
Una obra de arte nunca se termina, sólo se abandona.
Leonardo da Vinci
Cuando estudiaba Letras, mención Historia del Arte, en la Universidad de los Andes, al cursar el período histórico que comprende el Renacimiento, quedé fascinado con el trabajo escultórico de Miguel Ángel, particularmente La Piedad del Vaticano, el David y el Moisés, obras de su juventud y madurez que lo consagraron por su virtuosismo técnico, el delicado tratamiento de la superficie del mármol y la detallada perfección anatómica. Pero luego tuve una experiencia estética superior al ver las obras caracterizadas por el inacabado, el non finito, donde el artista se distancia de la perfección formal en pro de la expresividad del material y la tensión dramática de la figura humana confinada en el bloque de mármol.
Desde entonces, el inacabado en las obras de arte —vinculado con la categoría estética de lo sublime y lo grotesco, que rompen con los cánones de la belleza clásica— cautivó mi interés y amplió mi gusto estético; no sólo en las artes visuales, sino también en la literatura, ya que este procedimiento artístico establece una relación más dinámica entre la obra y su receptor.
En este ensayo me propongo —continuando con mi interés en los estudios interartísticos, en la correspondencia entre textos literarios con las artes visuales— establecer conexión o diálogo entre la obra de Miguel Ángel y Kafka, autores que, si bien pertenecieron a épocas distintas, uno al siglo XVI y el otro al XX, se pueden vincular con el concepto o la categoría estética de lo inacabado, el non finito, que los homologa, debido a que ellos, por circunstancias muy particulares, que luego precisaré, dejaron obras inconclusas.
Miguel Ángel no concluyó las siguientes esculturas: San Mateo, la serie de Los esclavos o Prisioneros, Piedad Bandini ni Piedad Rondanini. Y Kafka dejó inconclusas las novelas El proceso, El castillo y América, además de varios cuentos. Mediante tal proceso creativo ambos llegaron, por vías de disciplinas diferentes, a la misma solución estética y temática: lo inacabado y la angustia del aprisionamiento.
Es oportuno mencionar que, entre el despertar del Esclavo y el despertar de Gregorio Samsa, aprisionado en el cuerpo de un insecto, se advierte un paralelismo en el acto trágico del despertar. Samsa intenta levantarse de la cama, así como el Esclavo procura erguirse en la piedra. Ambos personajes luchan desesperadamente por liberarse de la materia que los contiene.
El tema referente a la estética de lo inacabado en el arte no es nuevo. Al revisar la historia del arte descubrimos que varios autores han abordado el término non finito, el cual, en el Renacimiento, regularmente se usaba de forma genérica, siendo entre el siglo XIX y principios del XX cuando se legitima como categoría estética para definir un recurso artístico puramente intencional. Si nos trasladamos a la Antigüedad clásica encontramos que la primera referencia relacionada con esta práctica estética aparece en la monumental enciclopedia del escritor romano Plinio el Viejo, Historia natural, publicada en el siglo I d. C., en donde, aludiendo a los pintores de la Antigüedad clásica, dice que “[...] sus pinturas inacabadas [...] son admiradas mucho más que las terminadas, porque en ellas se ven los trazos que quedaron y los pensamientos mismos de los artistas, [siendo ellas portadoras de] una fascinación que las hace aún más estimables” (Editorial Gredos, 77/2002, XXXV, 40, 145). Cabe señalar que un juicio como este resultaba incompatible con el prototipo de belleza clásica.
Entre los siglos XVI y XX se distinguen algunos autores que reflexionan sobre el non finito en la escultura de Miguel Ángel. En el XVI, entre los testimonios directos de quienes conocieron y trataron al artista, está Giorgio Vasari, uno de los primeros historiadores del arte italiano, quien escribió La vida de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, en donde, al referirse a la obra inacabada de Miguel Ángel, emplea términos como “imperfectas”, “abocetadas” o “no terminadas”; el otro es Ascanio Condivi, biógrafo de Miguel Ángel.

Durante el siglo XX destaca Erwin Panofsky, quien relaciona el non finito con el neoplatonismo, corriente filosófica que influyó en Miguel Ángel; además, está Charles de Tolnay, que estudia cómo el non finito, de ser una acción imprevista, pasó a ser una búsqueda expresiva intencionada en su madurez; también figuran Martin Weinberg y Frederick Hartt, reconocidos por sus estudios sobre el Renacimiento italiano y la obra de Miguel Ángel, donde señalan sus aspectos técnicos y la huella del cincel, enfatizando de ese modo la tensión dramática del bulto que emerge del bloque de mármol en algunas de sus obras inacabadas.
Además de los referidos autores, vale destacar que Rodin también contribuyó a la trascendencia del concepto y práctica estética del non finito. Cuando el escultor francés conoció la obra de Miguel Ángel en su viaje a Italia, en 1876, dijo: “El gran mago me ha revelado algunos de sus secretos”. Rodin se apropió del non finito de Miguel Ángel —suerte de intertextualidad visual— y lo aplicó a su producción escultórica, replanteando así el academicismo escultórico francés, convirtiéndose para la posteridad en el padre de la escultura moderna.
Con respecto a Kafka, no sólo dejó obras inconclusas, sino que le pidió a su amigo y editor Max Brod que quemara completamente, sin leer, todos sus manuscritos. Se le agradece a Brod haber desobedecido su última voluntad. Este autor fue quien realizó la primera biografía de Kafka; editó sus manuscritos, que estaban en hojas sueltas y desordenadas, y los publicó. También realizó los primeros ensayos críticos que dieron a conocer la obra literaria del escritor checo. Gracias a él, otros autores han podido conocer la vida de Kafka; estudiar y teorizar sobre la naturaleza fragmentaria e inconclusa de su escritura. Entre ellos se puede mencionar a Walter Benjamin, Roland Barthes, Gilles Deleuze y Maurice Blanchot.
Componentes de la literatura de Kafka, como el absurdo burocrático, la angustia existencial, lo fantástico o surreal, transformaron totalmente la literatura posterior a él, ejerciendo influencia en escritores como Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Samuel Beckett, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez, entre muchos otros autores.
¿Cuáles fueron las razones que indujeron a Miguel Ángel y a Kafka a dejar sus obras inconclusas? Pues, las razones responden a circunstancias muy distintas.
En el caso de Miguel Ángel, el non finito, lo inacabado, en principio fue una práctica estética no del todo intencional. El incidente más conocido es el de los Esclavos o Prisioneros, proyecto escultórico concebido para la colosal tumba del papa Julio II, el cual fue replanteado en varias ocasiones por reducción de presupuesto y desacuerdos entre los herederos del papa. Esto, y los compromisos que asumía para atender otros encargos, que finalmente no podía terminar, obligó al artista a dejar varias de sus obras inconclusas. Otro factor fue el relacionado con la calidad del mármol, que en ocasiones resultaba defectuoso, con vetas muy duras, que le causaban frustraciones al artista en su proceso creativo, llevándolo a darle martillazos a la obra y a desistir de concluirla, como sucedió con la Piedad Bandini, por ejemplo.
Ahora bien, estos contratiempos o incidentes, y sus frustraciones ante el material, que lo forzaron a no terminar algunas de sus obras encargadas, con el tiempo lo impulsaron a reflexionar y tomar conciencia de ese procedimiento artístico, del non finito; a descubrir que la crudeza del mármol podía generar una experiencia estética diferente: más angustia y tensión que una superficie perfectamente acabada.
Erwin Panofsky, en su obra Estudios sobre iconología, argumenta que la figura inacabada en Miguel Ángel no es un déficit técnico, sino la escenificación del alma luchando por liberarse de la prisión de la materia. Panofsky relaciona el non finito de este escultor renacentista con el neoplatonismo. En la técnica del inacabado se refleja su inclinación filosófica y teológica basada en esta corriente filosófica, que influyó en su juventud, la cual fusiona la filosofía de Platón con la teología cristiana, imprimiéndole una huella profunda en su concepto del arte y la materia. Para los neoplatónicos, el mundo físico es una sombra imperfecta del mundo de las ideas. Piensan que el alma humana está atrapada en un cuerpo material y terrenal, esperando liberarse para volver a su ámbito espiritual y divino. Este principio filosófico se observa en la producción escultórica inacabada de Miguel Ángel, quien consideraba que la escultura perfecta está oculta dentro del bloque de mármol; por lo tanto, la tarea del escultor no debe consistir en crear una figura de la nada, sino reducir el exceso de materia para permitir que la idea contenida dentro de ella, la “anatomía del alma”, se manifieste.
Como ninguna obra concreta puede replicar la perfección del mundo de las ideas, según la noción neoplatónica de Miguel Ángel, sus esculturas quedan inacabadas, sugiriéndonos la idea de que la figura humana está forcejeando por liberarse del mundo material, del bloque de mármol que lo oprime, imprimiéndole así espontaneidad, libertad expresiva y tensión dramática; además de revelarnos el proceso creativo del artista, el cual normalmente no se percibe en una obra consumada.

Con respecto a Kafka, diversos autores han relacionado los factores que impidieron en él concluir varias de sus obras. Entre las causas se han expuesto la angustia que le generaba su trabajo burocrático, el cual le restaba horas para dedicarle más tiempo a la escritura, la autocrítica excesiva con su obra, su inconformidad e inseguridad creativa, su actitud de fracaso ante sus borradores considerados fallidos, la complicada relación con su padre, el deterioro de su salud y muerte prematura.
Max Brod, su primer teórico, definió su narrativa como una “búsqueda religiosa de lo inalcanzable”. No cabe duda de que en su obra está implícito su angustiante sentimiento religioso —a propósito, Kafka llegó a decir que consideraba “la escritura como oración”. Sobre la base de esta interpretación de Brod, cabe señalar que el acto de Kafka de dejar inconclusas sus obras se vincula teológica y filosóficamente con el non finito de Miguel Ángel: la manifiesta imposibilidad de la materia finita para lograr la trascendencia divina.
Si bien después de Brod muchos autores han examinado la producción literaria de Kafka, Maurice Blanchot es quien más ha estudiado con insistencia, en casi toda su obra crítica, su naturaleza inconclusa y fragmentaria, particularmente en la compilación de sus ensayos De Kafka a Kafka, publicado en 1981. Vale acotar que antes, en 1969, había sacado a la luz un libro con un título muy sugerente, El diálogo inconcluso, donde, aunque no dedica un análisis enfocado en la obra inacabada de Kafka, argumenta que el verdadero diálogo no se cierra definitivamente, sino que busca mantenerse abierto e inacabado.
En De Kafka a Kafka, Blanchot dice que “muchas razones impiden a Kafka terminar la mayor parte de sus ‘historias’, lo llevan, apenas ha comenzado una de ellas, a dejarla para intentar apaciguarse en otra. [...] La abandona porque todo desenlace lleva en sí la felicidad de una verdad definitiva que no puede alcanzar [... motivo por el que] se privó casi siempre de ese salto que permite la conclusión [...]” (Editora Nacional Madrid, 2002, p. 71).
Para Blanchot, la particularidad de la escritura es un proceso abierto, infinito y sustancialmente inacabado. Por consiguiente, para este autor, más que por las adversidades que Kafka vivió, su obra, por el contrario, se rige por la esencia misma de la literatura; es decir, el aplazamiento, la imposibilidad de terminar el tramado de la escritura, como se puede apreciar en El proceso y El castillo, por ejemplo, en donde sus protagonistas viven bajo una atmósfera opresiva, angustiante, víctimas del sistema burocrático jurídico y administrativo, sin lograr jamás culminar sus propias historias, alcanzar sus objetivos: ni la absolución definitiva, en el caso de Joseph K., ni el acceso al castillo, en cuanto a K., el agrimensor.
En definitiva, como receptor (espectador y lector), encuentro que la afinidad entre Miguel Ángel y Kafka no sólo reside en la categoría estética del non finito, de lo inacabado, sino también en la angustia del aprisionamiento de sus personajes. En Miguel Ángel, la forma, la figura humana, se angustia por querer liberarse del bloque que la aprisiona, así como los personajes de Kafka buscan liberarse de un sistema burocrático absurdo y opresivo que los juzga y controla sin explicarles por qué. Los personajes de ambos creadores luchan por liberarse, tanto de la piedra de mármol como del sistema burocrático, pero sin lograrlo. Finalmente, sus esfuerzos quedan confinados en ambos sistemas: el pétreo y el burocrático. Permanecen así en un intento sempiterno de liberación. Sus historias no logran alcanzar un final feliz debido a que, en un autor, se detiene el cincel y, en el otro, la pluma.
El diálogo queda inconcluso, abierto. A partir de entonces —como también teoriza Umberto Eco en su ensayo Obra abierta, de 1962, que trasciende el concepto de obra acabada y autosuficiente— corresponde al receptor asumir un rol más dinámico frente a un nuevo modo de ver, sentir y comprender, para recrear o reescribir la obra al interpretarla, participando de esta manera en un diálogo en espiral que jamás se cierra, ya que está en una permanente construcción y reconstrucción de su sentido.
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