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Antropocracia, el “factor exceso”

lunes 30 de enero de 2023
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Antropocracia, el “factor exceso”, por Javier Olalde
El Homo sapiens se caracteriza por un sentimiento de orgullosa preeminencia y supremacía: antropocracia, el sentimiento arrogante y compartido de considerarse los aristos, los mejores, la clase principal, la especie noble del planeta Tierra.

Examinar la historia de la especie humana supone recorrer un trayecto promovido, desarrollado y resuelto por la sobreabundancia de unas funciones cerebrales más atentas en numerosas ocasiones a los productos generados por la imaginación virtual que a la referencia sensorial procedente del entorno mundano. De esta manera, la historia humana se ha convertido y se convierte muy a menudo en la crónica de una desmesura dispuesta y argumentada por un cerebro cuyas estructuras neuronales permiten concebir y diseñar una visión figurada del mundo y del sujeto, donde la representación de los objetos y la certeza objetiva del propio cuerpo se pueden transformar en meras apariencias para la “mirada interior”, mientras que las ideas virtuales que la imaginación escenifica pueden llegar a adquirir realidad subjetiva y emocional.

Estas funciones cerebrales manifiestan sin duda una eventualidad desmedida, una potencia que supera y desborda la dimensión concreta de unas criaturas naturales, los sapiens sapiens, homínidos llegados a una significativa complejidad cerebral tras el azaroso proceso evolutivo de la especie. Seres naturales sobredimensionados, enfrentados a una realidad física de la que forman parte y que con denodada tenacidad se obstinan en analizar e interpretar, tratando de imponer su dominio para acomodar la situación a sus particulares necesidades y objetivos, por mucho que la realidad material del universo muestre una férrea y maquinal neutralidad en la que los seres humanos aparecen como unos simples y transitorios pasajeros de la imparable flecha del tiempo. Viajeros fortuitos, en efecto, que, aunque sorprendidos y extrañados, no dejan de examinar críticamente el obligado e inesperado trayecto, demandando un itinerario favorable y manteniendo la arrogante pretensión no ya de mantenerse en el viaje mientras dure, sino de encontrar satisfactorio el recorrido.

Mas ¿cómo ha sido posible trazar y poner en práctica un propósito tan manifiestamente desprejuiciado y autónomo? Pues bien, la respuesta se halla en haber conquistado el fuego, poseer el lenguaje y, después, durante numerosos y pacientes milenios, haber ido perfeccionando las técnicas líticas hasta lograr descubrir y alear los metales, extenderse por toda la geografía planetaria, engendrar las formas artísticas y las creencias simbólicas, descubrir la agricultura y la domesticación de otras especies animales, fundar civilizaciones y culturas. Una laboriosa y tenaz empresa de dominio que otorgó una peculiar identidad a los Homo sapiens, una filiación cuyo atributo esencial radica en la convicción de ostentar el cetro que nos distingue como la especie superior. Un sentimiento de orgullosa preeminencia y supremacía que se conceptualiza como antropocracia: el sentimiento arrogante y compartido de considerarse los aristos, los mejores, la clase principal, la especie noble del planeta Tierra.

Antropocracia, arrogancia humana que no abdica de la enaltecida calidad de su linaje.

No obstante, el mundo, la realidad natural, no acostumbra a congeniar ni a mostrarse magnánima con la voluntad y los afectos de las criaturas, inteligentes o no. Ni los conoce, ni le preocupan, pues tales manifestaciones no se valoran dentro de su función y finalidad. Y, ante esta actitud impasible y mecánica de la naturaleza, a los antropócratas sólo les cabe mantener una actitud paciente o rebelde incluso. Por ello, Albert Camus llega a emplazar la esencia de lo humano en la rebelión permanente contra la condición impuesta, sea natural, metafísica o sociohistórica. Invoca, como origen de la rebeldía, una pretensión franca e intrépida de libertad, fundada sin duda en el inalienable sentimiento antropocrático que constituye la marca y el sello de lo humano.

La lógica del rebelde camusiano, aun pensándose, como rebelde existencialista que es, miembro de un universo que considera absurdo e injustificado, no flaquea por ello y se mantendrá fiel a su propia divisa: la búsqueda de ser feliz. Un comportamiento típicamente antropocrático, la actitud que corresponde a un ser autoconsciente y demasiado orgulloso para poder aceptar sin condiciones su minúsculo papel en la representación del mundo de la vida, rol personal sobre el que sabe que no debe hacerse demasiadas ilusiones, pero que tampoco renuncia a interpretar sin una cierta sobreactuación altiva. Antropocracia, arrogancia humana que, aun sabiéndose desplazada para siempre del eje central del universo y reconociéndose también en las miserias y atrocidades pasadas, presentes y futuras, no abdica de la enaltecida calidad de su linaje.

Esta disposición sentimental, eminente y propensa al arrebato, da igual si mundano o místico, y con tendencia al egocentrismo y la autocracia, ordena y dispone tanto el discurso como la acción humana. Pretender eludir o rechazar este talante entrañado y connatural no resulta posible, porque sólo sería el vano intento de querer negar el núcleo afectivo —instinto acrisolado y depurado— que nos define y determina: el amor a sí mismo, la característica esencial que nos distingue y califica ontológicamente como los seres inmoderados que somos. Se podrá en todo caso, y como mucho, intentar y pretender aquilatar el exceso, analizarlo, discutirlo, resolver serenarlo, pero no se extinguirá.

Poseer y experimentar las funciones cerebrales sensorioafectivas y lógicoanalíticas, así como la capacidad para la proyección virtual, nos ha distanciado en buena medida del origen animal, donde prevalece el impulso franco del instinto, aunque sin haber perdido tampoco la fidelidad a ese origen. Siendo, por tanto, seres duales, seres desdoblados, que, comprendidos en el flujo dinámico y totalizante del universo, hemos llegado a argumentar la dialéctica de los opuestos: mente/cuerpo, materia/espíritu, azar/determinismo, bien/mal. Allí donde sólo subsiste el movimiento continuo e indiscriminado del cambio permanente, el sentimiento antropocrático introduce e impone taxonomías y valores, clasificaciones que nos conciernen y que, por artificiosas y subjetivas que puedan resultar, se mantienen como dogmas o como simples hipótesis de trabajo, pero sin renunciar a ellas.

El antropócrata, sin importar cuáles sean su fe y sus supuestos, siempre está decidido a “salvar las apariencias”.

El mantenido fuero antropocrático proclama exigencias y alega condiciones propias frente a la atrabiliaria acción universal, y propone asimismo sus particulares visiones y concepciones del mundo y de la vida. Modelos diversos, enfrentados e irreconciliables incluso, mas atentos todos ellos a la defensa del fuero común. El antropócrata, sin importar cuáles sean su fe y sus supuestos, siempre está decidido a “salvar las apariencias”, tanto las de los “astros errabundos” como las de su particular condición existenciaria, convertida en el fiel de una balanza donde la felicidad y la infelicidad ocupan cada una su platillo representando el valor o la depreciación que se le atribuye a la vida.

Y cuando de la existencia personal se trata, cuando el propósito y el objetivo es el vivir cotidiano, es entonces cuando el sentimiento antropocrático se individualiza y se hace práctica permanente: afronta retos, desarrolla pasiones, vanidades, envidias y competencias, inspira ideales, lealtades y traiciones, heroísmo y crueldad. Sin el talante antropocrático del entrañado amor a sí mismo y su radical ímpetu, no hubiera sido imaginable que un pesimista extremo como Arthur Schopenhauer, para quien la felicidad representaba ser un mero “eufemismo”, al entender que únicamente “el dolor y el sufrimiento” son reales —siguiendo la estela budista—, se dedicase a escribir nada menos que una Eudemonología o “arte de ser feliz”, en franca y abierta contradicción, como él mismo reconocía, frente a su propio pensamiento filosófico. De modo explícito, el decadente negador de la vida que era Schopenhauer para el Nietzsche maduro, no renunciaba en absoluto a algún posible retazo de felicidad, aunque se tratara de una modesta felicidad negativa, que Aristóteles explica con sencillez: “El prudente persigue lo que está exento de dolor, no lo que es agradable”. Es decir, hacer de la resignación virtud, pero no una entrega sin condiciones.

Porque, después de todo, lo que los antropócratas, o sea, nosotros, deseamos en principio y exigimos, aunque se esboce con cautela, será tener una existencia que nos parezca digna de ser vivida y lo más acorde posible con el sentir propio, subjetivo sí, pero atento siempre, o mientras se pueda, a evidenciar su condición antropocrática. Condición variada y llena de matices tal como refleja la intrincada diversidad de los ámbitos felicitarios individuales, cuya carga querencial mantiene como referencia constante el amor a sí mismo y el sentimiento antropocrático.

La aparición y desarrollo de la antropocracia en el transcurso de la peripecia humana, esa desmesura de creer merecer un tratamiento distinguido y respetuoso por parte de un mundo y de una existencia cuya neutra imparcialidad, incluso vejatoria a veces, no cesa de afirmarse en el espíritu humano, aun habiendo llegado a aceptar el franco desplome de las creencias míticas y metafísicas, habiendo desposeído de la mayúscula inicial al alguna vez infatuado concepto de humanidad y reducido el ser humano por el conocimiento científico a ser una forma más de vida de un planeta ignorado y perdido en un universo anónimo. Y no obstante, quebrados los antiguos fundamentos culturales y emocionales que alentaban y exaltaban el culto de la antropocracia, los usos y fueros antropocráticos permanecen vigentes y siguen animando y modelando los pensamientos, las conductas y las visiones humanas. Y no cabe enmienda.

Javier Olalde
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