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La pasión por no saber

viernes 8 de septiembre de 2023
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La pasión por no saber, por Paula Winkler
De una pasión se ocupa en profundidad sólo el psicoanálisis: la pasión por no saber. Ésta consiste en negar hechos, cosas, ideas, colectivos o personas, a sabiendas o inconscientemente.

Introducción

Si se trata de pasiones humanas, es común designar el amor, el odio, los celos, la traición. Y el racionalismo ilustrado reafirmó la pasión por saber, con su consecuente: el conocimiento aplicado. La pasión es una emoción intensiva, que genera acciones y, a menudo, controversia. Es fuente de inspiración de escritores y dramaturgos.

La pasión por saber no lleva necesariamente implícito el saber sobre las pasiones. Basta con recorrer la historia de las ideas para advertir que el sujeto más refinado y culto puede incurrir en falacias o paradojas en su discurso y hasta ignorar las cuestiones más obvias. Es recién a partir del siglo XIX cuando el sujeto se preocupa por investigarse a sí mismo. Y con el advenimiento, retomada la retórica aristotélica, del materialismo y la hermenéutica de Gadamer, de la semiología y de los estructuralismos en todas sus formas, el fenómeno del lenguaje se convirtió también en objeto de análisis.

De todas las pasiones humanas se ocupan la literatura, la filosofía, el psicoanálisis, las religiones, las neurociencias y la política. Pero de una pasión se ocupa en profundidad sólo el psicoanálisis: la pasión por no saber. Ésta consiste en negar hechos, cosas, ideas, colectivos o personas, a sabiendas o inconscientemente.

La negación a sabiendas opera habitualmente por razones de ideología, por intereses económicos o sociales —hay sujetos que piensan, hablan y votan conforme les fue, sin importarle hacer vínculo social con el otro. Es el caso típico de los países en los que sus ciudadanos pudientes los habitan como si estuvieran en tránsito, no pagan sus impuestos, infringen las leyes de tránsito y se violentan cuando los telones de la vida se les vienen encima por no haberlos domeñado a tiempo. Como si diferir los problemas, no registrarlos, les evitara el malestar de la civilización y les permitiera ser felices en su burbuja. Este no saber, no querer saber, lleva implícita también una negación —consciente— bien contraria a la lógica. Para confirmarla, nada mejor que aferrarse a principios atemporales, vaciados de contenido, dejando que circulen discursos sociales de un als ob —de un como si fuera—, pues se reduce la palabra a mero significante.

La pasión por no saber, no querer saber, la imposibilidad auténtica por saber, adquiere hoy dimensiones impensadas.

Esta suerte de negación es bien receptada en las sociedades histéricas, en las cuales el pensamiento permanece como mero discurso argumentativo y se da a conocer a los ciudadanos para enrolarse en un colectivo que, ni por asomo, refleja su identidad. En síntesis, lo que se niega una y otra vez es la ontología al relativizarla, porque se les acuerda existencia sólo a los hechos interpretados (aunque no fuera esta la intención de Nietzsche cuando afirmara: “No hay hechos; sólo interpretaciones”. Él quería suscitar polémica frente a los idealismos de su época).

La pasión por no saber, no querer saber, la imposibilidad auténtica por saber, adquiere hoy dimensiones impensadas, en contraste con la ciencia, que sobrepasó el horizonte subjetivo al materializar la emoción y sorteó fronteras. La ciencia se debe siempre a un objeto observable y lo procesa mediante reglas claras y palpables, incluido el sujeto (psicologías, psiquiatría, neurociencias), su cuerpo (las ciencias médicas y sus derivados; la biología, etc.) y la conducta social (sociología, antropología, etnologías médicas, etc.). Cada sujeto se ha ido transformando, así, en la muestra de una serie objetivada y medible.

Pero el sujeto no es sólo materia y energía. Se encuentra inscrito en el lenguaje y, como tal, participa de sus dificultades, pues nace en él, y no de él. Y habida cuenta de esta dificultad es que, a menudo, la pasión por no saber viene camuflada hasta en los pliegues de la de un saber cierto: el del conocimiento derivado de las actividades de resultado, como la ciencia, el derecho, la economía, etc. Las especializaciones fragmentaron el saber, que dejó así de articular con otras áreas y, aunque hoy estén de moda los estudios culturales e interdisciplinarios, la hipersimbolización cognitiva que los sostiene suele provocar un distanciamiento de la realidad, volviendo al conocimiento autorreferente.

 

El sujeto en la sociedad globalizada y ahora

La globalización1 ha instalado en el sujeto una especie de falsa certeza que bordea lo psicótico. Hoy, ésta se encuentra en crisis y, como consecuencia, advienen nuevamente las fragmentaciones, los nacionalismos extremos, los prejuicios y las falacias. Las ciencias lograron que se pueda viajar a todas las latitudes del planeta y la tecnología inventó verdaderas prótesis cognitivas como el celular: en las redes sociales, así, el sujeto se cree universal, ciudadano del mundo, y las economías, solidarias por vinculadas. Sin embargo, el poscapitalismo globalizado nos enseñó a expulsar la sustancia humana, ya que todo lo uniformó y objetivó, tornando la subjetividad en un asunto menor. Como contrapartida, empero, surgieron hoy territorializaciones, que están tirando por tierra el poscapitalismo para que advengan fragmentaciones subjetivas, individualismos insulares; nacionalismos proteccionistas, fanatismos religiosos y políticos irracionales de fuerte consenso emotivo que repiten tiempos supuestamente “superados”. Y los medios masivos, aliados indiscutibles del fenómeno, introducen su propaganda: hay que hacer como si no pasara nada, ya que Occidente sigue pleno y seguro, en sus sociedades panópticas, regidas por las estadísticas y la inteligencia artificial. No importa, pues, que los atentados, el resurgimiento en África y América Latina de enfermedades que se suponían extintas, como la fiebre amarilla, o que la muerte provocada por el hambre y la deshidratación, las paupérrimas superpoblaciones urbanas, la violencia doméstica contra niños y mujeres y la institucional de la corrupta ineficacia, expongan a sociedades enteras a la prueba diaria y contundente de que nada es para siempre; no hay seguridad, han desforestado bosques y selvas, se mata por dos pesos. La comunicación masiva, en cambio, insiste en la posibilidad de estatuir paradigmas que democratizan dentro de una lógica del als ob, de un como si: la arquitectura, la gastronomía, los diseños del entretenimiento, la tiranía de la moda, el bombardeo de noticias y spots publicitarios; se inculca al ciudadano la imprescindible tenencia de mercancías, propiedades, estéticas que manipulan el cuerpo y lo someten a autopuniciones; total (se creerá), la angustia y la compulsión al goce deben ser desgracias ingobernables, de las que se ocuparán la familia, la escuela o el nosocomio.

La obcecada tendencia al consumo por el consumo en sí se vincula, aunque poco se hable de ello, a la psicosis.

La idea de certidumbre, seguridad, éxito y resultados —paradigmas propios de la “eficacia” en la gestión pública o privada—, la obcecada tendencia al consumo por el consumo en sí (cuando el sistema lo permite), que provoca narcisismos infantiles, junto a la coartada científica de ideologizarlo todo bajo el prisma de una pretendida y absoluta objetividad, se vincula, en cambio, aunque poco se hable de ello, a la psicosis. Ésta anuda en el delirio alucinatorio y se instala en un fuera-del-discurso; por tanto, ahistórico.

“Los hombres son tan necesariamente locos que habría que estar afectado por otro giro de locura para no estarlo”, decía Pascal en el siglo XVII. En su época, ya encontraba él razonamientos paradójicos y falaces en los eruditos, quienes se devanaban entre los dogmas teológicos y las reglas de la ciencia.

Pero si los científicos se alzaron entonces, temerarios, frente a toda creencia, buscando métodos para lograr el conocimiento auténtico, desprovisto del soplo divino, hoy resulta que el indiscutible prestigio de éstos, divulgado masivamente, ha hecho que el sujeto quede bajo la férula de su neurosis prepotente. Pululan los medicamentos preventivos y correctivos, se trata de uniformar en la escuela, en la universidad, por todas partes. La subjetividad queda reducida a una cifra estadística, siempre dispuesta a seguir las instrucciones rápidas de la tele (compre más, viaje ya), a los manuales que otorgan felicidad y si no, de última, al rivotril, al prozac. Lo cual responde a una lógica de laboratorio: si una emoción se localiza en el cerebro, el medicamento adecuado va a remediar el dislocado desorden. La ciencia, combinada con la banalidad de la existencia, hace que se viva hoy esta suerte de alienación extrema que es considerar la salud como una tirana obligación y no como un derecho. Ello, mientras la pobreza urbana y de las regiones más inhóspitas del planeta no es paliada ni con campañas generales de vacunación ni con la asistencia puntual de médicos pertenecientes a organizaciones no gubernamentales. Allí, el Estado no llega nunca a tiempo, y los trabajadores informales no cuentan con ninguna obra social.

Y son precisamente estas ansias de certeza y cerrazones cognitivas las que se erigen como defensa superlativa contra la locura. Acaso debido al hartazgo social de ésta, como si la normalidad pudiera alcanzarse… Pero no debe culparse del todo a la coartada científica. La búsqueda de alguna verdad ha sido siempre manía socrática y facilitó vientos libertarios. El problema de evitar o paliar la locura, sin embargo, no sólo requiere de costosos laboratorios sino, más bien, de esfuerzos decisivos por parte del Estado mediante la asignación de presupuesto suficiente para las políticas de salud y de reconocer en colectivo que decir verdad (no una verdad ni la verdad), aquella a la que se refirió Freud al descentralizar al sujeto con sus estudios sobre el inconsciente, es también historizar a la persona desde su presente en su pasado, devolviéndole la dignidad de su propia e inexpropiable ficción. Toda verdad, en definitiva, tiene estructura de ficción: la que cada sujeto se construye con su matriz familiar y la sostenida por la creencia del sujeto y de la sociedad en el sistema político y científico que elija.

Pero, hoy, la sociedad, en vez de contentarse con los resultados científicos e insistir por ello en la actitud de renovable conocimiento de la ciencia, la ha ideologizado según intereses extranjeros al sujeto social, que, entregado así a la inteligencia artificial, ha ido perdiendo su lengua, y lo más importante, mató inadvertidamente su metáfora. A su vez, la ciencia, hipermetaforizada por las reglas de validación que supo conseguir para sus sistemas, divulgada superficialmente a la audiencia lega, termina por autorreforzarse, perdiendo de vista que el mismo científico que la ejerce es también el sujeto que la sostiene, expuesto a todos los avatares del malestar provocado por sociedades injustas y gobiernos ineficientes.

En la comunicación no se previene al sujeto de los efectos colaterales de reducirlo todo, incluso a él.

Y el derecho —al regular y tipificar conductas—, en lugar de ocuparse del sujeto, otrora atravesado por el deseo y dividido hoy por el puro goce o rabioso por la frustración constante de no realizar sus proyectos, insiste en el sujeto del saber absoluto, como si Descartes y Kant nos arrojaran, aún en el siglo XXI, a la nuda existencia (la Geworhenheit de Heidegger) con la herramienta de la sabia y responsable conciencia. Por si fuera poco, en la comunicación no se previene al sujeto de los efectos colaterales de reducirlo todo, incluso a él, al “dato” de Carnap.2 Los sujetos se nos manifiestan en porcentajes.

Una sociedad así, que mata sus metáforas, se desentiende de la ley como norte y demanda justicia como el imperativo imprescindible que ella misma elude por enajenada, va a acumular mucha pasión por no saber, aunque acepte felizmente los resultados de la ciencia y los supuestos paradigmas de una república incomprobable… La pasión por no saber se observa de este modo en todos los ámbitos, aun en los profesionales.

 

La pasión por no saber. Algunas versiones literarias

La literatura y el cine ofrecen ejemplos variados sobre la pasión por no saber. En estas disciplinas es posible realizar el cruce social de los personajes con la época y asistir a sus renovadas versiones conforme lecturas retroactivas. Refiriéndose al teatro, Freud, en Personajes psicopáticos en el teatro, manuscrito inédito en alemán, de 1904, pág. 988, decía:

Si, como desde los tiempos de Aristóteles viénese admitiendo, es la función del drama despertar la piedad y el temor, provocando así una “catarsis de las emociones”, bien podemos describir esta misma finalidad expresando que se trata de procurarnos acceso a fuentes de placer y de goce yacentes en nuestra vida afectiva (…). Es así tarea del dramaturgo transportarnos dentro de la misma enfermedad, cosa que se logra mejor si nos vemos obligados a seguirlo [se refiere al personaje] a través de su desarrollo. Esto será particularmente necesario si la represión no se encuentra ya establecida en nosotros y si, por consiguiente [se refiere ahora al espectador], debe ser efectuada de nuevo cada vez, lo cual representaría un paso más de Hamlet en cuanto a la utilización de la neurosis en el teatro.3

El nihilismo, una versión moderna de los nominalistas, puede observarse en las últimas palabras de Timón en Timón de Atenas, de Shakespeare. Todo allí concentrado: en el deseo de suprimir el lenguaje, en la negación de la causalidad, que conlleva a un abismo subjetivo inevitable; hasta una incitación al exterminio de cuanto existe o posee alguna forma de vitalidad, proclamando una suerte de discurso suicida que no incluye al otro, de pulsión de muerte —análogo al que sugiere, sin ejecutarlo, el Mefistófeles de Goethe. Se trata en este personaje shakesperiano de provocar al espectador un discurso febril, propio del sujeto que idolatra la nada.

And nothing brings me all things (…).
Lips, let four words go by, and language end.
What is amiss, plague and infection mend.
Graves only be men’s works, and death their gain.

Asimismo, en El rey Lear, Shakespeare lleva a su personaje a la tensión máxima e impiadosa debido a una mala elección al dividir su reino entre sus hijas y a la tormenta desatada por sus errores. Tambalea, así, frente a la locura simulada de un astuto Edgard y a las palabras grotescas del bufón que terminan por tomar valor de verdad en contraposición a las de él, un rey que, desde el poder, no alcanza a percibirla.

La identidad humana parece inasible a través de personajes que, por deambular, viajan a ninguna parte.

La negación se encuentra también en El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, y reaparece en la novela moderna: la identidad humana parece inasible a través de personajes que, por deambular, viajan a ninguna parte, viven de un pasado ineficaz o sueñan con un futuro ilusorio. Se lee en S. Beckett: “No hay yo, no hay hacer, no hay ser, no hay nominativo, no hay acusativo, no hay verbo. No hay nada para continuar”.4

Y, en la película argentina El ciudadano ilustre (2016, dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat), hacia los finales, el protagonista, escritor, se dirige a su auditorio, triunfante y soberbio, exclamando la citada frase de Nietzsche: “No hay hechos, sólo interpretaciones”. Claro que los guionistas, probablemente, hayan utilizado esta vuelta de tuerca para permitirle una estrategia superadora, habida cuenta de los ataques violentos y envidiosos que aquél había debido soportar en su pueblo.

En la vida real, los hechos se presentan en todo su peso, y la subjetividad se pone en riesgo, como sucedió con el rey Lear.

 

Acerca del lenguaje

El sujeto es lenguaje, y todos los fenómenos vinculados a él se apoyan en el registro de la interpelación, el reconocimiento del otro, el desafío de incorporar, al percibir la naturaleza y el estado social de las cosas, el mundo aquilatado por la propia experiencia. Por tanto, lejos de las hipermetáforas impuestas en la ciencia y el derecho, en los discursos de las teorías críticas y culturales, y lejos también de la tiranía de las metonimias, que interpretan los hechos a su modo y nos hacen deglutirlos, fáciles y sin razón, el lenguaje habla por nosotros y nosotros lo hacemos gracias a él. Sin sujeto no hay lenguaje y éste no existe sin el primero.

Asimismo, la historia, tanto pública como doméstica, no se reduce al pasado, pues se trata más bien de un pasado historizado en el presente, que también vivió en el pasado —decía Lacan.5 En efecto, la historia no es euclidiana ni automática, se escribe e interpreta para seguir escribiéndose al infinito. Poco favor, pues, se hacen los sujetos en busca de un significante ahistórico y fuera del tiempo; por esto mismo, incapaz de designar la prueba ilustrada de una única y ¿eficaz? verdad.

Por el contrario, la imperiosa necesidad de una certidumbre y resultado estadístico, que reniega de la vivificación social, presentifica psicosis, pues la realidad no deja de ser enigmática, en tanto se renueva como las aguas que fluyen en el río y es bastante más compleja que una cifra uniforme para todos. El psicoanálisis, si se le acuerda la entidad también de filosofía de la sospecha, logró descentralizar al sujeto devolviéndole su ficción enmudecida a través de sus fallos, sueños y en el chiste. El inconsciente transcurre y se muestra en un presente continuo, pero la pulsión de muerte —Trieb, en Freud—,6 siempre articula y se debe a su época: no pulsaba del mismo modo una mujer del siglo XVII que una contemporánea, a quien se le impone el goce, exhibiéndole un mercado inagotable de viajes, mercancía y servicios, y está muy lejos de la culpa diseñada por el Otro religioso de la primera. Hasta el concepto de otredad ha ido actualizándose.

Naturaleza y cultura, sociedad y política, pertenecen a la antropología del sujeto y requieren de una arqueología que nos territorialice en nuestro pasado historizado y en nuestro presente retroactivo para disminuir el malestar en la cultura.

La pasión por no saber, sea inconsciente y neurótica o consciente y maliciosa, aprisiona y enmudece al sujeto.

En cambio, la pasión por no saber, sea inconsciente y neurótica o consciente y maliciosa, aprisiona y enmudece al sujeto. En esta negación, a la que se refería Freud en 1925,7 directamente asociada a la existencia de lo negado, se reprime el trauma, lo que conlleva el síntoma que repite.

Freud separa analíticamente aquí lo subjetivo de lo objetivo, afirmando empero que ambos operan en el sujeto como una representación. Re-presentación que reproduce porque vuelve a presentar (nunca literalmente) un hecho, un objeto, una persona, una situación —todo sobre la base de lo percibido y la experiencia. No es que haya que cotejar la incoincidencia entre imagen percibida y objeto representado para diagnosticar una negación, sino más bien observar que el sujeto no cree o “decide” neuróticamente no creer en esa representación: la paciente que, contenta, niega a su analista dolores de cabeza, cuando los análisis clínicos dan cuenta de migrañas. Dime de qué alardeas y te diré de qué careces; dime qué niegas con tanta contundencia y te diré qué reprimes. Por eso la clínica-psi, a diferencia de otras disciplinas positivistas, omite concentrarse en la operación misma que hace el sujeto y atiende a las asociaciones que surgen en su propio lenguaje, que habla por él desde el inconsciente (lalengua).

La negación no constituye solamente una manifestación sintomática del sujeto o de una sociedad histérica. En tanto seres de lenguaje, el fenómeno lingüístico mismo acusa de esta operación, a menudo maliciosa o ignorante y espontánea. Así, en las discusiones sobre ideas o acerca de dispositivos profesionales, suelen existir la fallacia non causae ut causae (tomar por fundamento lo que no es), la estratagema 10, consistente en confundir al adversario que niega algo en su locución; la 22, mediante la cual, si nuestro adversario nos conmina a admitir el meollo del problema a discutir, intentamos confundirlo afirmando que introduce una petición de principios; la 27, propia de quien irrita a su contrincante de modo de sacarlo de circulación fácilmente y, sobre todo, la 28: se intenta hacer pasar por válido aquello cuya invalidez sólo reconocería un experto.8

Como es francamente imposible que en todos los ámbitos y estrados se encuentren avezados en estas cuestiones lingüísticas, ni las mismas se enseñan en las escuelas o se divulgan en los medios masivos, la pasión por no saber irá en aumento, aun cuando disciplinas enteras estén a disposición del ciudadano para evitarlo. Es que la razón es también un producto social compartido, porque “pensar es hablar consigo mismo, y hablamos cada uno consigo mismo gracias a haber tenido que hablar los unos con los otros”, decía Unamuno.9

Vuélvase a Pascal: habría que estar loco para negar la locura humana y pretender mundos perfectos. Lo que no disminuye el malestar, sin embargo, de quienes niegan menos y prefieren transitar sus pasiones, sabiendo algo de ellas. Esto, en lugar de entregarse al drama del secreteo de las represiones, de la manipulación de la falsa propaganda, la exhibición obscena del goce o de la rabiosa y violenta frustración de quien no puede superar su destino y, por ende, elige agredir al prójimo, expeliéndose del lenguaje.

 

La literatura universal brinda ejemplos de dislocaciones lingüísticas y negaciones y continúa siendo una herramienta adecuada para resistírsele.

Conclusión

La pasión por no saber como negación sintomática del sujeto y del sujeto social encuentra ejemplos en la literatura universal, anuda en algunos nihilismos, que pretenden reducirlo a una cifra debido a la ideologización de la ciencia, y se encuentra sostenida hoy, consciente o inconscientemente, en el colectivo, merced a los medios masivos —principales aliados de la globalización, hoy en crisis y a punto de transformarse en una fragmentación—, que pretenden a veces expulsar al sujeto de su lenguaje, de su metáfora. La literatura universal brinda ejemplos de dislocaciones lingüísticas y negaciones y continúa siendo una herramienta adecuada para resistírsele, en un camino superador por conocer —y saber— acerca de ella. La idea positivista que se niega a distinguir hechos de interpretaciones, la idea de lo concreto y ahistórico, prescindente del lenguaje, es una convicción que puede producir malestar y violencia. La literatura, como estética contraria al goce de esa palabra que sólo circula obscenamente, puede devolverles su historia inexpropiable a la sociedad y al sujeto. Porque la verdad, al fin, siempre comparte estructura con la ficción, es dicha a medias y se historiza en un viaje continuo. Lo cual no es lo mismo que permanecer en la posición del que no sabe, en la del que, como el rey Lear, desbarranca por completo desinterés del otro, negado de sí mismo, y fuera del lenguaje.

(Publicado originalmente en Narrativas, Nº 45, abril/junio de 2017).

 

Bibliografía

  • Carnap, Rudolf. La construction logique du monde, Vrin: París, 2002.
  • Freud, Sigmund. Obras completas, III, Editorial Biblioteca Nueva: Madrid, 1968 (revisión, traducción y prólogo de Ramón Rey Ardid, catedrático de psiquiatría y psicología médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza).
    . “La negación”. En: Obras completas, Tomo XIX, Buenos Aires: Amorrortu, 1996.
  • Lacan, Jaques. Clase 1, 13 de enero de 1954: “Introducción a los comentarios sobre los escritos técnicos de Freud” (Seminario 1, Buenos Aires: Paidós, 1984). En: Psicopsi, Comunidad de Estudio.
    . “Du ‘Trieb’ de Freud et du désir du psychanalyste”. Ver también: “Introduction au commentaire de Jean Hyppolite sur la ‘Verneinung’ de Freud”. En: Écrits. París: Éditions du Seuil, 1966, págs. 181 y ss. y 879.
  • Mélèse, Pierre. París: Seghers, 1966.
  • Schopenhauer, Arthur. El arte de tener razón. Buenos Aires: Quadrata, 2005.
  • Unamuno, Miguel. Ensayos II. Madrid: Aguado, 1958.
  • Winkler, Paula. “La globalización y la construcción social de la apariencia. Una lógica del sujeto como objeto”. En: Revista Consecuencias, Instituto Clínico de Buenos Aires, Escuela de Orientación Lacaniana argentina. Septiembre de 2009.
Paula Winkler

Notas

  1. Winkler, Paula. “La globalización y la construcción social de la apariencia. Una lógica del sujeto como objeto”. En: Revista Consecuencias, Instituto Clínico de Buenos Aires, Escuela de Orientación Lacaniana argentina. Septiembre de 2009.
  2. Carnap, Rudolf. La construction logique du monde, Vrin: París, 2002.
  3. Freud, Sigmund. Obras completas, III, Editorial Biblioteca Nueva: Madrid, 1968 (revisión, traducción y prólogo de Ramón Rey Ardid, catedrático de psiquiatría y psicología médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza).
  4. Mélèse, Pierre. Beckett. Editorial Seghers: París, 1966, pág. 137.
  5. Lacan, Jaques. Clase 1, 13 de enero de 1954: “Introducción a los comentarios sobre los escritos técnicos de Freud” (Seminario 1, Buenos Aires: Paidós, 1984). En: Psicopsi, Comunidad de Estudio.
  6. Lacan, Jaques. “Du ‘Trieb’ de Freud et du désir du psychanalyste”. Ver también: “Introduction au commentaire de Jean Hyppolite sur la ‘Verneinung’ de Freud”. En: Écrits. París: Éditions du Seuil, 1966, págs. 181 y 879.
  7. Freud, Sigmund. “La negación”. En: Obras completas, Tomo XIX, Buenos Aires: Amorrortu, 1996. Ver también nota anterior, comentarios de Lacan.
  8. Schopenhauer, Arthur. El arte de tener razón. Buenos Aires: Quadrata, 2005.
  9. Unamuno, Miguel. Ensayos II, págs. 751-752.
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