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Jorge Luis Borges: la biblioteca infinita

lunes 2 de noviembre de 2026
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Jorge Luis Borges
Borges, finísima tempestad de tigres enterrados y anfiteatros donde el doble que os sueña predice un tintero donde convergen el Aleph y la noche universal de las estrellas.

Feria del Libro de Cajamarca; 31 de agosto de 2026

A cuarenta años de la muerte de “el gran autor clásico contemporáneo de nuestra lengua”, según la Real Academia Española; Premio Cervantes, lector, ficcionista, mago de las cábalas, los tigres, los espejos y los laberintos. El autor argentino que se enorgullecía más por los libros que había leído que por los que había escrito. De hecho, habitó dos innumerables bibliotecas, la heredada por su abuela paterna, Fanny Haslam, y la Biblioteca Municipal, donde apuraba las tareas administrativas para luego sumergirse en el mundo de la lectura. De regreso, usaba la nemotecnia para memorizar sonetos, en el tranvía, de camino a casa; mientras otrora, con afán humillante, fue coronado como inspector de aves. Borges, el memorioso que desde un Aleph vislumbró la secuela eterna y fluyente de las estaciones, el hermoso tigre transparente, la infinidad de laberintos, el horror abominable de los espejos que multiplican a los hombres, un ocaso yugulado, una rosa amarilla, el amor oculto en todos los oleajes del mundo, el otro heresiarca que te crea mientras sueña.

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899; Ginebra, 1986), nació, según refiere él mismo, “en un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles” (Rodríguez, 1987, p. 9). Borges representa ironía, erudición, fantasía. Escritor que se inició como poeta, con Fervor de Buenos Aires (1923), es considerado uno de los más célebres cuentistas del siglo XX. Dios le otorgó una inmensa biblioteca y a la vez la ironía de una parda ceguera en la luminosa lluvia de los dones. El laberinto de los dioses pródigo para él, fantasma que se enseñorea por los estantes de una infinita biblioteca. Borges, finísima tempestad de tigres enterrados y anfiteatros donde el doble que os sueña predice un tintero donde convergen el Aleph y la noche universal de las estrellas. Ha de sonreír, seguramente, sentado y asido a su bastón de tigre metafísico, junto a un gato que inmortalizó la escena de la sombra de árbol palideciendo de infinito, al desaparecer, al son de una muchacha celeste, el alba, que lo conduce al patíbulo del conocimiento.

Hacia la summa de todo lo creado, el minotauro corre, vadeando la confusión, el horror, la verdad y el conocimiento. Es pues el laberinto todo el curso de las cosas; el proceso de llegar, más aún que la misma victoria.

Siendo que la poesía, la prosa y el ensayo eran sus máximos dones, me atrevería a decir que el merecido Premio Nobel de Literatura que debió haber recibido no estuvo a la altura de tamaño genio. “Ilimitados libros ingleses” (Evaristo Carriego, 1939, oc., 101), heredados por sus antepasados, debieron inspirar en el pequeño Georgie, leer en tres idiomas La divina comedia de Dante y escribir de un tirón su primer cuento, contando apenas ocho años.

La imagen de un ciego que nunca se alejaría de la biblioteca de su padre nos conduce a “La biblioteca de Babel”, cuento que ya predeciría lo que estamos hoy viviendo: anaqueles hexagonales que de manera infinita almacenan información en discos duros; información que, lejos de ser guardada, es cada vez menos leída por la premura de que seamos pensados por la inteligencia artificial y no al revés. El horror de que todo sea controlado y no seamos, en el alto horror de una noche pestilente, un bibliochip controlado por anaqueles que consumen toneladas de agua, cada segundo.

En el espejo de esta tarde, pues, merece prosternarse, para evocar el reflejo de lanzas que prodiga la noche en llamas de toda la sabiduría. Donde la Batalla de Junín “es una gloriosa memoria” (Ibid., 872-873) y el Perú aquel país con calles de oro y chasquis llevando toda la sabiduría de los quipus, donde el horizonte yugulado y el arrebol espantan a las bestias y las justas diarias son las propias batallas contra uno mismo. El destino que los dioses le negó fue el de las batallas, pero la blanda sinfonía de la noche le heredó la memoria y el museo de una familia que aún conserva en su memoria daguerrotipos, trajes militares y lanzas de todas las batallas contra uno. El horror luminoso de los laberintos.

El espejo monstruoso del destino, que gracias a la cópula multiplica a los hombres, se equipara al horror de existir, página del sueño que no en vano pasa y seduce al otro soñado. El anfiteatro es infinito. Una a una las almas de blanca levita se eclipsan para ser memorizadas para siempre en una máquina-biblioteca que los robotiza y transforma hasta el epítome de la repetición o el olvido, blandengue forma del tiempo.

“La ironía de una mente dotada del más elegante escepticismo” (Rodríguez, 1987, p. 15) fue la que lo encumbró a las siete noches, donde Dios y la presea del tiempo no han podido corroer el hierro indestructible, la exquisitez de su prosa.

Obsesión dicotómica, las máscaras, los espejos y la cópula se confabulan en su prosa para señalar un mundo que se desmorona. Redoble abisal, mundo que se multiplica por infinito reflejo. Fisgonea, héroe muerto, olvidado. Quizá sólo sirva para pertenecer, engastado, al alma de una estrella.

Celebérrimo rito, multiplicidad de posibilidades; un pensamiento único, el de Borges; voraz, a dentelladas, ironiza la última batalla del hombre. La hecatombe que como precio debe pagar el bípedo implume, ufano, por tan pocas proezas y banalidades que la fortuna, en unos pocos seres, desgasta.

Imágenes, palabras, el material con el que fueron hechos los sueños; nos encumbran en lo alto de la montaña, para divisar la totalidad de un mundo, uno de los mundos del cosmos volátil. Otras veces nos enfanga con el terror de criaturas ciegas que jamás han visto la luz. Será la fortuna que actúa como un relámpago, o será el vado de estrellas que aguardan para tomarlas como destino. En el centro del laberinto habita Asterión, una criatura con cabeza de toro. El infinito aguarda a las personas arriesgadas y también a los timoratos que dan el todo por el todo. En ese laberinto existe un misterio. Es aterrador. Descubre asteroides, cometas, luces planetarias. Oculta, la noche y su alfabeto de joyas argentas nos llama, ojosa, hacia la materia del olvido.

La vida se compone de ofuscación; también de actos iluminatorios. ¿Qué habrá más allá del sol alumbrado por una vela?

“En la atroz lucidez del insomnio” (Rodríguez, 1987, p. 66), Borges, como alguna vez lo dijo, describía antecámaras, laberintos y patios antepuestos por un espejo de agua. Era, pues, su implacable obsesión el describir laberintos: laberintos de frondas, laberintos de agua, de arena, de mundos. El ancho río donde las almas padecen y trifurcan culpas, las endechas se oían escarcear madreselvas de fuego. Las holladas víctimas berreaban en un castañetear de dientes, por las culpas infligidas, sin poder volver atrás; obliteraban monedas de arena. Y el país del no dormir, las ciudades en cadena, cuya bulla y atroz griterío, como diablos emperrechinados, plagando la escena, el polvo de los redimidos.

 

Referencias

  • Rodríguez Monegal, Emir (1987). Borges, una biografía literaria. Fondo de Cultura Económica.
Jack Farfán Cedrón
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