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La casa como un lugar propicio para el incesto en Camanchaca (2009), de Diego Zúñiga

lunes 28 de junio de 2021
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Diego Zúñiga
El chileno Diego Zúñiga, expone en su novela Camanchaca, a través del incesto, las diversas posiciones que surgen en (y a partir de) la dictadura. Fotografía: Rodrigo Fernández

Los chilenos nacidos en los años setenta y ochenta, que eran niños durante la represión militar, a los que sus padres protegían callando antes que compartiendo con ellos, ocupan hoy un lugar preponderante en la narrativa nacional. Su mirada tiene puntos en común: el primero es un intento de rellenar los huecos que dejaron esos silencios. Lo autobiográfico tiene así un fuerte peso en sus obras, en las que la memoria pasa de lo íntimo a lo político y viceversa. Tienen una visión crítica de la transición a la democracia en su país. Coinciden en el gusto por el cuento o la novela breve. Y, además, abundan algunos rasgos estilísticos: muchos ejercen una prosa directa, casi cinematográfica, de frases y escenas fragmentadas, tal como quedó la sociedad posdictadura. La crítica literaria denominó a esta forma de narrar: literatura de los hijos.

“Camanchaca”, de Diego Zúñiga
Camanchaca, de Diego Zúñiga (La Calabaza del Diablo, 2009; Random House, 2013). Disponible en Amazon

Camanchaca
Diego Zúñiga
Novela
Primera edición: La Calabaza del Diablo
Santiago de Chile, 2009
Random House
Santiago de Chile, 2013
ISBN: 978-9568228422
110 páginas

Esta categoría la utilizó Alejandro Zambra, escritor chileno, para titular un capítulo de Formas de volver a casa (2011), libro que es una exploración de su propio pasado. Los de aquella generación vivieron la democracia y la adolescencia al mismo tiempo, dándose cuenta de que quizás sólo la segunda era totalmente cierta. En los años 90, estos escritores tuvieron una sensación de orfandad muy grande. Los problemas, en vez de hablarse, se archivaban.

La literatura de los hijos es, en resumen, una literatura cargada de culpas: la dictadura fue tan larga que dio tiempo a que los niños crecieran y entendieran lo que estaba ocurriendo, pero no duró tanto como para que pudieran combatir realmente aquellas culpas, aquellos tabúes. Así que, lejos de la épica, estos escritores denuncian el mutismo de la clase media, su servilismo ante las élites y su complicidad con los atavismos del poder en Chile. A mi parecer, la literatura de hijos tiene que ver con rescatar otros afectos: esta generación no aborda el pasado sólo desde el homenaje, sino también cuestionando, interpelando. Surge algo más afilado. Una aproximación más incómoda que en otras narrativas.

La casa se convierte en el lugar propicio para que se articule uno de los temas más tabúes en Chile: una relación incestuosa de una madre con su hijo.

Si bien Diego Zúñiga (1987), escritor chileno, no escribe en dictadura, lo hace a partir de la represión que es consecuencia de haber crecido en ese proceso. Camanchaca (2009), la primera novela del autor, funciona como ejemplo de todo lo anterior. En el libro, un joven universitario viaja con su padre desde Iquique a Tacna para tratarse los dientes. A través de capítulos muy breves, la novela va entrelazando distintos momentos de la vida de este protagonista en tránsito de la niñez a la adolescencia: viajes, juegos infantiles con los amigos, extrañas escenas íntimas con su madre e, inevitablemente, algún lance amoroso frustrado. La ilación es confusa, a veces un poco centrífuga, y cuesta hacerse una idea de las líneas argumentales o dramáticas. Lo que queda es el mundo, un mundo ajeno, hecho de grandes extensiones, desprovisto de sentimientos.

En el relato son frecuentes las miradas al espacio íntimo, a lo doméstico y familiar. Un entorno poblado a veces de intimidades fugaces y siempre amenazantes, en el que el protagonista deambula como armado de una cámara, fría, a veces sucia o morosa además, pero inquebrantable. Estas miradas señalan debilidades de la condición humana, que en este caso toman lugar en la casa que comparte el protagonista con su madre. Es por lo anterior que este trabajo busca analizar la manera en que este espacio doméstico se convierte en el lugar propicio para que se articule uno de los temas más tabúes en Chile: una relación incestuosa de una madre con su hijo.

Para lograr este objetivo, se utilizará el texto de Gaston Bachelard La poética del espacio (1957). En éste, casa y universo se encuentran también en la dualidad entre lo propio y lo común. De forma poética, el autor interpreta el nicho y el hogar como un contenedor universal, y viceversa, pensando en todos los espacios habitados, interpretando el concepto de casa como un cosmos antropológico. Pasando de lo particular a lo general, del nicho al cajón, del cajón a la habitación, de la habitación al hogar, del hogar al universo, y de vuelta del universo al hogar, se construye un recorrido por aquellos tipos de espacios que habitamos y que nos habitan. Además, se expondrán algunos puntos del texto “Las malas juntas de José Leandro Urbina. Edición completa y definitiva” (2012), de Grínor Rojo, para analizar cómo esta relación degradante e incestuosa no es más que el reflejo de lo que estaba sucediendo fuera de casa, es decir, en el país.

Luego de la separación de sus padres, el protagonista y su madre viajan desde Iquique para huir de la ciudad y comenzar de nuevo. Es en Santiago donde el desarrollo de esta relación particular se sitúa. Así lo expresa el joven veinteañero:

Desde el día que llegamos a Santiago, mi mamá nunca más quiso trabajar. Nunca más salió a la calle. Sólo vamos al supermercado la primera semana de cada mes. Mi abuelo le manda plata y ella me pide que la acompañe. Entonces vamos y compra las cosas del mes, y se compra una tintura para el pelo, aunque nunca sabe cuál le sienta mejor, así que me pide mi opinión; yo miro las cajas y no entiendo la diferencia entre un rubio ceniza y un rubio mate. Aunque miro a la mujer que sale en la caja y luego observo a mi mamá y le doy mi opinión. A veces me hace caso, aunque generalmente elige el contrario y sale del pasillo de las tinturas y continúa con la compra del mes (8).

Es a partir de este momento que el protagonista y su madre se comportan de manera extraña. En la cita anterior se narra una situación que parece ser bastante cotidiana, pero si se agudiza el ojo salen a la luz ciertos matices interesantes. El primero tiene relación con el comportamiento de ambos sujetos en esa situación cotidiana, ya que pareciera ser que se tratara de una relación más bien de marido y mujer. Si no se hiciera alusión a la figura del abuelo del protagonista, fácilmente se podría pensar que se trata de un matrimonio haciendo las compras del mes. El otro aspecto a destacar en la cita anterior es la actitud de la madre: una figura de mujer insegura, dolida, dependiente, pero que aún puede tomar una decisión por sí misma, lo que le otorga un poco de carácter. No obstante, dentro de casa la dependencia se hace más evidente e impulsa el desarrollo del incesto.

La casa en el invierno se convierte en una casa protectora, un refugio seguro. A raíz de esta idea, viene la relación de casa con madre.

Al hablar de la casa, Bachelard considera que aquélla está compuesta por medio de una compilación tanto de recuerdos e imágenes que tenemos de cada casa en la que alguna vez hayamos vivido, como de aquellas en las que vayamos a habitar. Es importante que la imagen de casa no se vea como objeto, sino más bien, desde un punto de vista fenomenológico, cómo está habitado el espacio y cómo vivimos el día a día en determinado rincón del mundo. En la casa, el ser encuentra un albergue. Establece muros y paredes para así crear sombras impalpables que generan confort a través de ilusiones de protección (37). En este sentido, cuando el protagonista y su madre están al interior de la casa, la relación incestuosa se hace mucho más potente con esta falsa idea de protección que brinda la progenitora en ese espacio:

Con mi mamá jugábamos a contarnos historias antes de dormirnos. Apagábamos la tele y en la oscuridad debíamos inventar historias. No sé por qué lo hacíamos, pero disfrutábamos mucho ese momento. Nos reíamos cuando estábamos completamente a oscuras en esa cama de dos plazas que nos regaló mi abuelo. Desde que llegamos a Santiago decidimos dormir juntos. Aunque en realidad la decisión la tomó mi mamá: me dijo que no había plata para gas, que no podíamos tener una estufa y que lo mejor era dormir juntos, como cuando yo era un niño y aún vivíamos en Iquique. Por supuesto que no cuestioné nada, sólo agarré algunas cosas y me trasladé a su pieza, nuestra pieza (10).

El autor francés realiza un análisis del invierno, debido a que, según él, las condiciones que establece esta determinada estación refuerzan la comodidad del habitar. Demuestra que el invierno, por sus condiciones de temperatura extrema, hace que el ser se refugie en un hogar buscando confort. El invierno hace el refugio “más cálido, más dulce y más amado” (54). Bachelard interpreta la nieve como el universo exterior y la casa como refugio e intimidad. La casa en el invierno se convierte en una casa protectora, un refugio seguro. A raíz de esta idea, viene la relación de casa con madre, como nuestra madre, la casa lucha por nuestra protección, nos da calidez y paz. Esto puede trasladarse al relato de Zúñiga, en el que la madre, y la casa, son un refugio.

Posteriormente, el escritor europeo hace una relación entre dentro/fuera. Expone que en la casa “no hay apenas espacio; y tú te calmas casi, pensando que es imposible que algo demasiado grande pueda sostenerse en esta estrechez… Pero fuera, fuera todo es desmedido” (198). Poco a poco la relación madre-hijo se va degradando hasta el incesto, a una relación que parece más de amantes que de familia, tal como se degradó el contexto dictatorial chileno:

Fue un roce. Luego un movimiento y más roce. Me tomó la mano y la condujo entre sus muslos gordos, blandos. No podía doblar los dedos. No me dejes de hacer cariño, me dijo mientras yo comenzaba a sentir la humedad, los dedos levemente pegajosos. Comenzó a mecerse y yo seguía sin poder doblar los dedos (58).

La casa es el espacio donde los sujetos son condenados a poner en escena su deseo y recrear su vida social. Lo público en la década de los sesenta fue un campo en disputa, que posterior al golpe militar fue invadido por diversas formas de violencia. Sin embargo, el ámbito privado no resultó ser el refugio frente a la agresión: “La casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz. No son únicamente los pensamientos y las experiencias los que sancionan los valores humanos” (37). En dictadura, lo establecido en la Poética del espacio queda sancionado. La casa se envuelve en la crisis y, como alegoría de la vida nacional, se ve aprisionada en las redes de la degradación.

La exposición del incesto representa una crisis que traspasa los espacios de lo público y lo privado.

La convulsión social provocada por la dictadura y sus agentes no sólo removió los cimientos de la sociabilidad pública, sino que también es posible postular que las relaciones familiares se vieron conmocionadas. La casa como lugar de representación de lo familiar se ve fuertemente afectada por la irrupción de la violencia, descomponiendo los vínculos afectivos y generando relaciones perversas. El incesto y la endogamia están presentes en los relatos como una forma de expresar la transformación negativa de las relaciones de parentesco. La perversión de los afectos propone una crisis subjetiva, que no sólo está relacionada con las estructuras superficiales de la sociedad, sino con sus propias bases. Sin embargo, estos recursos no implican la disolución de los vínculos sino que, como señala Grínor Rojo, éstos son índices:

De que lo único que los acontecimientos históricos hicieron fue hacer que se fuera al fondo lo que estaba en la superficie y que saliera a la superficie lo que estaba en el fondo. Porque la “cosa” estaba ahí desde antes. Los ángeles no se convirtieron de la noche a la mañana en demonios, ni los demonios en ángeles (13).

De esta manera, la exposición del incesto representa una crisis que traspasa los espacios de lo público y lo privado, sin hacer que este último espacio se vea libre de daños respecto de las responsabilidades de las atrocidades del período dictatorial. En este sentido, la novela de Zúñiga expone, a través del incesto, las diversas posiciones que surgen en (y a partir de) la dictadura: por una parte, una madre que se niega a decir la verdad, dependiente y corrompida (tal como muchísimas personas que sufrieron las violaciones de la dictadura) y, por otro, un joven escéptico, representante de las generaciones a las cuales se les ha opacado la verdad, que han tenido que reconstruir un proceso del que no fueron parte, y que eso de alguna manera mutila parte de su identidad, lo que se traduce en conductas que lo acercan a lo más oscuro del ser humano.

 

Referencias bibliográficas

  • Bachelard, Gaston. Poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 2012. Archivo PDF.
  • Rojo, Grínor. “Las malas juntas de José Leandro Urbina. Edición completa y definitiva”. En: Las malas juntas. Santiago: Lom, 2012. Impreso.
  • Zúñiga, Diego. Santiago de Chile: La Calabaza del Diablo, 2009. Impreso.

 

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