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Elige tu propia pirámide

lunes 13 de febrero de 2023
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“El secreto de las pirámides”, de Richard Brightfield
El secreto de las pirámides fue escrito por el estadounidense Richard Brightfield para la serie Elige tu propia aventura, creada por R. A. Montgomery y Edward Packard.

¡Advertencia!

No leas este texto de corrido, un capítulo tras otro, del principio al fin. Encontrarás aquí algunos datos y reflexiones sobre la serie Elige tu propia aventura y, en particular, sobre la incorporación de creencias sobre las pirámides egipcias en uno de sus libros. Cada tanto, mientras vayas progresando en la lectura, se te pedirá que tomes una decisión. Piensa detenidamente antes de decidir. La elección que haces puede ser la última… o conducirte al secreto de las pirámides.

¡Buena suerte!

 

Elige tu propia aventura

Cuando pensamos en autores de la serie de libros juveniles Elige tu propia aventura (en inglés, Choose Your Own Adventure), los primeros dos nombres que nos vienen a la mente son R. A. Montgomery y, especialmente, Edward Packard. Además de ser los creadores de la colección, de sus plumas nació la mayor parte de los títulos que la integraron, incluyendo varios de los relatos más festejados y hoy más recordados (Tu nombre en clave es Jonás [Argentina] / Tu clave es Jonás [España], ¿Quién mató al presidente? [Argentina] / ¿Quién mató a H. Thrombey? [España], La carrera interminable [Argentina] / El gran rallye [España], entre otros). De hecho, los primeros dieciocho volúmenes publicados por la editorial estadounidense Bantam Books entre julio de 1979 y marzo de 1983 fueron escritos alternativamente por Packard y Montgomery, exceptuando uno firmado por D. (Douglas) Terman, quien hizo aquí su debut y despedida con Al Sahara en globo [Argentina] / En globo por el Sahara [España] (By Balloon to the Sahara, 1979).

En Argentina, los primeros seis títulos que aparecieron en castellano también correspondían a dichos autores (incluido Terman), y en España esto se aplica a los primeros once, todos ellos publicados entre 1983 y 1984. Vale aclarar que las traducciones al castellano editadas inicialmente por Editorial Atlántida en Argentina y por Timun Mas en España no coincidieron, en cuanto a cantidad y orden, con los títulos publicados originalmente por Bantam Books en Estados Unidos. Entre 1979 y 1998 se editaron en Estados Unidos 184 títulos en inglés, comenzando con The Cave of Time de Edward Packard y Journey Under the Sea de R. A. Montgomery, mientras que en Argentina se editaron entre 1983 y 1998 tan sólo setenta títulos iniciados por Viaje por las galaxias (traducción de Space and Beyond) de Montgomery y La caverna del tiempo (The Cave of Time) de Packard. En España fueron publicados noventa títulos entre 1983 y 1998, siendo el primero La cueva del tiempo (The Cave of Time) de Packard y el segundo Las joyas perdidas de Nabooti (The Lost Jewels of Nabooti) de Montgomery. A raíz de las reediciones y nuevos títulos lanzados desde 2005 por la editorial Chooseco, fundada en 2003 por R. A. Montgomery y su esposa, la también autora de Elige tu propia aventura Shannon Gilligan, recientemente se relanzó la serie en Argentina (primero por Atlántida y, desde 2021, por Editorial Artemisa), mientras que en España la publica actualmente RBA-El Molino.

Ciertamente, el interés suscitado entre el público juvenil de los años ochenta por los primeros volúmenes de la serie no se debía solamente a la creatividad autoral de Packard y Montgomery, sino también a las fascinantes ilustraciones que fueron una de las marcas de identidad de la serie, especialmente los dibujos que embellecían sus portadas. Aquí destaca sin lugar a dudas Don Hedin, mejor conocido por su seudónimo Paul Granger. Pero también otros nombres que aparecen tempranamente, como Ralph Reese o Ron Wing. La lista se alargaría durante la segunda mitad de la década del ochenta y la década del noventa, con resultados variables.

Ahora bien, ¿por qué hice referencia, al comienzo de este apartado, a los primeros dieciocho volúmenes editados originalmente en inglés? Porque el número diecinueve fue el primero escrito por un autor que, sin ser Packard ni Montgomery, continuó publicando en los años siguientes una buena cantidad de títulos, algunos de ellos muy celebrados, tanto para la serie clásica de Elige tu propia aventura como para algunas sagas y colecciones derivadas (como, por ejemplo, Escape from Tenopia, Choose Your Own Nightmare o la adaptación de la serie televisiva The Young Indiana Jones Chronicles).

 

El primer libro de Richard Brightfield para Elige tu propia aventura se publicó en 1983, cuando rondaba los 56 años de edad.

Tú eres el héroe de esta novela

Richard Brightfield nació el 28 de septiembre de 1927 en Baltimore (Maryland), Estados Unidos. Según la breve biografía que hace de colofón a los libros de su autoría, estudió biología, psicología y arqueología en la Johns Hopkins University y trabajó muchos años como diseñador gráfico.

Su primer libro para Elige tu propia aventura se publicó en 1983, cuando Brightfield rondaba los 56 años de edad. Una entrevista realizada a Packard deja en claro que éste y Montgomery decidieron, luego de repartirse la autoría entre ellos desde 1979, subcontratar escritores para ampliar la oferta de títulos de la serie. A estos autores subcontratados les ofrecían un pago proveniente de lo que cada uno recibía por sus respectivos (y equivalentes) contratos con Bantam Books. Packard comenta que, además, compartía con “sus” escritores una parte de las regalías, pero conservaba los derechos sobre sus obras. Ello explica que ni los libros de Packard ni los de aquellos escritores por él subcontratados formen parte del catálogo de reediciones de Chooseco, orientado en cambio a reeditar libros del propio Montgomery y “sus” autores. (Tras la separación entre ambos que signó el fin de la etapa clásica de Elige tu propia aventura, Packard creó la serie U-Ventures, aunque con menor éxito, mientras que Montgomery conservó la marca Choose Your Own Adventure que prácticamente no necesitaba publicidad). La “pertenencia” de los distintos autores (o de los derechos de sus obras) a cada uno de los dos creadores de la serie resulta clara en las ediciones en inglés de Bantam, pues en su interior se incluye, junto a título y autor, una aclaración que indica “An Edward Packard Book” o “A R. A. Montgomery Book”. Entre los libros que pertenecían a Packard se cuenta la obra de Brightfield, ausente en las reediciones de Chooseco.

Brightfield trabajó para Elige tu propia aventura (o para Packard) hasta el año 1997, llegando a escribir diecisiete títulos de la serie clásica. Los temas de sus libros, tanto de esta serie como de las derivaciones en las que también trabajó, se pueden agrupar en tres grandes grupos: la fantasía (incluyendo mundos ficticios, tecnología y combinaciones de humor y horror), las artes marciales (la saga de maestros de las artes marciales que comenzó en 1989 y monopolizó casi completamente su labor para la serie clásica durante la década de 1990) y, finalmente, la aventura y el misterio (con la arqueología de civilizaciones milenarias como trasfondo). Algo de esto último es lo que nos convoca en estas líneas. Si deseas saber de qué se trata, pasa al apartado siguiente.

 

Difícil saber si los estudios de arqueología del autor, declarados en el colofón, incidieron en la elección del tema.

El secreto de las pirámides

El libro que inauguró la participación de Richard Brightfield en la serie Elige tu propia aventura fue Secret of the Pyramids (1983), en castellano El secreto de las pirámides. Difícil saber si los estudios de arqueología del autor, declarados en el colofón, incidieron en la elección del tema. Lo cierto es que se trata, curiosamente, del único título de la serie dedicado específicamente a Egipto. En la saga derivada The Young Indiana Jones Chronicles (1992-1993), que adapta al formato Elige tu propia aventura la serie televisiva del joven Indy, su autor (que no es otro que Richard Brightfield) volvería a visitar literariamente Egipto, concretamente en la primera entrega titulada The Valley of the Kings (El Valle de los Reyes). (Vale comentar que la serie fue editada por Timun Mas como Las aventuras del joven Indiana Jones, aunque publicando sólo seis de los ocho títulos originales). Pero esta pequeña novela, más descriptiva y didáctica que El secreto de las pirámides —por no agregar “menos esotérica”, aunque ya llegaremos a ello—, no es el motivo de estos párrafos.

El incidente disparador de El secreto de las pirámides es simple: tu tío Bruce Hockney, un notable científico estadounidense, te invita a acompañarlo en un viaje a Egipto con el objetivo de conducir unos experimentos en la meseta de Giza para demostrar una teoría acerca de la pirámide de Keops (nombre dado por los griegos al rey Khufu de la Dinastía IV, que gobernó hacia mediados del tercer milenio antes de nuestra era). Como la primera decisión del libro no la tomas tú sino el autor, aceptas de inmediato la invitación y, ya en el país del Nilo, a partir de las páginas 2 y 3 comienzan la intriga, la aventura y la sucesión de elecciones que te llevarán por distintos caminos que desembocarán en uno de los veintidós posibles finales.

Aquí no nos interesa ahondar en la trama (o las tramas) ni en una evaluación de las cualidades literarias o lúdicas del libro. Nuestra motivación es más bien identificar las creencias en torno a las pirámides egipcias que se despliegan en esta obra de ficción. La historia tiene lugar sobre un trasfondo de exotismo y fantasía que parece abrevar en piezas literarias y cinematográficas en boga (sólo unos años antes se publicó la novela La esfinge de Robin Cook, adaptada a la pantalla grande en 1981, mismo año del estreno de la primera película de Indiana Jones), pero a la vez algunos de sus tópicos provienen de elucubraciones de autores esotéricos o vulgarizadores. Para visibilizar esto último, podemos simplificar el abordaje reduciendo el avistamiento de creencias a tres (y entiéndase que no insinuamos que el autor creyera en ellas, sino que, independientemente de lo que pensara, evidentemente decidió emplearlas en su narrativa de ficción).

  • Si deseas conocer la creencia en torno a la energía de las pirámides, pasa a la sección 1.
  • Si prefieres familiarizarte con el antiguo viajero galáctico Imhotep, pasa a la sección 2.
  • Si decides indagar en los rumores acerca de una isla subterránea, pasa a la sección 3.

 

En uno de los recorridos posibles, tu tío es secuestrado por unos hombres que un inspector egipcio vincula a la Sociedad de los Asesinos.

Sección 1

La primera creencia es la que, de hecho, motiva el viaje de tu tío Bruce, comunicada ya en la página 2, si bien dependerá de tus decisiones que llegues a experimentar su “verificación” o no. Bruce te informa que su intención en Egipto es “colocar instrumental especial en una cámara debajo del centro de la pirámide de Gizeh”, para evaluar el efecto en ella de los rayos cósmicos. “Si mi teoría es correcta —dice—, tales rayos podrían ser concentrados por la pirámide para producir un monto de energía ilimitado”.

En uno de los recorridos posibles, tu tío es secuestrado por unos hombres que un inspector egipcio vincula a la Sociedad de los Asesinos, una organización terrorista que el autor describe como “antigua”, en aparente alusión a la secta islámica de los hashashin. En palabras del inspector, “saben que tu tío está tratando de descubrir la manera de producir grandes cantidades de energía. Querrían robarles ese secreto y emplearlo para sus propios planes diabólicos”.

No queda del todo claro si la inferencia hecha por el inspector es certera, pero lo que sí es cierto es que, cuando decides acompañar a la fuerza policial en una redada a la base de operaciones de los Asesinos en el desierto, un accidente provoca que termines vagando entre las arenas hasta toparte con unas pirámides pequeñas. Dispuestas en círculo, estas pirámides rodean a otra más grande, todas ellas resplandeciendo por el efecto de la luz solar sobre sus superficies de oro y lanzando especies de rayos de sus vértices. En este mundo ficticio, entonces, las pirámides no son tumbas de reyes sino dispositivos construidos para concentrar energía solar en una o más cámaras termales internas que permitirían su empleo para fines diversos.

La verdad es que la asociación entre pirámides y energía, así como entre las grandes pirámides de Giza y los rayos cósmicos, tiene un extenso historial y más de una versión. Evidentemente, algunas de las formulaciones que fueron populares en los años setenta y comienzos de los ochenta estaban a disposición de Richard Brightfield cuando decidió incorporar esta temática en su libro.

Para dar un poco de contexto, podemos señalar que las elucubraciones en clave religiosa o esotérica sobre las pirámides de Giza se retrotraen al menos al siglo XIX (por ejemplo, los cálculos del matemático John Taylor y el astrónomo Charles Piazzi Smyth que veían en sus dimensiones aspectos proféticos), pero las creencias en torno a la energía de las pirámides parecen surgir en las décadas de 1920 o 1930, tiempo después del nacimiento de la “tutmanía”. La enciclopedia de ocultismo y parapsicología editada por J. Gordon Melton destaca en este punto a Antoine Bovis, un “radiestesista” francés que afirmaba que la acumulación de radiaciones en la cámara del rey de la pirámide de Keops tenía el efecto de momificar naturalmente restos orgánicos (retardando o interrumpiendo su putrefacción), y que tal efecto podía replicarse mediante la construcción de modelos a escala de dicha pirámide, siempre y cuando se respetara su orientación cardinal. Otros individuos repitieron o expandieron tales afirmaciones, como el ingeniero checo Karl Drbal, quien patentó un sistema para afilar cuchillas de afeitar consistente, simplemente, en una pequeña pirámide de cartulina.

Estas ideas, que no tienen ninguna base empírica que las sustente, adquirieron impulso en las décadas de 1970 y 1980, de la mano de autores de la llamada New Age como Peter Toth, Greg Nielsen y Patrick Flanagan. No es casual que sea en el año 1978 que la banda de rock progresivo The Alan Parsons Project lanzara su disco Pyramid, el cual incluye en su arte gráfico una serie de referencias a pirámides de diversos tamaños, cálculos matemáticos, hojas de afeitar e incluso un libro de Flanagan en una mesa de luz (todo ello compendiado burlonamente en la canción “Pyramania”). Lo que motivó la incorporación de las pirámides en el movimiento New Age parece haber sido la publicación de los best-sellers Psychic Discoveries Behind the Iron Curtain (1970) de las periodistas Sheila Ostrander y Lynn Schroeder, y Supernature (1973) del biólogo Lyall Watson, que retomaban testimonios de supuestos experimentos como los de Drbal.

Si bien en lo que respecta a las pirámides de Giza estas creencias no eran presentadas necesariamente como incompatibles con el uso funerario de dichas estructuras, ciertamente tales suposiciones contribuyeron a la formulación de especulaciones en torno a otras funciones principales, siendo la fantasía más extrema la que las interpreta como plantas de energía eléctrica o electromagnética (como puede verse hoy en día en diversos canales de YouTube o en algunos programas de entretenimiento del canal de televisión History). También se ha señalado el carácter psíquico de la energía piramidal, algo que tiene su correlato en un itinerario de El secreto de las pirámides que te lleva a conocer el Pozo de los Ancianos: allí tomas contacto con una pirámide invertida que concentra la energía psíquica recogida en la parte superior y te permite transformarte en una entidad equiparable al ojo que “todo lo ve y todo lo sabe” (como el ojo dentro de una pirámide, desde luego), formando parte de un grupo de iniciados llamado Orden de la Luz.

En cualquier caso, en los años en que fue escrito el libro de Brightfield para la serie Elige tu propia aventura, también era popular entre lectores de obras New Age y aficionados al misterio la engañosa información respecto de que en 1968 se habían conducido experimentos en la pirámide de Kefrén (nombre dado por los griegos al rey Khafra, segundo sucesor de Khufu) que habían arrojado resultados enigmáticos e imposibles de explicar científicamente.

Una nota periodística firmada por Bob Forrest en 1981 (actualmente disponible en la web Skeptica con el título “A Pyramyth”) revela que a principios de los años ochenta aún tenían vigencia las elucubraciones acerca de datos supuestamente misteriosos obtenidos en las pirámides de Giza en la década del sesenta (esto es lo que de hecho explica el interés del periodista por investigar el asunto). Por otro lado, el artículo describe la génesis y el desarrollo del “mito” y presenta la evidencia que demuestra que éste se construyó sobre información errónea, incompleta o falsificada que luego fue reproducida acríticamente por una “avalancha” de autores New Age y vulgarizadores. Entre éstos, los ya mencionados Ostrander, Schroeder y Watson.

El dato cierto es que, en efecto, se realizó un estudio en 1968 que consistió en colocar instrumental electrónico dentro de la cámara funeraria de la pirámide de Kefrén para detectar la existencia o no de cámaras desconocidas. El encargado de este proyecto fue el Nobel estadounidense en física Luis Walter Álvarez, quien trabajó en colaboración con el Servicio de Antigüedades de Egipto, la Universidad Ain Shams de El Cairo y la Universidad de California.

El estudio realizado en la pirámide de Kefrén en los años sesenta llevó a la conclusión de que no había indicios de ninguna cámara secreta.

Se trató de un antecedente de lo que hoy en día se llama muografía, técnica que recientemente fue empleada con instrumental y procedimientos perfeccionados para identificar variaciones en la densidad de áreas internas de la pirámide de Keops. Los muones son partículas de carga negativa que se forman luego de que los rayos cósmicos atraviesan la atmósfera terrestre. Al llegar a la superficie, penetran en los objetos, con suficiente masa para atravesar cientos de metros de roca. El empleo de instrumental para detectar y medir el flujo de muones dentro de estructuras como las pirámides permite identificar su densidad y diferenciar áreas sólidas de espacios vacíos.

El estudio realizado en la pirámide de Kefrén en los años sesenta llevó a la conclusión de que no había indicios de ninguna cámara secreta, aunque también se advirtió que el método empleado sólo permitió explorar 19% del volumen de la pirámide. (En la actualidad existe un proyecto que tiene el objetivo de realizar nuevos estudios de muografía en dicha estructura). Pero como los primeros resultados habían fallado por un error cometido en el programa informático de simulación, que básicamente había identificado un vacío imposible hasta que se corrigieron los parámetros, un periodista llamado John Tunstall publicó el 26 de julio de 1969 un artículo en The Times Saturday Review de Londres titulado “Pyramid versus the space age” en el que condimentaba la noticia del experimento con recortes intencionados de declaraciones de los protagonistas y la cita de uno de ellos que supuestamente describía el resultado como “científicamente imposible”. Según el periodista, “misteriosas influencias” habían dejado perplejos a los científicos.

Esta noticia fue recogida acríticamente en el best-seller de Ostrander y Schroeder e incluida en libros que buscaban vender una u otra especulación sobre la relación entre pirámides y energía, en ocasiones tomándola directamente de las páginas de Ostrander y Schroeder (como es el caso de Watson en su libro Supernature). La completa ausencia de investigación en el proceso de elaboración de estas obras, particularmente abundantes en la década del setenta, queda graficada en la repetición de declaraciones nunca corroboradas del artículo de Tunstall y de errores puntuales, también derivados de este artículo, como llamar a un miembro del equipo “Amr Gohed”, cuando su nombre real es Amr Goneid (error significativo, pues se trata de la persona a quien se atribuyen las palabras “científicamente imposible”, tanto en el artículo como en la legión de libros que lo copiaron). Esto último confirma que sus autores no dedicaron el menor esfuerzo a investigar e intentar comprobar una simple nota periodística.

Entre quienes copiaron sin más estos enunciados se cuentan autores que exceden la “piramidología” (como en ocasiones se conoce a diversas ramas del estudio esotérico de estas formas geométricas y arquitectónicas); tal es el caso, por ejemplo, de Charles Berlitz, quien en un segmento de su libro El Triángulo de las Bermudas (1974) cita al “doctor Gohed” junto con las mismas declaraciones calcadas de libros anteriores, con el objetivo de abonar la creencia en “antiguas técnicas electromagnéticas” que la ciencia moderna no podría comprender. El autor asocia esta enigmática tecnología al Triángulo de las Bermudas, la Atlántida, los extraterrestres y todo un cambalache que confluye en la senda marcada a fines de los años sesenta por el escritor Erich von Däniken, pero que también abreva en especulaciones ya denunciadas por algunos egiptólogos en la década del treinta (una nota firmada por el egiptólogo suizo Gustave Jéquier en 1937, titulada “Le prétendu secret de la Grande Pyramide”, o “El pretendido secreto de la Gran Pirámide”, discute algunas de estas ideas, incluyendo las vinculaciones con los atlantes).

Lo que en cualquier caso parece evidente al leer el libro de Brightfield es que los experimentos que pretende realizar tu tío Bruce están inspirados en los estudios conducidos a fines de los sesenta en la meseta de Giza —y quizás también en unos análisis con radar realizados en 1974— y que su asociación con propiedades energéticas ocultas (como las que aspira a demostrar tu tío pero también las que revelan las pirámides que lanzan rayos en el desierto) pudo derivar de la clase de libros y notas de prensa que hemos referido, pues éstas mantuvieron su popularidad hasta al menos principios de los años ochenta, cuando se publicó el volumen que nos ocupa.

  • Si quieres conocer al antiguo viajero galáctico Imhotep, pasa a la sección siguiente.
  • Si prefieres indagar en los rumores acerca de una isla subterránea, pasa a la sección 3.
  • Si deseas ir directamente al final de esta nota, pasa al apartado “¿Cómo termina la aventura?”.

 

Erich von Däniken fue una especie de ancestro fundador de la corriente de los antiguos astronautas o alienígenas ancestrales revitalizada en el siglo XXI por el canal de televisión History.

Sección 2

La segunda creencia que se reconoce como recurso literario en esta obra de la colección Elige tu propia aventura puede vincularse directa o indirectamente a las especulaciones del autor suizo Erich von Däniken, especie de ancestro fundador de la corriente de los antiguos astronautas o alienígenas ancestrales revitalizada en el siglo XXI por el canal de televisión History (si bien Von Däniken a su vez tomaba prestados enunciados de obras anteriores, como las de Jacques Bergier y Louis Pawels o Robert Charroux).

La portada de El secreto de las pirámides ya contiene una pista respecto a este enfoque, pues se ve allí un artefacto con forma de platillo que vuela por encima de las pirámides de Giza. Efectivamente, Von Däniken se hizo popular tras publicar su libro Chariots of the Gods? (original en alemán Erinnerungen an die Zukunft, 1968), que fue traducido al castellano como Recuerdos del futuro y planteaba, sin mayores fundamentos que la acumulación de datos a menudo incompletos e inexactos, que las creencias religiosas y las realizaciones materiales de las sociedades antiguas identificadas con la idea de “civilización” (por ejemplo, el antiguo Egipto), tenían su origen en la visita ancestral de viajeros de otras galaxias. (Un segundo libro, editado en 1970, fue reimpreso en 1972 por Bantam Books, la editorial estadounidense que años después publicaría la colección Elige tu propia aventura).

En uno de los recorridos posibles del libro de Brightfield, tu tío Bruce, el doctor Hassan de la Dirección de Antigüedades Egipcias y tú están ingresando en un túnel que se extiende por debajo de la pirámide de Keops, por el cual pretenden colocar el instrumental que motiva toda la aventura. Cuando llegan al centro, un derrumbe interno deja al descubierto una cámara previamente desconocida. Paredes de plástico, luz artificial y un artefacto con forma de burbuja que circula por un monocarril hacen que tu tío pronuncie unas palabras típicas de la corriente de Von Däniken: “Esto confirma una teoría mía en el sentido de que la cultura de los antiguos egipcios recibió el impulso de una cultura mucho más avanzada”. Este es un inocente recurso literario que proviene, no obstante, del presupuesto racista de Von Däniken y sus actuales seguidores, según el cual una antigua cultura africana habría sido incapaz de construir grandes obras sin la ayuda de “razas” superiores.

El monocarril los conduce a otra cámara, en la cual suceden dos hechos significativos: en primer lugar, presencian como en una película la construcción de una pirámide en la época faraónica, para la cual los trabajadores se valen de una tecnología desconocida que permite elevar los bloques de piedra sin siquiera tocarlos, manipulando la fuerza de gravedad con dispositivos que lanzan haces de luces; en segundo lugar, conocen a Imhotep, el arquitecto de la primera pirámide egipcia que es, además, un “viajero galáctico”.

Aquí se combinan ideas estrafalarias que circulaban en libros, notas de prensa y medios audiovisuales respecto de dos cuestiones: por un lado, la levitación de piedras para la construcción de antiguos monumentos (fuera mediante vibraciones sonoras, como proponía el “vidente” Edgar Cayce durante la primera mitad del siglo XX, o mediante el dominio de técnicas electromagnéticas, como sugería en los años setenta Charles Berlitz), y por otro lado, la naturaleza extraterrestre ya no sólo de quienes construyeron o hicieron construir las pirámides de Giza, sino de una figura histórica en particular, como fue el sacerdote y funcionario egipcio Imhotep.

En los estudios egiptológicos, se cree que este individuo fue el responsable de la construcción del complejo funerario del rey Djoser de la Dinastía III, en Saqqara, que incluye la pirámide escalonada que precede cronológicamente a las otras pirámides conocidas. Este personaje pasó a formar parte de la memoria de las élites del antiguo Egipto, llegando a rendírsele culto como a una divinidad en el Reino Nuevo (más de mil años después de su muerte), e incluso se lo reconoció póstumamente como una figura de autoridad intelectual más allá de Egipto, siendo estimado como un eximio médico entre griegos y romanos y reverenciado mucho tiempo después en círculos masónicos.

Para cualquier escritor con sensibilidad fantástica, era una figura ideal para convertirla en un alienígena que habría llevado sus conocimientos avanzados a los antiguos egipcios para luego, por alguna razón, retornar a su rincón de la galaxia. Esto es, al menos, lo que sucede en el libro de Brightfield, pero es en gran medida lo que sugiere también Von Däniken en su ópera prima (con alguna diferencia respecto a su destino final), lo cual hace altamente probable que el primero se haya inspirado en la obra de este último, sea de modo directo o indirecto. Von Däniken declara que Imhotep era “el Einstein de su época”, mientras que el doctor Hassan del libro de Brightfield le dice: “Usted es el personaje más insigne de la historia egipcia. Fue —o es— el genio más importante que ha vivido jamás”. En esta aventura, Imhotep les habla “desde el pasado”, como un holograma tridimensional, aunque afirma que, tras haber enseñado muchos conocimientos a la humanidad, ahora espera desde el otro extremo de la galaxia a que la “civilización” prospere y algún día vayan a visitarlo. En un camino alternativo, tú sales de la pirámide y te encuentras en un futuro en el que Giza es un parque verde y sobrevuelan aeronaves extrañas que el dibujante, Anthony Kramer, ilustra del mismo modo que el platillo de la portada. Esto recuerda las confusas idas y vueltas entre pasado, presente y futuro que suelen llenar las páginas de autores esotéricos y ufológicos, cuyos protagonistas son a veces viajeros del espacio, a veces viajeros del tiempo, y a veces no se entiende si ambas cosas o ninguna a la vez.

  • Si deseas indagar en los rumores acerca de una isla subterránea, pasa a la sección siguiente.
  • Si aún no conoces la creencia en torno a la energía de las pirámides, pasa a la sección 1.
  • Si quieres ir directamente al final de esta nota, pasa al apartado “¿Cómo termina la aventura?”.

 

En el libro de Brightfield, tu tío conduce un vehículo anfibio bajo el Nilo convencido de que un túnel subfluvial conecta con la pirámide escalonada de Saqqara.

Sección 3

La tercera creencia que podemos reconocer en El secreto de las pirámides es la relativa a la existencia de un canal de agua subterráneo que conecta el Nilo con una isla en el interior de una gruta o cámara oculta. En el libro de Brightfield, tu tío conduce un vehículo anfibio bajo el Nilo convencido de que un túnel subfluvial conecta con la pirámide escalonada de Saqqara y, más concretamente, con la tumba desconocida del arquitecto Imhotep que estaría debajo de ella. El túnel los deja finalmente en una gruta que contiene una isla rodeada de un lago, y en el centro de la isla una pequeña pirámide presumiblemente de platino. Cuando desembarcan en la isla, un portal se abre en una cara de la pirámide y una voz los invita a ingresar para “conocer el secreto de Imhotep” y “de las Pirámides”.

Si deciden entrar, se enteran de que la pirámide es un “módulo de datos” dejado allí por “el viajero galáctico Imhotep”, conectado con “un disyuntor hiperespacial al computador galáctico central localizado en el sistema estelar Sirio”, y que las pirámides de piedra de la superficie fueron erigidas a imitación suya “para que el secreto quedara protegido”. Esta resolución es un tanto decepcionante, pues luego de tal revelación, salen de la gruta y concluye sin más la historia, aunque antes del FIN tu tío señala, con un optimismo un tanto exacerbado, que “si utilizamos esta información en forma adecuada, tal vez podamos solucionar todos los problemas del mundo”. En cualquier caso, este aspecto está influido por temas como el de los antiguos astronautas de Erich von Däniken, quien en Recuerdos del futuro incluía, justo después de su fabulación en torno al presunto extraterrestre Imhotep, algunas observaciones sobre la estrella Sirio. Pero más interesante que esto es la idea de una isla subterránea debajo de una pirámide, que parece tener una historia más larga.

Heródoto, etnógrafo e historiador griego del siglo V antes de nuestra era, visitó el norte de Egipto y recogió en el libro II de su Historia una serie de relatos sobre los constructores de las pirámides, algunos de ellos en clave de fábula o tradición oral. Respecto a la pirámide de Keops, una de las cosas que escribe es que este rey había hecho construir un canal desde el Nilo para llenar una cámara subterránea de su pirámide y colocar en su centro, como en una isla, su propio sarcófago.

En el siglo I de nuestra era, el autor romano Plinio el Viejo parece haber equiparado equívocamente este pasaje de Heródoto con la observación del tramo inferior del llamado “pozo de servicio” de la pirámide (se cree que éste servía como atajo entre galerías interiores para los trabajadores, durante su construcción). Según los egiptólogos Franck Monnier y David Lightbody, esta equiparación puede explicar el hecho de que Plinio hablara de un pozo de agua interno que “se creía que” comunicaba con el Nilo. La influencia del relato de Heródoto puede reconocerse incluso en tiempos más recientes, por ejemplo, en una obra de ficción como El misterio de la gran pirámide (1950-1952) del historietista belga Edgar P. Jacobs, cuya “Cámara de Horus” dentro de la pirámide de Keops se encuentra rodeada de canales que en un momento se llenan de cocodrilos.

Si bien hoy en día no existen indicios de la existencia de un canal subterráneo y una tumba oculta rodeada de un lago debajo de la pirámide de Keops, en 1933-1934 el egiptólogo egipcio Selim Hassan (no sabemos si emparentado con el doctor Hassan del libro de Brightfield) documentó un pozo cercano, bajo la calzada del complejo funerario de Kefrén, que cobijaba algunos sarcófagos en tres niveles y cuyo nivel más bajo estaba lleno de agua. A fines de los años noventa, el también egipcio Zahi Hawass estudió dicho pozo con mayor meticulosidad y lo llamó “pozo de Osiris” (por la similitud de su cámara inferior con el Osirión de Abidos). El egiptólogo reconoció en el centro de la cámara inferior un sarcófago de basalto rodeado de agua, por lo cual propuso que los testimonios recogidos por Heródoto sobre la presunta tumba de Keops habrían provenido, en realidad, del conocimiento de este pozo (y no de una tumba desconocida de dicho rey bajo su pirámide).

En resumidas cuentas, y dejando de lado las más recientes investigaciones que, desde luego, no estaban disponibles cuando se publicó el libro de Brightfield, El secreto de las pirámides parece haber incorporado los sugerentes testimonios sobre pozos ocultos y canales imaginarios que pueden retrotraerse ni más ni menos que a Heródoto. Junto con las otras creencias que hemos repasado (o que repasaremos, si aún no visitaste las secciones 1 y 2), esto demuestra que Brightfield buscó incluir en una obra juvenil con finalidades lúdicas, buena parte de aquello que circulaba en su época en torno a las pirámides, siempre y cuando ayudara a transmitir una sensación de misterio y a conjugar la fantasía con el paisaje deliberadamente simplificado del país del Nilo.

  • Si aún no conoces la creencia en torno a la energía de las pirámides, pasa a la sección 1.
  • Si prefieres familiarizarte con el antiguo viajero galáctico Imhotep, pasa a la sección 2.
  • Si eliges leer el final de este texto, pasa al apartado siguiente.

 

¿Cómo termina la aventura?

Como señalamos anteriormente, Richard Brightfield escribió para Elige tu propia aventura hasta 1997. Además de El secreto de las pirámides, compuso títulos como El tesoro secreto del Tíbet, La sombra mortal / Sombra mortal y la saga de artes marciales. También realizó al menos veinticinco volúmenes para series derivadas (según la enumeración de Demian’s Gamebook Web Page) y escribió otros libros juveniles. Por lo que puede indagarse en la web, en sus últimos años se dedicó a la pintura, y algunas de sus obras fueron exhibidas en Miami. Falleció en 2020.

Como creador de aventuras de ficción, Richard Brightfield no puede sino merecer la estima de quienes disfrutaron de los relatos —algunos mejores, otros peores— de la serie, tan importante para lectores noveles de los años ochenta y noventa. Similar consideración les cabe a los traductores (en este caso, Nora Watson para Atlántida y Carles Alier i Aixalà para Timun Mas). Probablemente no pueda decirse lo mismo de quienes han hecho de la credulidad un negocio, vendiendo la fantasía con un empaque de “historia”, “ciencia” o “arqueología” y aplanando aquello que los libros y la imaginación pueden, de otro modo, estimular. ¿Cómo sigue la historia? Depende de la elección que hagas.

FIN

 

Referencias

  • Brightfield, Richard (1995 [1983]). El secreto de las pirámides (Elige tu propia aventura 7), 12ª edición. Buenos Aires: Atlántida.
  • Conover, Emily (2022). “Muons spill secrets about Earth’s hidden structures”, ScienceNews, 22 de abril de 2022. (Fecha de consulta: 11/07/2022).
  • Demian’s Gamebook Web Page. (Fecha de consulta: 12/07/2022).
  • Forrest, Bob (1981). “A Pyramyth”, Skeptica, 19 de julio de 2004. (Fecha de consulta: 24/02/2022).
  • Gordon Melton, J. (ed.) (2001). Encyclopedia of Occultism and Parapsychology, 5ª edición. Detroit: Gale Group.
  • Hendrix, Grady. “Edward Packard Interview”. (Fecha de consulta: 12/07/2022).
  • Internet Speculative Fiction Database (ISFDB). “Richard Brightfield”. (Fecha de consulta: 17/07/2022).
  • Lafarium Cuartiquis (2012). Especial Edward Packard. (Fecha de consulta: 12/07/2022).
  • Lehner, Mark (2003). Todo sobre las pirámides. Barcelona: Destino.
  • Monnier, Franck, y David Lightbody (2019). The Great Pyramid. 2590 BC Onwards. Operations Manual. Sparkford, Somerset: Haynes Publishing.
  • Tunstall, John (1969). “Pyramid versus the space age”, The Times Saturday Review, Londres, 26 de julio de 1969. Republicado como “Pharaoh’s curse?” en The Globe and Mail, Toronto, 30 de julio de 1969.
Augusto Gayubas
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