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Tras las huellas del eros sutil en Seda, de Alessandro Baricco

lunes 8 de noviembre de 2021
Alessandro Baricco
En su novela Seda, de 1997, Baricco nombra, sugiere, no dice explícitamente.

I. Introducción

Distintas han sido las impresiones sobre Seda, de Alessandro Baricco. En la portada figuran diversas opiniones; sin embargo, una capturó nuestra atención: “Con su ternura, su erotismo, su despojamiento, Seda es una de las novelas más sorprendentes y conmovedoras que he leído jamás” (Stephanie Merrit, Daily Telegraph). Seda narra la historia de un hombre llamado Hervé Joncour, que transita entre Francia y Japón y finaliza en una jornada de viento, de levedad: “De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida” (124). Pau Vidal, en el diario El País, entiende que la obra de Alessandro Baricco está atravesada por el tema del amor, pues: “Lo que narra Seda es una historia de amor de ida y vuelta, en todos los sentidos, a medias entre Francia y Japón”. Este será el punto de arranque que motiva el presente trabajo y nuestra hipótesis se enuncia así: Seda, de Alessandro Baricco, se articula como un punto de inflexión, un tránsito, una oscilación que va desde un discurso público a un discurso más privado y de corte intimista, mediado por el eros sutil que el autor refuerza a lo largo de su novela.

Para testimoniar la pertinencia y validez de nuestra hipótesis, guiaremos el desarrollo nuestra exposición a partir de la historia que se cuenta, definiendo el acontecer, los personajes y el espacio en función de nuestra hipótesis y cómo se nos cuenta esta historia, la elaboración del tiempo y los modos narrativos.

 

“Seda”, de Alessandro Baricco
En Seda, de Alessandro Baricco (Anagrama, 1997), se articula una vertiginosa oscilación desde un discurso público hacia un discurso más privado y de corte intimista. Disponible en Amazon

II. Desarrollo

A través de Seda, Hervé Joncour recorre oscilante por dos espacios geográficos que articulan su constante viajar: Francia-Japón, Japón-Francia. Hervé Joncour era, por ende, un viajero por antonomasia, un comprador y vendedor de gusanos de Seda. Hélene era su mujer y no tenía hijos, y ella “era alta, se movía con lentitud, tenía un largo cabello negro que nunca se recogía en la cabeza. Tenía una voz bellísima” (25). Baldabiou, su jefe. De él, se nos sugiere —como a través de un narrador que toma distancia— que “(…) lo divertía mucho más que ganar dinero (…). Enseñar. Y tener secretos que contar” (14). Era ambicioso, aunque solitario: “Siempre jugaba solo, contra sí mismo. Extrañas partidas. El sano contra el manco, las llamaba” (52).

La historia seguirá un orden cronológico causal, a saber, las luces y los claroscuros de su vida, de sus viajes y, por sobre todo, del amor. Para ello, el orden estético que nos propone Baricco, acaso el motor de la historia —cruzada incluso por las vicisitudes de la guerra—, responderá a esta intencionalidad comunicativa. No sólo hay una escena final decisiva entre Madame Blanche en París y Hervé Joncour, sino que hay rastros sutiles y patentes que permean —como brasa que reluce y no se extingue— la presencia de este eros.

Motivado por el afán de supervivencia de su país, Hervé Joncour emprende su viaje hacia Japón a ver a Hara Kei, con quien comerciaba huevos de seda. Aunque este no es un personaje accidental, más curioso nos parece la mujer que lo acompaña. Ella marca la presencia de este eros sutil con sus “ojos abiertos, fijos en los de Hervé Joncour” (33), desde su primer encuentro. A medida que avanza la historia, el eros se dibuja como un rastro que tiene una estela propia: “(…) Hervé Joncour la vio, ella se dio vuelta lentamente y por un momento, justo el tiempo de entrecruzar sus miradas” (40). Pero además, el eros se hace presente en escenas que aluden a momentos de placer en Seda:

Sintió la ligereza de un velo de seda que descendía sobre él. Y la mano de una mujer (…) que lo secaba acariciando su piel por todas partes: aquellas manos y aquel paño tejido de nada. Él no se movió en ningún momento, ni siquiera cuando sintió que las manos subían por los hombros hasta el cuello y los dedos —la seda y los dedos—, subían hasta sus labios, y los rozaban, una vez, lentamente, y desaparecían (48).

Da la sensación como si la propia escritura de Baricco se deslizase más hacia lo íntimo. Baricco nombra, sugiere, no dice explícitamente. Esto es importante: marca el tránsito del discurso público de Hervé Joncour, donde es activo y diligente en su labor, hacia un discurso más íntimo. Su historia no tiene problemas de composición, pero sí debemos examinar cómo se configura el discurso de la narración bajo un estilo del discurso emotivo, acaso en los momentos donde el eros sutil cobra fuerza. Puesto que existe un tiempo preciso en la historia, nombrado desde la primera página: “Era 1861. Flaubert estaba escribiendo Salammbô, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería. Hervé Joncour tenía treinta y dos años” (7).

Por otro lado, en Seda hay señas o metáforas del amor. Señas o metáforas serían no sólo aquella gran pajarera de Hara Kei, sino la hoja de papel que recibió Hervé Joncour y que llevaría incluso mientras cena. Escribe Baricco: “No fue nada, después, abrir la mano y ver aquella hoja de papel. Pequeña. Unos pocos ideogramas dibujados uno debajo del otro. Tinta negra” (49). Nada más se nos dice en ese momento y, sin embargo, será aquella hoja la que lo inste a un nuevo viaje a Japón, asumiendo los riesgos de la guerra: será la búsqueda del amor lo que movilice a Hervé Joncour. Pero, ¿en qué deriva queda Hélene, su esposa, en este escenario?

No podemos ignorarla: ella es fundamental. Esto, porque fue ella quien escribió la hoja de papel que motivó el regreso de Hervé Joncour y lo que deseaba era ser amada, acaso, como Hervé Joncour poseía a sus amores itinerantes, tal como escribe Baricco: “La amó durante varias horas, con movimientos que nunca había hecho, dejándose enseñar una lentitud que desconocía. En la oscuridad, no importaba amar a aquella joven y no a ella” (68). Hélene sabía lo que sucedía mientras su marido viajaba y, sin embargo, a su regreso, no le negaba lecho, pues: “(…) la amó con tanta impaciencia que ella se asustó y no consiguió retener las lágrimas” (72). Lo mismo cuando se iban de vacaciones, escribe Baricco: “(…) habían llegado a sentir, entre aquellos muros, la suerte de amarse” (78). Así, no podemos negar que ella agencia este eros. Y esto se hará evidente, al final de la novela, precisamente donde su discurso anuda esta potencia y es más íntimo: “(…) porque te deseo, y con el corazón entre mis labios tú serás mío de verdad, con mi boca en el corazón tú serás mío para siempre (…)” (112); incluso, Madame Blanche le dirá a Hervé Joncour: “(…) yo creo que ella hubiera deseado, más que cualquier otra cosa, ser aquella mujer. Vos no podéis comprenderlo. Pero yo la oí leer aquella carta. Yo sé que es así” (122-123). Esto es importante en nuestro trabajo: reafirma la hipótesis planteada al comienzo.

 

III. Conclusión

Habiendo analizado Seda, de Alessandro Baricco, apreciamos cómo se articula en una vertiginosa oscilación que transita desde un discurso público hacia un discurso más privado y de corte intimista. Aunque tematiza asuntos como la guerra, creemos que el autor quiere reforzar el amor, aquel indisoluble nubarrón que, cuando acaece, nubla o aclara el alma. Este eros sutil se encarna, principalmente, en Hélene y el discurso que anuda en su núcleo más íntimo semejante convicción: ella deseaba ser amada. Existen rastros sutiles y patentes que permean la obra, esto es, señas o metáforas que intensifican la idea de un eros sutil, a saber, la pajarera de Hara Kei o la hoja papel de Hervé Joncour. Además, en el itinerario Francia-Japón y Japón-Francia palpamos que la escritura de Alessandro Baricco se desliza con gran elocuencia: hemos querido describir algunos episodios que nos llamaron la atención. Así, ambientada en el siglo XIX, tal como nos comenta Danielo Maestre en “Seda: el suave periplo del latido”:

[la obra] puede entenderse como un bello libro de viajes, tejido con una historia de amor sobrecogedora. Alessandro Baricco relata este viaje como leyéndolo desde la inmovilidad, como quien abre un diario de vida. Este artilugio lo usa para crear la distancia necesaria con lo mostrado y posiblemente el alejamiento de las propias raíces.

 

Referencias bibliográficas

Alfredo Fredericksen Neira