidad respecto al manejo de dos palabras claves que representan la singularidad de cada uno de los personajes: en don Quijote, la discreción, en Sancho, la simplicidad. Para bien y hacia un futuro mejor permanecerá abierto el misterio acerca de la mezcla y juntura de esos dos dones.

En cuanto a las sonrisas, risas y carcajadas, el lector nunca está prevenido, aun cuando lee y relee la obra. Incluso las carcajadas regresan y nos visitan mientras guardamos el libro, por unos días, pero nunca he alcanzado a explicar ese fenómeno tan espiritual como anímico. Más que buscar explicación es mejor que nos acompañen. Siguiendo de cerca esta humanísima obra se despertó nuestro deseo para emprender este ensayo desde la perspectiva de la antropología social.

Para cada uno de los andantes personajes Cervantes inventa un humor verbal y situacional y ¡vaya! se trata de una original invención. La inmensa e intrincada juntura de juego y tragedia, de juego y risa, que caracteriza toda, toda la obra, alcanza a nuestro gusto y entender una representación singular en el caso de los azotes que Sancho se debe propinar porque un mago así se lo ha ordenado. Veremos que sólo reteniendo “el axioma del encantamiento” es posible la comprensión de algunos episodios y las aventuras de don Quijote y Sancho; sólo así es posible la aproximación a la hermosa e indeclinable amistad que une de manera ejemplar a ambos personajes.

La obra es singular si se atiende su estructura, vale decir, a las tantas y tantas vicisitudes y tribulaciones que el caballero padece y hace padecer a su escudero, quien no escatima mañas para sobrellevarlas con amor y lealtad. Singular como caso concreto en cuanto al choque y enfrentamiento sostenido de los subuniversos de ambos personajes. Singular si se desplaza la mirada desde el mundo sensible y circundante que Cervantes ha reservado a Sancho, hacia cualquier hombre, aquí y ahora. Veremos cómo y cuánto luce Sancho sus dones y dotes para estar a la altura, dejar correr la fantasía de su señor y dejar correr la suerte o la oportunidad por donde mejor se encaminare.

Las preguntas de Sancho cuestionando la orden del mago Merlín, quien para don Quijote es un sabio, y los argumentos al discutirla, son impecables y dignos de toda admiración y reflexión.

En torno a los azotes, don Quijote y Sancho conversan, discuten y mucho riñen. El profundo afecto que siente don Quijote por su escudero alcanza su máxima manifestación entre abrazos, besos y lágrimas cuando Sancho con muchos miedos y remilgos se compromete en semejante negocio, eso sí, bajo ciertas condiciones, agrega él. Mientras más piensa y razona para evadir el castigo, tanto más don Quijote monta en cólera, le acosa y propina todo género de insultos y amenazas. Sus momentos e intercambios más ásperos y fuertes tienen como llave el negocio de los azotes. Por ellos se van a las manos, a los golpes, hasta caer y revolcar por tierra y polvo. Por los azotes se pone a prueba la individualidad y humanidad de cada uno. Con ocasión de los azotes o del desencantamiento de Dulcinea, en don Quijote sobreviene un viraje en su identidad y se agudiza su tragedia personal al debilitarse la fe en la realidad de su dama. Mientras que en Sancho el sentido común se robustece elevando su locuacidad y desparpajo para aliviar los decaimientos en don Quijote, para afinar su agudeza y vitalidad, para cuidar sus “espaldas y nalgas valientes” (léase, grandes).

En la obra, en la segunda parte, vemos que el conflicto por los azotes presenta una secuencia singular puesto que en éstas y muchas otras alternancias Cervantes es un encantador y jugador ejemplar. Ese conflicto entre don Quijote y Sancho Panza aparece, se dilata y al punto se suspende; reaparece, arrecia, luego se posterga; de pronto se reanuda para recobrar fuerza inusitada al final, pero sostenida a lo largo de once capítulos. Y prepárese amigo lector para el gran final. Hemos de señalar que, luego de abundantes notas con detalles y pormenores, es que logré reunir las piezas de ese juego, dispersas, sin aparente hilo de continuidad ni cierre.

Las preguntas de Sancho cuestionando la orden del mago Merlín, quien para don Quijote es un sabio, y los argumentos al discutirla, son impecables y dignos de toda admiración y reflexión. En favor de este argumento, añadimos que en Internet no encontramos análisis por el lado de la antropología social centrados en el tema aquí propuesto. Se trata de un hecho específico y exterior, que nos lleva hacia un todo inmenso en las relaciones humanas, hacia un recorrido tácito e interior entre ellos dos.

Con Sancho también abundan los refranes, pues frente ante semejante disciplina de sangre, y en defensa propia, él es tan artero como gracioso y pone a prueba, con sus dotes, la paciencia y cólera de don Quijote: “¡Maldito seas de Dios y de todos los santos, Sancho maldito, y cuándo será el día, como muchas otras veces te he dicho, donde yo te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada!” (II, XXXIV). Los argumentos de Sancho, aderezados con refranes, las más de las veces deformados a fin de rechazar o al menos postergar los azotes, constituyen un hilo conductor en este ensayo. Veremos que a ratos él supera con la razón del sentido común todo cuanto proviene del corazón, la cabeza y el ingenio de don Quijote.

¿Pero acaso don Quijote no es el más listo y sabio entre todos los entes literarios de Cervantes? Y en la segunda parte ¿quién ha enseñado a Sancho a filosofar? Las preguntas serias del lector, Cervantes las ha teñido con todos los colores y tonos propios del humor; ellos, en este conflicto, a ratos agrio, a ratos cortés, entre la realidad empírica y sensible de los azotes y la búsqueda artificiosa y engañosa del desencantamiento, esas preguntas parecen casi inalcanzables. Ambos, con andar y luz propia, van siempre por delante del lector, o cualquiera de nosotros llega tarde. Tarde piache4Tarde piache —expresión que en el lenguaje popular se mantiene así: tarde piaste, pajarito. En las notas al final del libro se comenta su uso cuando alguien llega o acude tarde. Se cuenta que así dijo al tragarse un huevo empollado cierto soldado que lo había hurtado… —diría Sancho.

El problema de los azotes vs desencanto constituye un ejemplo preciso y precioso donde quedan plasmadas las energías de cada personaje y sus radicales diferencias. Ambos muestran un mundo particular cuyas transformaciones alcanzan proporciones bellas y perfectas que armonizan con la amistad y sostienen cada individualidad. Tal belleza y proporción parecen venir de la mano de un geómetra, de un genio, de un humanista… o como gustéis.

Hay un no sé qué… en ese largo y sostenido compromiso entre ambos personajes. Esa vislumbre, Cervantes la resguarda hasta llegar a la comedia y la tragedia que ellos representan hacia el final y sólo revela su magnitud en el cumplimiento de los azotes que hace coincidir con el fin majestuoso de la obra. El desenlace es abrumador, recoge e intensifica la sensibilidad y la gravedad de cada uno, acrecentado en un momento ritual que sólo, únicamente concierne a ellos.

Ordenamos y examinamos el problema de los azotes vs desencanto en tres secciones. a) En la primera exponemos la orden de Merlín y las circunstancias de su intervención; momento y ambiente, intercambios y condiciones; formas y pormenores del vapuleo; argumentos iniciales de don Quijote y de otros personajes; las razones del rechazo y la defensa de Sancho. b) Luego atendemos las trayectorias de aquello que para ambos es un negocio: para don Quijote una esperanza, un modo de desencantamiento, una deuda, un riguroso compromiso que su ayudante debe sin falta cumplir; para Sancho es una disciplina de sangre, un castigo, un suplicio a sus tiernas y sensibles carnes, suplicio que no está dispuesto ni siquiera a emprender antes bien a rechazar con sostenida terquedad y pulidas razones. c) En la última parte, atendemos al desenlace de tan grandioso y enrevesado conflicto.

 

La orden de Merlín

El asunto comienza cuando estando don Quijote y Sancho en el castillo de los duques, éstos deciden “hacerles unas burlas que llevasen vislumbres y apariencias de aventuras” (II, XXXIV). A la duquesa le gusta tanto la simplicidad de Sancho que casi llega a “creer ser verdad infalible” que Dulcinea del Toboso estuviese encantada, siendo que el mismo Sancho había sido un embustero y con embelecos dio inicio a aquel negocio. Cervantes advierte que en este castillo, gracias a la intervención de los duques, a ambos les suceden las aventuras más famosas al mejor estilo caballeresco. Allí se desenvuelve (II, XXXIII) entre la duquesa y Sancho el siguiente diálogo:

—Vos tenéis razón, Sancho —dijo la duquesa—, que nadie nace enseñado y de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras. Pero volviendo a la plática tengo por cosa cierta y más que averiguada que aquella imaginación que Sancho tuvo de burlar a su señor, y darle a entender que la labradora era Dulcinea, y que si su señor no la conocía debía de ser por estar encantada, todo fue invención de alguno de los encantadores que al señor Quijote persiguen; porque real y verdaderamente yo sé de buena parte que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso, y que el buen Sancho pensando ser el engañador, es el engañado, y no hay poner más duda en esta verdad que en las cosas que nunca vimos… y créame Sancho que la villana brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que está encantada como la madre que la parió, y cuando menos pensemos, la habremos de ver en su propia figura, y entonces saldrá Sancho del engaño en que vive.

—Bien puede ser todo eso —dijo Sancho Panza—; y ahora quiero creer lo que mi amo cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a la señora Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y hábito que yo dije que la había visto cuando la encanté por sólo mi gusto; y todo debió ser al revés, como vuesa merced dice; porque de mi ruin ingenio no se puede ni debe presumir que fabricase en un instante tan agudo embuste. Pero señora, no por esto será bien que vuestra bondad me tenga por malévolo, pues no está obligado un porro como yo a taladrar los pensamientos y malicias de los pésimos encantadores: yo fingí aquello por escaparme de las riñas de mi señor don Quijote y no con intención de ofenderle; y si ha salido al revés…

Nótese que en estos dos pasajes se detectan los marcos iniciales del problema, así como los enlaces que sostienen e hilvanan toda la narración posterior. Veamos. 1º Aparecen los trazos relativos al lenguaje y la lógica. 2º Se asoman alternancias en las oposiciones y los términos empleados. 3º Se logra la fusión de varias acciones y disposiciones pasadas, presentes y venideras de los personajes. 4º Se enlazan elementos pertenecientes a distintos subuniversos. Al echar dados y cartas, las rondas comienzan a girar y girar, desde el encantamiento al engaño, hasta llegar a unos azotes y un desencantamiento.

Dos asuntos sobresalen y quedan por delante al lector: si, gracias a sus embustes, Sancho aparece involucrado en el encantamiento de Dulcinea, entonces otro encantador más sabio y poderoso será quien dé la orden para comprometer y disciplinar al embustero y revertir el curso del negocio, del juego. Sí, son los duques quienes intervienen como testigos e incluso como autoridades ante los enredos y desacuerdos que sobrevienen, pero también son ellos quienes precisamente urden desde el inicio todas las burlas engañosas de las aventuras en el castillo. Ellos hacen aparecer al mago y éste a su vez garantiza la coexistencia y compatibilidad entre azotes y desencantamiento dando paso a todo un subuniverso de ficción y removiendo, en la narración, los ejes de tiempo, espacio y causalidad. Para la duquesa, quien habla de veras, se trata más de una burla que de encantamiento, pero en pláticas con ella Sancho sostiene que eso del encantamiento sólo es verdad allá por los cerros de Úbeda…

Interesa realzar otros pormenores siguiendo los hilos de los textos antes referidos. La duquesa, quien maneja los personajes, hilos y eventos en el castillo, reitera dos veces y persuade a Sancho de que la villana brincadora “era y es” Dulcinea del Toboso; lo convence de que la burla a su señor fue más bien invención de encantadores enemigos, que no de él; por ende, que de engañador pasó a ser el engañado; además da la impresión de que la duquesa se interesa de sólito y bastante por saber de Dulcinea, desde atrás y hacia adelante. Sancho de su parte admite que la encantó, y por su gusto, por no reñir con su señor, que fingió, pero al final todo salió al revés…

Y llegó el gran y majestuoso día (II, XXXV) cuando los duques deciden preparar con toda clase de máquinas una burla a don Quijote, burla famosa al mejor estilo caballeresco. Al compás de una música, aparece un carro triunfal, montados están doce disciplinantes de luz, una ninfa cubierta de velos y una figura que parecía ser la misma muerte, descarnada y fea. Esta muerte viva recita lo siguiente:

Yo soy Merlín, aquél que las historias
dicen que tuve por mi padre al diablo
(mentira autorizada de los tiempos)
Príncipe de la Mágica y monarca
y archivo de la ciencia zoroástrica.

Que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso,
es menester que Sancho tu escudero
se dé tres mil azotes y trescientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo
que le escuezan, le amarguen y le enfaden.

El último verso y la carcajada del lector ciertamente son incentivos para seguir acompañando a Sancho… puesto que sólo para él podía Cervantes conjugar con tanta gracia la tribulación con el absurdo. Con cuánta sabiduría el autor nos dispone a entrar y salir en un mundo extraordinario donde las vicisitudes del hombre ordinario no habían sido reveladas con tanto arte e ingenio. Con cuánto discernimiento Cervantes llega a encarnar todo aquello que es universal y específico en el hombre y sus relaciones con los otros, porque las representaciones acerca del hombre libre y culto, del hombre libre y simple, del hombre libre e ignorante, no habían sido tan enriquecidas y ampliadas hasta tanto Cervantes las modeló.

En el castillo ducal quedan establecidas las condiciones para la ejecución de los azotes, unas impuestas por Merlín, otras a solicitud de don Quijote; unas según previsiones y recelos de Sancho y otras propuestas por el duque.

En la segunda parte de la obra aparece la figura del mago Merlín, quien con los versos anotados comenzó y terminó hablando. Así sentencia y compromete con una orden todos los siguientes días de Sancho Panza y su relación con don Quijote. Si el encantamiento lo originó Sancho entonces sólo de él depende poner las cosas al revés; si por su gusto inventó embustes, por su voluntad tendrá que deshacer la desgracia de Dulcinea; si al principio fingió, para evitar riñas con don Quijote, en lo sucesivo y de continuo la comunicación entre ambos estará marcada por una cadena de zozobras con toda clase de ruegos y presiones de don Quijote y de remilgos y melindres por el lado de Sancho.

También en el castillo ducal quedan establecidas las condiciones para la ejecución de los azotes, unas impuestas por Merlín, otras a solicitud de don Quijote; unas según previsiones y recelos de Sancho y otras propuestas por el duque. Gracias a éste, se abren puentes de comunicación para todos los presentes que escuchan, ven al mago y participan en la burla preparada para don Quijote.

En medio de una caterva de percepciones y esquemas de interpretación disímiles, cada trance se resuelve gracias a la intervención de los duques, que con artificios traen a los encantadores y éstos a su vez desempeñan el papel de causalidad o motivación. También los duques representan la autoridad y avalan como testigos la orden del mago Merlín y el compromiso de Sancho. Más aun, el duque asume la oferta sobre la ínsula para Sancho “a pesar de la envidia y la malicia del mundo”. Mientras, Sancho en momentos de miedo corre y busca refugio cerca de las largas faldas de la duquesa.

Preguntó la duquesa a Sancho otro día si había comenzado la tarea de la penitencia que había de hacer por el desencanto de Dulcinea. Él dijo que sí pues aquella noche se había dado cinco azotes. Le preguntó la duquesa con qué se los había dado. Respondió que con la mano.

—Eso —replicó la duquesa— más es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo para mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura: menester será que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de canelones, que se dejen sentir, porque la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea, por tan poco precio; y advierte Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.

Son tres mil trescientos azotes a la manera de los disciplinantes de sangre sobre las carnes desnudas de Sancho, sus espaldas y nalgas. La cantidad inicial, determinada por el mago, quiere don Quijote duplicarla ¡cómo no! por amor a Dulcinea, aunque luego se intenta algo intermedio, la mitad, a condición de que venga de mano ajena pero bien pesada… “Ni ajena, ni propia, ni pesada ni por pesar —replica Sancho—; a mí no me ha de tocar alguna mano. ¿Parí yo por ventura a la señora Dulcinea del Toboso para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? ¿Azotarme yo? ¡Abernuncio! —Abrenuncio habéis de decir, Sancho —dijo el duque”.

Porque las condiciones de los azotes son asuntos de honor propios del código de caballería de don Quijote. En cambio, para Sancho todo ese negocio no hace sino suscitar miedos y rechazos en medio de refranes como pretexto para escapar. Así, quiere Sancho que el vapuleo sea a voluntad y no por fuerza, en el tiempo que él quisiera y sin término preciso. En su momento, don Quijote recordará a Sancho que, según Merlín, una vez ejecutada la cantidad exacta de azotes, tres mil trescientos, ni uno más ni uno menos, Dulcinea quedaría desencantada.

Las cofradías religiosas con sus disciplinantes de sangre —y no los de luz, éstos llevaban cirios y hachas— se azotaban con sendas disciplinas de abrojos o canelones hasta sacarse sangre, jirones y heridas; canelones compuestos de seis u ocho ramales que remataban juntos, gordos, duros y labrados —cabe hoy con asombro imaginar semejantes prácticas religiosas. Pero Sancho logra precisar sus propias condiciones: acepta y se compromete a darse todos y cada uno de los azotes de su propia mano y cuando quisiera; sin tasa en los días ni en el tiempo; sin obligación de sacarse sangre; además, si algunos azotes fuesen de mosqueo (léase, sin daño) más bien débiles como para espantar moscas, esos también se han de tomar en cuenta; por último, si llegase a errar el número, el señor Merlín, que todo lo sabe, cuenta si faltan o si sobran. Llegando al cabal número, aclara Merlín, Dulcinea quedará de improviso y de inmediato desencantada. Nada sobra y nada falta, “ni el cielo permita que yo engañe a nadie”.

Al examinar los orígenes del problema conviene seguir las preguntas y los argumentos que en su defensa Sancho llega a disputar. Su realidad sensible, su experiencia cotidiana lo guían hasta enfrentarse y rechazar con mañas y razones a quienes quieren imponer un castigo a su cuerpo. Su razonamiento se afinca en aquello que para él resulta muy obvio. ¿Cómo entender, cómo aceptar la relación entre azotes y desencanto, entre nalgas y pecados? “Pues aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto y no será bien que yo me descríe por el provecho ajeno”. Entonces, primero inquiere a la doncella que desde el carro triunfal figura como Dulcinea; ante tal figura, Sancho le dice:

Querría yo saber de la señora Dulcina del Toboso adónde aprendió el modo de rogar que tiene; viene a pedirme que me abra las carnes a azotes, ¿por ventura son mis carnes de bronce o vame a mí algo en que se desencante o no? ¿Qué canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, trae delante de sí para ablandarme, sabiendo aquél refrán que dicen por ahí, que un asno cargado de oro sube ligero por una montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y que a Dios rogando y con el mazo dando, y que más vale un “toma” que dos “te daré”? Aprendan, aprendan mucho de en hora mala saber rogar, y a saber pedir, y a tener crianza…

Evidentemente, Cervantes reserva para Sancho un discurso impecable, jocoso y convincente donde además se aprecia el total realismo de la vida cotidiana y la simplicidad de una cultura toda. Hay una mezcla apretada de tonos, sentidos y propósitos. Sancho inquiere a la señora Dulcina (Dulcina por Dulcinea, es uno de sus tantos juegos o deformaciones en el uso del lenguaje) y a la vez él se coloca en posición de instruir a los presentes. Se defiende y confronta, manejando vocablos extremos (carnes, bronce, desencanto), y a la par asoma su natural interés y gusto por prendas, regalos y usos del diario vivir. Y finaliza con una lección o reflexión: en las malas horas, hay que saber pedir, saber rogar o saber ser gente… Con ocasión de la azotaina, Cervantes nos presenta a un Sancho preparado para debatir e instruir a muchos acerca de las vicisitudes y jaleos de la vida humana.

Sólo la intervención del duque logra frenar la perorata de Sancho con sus refranes y demandas por un intercambio material equiparable en cuantía a los daños que le vendrán por los azotes. Pues cualquiera sabe “¿qué hace un rucio cargado de oro o no?” —sólo el duque lo conmina a aceptar, a volver al ámbito de los encantadores y los sabios, dando franca salida a la situación: “En resolución, Sancho, o vos habéis de ser azotado o no habéis de ser gobernador”.

A diferencia del usual talante que lo caracteriza frente a los apremios, esta vez Sancho pide una tregua, dos días para pensar lo que mejor le convendría, pero recibe una negativa en los mismos términos de su lenguaje ordinario: aquí y ahora han de quedar asentados los modos, calidades y cantidades del negocio. Siendo así, vuelve esta vez al mago Merlín sus cuestionamientos y le pregunta:

—Dígame vuesa merced, señor Merlín: cuándo llegó aquí el diablo correo y dio a mi amo un recado del señor Montesinos porque venía a dar orden de que la señora Dulcinea del Toboso se desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos ni a sus semejas.

—El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandísimo bellaco; yo le envié en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino mío. Y por agora acaba de dar el sí desta disciplina, y creedme que os será de mucho provecho, así para el alma como para el cuerpo (…) sois de complexión sanguínea, y no os podrá hacer daño sacaros un poco de sangre.

—¡Ea, pues, a la mano de Dios! —dijo Sancho—. Yo consiento en mi mala ventura, digo, que yo acepto la penitencia, con las condiciones apuntadas.

En cuanto Sancho pronunció esas palabras, don Quijote emocionado se colgó a su cuello dándole besos y más besos en la frente y las mejillas. Tan contentísimo y esperanzado sale el caballero del evento que da origen a los azotes de Sancho (o la burla fingida propiciada por los duques que hicieron aparecer al mayordomo vestido como Merlín y a un paje como Dulcinea) que Cervantes cierra la aventura acercando al lector a contemplar la belleza cuando llega el alba… “la tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la luz serena…”. Así comprendemos, hasta sentir y compartir la alegría amorosa que embarga el espíritu de don Quijote cuando quedan establecidas las condiciones del negocio.

En esta primera fase de aproximación, atendiendo la inesperada circunstancia que se le presenta a Sancho como irremediable, cabe destacar para el examen ciertos asuntos de interés. Más que explicaciones importa apreciar los puentes y tramos que Cervantes va dejando, pues ellos permiten seguir a Sancho en su realidad primordial u ordinaria. Veamos.

En cuanto a los azotes, Sancho sólo reaccionará cuando don Quijote, que no descansa pensando e imaginando su cumplimiento, se le planta por delante, le recuerda, regaña o amenaza.

Los sustentos de la relación y comunicación entre Sancho y don Quijote adquieren desde la orden de Merlín un nuevo cariz, se refuerzan y estrechan. Así como, para don Quijote, Dulcinea y su desencantamiento lo es todo, su vida, la vida de sus ojos y de su alma, así también para Sancho se trata por primera vez de un compromiso determinado y cabal que pone a prueba su sensibilidad mucho más acá de la lealtad a su señor. Para don Quijote el altísimo valor del honor y del bien siempre han estado atados a su ímpetu y coraje, pero esta vez, y en lo sucesivo, todo depende de Sancho, su escudero y compañero. Don Quijote, luego de escuchar a Merlín, queda en seguida, plena y absolutamente convencido de la relación causa-efecto entre azotes y desencanto; en cambio, para Sancho llegado el momento decisivo u oportuno comenzará seriamente a repensar y desconfiar, según veremos, de todas las condiciones del negocio.

Da la impresión de que su cuerpo y ánimo nunca antes habían estado tan expuestos a un rigor semejante. Amanecerá y veremos. Durmamos y medraremos. Él vive el día a día con plena alegría y llaneza. En cuanto a los azotes, sólo reaccionará cuando don Quijote, que no descansa pensando e imaginando su cumplimiento, se le planta por delante, le recuerda, regaña o amenaza. Sancho discute, se defiende como un hombre rústico cualquiera siempre alentado por la razón del sentido común. Cada vez que Cervantes reactiva el conflicto, intercala todo género de palabras, gestos y actitudes, aproxima a ambos personajes, suspende un rato la disputa y luego continúa sobrecargando la tensión anímica de don Quijote, mientras que para Sancho abre múltiples salidas airosas.

Respecto a cada personaje Cervantes reserva términos apropiados cuando uno u otro interviene en el problema de los azotes. Para Sancho es una penitencia y mala ventura; cree que pagará con su cuerpo algo que a duras penas acepta o sólo cuando le confirman la promesa de la ínsula. Para don Quijote es una esperanza amorosa alimentada bajo artificios gracias a la figura de Merlín. En ese episodio, para la doncella que figura como Dulcinea, los azotes representan la liberación de su desgracia. En cuanto al duque y la duquesa, se trata de una burla. Por último, lejos del palacio ducal se encuentra Teresa Panza, la mujer de Sancho, a quien mediante carta le comunica el asunto; así, en las primeras líneas él escribe lo siguiente: “Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba,5Estas frases aluden a un proverbio derivado de la pena de azotes que se aplicaba al reo exhibiéndolo sobre un pollino por las calles. si buen gobierno me tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú, Teresa mía, por ahora, otra vez lo sabrás”.

Con ocasión del episodio de los azotes, Cervantes, para admiración o risa del lector, sostiene una vez más el complicado problema de las realidades múltiples con tantas entradas, pasajes, atajos y salidas como su inagotable ingenio lo estima. Vemos que particularmente donde se inicia el problema en cuestión (II, XXXV) se detectan allí casi todos los términos que le permiten expandir el juego de lenguaje, lógica y sentidos, juego que prolonga hasta las trasposiciones más absurdas, hacia lo imposible de toda imposibilidad. En el mencionado capítulo la lista de términos6En ese sentido, el capítulo XX, primera parte, trae varios asuntos interesantes. Al relatar la aventura de los batanes, Cervantes intercala un asombroso juego de palabras tales como risa y miedo, temor y burla, oír la verdad y ver la verdad, prueba y miedo; todo lo cual suscita interrogantes acerca de la relación verdad y realidad. En el cuento de Sancho sobre del pescador, el pastor y las cabras, se dice: “Tenga vuesa merced cuenta de las cabras que el pescador va pasando porque si se pierde una de la memoria, se acabará el cuento”. incluye aproximadamente los siguientes: encantamiento, artificio, broma tramada, engaño, fantasía, embustes, burla fingida, superchería, fingimiento, diablo, Diablo, historia, mentira, ciencia zoroástrica, ciencia endemoniada, hazaña, mago, sueño, caballería, muerte viva, cielo, Dios.

Sancho, en razón a los miedos y rechazos que desde el principio manifiesta, recibe toda clase de insultos de la figura de Dulcinea, para quien los azotes representan la lisura de sus carnes; con voz no muy adamada, ella lo llama e insulta así: “Mal venturado escudero, ladrón desuellacaras, enemigo del género humano, melindroso, esquivo, miserable y endurecido animal, mochuelo espantadizo, socarrón, mal intencionado monstro, perezoso, bestión indómito”. Para rematar don Quijote le amenaza, diciendo: “Villano, harto de ajos, os arrancaré el alma…”.

Para finalizar esta primera sección hemos ordenado los enlaces entre los personajes de la manera siguiente, atendiendo sus disposiciones y combinaciones:

  • Sancho y don Quijote, el negocio, azotes por desencanto.
  • Don Quijote y Merlín, la promesa del desencanto de Dulcinea.
  • Sancho y el duque, la promesa de la ínsula.
  • Sancho y la duquesa, la inversión del engaño.
  • Los duques y la gente del castillo, la burla a don Quijote.

 

Momentos y trayectorias

El problema de los azotes aparece, se suspende, se dilata y reaparece en once capítulos de la segunda parte de la obra. Don Quijote no dará tregua a su apasionado ímpetu y amorosa esperanza hasta el cabal cumplimiento de la azotaina. A Cervantes no le basta narrar los altibajos de este conflicto; también quiere que el lector participe del fervor de don Quijote y de los recelos de Sancho a lo largo de los momentos y trayectorias que lo jalonan.

Frente a los esfuerzos e intentos del caballero, Sancho siempre está a pique, a la altura del acoso con curiosos pretextos y salidas de todo género. Su habilidad con los refranes es uno de los métodos que Cervantes emplea en el inmenso despliegue del humor verbal y el realismo que caracteriza a Sancho. En ese juego, si a Sancho le está reservado un vapuleo, para el lector Cervantes ha preparado fanegas de risas. Si don Quijote agota su paciencia, Sancho baraja calladito sus cartas.

Distintos estudiosos interesados en la obra de Cervantes acuerdan en señalar que, a diferencia de la primera parte, en la segunda, publicada diez años después, la relación entre don Quijote y Sancho Panza es el núcleo de atención en la mente y narración de Cervantes. Muestra de ello son las conversaciones, reflexiones y aprendizajes mutuos. Añadimos que el problema de los azotes y el esperado desencanto de Dulcinea reacomoda la relación. Ésta aparece distinta, afincada en el alma de don Quijote con nuevos bríos pero en el ánimo de Sancho como una carga a cuestas. Él se pregunta acerca de los asuntos que, a todas luces, lucen más que obvios: ¿qué tienen que ver las nalgas con los encantos de Dulcinea? Si te duele la cabeza, ¿te untas las rodillas?

También en la segunda parte sobresale la intersubjetividad sobre una realidad más material y sensible, pues Cervantes la amplía con otras dimensiones: don Quijote paga sus gastos en las ventas (que ya no son castillos); no hace prevaler sus derechos de caballero; permite que Sancho le contradiga, incluso lo escucha más y se entusiasma ante los progresos en el modo cómo va ensartando sus refranes; con ocasión de estos y otros cambios, Sancho llega a decir: “Sentí según mi señor me dijo…”; en sus andanzas llegan a conocer mar, puertos, galeotes y la vida urbana en Barcelona, donde don Quijote visita una imprenta y discute asuntos propios de los libros, el ambiente y el oficio.

Entre los polvos del camino, cuando Sancho come y duerme, don Quijote vela, piensa, agota el cerebro y oprime su corazón al recordar el negocio pendiente; sufre cuando recuerda la desgracia, el encantamiento de Dulcinea, cuya liberación depende con certeza y urgencia de Sancho. Sobre la marcha de los acontecimientos don Quijote sufre sensibles cambios porque vive en continua tensión con la dura realidad y en continua comunión con su idealidad. También Sancho muestra otras solturas y habilidades en su relación con él y consigo mismo. Veremos que el negocio establecido involucra y conlleva una nueva y decisiva etapa en la comunicación entre el andante y el andado personaje, hasta el final de la obra.

Aún no se habían ausentado del castillo ducal cuando sobreviene la primera disputa (de siete) en torno a la promesa contraída con azotes incluidos. Y llegó la noche y el momento determinado por los duques para traer al jardín a Clavileño, el famoso caballo del gigante Malambruno el encantador, “para gusto y general pasatiempo de los vivientes” (II, XL). Para don Quijote y Sancho se propone un largo viaje por los aires montados en Clavileño a fin de remediar la fealdad que barbas y pelos acarrean a los rostros de unas damas presentes en el jardín. Sancho se resiste no sin aspavientos a semejante viaje, diciendo:

Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, que yo me quedaré aquí en compañía de la duquesa mi señora y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la señora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso en los ratos ociosos y desocupados darme una tanda de azotes, que no me la cubra pelo.

Pero luego, entre tantas presiones y remilgos, Sancho acepta ir con su amo. Termina por convencerle nuevamente el duque al recordarle la promesa de la ínsula; la condesa Trifaldi barbuda también interviene afirmando que Malambruno, aunque es un encantador, también es “sagaz y cristiano”.7El tema de las sutiles irreverencias y los piques de Cervantes contra ciertos representantes e instituciones religiosas de la época ha motivado serios y profundos análisis. Aquí sólo nos limitamos a señalar que, por lo general, esas frases o alusiones son breves, aparecen dispersas, pero sobre todo casi siempre las inserta en el lenguaje de otros personajes, vale decir, no provienen de don Quijote ni de Sancho. Por fin, al decidirse, dice Sancho: “Tápenme estos ojos y encomiéndenme a Dios”. Y es la ocasión muy propicia para don Quijote decir:

—Desde la memorable aventura de los batanes —dijo don Quijote— nunca he visto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como otros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero llegaos aquí, Sancho, que con licencia de estos señores os quiero hablar aparte dos palabras.

Y asiéndole de ambas manos, le dijo:

—Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera y que sabe Dios cuándo volveremos dél, ni la comodidad y espacio que nos darán los negocios; y así querría que ahora te retirases en tu aposento, como que vas a buscar alguna cosa necesaria para el camino, y en un daca las pajas te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que estás obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendrás; que el comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas.

—¡Par Dios —dijo Sancho— que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es como aquello que dicen: “en priesa8Se ha conjeturado que Cervantes quería escribir empreñada en lugar de en priesa. me vees, y doncellez me demandas”. ¿Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa quiere vuestra merced que me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced razón. Vamos ahora a rapar a esas dueñas, que a la vuelta yo le prometo a vuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de la obligación, que vuestra merced se contente, y no le digo más.

—Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplirás, porque en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.

No podemos detenernos con los pormenores de la broma fingida inventada por los duques con el caballo de madera Clavileño; en cambio sí interesa resaltar otros pormenores que comienza Cervantes a incorporar en la relación entre ambos personajes.

Con estas peroratas de Sancho, para el lector Cervantes esparce no pocas porciones de humor y risa: ello debido no sólo a sus palabras, también a los niveles de razonamiento que Sancho empieza a urdir e hilvanar.

A medida que la Dolorida iba suscitando la curiosidad de Sancho por el caballo, ella va proponiendo el viaje por los aires; pero él manifiesta cierta renuencia a fin de dedicarse a aquello que viene evadiendo. “Yo no soy brujo para gustar de andar por los aires”. Al final acepta, gracias nuevamente a la intervención del duque. Con afecto, llamándolo hermano y juntando sus manos con devoción, don Quijote intenta convencerle de la relación entre ínsula y azotes.

Interesa enfatizar que, en medio de esas diferencias entre la realidad primordial de Sancho y el subuniverso de don Quijote, Cervantes va introduciendo paradojas semánticas y ambigüedades en las respuestas y conversaciones, recreando otro singular nivel de ficción, vale decir, cuando el personaje transforma los hechos y al mismo tiempo evoluciona con ellos. En la narración este tipo de cambio es muy significativo puesto que marca transiciones lentas y evoluciones irreversibles.

En las páginas referidas a esa aventura (capítulo XLI) comienzan otros giros y tropos en el lenguaje y en la relación entre ambos personajes. Sancho por primera vez habla de una experiencia reciente, pero ¿cómo la cuenta? Curiosamente, la cuenta como una desenfrenada fantasía, lo cual no es usual en él; así, cuenta que desde los aires vio la tierra como un grano de mostaza; como en su tierra era cabrerizo pudo jugar durante una hora con las siete cabrillas (la constelación); que sí hay diferencias entre las cabras del cielo y las del suelo; no llegó a ver cabrón alguno pero si oyó decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna. Con estas peroratas de Sancho, para el lector Cervantes esparce no pocas porciones de humor y risa: ello debido no sólo a sus palabras, también a los niveles de razonamiento que Sancho empieza a urdir e hilvanar.

Todos estos cuentos y sucesos a don Quijote le lucen disparatados porque Sancho ciertamente estaba con él por los aires; no se los puede creer, van fuera del orden natural. Para don Quijote, si pasaron la región del fuego y no se quemaron entonces o Sancho miente o Sancho sueña. La conclusión de don Quijote luce lógica, pero no le permite establecer una línea divisoria entre realidad y ficción, sobre todo al recordar su propia experiencia en la cueva de Montesinos. Desde la aventura con Clavileño, y en parte por los disparatados cuentos de Sancho, comienzan los devaneos en don Quijote, llegando a tal punto que le suscitan un viraje de conciencia en su tragedia personal.

Quizás el punto límite respecto al subuniverso de don Quijote se encuentra en el extraordinario, el singular texto con el cual Cervantes cierra este capítulo. Luce como un punto de inflexión donde la dinámica juntura intersubjetiva entre ambos personajes comienza a mostrar otros trasiegos. Porque categóricamente en el texto aparece un componente inesperado desde el baúl de los asombros con el cual Cervantes sostiene la narración. Se trata de un ajuste de cuentas, cuenta que atañe sólo a ellos dos. Es un contrapunto, eso sí, imitativo, que don Quijote, tan listo, no podía dejar escapar, para reclamar a la vez otras reglas en su comunicación con el escudero. Valga entonces imaginar a don Quijote acercándose a Sancho para decirle muy en serio y con gravedad al oído:

Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no digo más.

Los siguientes capítulos, trece en total, presentan como núcleo de atención la salida de Sancho como gobernador a la ínsula tan prometida y esperada. Por vez primera en sus días de aventuras él y don Quijote se separan, de manera que Cervantes va alternando, allá para Sancho y aquí para don Quijote, las andanzas. Sólo cuando se reencuentran reaparece el problema de los azotes y el desencanto y vuelven a sus amenas pláticas donde la sabiduría y el ingenio se manifiestan más y más cuando andan juntos.

Desde el inicio de estas páginas hemos anotado ambos términos en ese orden de causa-efecto, porque en el juego trazado por Cervantes la causa estriba en los azotes que tendrá por efecto el desencantamiento. Así como los encantadores —unos sabios y benéficos, otros acérrimos enemigos— hacen de pasarela entre los mundos opuestos y contradictorios del caballero y el escudero volviendo compatibles distintos niveles de significaciones y otorgando otras dimensiones a cualquiera de las paradojas incorporadas en la narración, así también el problema azotes vs desencantamiento representa dos extremos tan enlazados que revelan la mutua dependencia de ambos personajes en sus días y aventuras por venir porque el mago Merlín así lo dispuso.

Es el axioma del encantamiento (Schütz, 1955) que reconcilia la primordial realidad posible, de Sancho con sus azotes, temores y remilgos, y el subuniverso de fantasías de don Quijote con su más alta y cara esperanza. Con ambos elementos, cada uno correspondiendo a parcelas distintas y distanciadas en interpretación, Cervantes urde con finísimo arte y humor un contrapunto en el juego mayor del mundo que es la obra.

Luego de gobernar la ínsula Sancho regresa al castillo ducal y se reencuentra con don Quijote. Días después se despiden de los duques y emprenden camino hacia Zaragoza y Barcelona. Andando y andando por esos caminos polvorientos conversan y se escuchan muy animados (II, LVIII). En esos diálogos los temas referidos por don Quijote son tan diversos como serios: la libertad, los santos patrones protectores de la Iglesia y de España, la muerte, el Amor y el amor, la hermosura del alma y del cuerpo…

Pero una vez más el duro suelo de la realidad golpea a don Quijote cuando un tropel de toros bravos lo atropella y lo deja muy molido y decaído. La fuerza de sus pensamientos y desgracias lo abate tanto que dice dejarse morir de hambre, “la más cruel de las muertes” (II, LIX). Sancho intenta reconfortarle con afecto y aliviarle con frases tales que parecer provenir más de un filósofo y no de un mentecato. Por vez primera don Quijote comienza a bordear otros límites en pensamiento y ánimo, removiendo la desesperanza. En su devaneo y búsqueda de alivio, le dice a Sancho:

—Si tú, ¡oh Sancho!, quisieses hacer por mí lo que yo ahora te diré, serían mis alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejos de aquí, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, te dieses trescientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y tantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea, que es lástima no pequeña que aquella pobre señora esté encantada por tu descuido y negligencia.

—Hay mucho que decir en eso —dijo Sancho—. Durmamos por ahora entrambos, y después Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced que esto de azotarse un hombre a sangre fría es cosa recia, y más si caen los azotes sobre un cuerpo mal sustentado y peor comido; tenga paciencia mi señora Dulcinea, que cuando menos se cate, me verá hecho una criba de azotes; y hasta la muerte, todo es vida, quiero decir, que aún yo la tengo, junto con el deseo de cumplir con lo que he prometido.

Aunque hay un mundo de comunicación compartido, don Quijote en su alma y ánimo se revuelve en dudas respecto al cumplimiento por parte de Sancho, quien hasta ahora no ha comenzado su disciplina y logra una vez más postergar la discusión. Con este pasaje tenemos la segunda tentativa de don Quijote para traer al momento el negocio pendiente. Algunos asuntos lucen nimios, pero son muy importantes en la respuesta que Cervantes reserva para ese truhán moderno y majadero antiguo que es Sancho. Veamos. La juntura en la misma frase de verbos en dos tiempos, “Dios dijo lo que será”; la frase “hasta la muerte, todo es vida”, brilla como perla desde el hondo arraigo de Sancho a la vida, que da vida al sentido común; en este pasaje, como en el primer intento, Sancho no echa mano a refranes que tanto y tanto emplea cuando quiere escapar de algo; en cambio, respecto a los azotes una vez más reitera su promesa; en fin, Sancho comienza su evasiva remedando una frase ya empleada por don Quijote… “Hay mucho que decir en eso” —cuando la duquesa le preguntó si ha visto o no a la señora Dulcinea. Quid pro quo.

Con El Quijote se han profundizado los ámbitos de comprensión del hombre consigo mismo, con el otro, con las esferas del poder y con el mundo.

Cervantes, en sus años de vagabundeo (1587-1602) trabajando como alcabalero, viajó mucho y conoció muy de cerca toda clase de gente, pueblos, usos y costumbres. En cuanto a la invención de juegos con el lenguaje y la palabra, mostró ser un hombre culto, cultivado y refinado ante el conocimiento del ser humano en sus contextos y complejidades, dejando una riquísima herencia a ser aprovechada a través de siglos por pensadores de diferentes culturas. Por el lado de las ciencias sociales nadie como él ha cifrado y descifrado el binomio individuo-sociedad. Con sus parodias llegó a ir más allá de los principios que rigen las leyes de lo natural y aun más allá de las leyes y normas con las cuales los hombres viven y se gobiernan. Con nuevos usos y sentidos puso a prueba la lógica que rige esos principios, llegando a recrear una humanísima comprensión del hombre con una caterva de técnicas y métodos, componentes y enlaces. Si a través de don Quijote podemos seguir la intervención de los encantadores (aunque no estemos preparados para aceptar su intervención), no es menos cierto que Cervantes logra incluso burlar o rebasar los principios que acompañan los esquemas lógicos propios de la razón científica. Gracias a esas inteligentes ventajas él muestra que ellos, los encantadores, tienen sus motivos para intervenir y actuar como lo hacen, ya por bien ya por mal. Más aun y mejor aun, que esos motivos son comprensibles para nosotros, los seres humanos. Algunos de ellos tienen ojeriza al caballero, otros son propicios e interfieren, otros chocan entre sí tratando de alterar los designios de uno con el otro, “en este mal mundo que tenemos (agrega Sancho) donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”.

Aquí justamente, y por delante, está el problema del origen del mal sobre el que tanto G. W. Leibniz reflexionó y en su momento tanto mortificó a R. Descartes, quedando desde entonces encendido el horno de la duda: si el mundo está gobernado por el mal, por un genio del mal o por Dios. Con los encantadores de Cervantes acompañando a don Quijote, reaparece esa pregunta y las motivaciones en la cadena causal. Y aunque la racionalidad científica no se interesa por ese asunto y poco tiene que decir al respecto, en cambio, por el lado de las humanidades, el lenguaje y el arte, con El Quijote se han profundizado los ámbitos de comprensión del hombre consigo mismo, con el otro, con las esferas del poder y con el mundo. Ojerizas y protecciones de los encantadores hacia don Quijote o de los rústicos dioses hacia otros héroes, no son sino formas y manifestaciones que aluden desde la antigüedad al mismo problema. Aquí están —señala Schütz— todos los elementos de la teología griega en la época de Homero: la envidia de los dioses, el favor a los protegidos, la lucha por el poder y la sumisión inevitable. Sancho, que fácilmente no echa mano a supersticiones respecto a los encantadores, dice: “¡Oh canallas! ¡Oh encantadores aciagos y mal intencionados, quién os viera a todos ensartados por las agallas como sardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis”.

Con el baciyelmo, Cervantes establece un insólito juego entre palabras y percepciones; en la ecuación azotes = desencantamiento cifra un negocio que atañe ¡y de qué manera! a los dos andantes personajes; cuando menciona “la ley del encaje”9“La ley del encaje”: alude a resoluciones que un juez toma a conveniencia, discreción o capricho, según se le ha encajado en la cabeza aquello que las normas jurídicas disponen. Esa frase expresa y condensa formas y prácticas sociales de inmenso provecho heurístico. Por ejemplo, imaginar hoy, en Venezuela relaciones entre la ley del encaje, la ley del bolsillo, la ley del bochinche, la ley de tierras; entre los jueces y la justicia; entre la corrupción y la impunidad. asoma ironías y mete puyas en el mundo contradictorio de las normas jurídicas y las prácticas sociales imperante en la época; con la prueba entre piojos vs línea equinoccial en la aventura del barco encantado, pone a prueba la relación entre tres ámbitos, la realidad ordinaria, el mundo de la caballería y el rigor con los instrumentos de la ciencia. En las partes y en todo el conjunto Cervantes mediante la novela dejó diseminado aquello que más tarde los estudios experimentales llegaron a reflexionar y mostrar, a saber: que no existe algún dispositivo en el cerebro humano que permita distinguir o separar ensoñación y percepción, imaginación y realidad, vigilia y sueño, lo subjetivo de lo objetivo. Esto cabe resaltarlo, puesto que es un gran logro y legado.

Estos son sólo algunos ejemplos en ese género de comprensión y arte inventado por Cervantes, puesto que con las aventuras aparece una armazón progresiva y compleja, sofisticada y ascendente. Las transiciones o salidas ante los choques de los subuniversos involucrados en la narración, Cervantes las abre y cierra a placer, a voluntad, en uno y otro episodio. Mucho se resuelve mediante el humor verbal y situacional, lejos de explicaciones y artilugios apegados a los criterios de coherencia y correspondencia que sólo tienen cabida atendiendo el principio científico racional al mejor estilo peripatético, al estilo cartesiano o al estilo según el cual “sólo lo real es racional”.

Cervantes enlaza la parodia y la ambigüedad en el manejo y tratamiento sistemático del problema de la realidad. Veamos. Cuando don Quijote pregunta al mono adivino (II, XVII) y a la cabeza encantada (II, LXII) si aquello que él vio en la cueva de Montesinos es sueño o verdad, imaginación o realidad, recibe la misma respuesta, o sea, una mezcla de ambas cosas. Más aun, con ocasión de la solitaria experiencia en dicha cueva, don Quijote pronuncia unas frases memorables: “Ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño…”. Sin embargo, por un lado, la experiencia trascendental de que la vida puede ser un sueño, y por el otro, la experiencia ordinaria de que Sancho es capaz de mezclar la vida cotidiana con ensueños y embustes, ambos pensamientos comienzan a mellar, a afectar, a punzar la conciencia de don Quijote con mucha aflicción en medio de los conflictos con la realidad cotidiana de otros y a ratos con Sancho. Además sigue latiendo en él la angustia y preocupación por el desencantamiento de Dulcinea.

En más de seis días no les sucedió cosa digna de contarse (II, LX). Estaban fuera del camino cuando llegó la noche y, arrimado a un árbol, Sancho en seguida se durmió. En cambio, a don Quijote le desvela su imaginación: ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos; ya ve brincar y subir sobre la pollina a Dulcinea convertida en labradora; ya resonaban en sus oídos las palabras del sabio Merlín acerca del desencanto de ella. Pero Sancho ahí está y de él depende todo y tanto… sobre todo le desespera su flojera por los azotes. Estos pensamientos lo llenan de cólera y pesadumbre… hasta decirse: “¿Y si yo se los doy?” —pues lo importante es que él los reciba, vengan de donde vengan.

Con esa intención se acerca a Sancho para azotarle con las riendas de Rocinante en la mano, pero éste despierta preguntando: “¿Qué es esto?, ¿quién me toca?”. Era otro intento, el tercero, que don Quijote propicia, buscando convencer a Sancho de los azotes.

—Yo soy —respondió don Quijote—, que vengo a suplir tus faltas y a remediar mis trabajos: véngote a azotar Sancho y a descargar en parte la deuda a que te obligaste. Dulcinea perece, tú vives en descuido, yo muero deseando, y así desatácate por tu voluntad, que la mía es darte en esta soledad por lo menos dos mil azotes.

—Eso no —dijo Sancho—: vuesa merced se esté quedo; si no, por Dios verdadero que nos han de oír los sordos. Los azotes a que yo me obligué han de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo ganas de azotarme; basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en voluntad me viniere.

—No hay que dejarlo a tu cortesía, Sancho —dijo don Quijote—, porque eres duro de corazón, y aunque villano, blando de carnes.

De las palabras pasan a las manos, se zarandean, empujan y riñen hasta caer por tierra; Sancho arremete contra su amo, le mete una zancadilla y lo sostiene contra el suelo, mano con mano, aguantando con su rodilla el pecho de don Quijote, quien le reclama:

—¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan te atreves?

—Ni quito rey ni pongo rey —respondió Sancho—, sino ayúdome a mí, que soy mi señor. Vuesa merced me prometa que se estará quedo y no tratará de azotarme por agora, que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no, aquí morirás, traidor, enemigo de doña Sancha.

Prometióselo don Quijote, y juró por vida de sus pensamientos no tocarle en el pelo de la ropa, y que dejaría en toda su voluntad y albedrío el azotarse cuando quisiese.

Este tajante diálogo, aun con toda la situación en suspenso, luce completo, maravilloso. Aparecen además ambos personajes cambiados. La relación de don Quijote y Sancho ha estado resguardada gracias a la creencia mutua en la realidad del otro. Es la intuición de don Quijote y la simplicidad de Sancho en esa amistad indeclinable pese a los continuos desacuerdos sobre los azotes. Ante éstos, el andante caballero sigue en vilo. Paciencia, parece decirse. Mientras, el andado escudero de nuevo baraja la ocasión y posterga la ejecución del negocio. Nuevamente se sale con la suya.

Ya habíamos mencionado datos sobre el conflicto psicológico y moral que viene agobiando a don Quijote, conflicto intenso tanto más cuanto continúa enfrentado, por un lado, a realidades múltiples con distintas provincias de percepción; por el otro lado también enfrentado a las referencias, a las cambiantes imágenes de Dulcinea desde las diversas experiencias padecidas que se agolpan en la segunda parte de la obra: el descenso en la cueva de Montesinos, el embuste de Sancho, la orden del mago Merlín, la explosión de Clavileño, las preguntas al mono adivino y a la cabeza encantada. Con una hermosa frase, “Dulcinea perece, tú vives en descuido, yo muero deseando”, él confiesa con amor su tragedia y revela a Sancho sus inmensos agobios y continuos devaneos.

Sin embargo, en esta tercera ocasión don Quijote al insistir en los azotes aduce las leyes propias de la caballería, su mundo hermético. La deslealtad y el desagradecimiento sólo provienen de un traidor villano; sólo éste es capaz —hoy se diría— de morder la mano a quien le da de comer. No es la primera vez que Cervantes al referir situaciones en las relaciones humanas advierte, y este es dato antropológico interesante, que ambos, el desagradecimiento y la deslealtad, pueden ser considerados como gestos que conllevan daños a quien los forja y también hacia el otro. En cambio, a don Quijote lo ha adornado con un alto don y valor humano, la generosidad.

Sancho ante los reclamos de don Quijote se defiende manteniendo la misma tesitura. Argumenta con lógica y sentido que en nada desdicen de su condición de escudero y con frases sobrecargadas de rancio sentido común se enfrenta a don Quijote. De manera densa y profunda Cervantes traza otra figura de Sancho. Con él aparece una expresión singular, tan humana como ejemplar, dejando, como gusta hacerlo Cervantes, al lector sorprendido: “Soy señor de mí mismo”. Resulta inevitable recordar el daimon que alentaba en el griego con voz interior aquel pensamiento, conócete a ti mismo. Porque Sancho, ante los argumentos del caballero, se defiende, se planta aquí y ahora, y sostiene que no hay jerarquías, ni superioridad, ni sumisión; no quita ni pone rey alguno; si ante Dulcinea él es un traidor, pues entonces también don Quijote es un enemigo ante doña Sancha; en cuanto a los azotes recuerda las condiciones iniciales establecidas, vale decir, con el vapuleo irá el mosqueo sólo a su voluntad y albedrío.

Cervantes con extrema cautela y finísima habilidad pone a prueba en un contrapunto el tema religioso con diversos ingredientes aderezando el tratamiento de la autoridad y la conciencia, de las creencias y las posturas.

A nuestro juicio, la progresiva transformación de cada uno de los personajes va mostrando sutiles relieves: don Quijote en su inexorable tragedia, Sancho Panza con la razón y la fuerza imbatible del sentido común. En esos movimientos, el calidoscopio muestra otra faceta de Sancho despojada de los trazos prosaicos y pedestres con los cuales algunos analistas intentan caracterizarlo. Porque los apegos triviales a ciertas modas de interpretación ofrecen una vara semejante para encasillar a don Quijote en la locura del heroísmo, tanto más cuanto la cultura hispánica en su especificidad histórica,10A diferencia de otras naciones de Europa y desde la Edad Media, sólo en España acaecen procesos histórico-culturales que alcanzan a acrisolar una especificidad: el choque de dos religiones monoteístas, el encuentro de lenguas y dialectos, y la ocupación del territorio por ocho siglos. Respecto a la expansión hacia América, Briceño Guerrero sostiene que el encuentro con América fue más importante que el viaje a la luna: éste no cambió la cosmología, ni la física ni la antropología, aquél sí. Cfr. Briceño Guerrero, J. M., (1994), El laberinto de los tres minotauros, Monte Ávila Editores, Caracas. a veces es segmentada y descontextualizada en la obra de su más alto hacedor de lenguaje y prosa.

El problema mayor del tratamiento de las realidades múltiples en general, y la concreción del mismo en el caso de los azotes vs desencanto, en particular, ambos niveles pueden ser examinados atendiendo la posición de otro personaje: se trata de un eclesiástico (II, XXXI). Más aun, Cervantes con extrema cautela y finísima habilidad pone a prueba en un contrapunto el tema religioso con diversos ingredientes aderezando el tratamiento de la autoridad y la conciencia, de las creencias y las posturas. Por un lado, para Sancho existen sobradas y obvias razones para cuestionar la relación entre azotaina, nalgas y desencanto; por otro lado, para este eclesiástico, el rechazo hacia el asunto de los encantadores y encantamientos se articula con otro orden de ideas (y con varios tonos grises de conciencia).

De él, Cervantes traza un retrato de cuerpo entero: era uno de esos que gobiernan las casas de los príncipes; de esos que no nacen príncipes pero no aciertan a enseñar a quienes lo son; de esos que quieren la grandeza de los grandes aunque la miden con la estrechez de su ánimo; que son miserables cuando quieren mostrar a quienes gobiernan la mesura. Uno de esos —dice el autor— debía de ser el religioso que llegó a visitar a los duques estando presentes don Quijote y Sancho.

Momentos antes, Sancho había prometido a su amo coserse la boca o frenar la lengua. Sentados todos a la mesa, Sancho pide licencia para contar un cuento que pasó en su pueblo. Don Quijote comienza a temblar y le previene con la mirada, Sancho entiende, y pide que no lo tengan por hablador mentiroso y gracioso. Maneja pausas y dilaciones para realzar y relatar su cuento, exacerbar la cólera de don Quijote, divertir a los duques y sobre todo disgustar al religioso; cuando de pronto, y con malicia, aunando el propósito del relato con lo que tiene en mente, consigue compararlo con un majagranzas. La duquesa entre risas cambia la conversación y pregunta a don Quijote si tiene alguna nueva sobre la señora Dulcinea. Llegando al tema, el eclesiástico oye hablar de gigantes, encantadores y malandrines y cae en cuenta de que se trata de don Quijote de la Mancha. Por la lectura de sus aventuras, el duque había recibido muchas reprensiones de parte de ese religioso, quien en seguida enojado las carga todas contra don Quijote. “Y vos, alma de cántaro ¿quién os ha encajado en el cerebro que sois caballero andante?”.

A la respuesta del Quijote, Cervantes dedica un largo capítulo aparte (II, XXXII). Es una extensa y profunda lección moral contra los vicios y obras de los religiosos de la época. Suponemos que El Quijote es la revelación de una actitud espiritual e intelectual hasta entonces desconocida y, aun más, desconcertante, para quienes hoy no poseen una visión próxima a la sensibilidad artística del genio creador. En algunas líneas se lee lo siguiente:

Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado a mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno.

Además de las agudas y fuertes expresiones de don Quijote hacia ese tipo de religioso que ciertamente abunda en la época de Cervantes, en este capítulo también se encuentran otros dos textos ilustrativos del problema que nos ocupa. Ellos atañen a Dulcinea y a Sancho e interesan por cuanto permiten remover hacia delante y hacia atrás la trama y el urdido en el tejido, azotes vs desencanto.

Respecto a las preguntas de la duquesa sobre Dulcinea, si ella es de este mundo o si es una dama fantástica y otras cuestiones anejas, veamos algunas respuestas de don Quijote. La primera es brillante, tan conmovedora como inteligente y supera con audacia y lógica las paradojas que hoy discuten los ideólogos políticos y teóricos en las academias; los otros pasajes aluden al mundo de don Quijote y la orden de la caballería andante.

—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo.

—Que todas o las más cosas que a mí me suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros caballeros andantes acontecen.

—Otras muchas veces lo he dicho y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y la sombra sin cuerpo de quien se cause.

—Pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida y la mudada, trocada y trastocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos.

Respecto a Sancho, su escudero, don Quijote no escatima reconocimientos. Calificativos y dones van de la mano en la descripción que de él traza. Los afectos y oficios compartidos dan señas de un mundo de significados sustentados en una relación interpersonal sin par. Hacia los duques que exhiben modos y gustos sociales de alcurnia, don Quijote dice: “Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento: tiene malicias que lo condenan por bellaco, y descuidos que lo confirman por bobo; duda de todo y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones que lo levantan al cielo. Yo no lo trocaría por otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad”.

De su parte Sancho, frente a su compañero de trabajo y compadre, al referirse a don Quijote, comenta: “No tiene nada de bellaco, antes tiene una alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna y un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga”.

En el capítulo LXII encontramos a ambos personajes en la aventura con la cabeza encantada y otras niñerías. Es la ocasión de preguntar a esa máquina poniendo a prueba el busilis del encanto con ciertas experiencias. A todos los presentes, “la cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable cabeza”, responde preguntas (¡ah! menos los viernes, cuando permanece muda). Así como en cierta ocasión ante el mono adivino, ahora don Quijote pregunta a la cabeza encantada acerca de la verdad entre realidad y sueño y otros asuntos que ocupan su pensamiento; a su turno don Quijote pregunta:

—Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efecto el desencanto de Dulcinea?

—A lo de la cueva —respondieron— hay mucho que decir, de todo tiene; los azotes de Sancho irán despacio; el desencanto de Dulcinea llegará a debida ejecución.

Ante otros interlocutores don Quijote es muy listo e inteligente pero no llega a establecer una verdadera comunicación social, aunque para los zarandeos y preguntas de los duques él siempre tiene respuestas atinadas. Resulta interesante y paradójico que, a lo largo de toda la obra, es don Quijote quien únicamente pregunta al mono adivino y a la cabeza encantada acerca de la verdad entre sueño, imaginación y realidad, y pregunta también de su experiencia en la cueva. Y ambos artificios responden lo mismo en una evanescente fuga: es una mezcla de ambas cosas. Don Quijote comienza a dudar de su propia experiencia en la cueva, a dudar de su propia identidad y a flaquear en su fe por Dulcinea.

Frente a las playas de Barcelona visitan unas galeras (II, LXIII). Sancho se asombra viendo mover tantos remos y bultos y crece su miedo cuando ve al capitán azotando y mosqueando las desnudas espaldas de los galeotes. Por cuarta vez intenta don Quijote convencer a Sancho de que comience su azotaina; mientras sigue la atención y la mirada de él, aprovecha para persuadirle con tino y le dice:

¡Ah Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca costa os podíades vos, si quisiésedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos señores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena de tantos no sentiríades vos mucho la vuestra; y más que podría ser que el sabio Merlín tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados de buena mano, por diez de los que vos finalmente os habéis de dar.

Esta vez Sancho no tiene tiempo siquiera de responder. Las nuevas y señas de un marinero al capitán dan otro rumbo a las maniobras entre las tres galeras y la nave capitana. Y vuelve el suspenso respecto a la azotaina. Más adelante en la narración viene la incomparable lucha y batalla entre don Quijote y el caballero de la Blanca Luna. Tras un fuerte golpe de lanza, el héroe cae por tierra; derrotado, molido y aturdido lo llevan a la ciudad en silla de manos. “Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado, muchos más le fatigaron después de caído”.

No es casual que, con ocasión de la evolución de los personajes, Cervantes amplía la comprensión de la existencia y condición humana, incorporando en la plática, y por el lado de Sancho, el tema de la Fortuna.

Ya en páginas anteriores señalamos las circunstancias que afectan sus pensamientos y atraviesan su espíritu y corazón hasta debilitarlo demarcando la pendiente inexorable de su mundo hacia el clímax de su tragedia personal. En semejante trayectoria, el problema azotes vs desencanto nos permite aquí y allá seguir las facetas cambiantes en la relación de amistad entre los dos principales entes literarios de Cervantes. Luego de la mencionada derrota y a partir del capítulo LVIII, sobrevienen los cambios y decisiones trascendentes en el curso del inminente declive de don Quijote y la finalización de la obra.

A estas alturas de la narración, no es casual —dice un maestro que nada es casual, nada falta, nada sobra, en las grandes obras de creadores clásicos como Dante, Cervantes y Shakespeare— que, con ocasión de la evolución de los personajes, Cervantes amplía la comprensión de la existencia y condición humana, incorporando en la plática, y por el lado de Sancho, el tema de la Fortuna: “Una mujer borracha y antojadiza y sobre todo ciega y así no vee lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”. Por el otro lado, Cervantes revela sobre el tema una variante matizada con el apasionado y vital individualismo que ha plasmado en don Quijote: “Muy filósofo estás Sancho, muy a lo discreto hablas: no sé quién te lo enseña. Que cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía. Atrevíme en fin, hice lo que pude, derribáronme, y aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder la virtud de cumplir mi palabra”.

Lo acosan dos pensamientos: el desencanto de Dulcinea y la vida que habría de llevar en forzada retirada de la orden de la caballería durante un año luego de la derrota frente al de la Blanca Luna. Respecto a esa nueva vida, piensa convertirse en pastor de ovejas con un nuevo nombre, Quijotiz, y Sancho, también pastor, se llamaría Pancino. Pero más puede la ilusión de los azotes y vuelve a insistir por quinta vez. En esta ocasión con ruegos y súplicas, porque en sus pensamientos amorosos padece por Dulcinea, a quien tú Sancho tanto “…agravias con la remisión que tienes en azotarte y en castigar esas carnes que quieren guardarse antes para los gusanos que para el remedio de aquella pobre señora”.

—Señor —respondió Sancho—, si va a decir la verdad, yo no me puedo persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los desencantos de los encantados, que es como si dijésemos “Si os duele la cabeza, untaos las rodillas”. A lo menos yo osaré jurar que en cuantas historias vuesa merced ha leído que tratan de la andante caballería no ha visto algún desencantado por azotes; pero por sí o por no, yo me los daré, cuando tenga gana y el tiempo me dé comodidad para castigarme.

Razonada, sensata y concluyente luce la respuesta de Sancho, siempre mohíno ante los azotes. Por un lado, argumenta desde la razón del sentido común y para mayor claridad compara el absurdo con un refrán11En la lengua y tradición castellana, hasta hoy día, son tan innumerables como agudos y sentenciosos los refranes que provienen de la obra de Cervantes; ellos siguen siendo de uso corriente y provecho como enseñanza y explicación. tan a propósito como anillo al dedo; y por otro lado, refuta la cuestión a nivel inmanente, dentro de los marcos e historias del mundo de la caballería no sin antes anteponer juramento, como ha de ser, en el mundo de los caballeros, en el lenguaje de vuesa merced… finalmente reafirma las condiciones personales antes acordadas, en resguardo de su voluntad y sus nalgas. Al cabo de esa defensa de Sancho, don Quijote responde: “Dios lo haga…”.

Al examinar este pasaje desde el lenguaje de Sancho vale la pena agregar un asunto que aparece en el capítulo en comento. Conversando con don Quijote, y en medio de una sarta de refranes, llega a decir: “Hay pastores más maliciosos que simples”. Aquí encontramos un filón en el tesoro de sentidos que Cervantes no ceja de incorporar y recrear hasta hacer hoy inmarcesibles los usos en la lengua castellana. Si Sancho repetidas veces ha sido caracterizado y muy apreciado gracias a su simplicidad (y no a su discreción), pareciera que por contraste tal cualidad guarda distancia con la malicia. Más aun, de alguna manera el desenlace del negocio de los azotes comienza a aproximarse tanto más cuanto Sancho va dejando algo de la simplicidad que adorna su entereza.

Era una noche oscura, don Quijote había dormido su primer sueño permaneciendo en vela, mientras Sancho dormía de largas de la noche a la mañana mostrando “su buena complexión y pocos cuidados” (II, LXVIII). Viéndole así, don Quijote vuelve con vehemencia a la carga por sexta vez para reclamarle la azotaina. Se entabla entre ambos una discusión agria que encoleriza al caballero. Cabe pensar que, si a don Quijote lo embarga tanta angustia, Cervantes esta vez plantea con otros tonos y figuras el contrapunto. Conviene pues transcribir buena parte de la disputa. Como en otras ocasiones, es don Quijote quien la propicia, y le dice a Sancho:

—Yo velo cuando tú duermes, y lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto. Mira la serenidad de esta noche, la soledad en que estamos que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trescientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta del desencanto de Dulcinea; y esto te lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos como la otra vez, porque sé que los tienes pesados.

—Señor —respondió Sancho—, no soy yo religioso para que desde la mitad de mi sueño me levante y me discipline, ni menos me parece que del estremo del dolor de los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me deje dormir y no me apriete en lo de azotarme, que me hará hacer juramento de no tocarme jamás al pelo del sayo, no que al de mis carnes.

—¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado y mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mi te has visto gobernador, y por mi te vees con esperanzas propincuas de ser conde o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto tarde en pasar este año, que yo post tenebras spero lucem.12Palabras del Libro de Job: Después de las tinieblas espero la luz.

—No entiendo eso —replicó Sancho—; sólo entiendo que en tanto duermo, ni tengo temor ni esperanza, ni trabajo, ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y finalmente moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sólo una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.

En estos pasajes ciertos contenidos lucen concluyentes. A cada argumento y apremio de don Quijote, Sancho responde manteniendo la misma tesitura en voz y disposición e incluso se defiende sin devolver amenazas. Nuevamente Sancho pica y se extiende en respuestas casi inesperadas para don Quijote y hasta discute como un filósofo. Él, que antes había incorporado el tema de la Fortuna, esta vez discurre acerca del sueño en términos que recuerdan el tema de Segismundo en La vida es sueño. Al cabo, don Quijote pareciera que ya no puede con él: por la agudeza de sus respuestas; porque se va agotando su paciencia y vehemencia; porque Sancho continua mohíno sin siquiera con una pequeña porción de azotes encima. Otra posibilidad se asoma en la narración como sucedió en el otro intento anterior: Cervantes de pronto incorpora un evento, esta vez el estruendo producido por seiscientos puercos que alguien lleva a una feria. Sin entender qué acontece, don Quijote echa mano a su espada y Sancho rápido se agazapa debajo del rucio. Vuelve a quedar pendiente el inicio o cumplimiento de los azotes.

Estaba don Quijote bajo un árbol en un camino cuando llegan diez hombres a caballo con lanzas; junto con Sancho lo llevan a empujones hasta un castillo (II, LXIX). Allí los duques habían preparado otra de sus bromas fingidas: un teatro o tablado con las figuras de Minos y Radamanto delante de un cuerpo muerto de una doncella no muerta. Ambos jueces infernales traman escenas y discursos contra Sancho revestido bajo amenazas con la ropa de los penitenciados por el Santo Oficio. Radamanto interviene para sentenciar que todos los presentes acudan a sellar “el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas,13Hacer mamonas es manosear la cara de alguien, remedando y burlando las caricias que se hacen a los niños cuando maman; sellar mamonas pudiera ser una burla semejante con movimientos más fuertes y toscos en las manos de quien dirige la maniobra. doce pellizcos y seis alfilerazos en brazos y lomos”, a fin de devolver con esa ceremonia la salud a la doncella. Sancho no aguanta oír todo esto y dice airado:

—¡Voto a tal, así me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como volverme moro! ¡Cuerpo de mí! ¿Qué tiene que ver manosearme el rostro con la resurrección desta doncella? Encantan a Dulcinea y azótanme para que se desencante; muérese Altisidora, y hanla de resucitar hacerme a mí veinte y cuatro mamonas, y a cribarme el cuerpo a alfilerazos, y a acardenalarme los brazos a pellizcos.

—Morirás —dijo en alta voz Radamanto—. Ablándate, tigre; sufre y calla que no te piden imposibles. Y no te metas en averiguar las dificultades deste negocio: mamonado has de ser, acribillado te has de ver, pellizcado has de gemir.

Para intentar ablandar a Sancho, Cervantes reserva graves sentencias y las pone en boca de un ser temible para aquél. Los encantadores, los magos y los jueces infernales están siempre en contra de Sancho, aunque aquí aparecen enlazados el humor y la burla. Al releer el conjunto del pasaje nos percatamos de los distintos asuntos serios anclados en la realidad respecto a los cuales Cervantes se burla con sabia cautela. El ejercicio de seguir las burlas y las puyas, los humores y los juegos de Cervantes, resulta casi infinito.

Las mujeres presentes se encargan de ablandar y someter a Sancho a los martirios. Al punto, la tal Altisidora, cansada, incómoda en el túmulo, comenzó de pronto a moverse. Esto redobla la admiración y colma el asombro de don Quijote, quien de rodillas se postra delante de Sancho y ruega por séptima vez diciéndole: “Agora es tiempo, hijo de mis entrañas, no que escudero mío, que te des algunos de los azotes que estás obligado a dar por el desencanto de Dulcinea”.

Sancho enseguida responde al caballero con una sarta de refranes a todo propósito y se queja de que lo tomen como diversión en enredo tras enredo; más tarde inquiere y recrimina a Altisidora. De su parte, don Quijote mantiene la opinión de que ella volvió de la muerte a la vida gracias a la virtud y cura de Sancho, a pesar de que ella en voz baja llegó a decirle: “Todas estas malas andanzas te suceden empedernido caballero por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro”. Ante semejante declaración, don Quijote sólo suspira. Las pesadas y sucesivas bromas de los duques le valieron cinco días de encerramiento y cama. Más tarde, él y Sancho dejan el castillo ducal para no volver y retornar finalmente a la aldea natal.

El significado de los azotes en su sentido y propósito ha de rastrearse al interior de la relación entre ambos personajes.

Respecto al negocio de los azotes, resulta curioso que es en el último jalón de la larga trayectoria de intentos cuando don Quijote presencia, engañado, la gracia y virtud de Sancho para lograr un desencantamiento; además, todo sucede en presencia de otras personas que también participan en la broma. Ante semejante prueba, él reafirma su creencia de que sí existe relación directa e inmediata entre azotes y desencanto; incluso, que Merlín no miente, y más bien como encantador benéfico interviene y protege bajo promesa la figura de Dulcinea. Cuando, vencido como caballero, siente que su corazón padece y su esperanza por el desencanto se debilita, entonces sobreviene, y a expensas de otra broma, una pausa… esto es, la recuperación en la fe de los azotes y el desencanto. Más aun, y peor aún, todo continúa dependiendo de Sancho.

La comunicación entre ambos personajes sigue fuertemente sostenida en la creencia y la identidad esencial de la experiencia intersubjetiva en la realidad del uno con el otro. Así se comprende que el negocio de los azotes sigue en pie tanto más si Sancho logra postergarlo con salidas propias de un escéptico ya bien entrenado: suspicacia, prevención, reserva, desconfianza, aprehensión. Tampoco se ha cerrado porque Sancho ha descubierto, desde muy atrás y en las andanzas, que tiene que aceptar el esquema de los encantamientos para poder comunicarse con don Quijote. En esta ocasión no riñen ni intercambian insultos como en las precedentes; más bien don Quijote ruega por los azotes, no al escudero sino al hijo de sus entrañas.

Desde la sociología y la antropología se argumenta que los significantes preceden a los significados; que las relaciones sociales con sus intercambios y reciprocidades pautan la vida humana en sociedad y en esas dinámicas interpersonales los objetos o cosas alcanzan inserción y valor. En el caso que nos ocupa, la relación entre los señeros personajes presenta formas acabadas, pues la amistad preside toda acción e impera en cada aventura. Venimos mostrando que el significado de los azotes en su sentido y propósito ha de rastrearse al interior de la relación entre ambos personajes, y que en su dilatado despliegue se vislumbran las particulares provincias de la realidad de cada uno.

Con Sancho aparece el total realismo de la vida cotidiana y como personaje encarna un pueblo, un lenguaje y una cultura toda. Las condiciones materiales que sostienen su quehacer y pensar son parecidas al común de la gente. Con su sentido práctico, con sus gustos, intereses y satisfacciones, exhibe contrastes personales extremos respecto al caballero. Aunque ambos privilegian por encima de todo el valor de la amistad, no es menos cierto que en la escala de Sancho el asno aparece en seguida y luego la ínsula, la comida, el sueño y el dinero. El significado y sentido que estas cosas tienen se aprecian siguiendo los refranes y expresiones que él emplea. Entre Sancho y su asno se establece una franca, una total empatía; cuando caen en una profunda cueva, Sancho le promete una corona de laurel en la cabeza que parezca “un laureado poeta” y doble ración de alimento; otro dato curioso: en dos ocasiones pone al rucio como testigo para advertir que no está metiendo embustes. “Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse gobernador de la ínsula… que es bueno mandar aunque sea un hato de ganado”. Sobre eso de gobernar, don Quijote le da lecciones y consejos, de manera que Sancho abandona Barataria diciendo: “Desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano”. Esta es una frase realista y aleccionadora. Cervantes, sobre la marcha de la narración, con habilidad asoma sus puyas sobre los males que la ambición y el ejercicio del poder suelen deparar a muchos. La estrechez de la andante caballería y el mal comer entre selvas y montes no son del agrado de Sancho y menos cuando recuerda la abundancia de las ollas con sus olores y sabores en los castillos que han visitado. Incluso le pregunta a don Quijote si la orden de la caballería establece “no comer pan a manteles ni con la reina folgar…”. En los encuentros con otro escudero es cuando Sancho da mejores señas de su locuacidad sobre ciertos deleites. Da la impresión de que precisamente en esas ocasiones Cervantes luce astuto e inteligente, cuando incorpora locuciones ilustrando el juego de usos y sentidos propios del lenguaje popular y la época. Son expresiones y tropos que sirven para alabar, admirar u ofender, comprensibles en forma e intención dentro de un pasaje o texto específico y en el marco de un contexto social general. Porque Cervantes maneja con absoluta sagacidad y maestría esos juegos verbales, dando señas inequívocas acerca de algo antes no asomado con tanto arte y vigor en la lengua castellana, y cuya hipótesis o pregunta hoy diría así: ¿la realidad llega hasta donde alcanza el lenguaje? Ilustramos el tema con un ejemplo. Estaban Sancho y su compadre Tomé Cecial conversando de sus respectivos oficios y amos, mujeres e hijos; comparten una gran bota de vino y una empanada de media vara; cuando Sancho empina la bota, bebe y mira, mira estrellas durante un rato para luego exclamar sobre el vino: “¡Oh hideputa bellaco y cómo es católico!”. De tal manera que para la Inquisición y los dominicos de entonces es difícil precisar este asunto, ajustar o sancionar cuentas…

Sancho desde las primeras andanzas le pregunta a don Quijote por el salario de los escuderos. Insiste en saber, si no llegase el tiempo de las mercedes, cuánto es y para cuándo sería; si el salario es por día o es por mes, pues el amor a su mujer e hijos le hace parecer interesado; la promesa de una ínsula para gobernar compensa, e incluso desplaza, ese interés por el dinero que “es el mejor cimiento y zanja del mundo”. Alguna vez Sancho recuerda la alternancia entre la abundancia y la escasez de las cosas materiales y se duerme tranquilo diciendo: “No es posible que sea siempre de día y siempre de noche…”.

Hemos visto cómo Sancho, con el don de la simplicidad, ha logrado esquivar la disciplina de los azotes. Siete veces ha intentado don Quijote al menos convencerle de que empiece la cuenta o azotaina estipulada por Merlín y otras tantas Sancho se escapa, se sale con la suya. Esa larga trayectoria Cervantes la sostiene alternando, en cada circunstancia, el absurdo con el juego, el humor con la carcajada, manteniendo al lector en vilo hasta el desenlace. En seguida veremos que éste coincide con el retorno de ellos a la aldea y con los últimos capítulos de la obra. A la espera de azotes y desencanto, gracias a una sabia mixtura entre tragedia y comedia, él ha ido trazando todo un divertimiento donde el humor14Ya desde 1615 en la publicación de la segunda parte de El Quijote aparecen unas páginas de dedicatoria y prólogo del propio Cervantes, escritas pocos meses antes de su muerte, y otras relativas a los cánones de la época en cuanto a aprobaciones. En una de éstas, se anota lo siguiente respecto a esa segunda parte: “…de honesta recreación y apacible divertimiento que los antiguos juzgaron convenientes a sus repúblicas, pues aun la severa de los lacedemonios levantaron estatua a la risa y los de Tesalia le dedicaron fiestas”. queda como lección de vida inmarcesible entre los lectores. Con alguna idea semejante, concluía J. L. Borges una conferencia: “Y a pesar de los muchos infortunios de Don Quijote, el libro nos da como sentimiento final la felicidad. Y sé que seguirá dando felicidad a los hombres”.

 

Desenlace

Retornando al negocio de los azotes (capítulo LXXI), arriba comentamos cómo iba don Quijote triste pues se sentía vencido, pero también iba alegre al recordar la virtud de Sancho cuando éste logró la resurrección de la doncella en el palacio ducal. Por su parte, Sancho se viene quejando, puesto que esa salud, ¡vaya que sí!, ella la había recobrado a expensas de su sangre y martirio, no por la entrega de las camisas y escarpines prometidos. Encima, él no recibe siquiera un ardite.15Antigua moneda castellana de poco valor. De allí la expresión, eso no vale un ardite.

Andando van conversando, se escuchan y se comprenden mutuamente. Es otro nivel de ficción donde los personajes transforman los hechos al tiempo que son transformados por ellos, y es el empleado por Cervantes en el tratamiento entrañable y delicado al final de su obra. En particular, el desenlace del problema de los azotes recoge en un momento clímax todas las energías cómicas y trágicas que han acompañado y caracterizado a Sancho y don Quijote respectivamente, tanto más cuanto en la obra la mezcla de ambos géneros adquiere al final dimensiones antropológicas de carácter universal.

En la obra, el desenlace aparece en un capítulo relativamente breve pero denso en intenciones, acciones y significados (II, LXXI). Intentamos examinar ese final con elementos reveladores, diferenciando dos momentos; el primero, refiere los cambios acordados en las condiciones de los azotes; en el otro, revisamos su cumplimiento.

Don Quijote, para abordar el negocio pendiente, esta vez decide encararlo de otra manera, dando lugar a un diálogo muy distinto, a un intercambio razonado con Sancho a fin de lograr su cometido. Oyendo las quejas de él porque no recibió en el castillo, y de nadie, siquiera un ardite, llega a decirle: “Mira Sancho, si quieres azótate y págate de contado y de tu propia mano pues tienes dineros míos”. Ante tal ofrecimiento, nunca antes asomado, Sancho reacciona, abre sus ojos y oídos de un palmo y por fin y de veras da consentimiento a su corazón porque el amor de los hijos y la mujer hace levantar su interés, y pregunta: “¿Cuánto me dará por cada azote que me diere?”. Para don Quijote, ni los tesoros de Venecia ni las minas del Potosí son suficientes para pagarle, y pide a Sancho que ponga un precio. En seguida, Sancho sacó cuentas y más cuentas sin equivocación, multiplicando cada azote por medio real, luego por real entero, calculando que iba a entrar rico a su casa aunque bien azotado. “¡Oh Sancho bendito! ¡Oh Sancho amable! Cuándo quieres comenzar la disciplina que porque la abrevies te añado cien reales”. Y Sancho replica: “Esta noche sin falta, a campo abierto yo me abriré las carnes…”.

Así como sucede “a los enamorados que jamás ajustan la cuenta de sus deseos”, así sentía don Quijote esa noche sus ansias volar. Cenaron bien y descansaron mejor bajo los árboles. Sancho preparó con el cabestro del rucio un poderoso corbacho y se retiró a cierta distancia. Viéndole don Quijote, le dice que no se haga pedazos, que no se dé tan recio que le falte la vida antes de llegar al número deseado; mientras, él llevará el rosario de la cuenta. Y Sancho contesta: “Al buen pagador no le duelen prendas, que sin matarme me duela, que en esto debe consistir la sustancia deste milagro”.

Se desnudó de medio cuerpo arriba, comenzó a azotarse y don Quijote a distancia llevaba la cuenta. No se había propinado sino unos seis u ocho azotes, cuando le pareció muy barato el precio y pide aumentarlo. Don Quijote le ruega no desmayar puesto que acepta doblar el precio, y oyendo esto, Sancho agrega: “Pues que lluevan azotes…”.

Hasta el último momento Sancho va reconsiderando la cuantía y proporción de los daños pero estimando poco a poco el provecho a extraer de la disciplina. Su sentido práctico va adherido a la decisión y acción, juntas y en movimiento. Con tal disposición tan ágil como hábil, la clave de la resolución para sí mismo y hacia don Quijote aparece cuando Cervantes comienza a cerrar el negocio de los azotes con estas palabras: “Le pareció ser pesada la burla y muy barato el precio”.

Aquí y ahora, para Sancho todo queda arreglado, compensado y resuelto. Siendo así, estimamos lo siguiente: él se transforma de sujeto paciente dolido a sujeto agente enriquecido; cuanto más pesada es la burla más alto es el precio medido con la vara de sensibilidad y sentido común de Sancho. La anterior ecuación, azotes por desencanto, queda de inmediato alterada por esta otra, burla por precio; el daño ha de ser directamente proporcional al provecho, y si la burla va a tono con la oportunidad, el precio sube en cantidad.

Ser pesada la burla… ¿Cuál burla? ¿Cuál de tantas? ¿Las que preparó la duquesa en el castillo a don Quijote? ¿Aquélla cuando trajo la figura de Merlín y Dulcinea? Cabe recordar estas posibilidades en sus pormenores. Con la frase en clave “le pareció ser pesada la burla y muy barato el precio”, Cervantes se refiere ciertamente a Sancho cuando él se interesa de más en más por el precio. Pero entonces entran otras posibilidades: o bien Sancho está convencido de que es una burla que comenzó desde atrás con la orden de Merlín, que a su vez también era una burla fingida, o bien él se va convenciendo de que con unos pocos azotes puede continuar hacia delante con la burla que trae en mente…

En medio de estas, encontramos a Sancho en el momento cabal del desenlace: él decide continuar con los azotes, no ya sobre sus espaldas, sino golpeando el tronco de los árboles… los golpeaba con tanta fuerza y denuedo soltando suspiros y lamentos como si estuviese arrancándose el alma a pedazos que llegó a pelar la corteza de muchos, muchos árboles.

Cervantes, al relatar todo esto, llama a Sancho socarrón. Quizás más de un lector se ha inclinado a recordar, entre carcajadas y compasión, la larga lista de insultos merecidos que don Quijote con aspereza no ha cesado de propinar. Y si Sancho fingía arrancarse el alma a pedazos, don Quijote con cuánta gravedad se enternece y contiene sus temores oyendo la tanda de azotes, al punto que le ruega detener el negocio. “No, no señor —responde Sancho—, que no se ha de decir por mí, ‘a dineros pagados, brazos quebrados’. Apártese vuesa merced otro poco y déjeme dar otros mil azotes siquiera”.

Insiste don Quijote con más gravedad, pues siente la vida de Sancho en grave peligro y por ende el sustento de sus hijos, y le ruega suspender la disciplina; que para Dulcinea vendrá una mejor ocasión; que él se dispondrá a someter su ímpetu, a postergar su esperanza. Así, y sólo así, Sancho detiene su esforzada tarea, sudando, sensiblemente agotado.

Don Quijote conmovido se quita la ropa, se queda en pelota y abriga con ella a Sancho, quien durmió de largo hasta el otro día… Cuando don Quijote vuelve de nuevo a la carga y le pregunta si proseguirá con la otra tanda, si será bajo techo o a cielo abierto. Acuerdan completar el número deseado cuando lleguen a la aldea natal. Sin embargo, luego, Sancho añade que desea concluir aquel negocio con mayor brevedad: “A sangre caliente y cuando esta picado el molino, porque en la tardanza suele estar muchas veces el peligro, y a Dios rogando y con el mazo dando, que más valía un ‘toma’ que dos ‘te daré’, y el pájaro en la mano que el buitre volando…”.

Llegó la noche, Sancho se apartó y volvió a cumplir su penitencia de sangre con la misma maña y el modo artero ya empleado. El engañado don Quijote no perdió la cuenta y sumando estimó tres mil veintinueve azotes. Al amanecer, dice Cervantes, el sol parecía madrugar para alumbrar el sacrificio de Sancho.

El desencanto de don Quijote es un inmenso proceso de desilusión, el definitivo desmoronamiento de su realidad, el final de su mundo de caballero.

Hemos de admirar que Cervantes, al invocar el orto solar, envuelve en un esplendor el rito final de los azotes, cierra el desencanto de la dama pero abre el de don Quijote… Mientras el desencanto de Dulcinea ha fallado, el suyo sí llega por completo, de manera total y radical, tocando todo lo esencial y existencial del caballero andante en aquel lugar de La Mancha donde había salido antaño.

Hogaño llegando a su aldea, don Quijote, que no ha visto en el camino mujer alguna y tampoco se topa con ninguna Dulcinea desencantada, comienza a percibir a su alrededor varias señas y malos agüeros. El desencanto de don Quijote es un inmenso proceso de desilusión, el definitivo desmoronamiento de su realidad, el final de su mundo de caballero. Don Quijote pierde toda su vitalidad y su fe en el principio fundamental de su metafísica y cosmografía. Se convence ciertamente de que no es un héroe, de que no hay héroes. En el choque final con las realidades cotidianas, él tuvo que elegir: “Ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, el bueno. Ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. Este es el momento en la lectura cuando la tristeza nos desborda, nos arrasa.

Feliz Sancho regresa a su casa, a su mujer e hijos. Trae al rucio por delante adornado con túnica bocací y coraza en la cabeza. Llega contando maravillas de sus días y aventuras y con mucho dinero obtenido, no por milagro sino por su propia industria, sin daño a nadie.

Por delante, para nosotros queda reservado entre suelo y cielo un futuro abierto e incierto. Queda también pendiente el misterio y la significación de la cordura y la locura en sus diversos tonos. Respecto a otros asuntos, retorna, recobrando plena vigencia para el pensamiento científico-tecnológico, tan ayuno de literatura clásica, un problema que suponemos Cervantes tenía en mente, y que en su novela con sutileza desplegó: el descubrimiento de las diversas y complejas facetas del ser humano frente a las operaciones lógicas en el tratamiento de las realidades múltiples. Hoy se trata de las nuevas interrogantes acerca de la posibilidad de conocer y los alcances del conocimiento gracias a la tecnología y las comunicaciones. Mientras, hoy también regresa a nosotros la inacabada reflexión socioantropológica acerca de la tensión dolorosa entre la permanencia del mundo social y la fragilidad irremediable del ser individual.

 

Bibliografía

  • Astrana Marín, Luis (2003), Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, 3V, Editorial Reus, 1951.
  • Briceño Guerrero, José Manuel (1994), El laberinto de los tres minotauros, Monte Ávila Editores, Caracas.
  • Cervantes y Saavedra, Miguel de (1993), El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Editorial Trillas, México. [Esta edición reproduce el texto de las ediciones príncipe de 1605 y 1615 y las abundantes notas que al texto cervantino para la edición de la Editorial Séneca, México, 1941, redactó el profesor Agustín Millares Carlo.]
  • Schütz, Alfred (1955), “Don Quijote y el problema de la realidad”, revista Diánoia, año 1, Nº 1, pp. 312-330.

 

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María Méndez Peña

María Méndez Peña

Investigadora venezolana (Maracaibo, 1947). Socióloga egresada de la Universidad Católica Andrés Bello, Ucab (1974), Magister Scientiae en Ciencias Políticas por la Universidad de los Andes, ULA (1981), y posgrado en Ciencia, Tecnología y Sociedad por el Conservatoire National des Arts et Métiers, CNAM (París, 1993). Profesora e investigadora durante veintisiete años en la ULA (Mérida). Miembro, fundadora y árbitro de Fermentum, Revista Venezolana de Sociología y Antropología (ULA, 1993). Fundadora y directora del Centro de Investigación Humanic (ULA, Mérida, 2002). Actualmente jubilada titular, residente temporal en Málaga, España. Escribe ensayos y cuentos.
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Notas   [ + ]

1.Cervantes y Saavedra, Miguel de, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Editorial Trillas (México, 1993). Esta edición reproduce el texto de las ediciones príncipe de 1605 y 1615 y las notas al texto cervantino que para la edición de la Editorial Séneca (México, 1941) redactó el profesor Agustín Millares Carlo.
2.Siguiendo esta edición hemos aprovechado las abundantes y minuciosas notas de todo género que aparecen al final del libro, que tanto ayudan al lector hoy en día.
3.Schütz, Alfred (1955), “Don Quijote y el problema de la realidad”, revista Diánoia, Año 1, Nº 1, pp. 312-330.
4.Tarde piache —expresión que en el lenguaje popular se mantiene así: tarde piaste, pajarito. En las notas al final del libro se comenta su uso cuando alguien llega o acude tarde. Se cuenta que así dijo al tragarse un huevo empollado cierto soldado que lo había hurtado…
5.Estas frases aluden a un proverbio derivado de la pena de azotes que se aplicaba al reo exhibiéndolo sobre un pollino por las calles.
6.En ese sentido, el capítulo XX, primera parte, trae varios asuntos interesantes. Al relatar la aventura de los batanes, Cervantes intercala un asombroso juego de palabras tales como risa y miedo, temor y burla, oír la verdad y ver la verdad, prueba y miedo; todo lo cual suscita interrogantes acerca de la relación verdad y realidad. En el cuento de Sancho sobre del pescador, el pastor y las cabras, se dice: “Tenga vuesa merced cuenta de las cabras que el pescador va pasando porque si se pierde una de la memoria, se acabará el cuento”.
7.El tema de las sutiles irreverencias y los piques de Cervantes contra ciertos representantes e instituciones religiosas de la época ha motivado serios y profundos análisis. Aquí sólo nos limitamos a señalar que, por lo general, esas frases o alusiones son breves, aparecen dispersas, pero sobre todo casi siempre las inserta en el lenguaje de otros personajes, vale decir, no provienen de don Quijote ni de Sancho.
8.Se ha conjeturado que Cervantes quería escribir empreñada en lugar de en priesa.
9.“La ley del encaje”: alude a resoluciones que un juez toma a conveniencia, discreción o capricho, según se le ha encajado en la cabeza aquello que las normas jurídicas disponen. Esa frase expresa y condensa formas y prácticas sociales de inmenso provecho heurístico. Por ejemplo, imaginar hoy, en Venezuela relaciones entre la ley del encaje, la ley del bolsillo, la ley del bochinche, la ley de tierras; entre los jueces y la justicia; entre la corrupción y la impunidad.
10.A diferencia de otras naciones de Europa y desde la Edad Media, sólo en España acaecen procesos histórico-culturales que alcanzan a acrisolar una especificidad: el choque de dos religiones monoteístas, el encuentro de lenguas y dialectos, y la ocupación del territorio por ocho siglos. Respecto a la expansión hacia América, Briceño Guerrero sostiene que el encuentro con América fue más importante que el viaje a la luna: éste no cambió la cosmología, ni la física ni la antropología, aquél sí. Cfr. Briceño Guerrero, J. M., (1994), El laberinto de los tres minotauros, Monte Ávila Editores, Caracas.
11.En la lengua y tradición castellana, hasta hoy día, son tan innumerables como agudos y sentenciosos los refranes que provienen de la obra de Cervantes; ellos siguen siendo de uso corriente y provecho como enseñanza y explicación.
12.Palabras del Libro de Job: Después de las tinieblas espero la luz.
13.Hacer mamonas es manosear la cara de alguien, remedando y burlando las caricias que se hacen a los niños cuando maman; sellar mamonas pudiera ser una burla semejante con movimientos más fuertes y toscos en las manos de quien dirige la maniobra.
14.Ya desde 1615 en la publicación de la segunda parte de El Quijote aparecen unas páginas de dedicatoria y prólogo del propio Cervantes, escritas pocos meses antes de su muerte, y otras relativas a los cánones de la época en cuanto a aprobaciones. En una de éstas, se anota lo siguiente respecto a esa segunda parte: “…de honesta recreación y apacible divertimiento que los antiguos juzgaron convenientes a sus repúblicas, pues aun la severa de los lacedemonios levantaron estatua a la risa y los de Tesalia le dedicaron fiestas”.
15.Antigua moneda castellana de poco valor. De allí la expresión, eso no vale un ardite.