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¿Qué recuerdas? (entre memorias)

Daniel Murillo Licea

¿Qué recuerdas? Debes recordar el brillo de los cigarrillos en la oscuridad. Sí, eso debes recordar ahora, en este mismo instante. La lucecilla roja bailando en la negrura que nos rodeaba. Las dos brasitas encendidas que veías y el ruido de la lluvia, resbalando por las paredes del cuartucho y golpeando el camino empedrado allá afuera.

La realidad era la lluvia, la oscuridad y las luces de los cigarros, hasta que esta realidad se rompió con el duro material con que estaba hecha la voz del Mentolátum; la recuerdas, ¿no? Profunda, gruesa, como no queriendo salir. Y el Mentolátum perdido en la oscuridad, identificable sólo por la luciérnaga roja que bailaba de pronto. La primera impresión al oír su voz era la de estar escuchando un trueno, y aunque estábamos bajo la furia de un torrencial, su voz te sobresaltó. Yo sí recuerdo lo que dijo. Algo así como "Qué cabrón el general, ¿no?". Y yo sentí tu sobresalto al escuchar el "cabrón". Posiblemente recuerdas que susurré un "sí" y tú diste colofón silencioso a la conversación. Preferimos callar porque la situación no era nada cómoda, como tampoco lo era estar encerrados en el cuartucho maloliente lleno de huacales y paja, de suelo frío y corrientes de aire que se colaban entre nuestras ropas.

Recuerda el silencio en el que nos hundimos después, y el tamborilear de los dedos del Mentolátum sobre su rodilla, o tus dientes castañeteando incontrolablemente, acompañando al último fulgor de los cigarrillos que nos había proporcionado el sargento. Buen tipo, aun con su ruda manera de ser y su brutalidad. ¿Te acuerdas lo que dijo?

"Ai les van estos cigarritos, siquiera pá'que no pasen la noche en blanco. Y ora verá, padrecito, que usté también va a fumar, nomás pá'calmar los nervios. Total, con un Padrenuestro ni quien se fije, ¿no, mi curita?". O algo así, porque nunca me he podido aprender nada de memoria.

Ni los versículos que nos dejaba usted cuando nos daba catecismo en la iglesia. Nos hacía repetir a coro no sé cuántas cosas y yo nomás movía la boca. A lo mejor usted nunca se dio cuenta, a lo mejor sí, pero nunca dijo nada. Y ahora que me acuerdo, ¿por qué le estoy hablando de usted, si ya lo tuteaba? Fue desde que nos agarró ese general con su bola de arrastrados y nos amarraron y nos trajeron aquí, que empecé a agarrar confiancita y le empecé a hablar de tú. Creo que por primera vez sí se aplica lo que nos decías en la iglesia. "Todos los hombres son iguales ante Dios". Aquí sí.

Tras estos muros sí.

¿Y recuerdas cómo nos atraparon? Corriste a la iglesia a recoger tu Biblia cuando el Mentolátum y yo vimos al general y sus hombres llegando por la calzada; sabíamos que no podíamos dejarte solo con ellos y corrimos tras de ti. Eres muy necio. Tal vez nadie te lo dijo, pero es verdad.

Mientras el Mentolátum y yo te gritábamos que ya venían los soldados, tú sólo rezabas, hincado, viendo la figura crucificada en el altar. Y agarrabas tu Biblia mientras te jalábamos a la puerta del templo y tú te resistías entre locos ademanes y frases benditas.

¿Te acuerdas que entraron, disparando al aire, que el Mentolátum y yo nos escondimos tras las bancas de madera, que el general era un coloso de piedra que sonreía con dientes de granito, que el sargento, apenado, bajó su arma y que tú, con Biblia en mano, arremetiste contra ellos usando la única arma a tu alcance, las palabras "herejía" y "excomunión"?

Y luego te callaste, sólo por un segundo, al ver al general que sacaba su arma lentamente, mientras tus palabras acortaban la distancia entre su dedo y el gatillo; recuerda que el general alzó su pistola, convirtiéndose en un cañón gigantesco, apuntándote, y tú esgrimías palabras inútiles, aprendidas y recitadas todas las tardes, en las clases de catecismo a las que nunca puse un minuto de atención, mientras el dedo en el gatillo se movía poco a poco y tú creías que al fin alcanzarías la gloria que pregonabas, desconociéndola por completo, convirtiéndote en un versículo más, encajonado en el libro de tapas rojas, gruesas, que aferrabas con los dedos crispados al ver que el general, tu verdugo, alzaba el arma, dejando escuchar el trueno que rebotó con el eco embravecido de tu templo, haciendo que el proyectil pasara a escasos centímetros de tu cabeza, dirigido directamente a la silueta crucificada sobre el altar que explotó en miles de astillas silenciosas, impotentes, y que por último reclamó tu silencio.

Sé que lo recuerdas, como recuerdas la oscuridad en que nos suminos cuando los cigarrillos nos quemaban los dedos y no queríamos apagarlos, como si su diminuta luz nos anclara en este mundo. Y luego el silencio y el tamborileo de los dedos del Mentolátum, adentro. Y afuera, la lluvia, brincando por las piedras.

Sé que te acuerdas del estado de semivigilia en el que entramos los tres. Era imposible dormir, aunque el cuerpo lo reclamara, así que te dedicaste a murmurar tus frases, las mismas que arrojaste al general, las mismas que habías repetido en mi presencia un millón de veces antes. Las mismas que fueron acalladas por la gruesa voz del Mentolátum ("Pinche cura de mierda") y que una vez más reclamaron tu silencio.

No volviste a pronunciar palabra durante toda la noche, pese a mis comentarios que intentaban consolarte, en parte porque sabía de tu desasosiego cuando el general te arrancó de cuajo el camino a la gloria, y en parte porque yo también necesitaba un consuelo.

Y las imprecaciones del Mentolátum, reducido a una voz con existencia propia, y la lluvia, y el ruido de mis pensamientos, que a fin de cuentas eran los que no dejaban entregarme al sueño; ¿lo recuerdas, en este instante? A lo mejor sí, o a lo mejor sólo invento tus recuerdos porque es en lo único que puedo entretenerme: yo ya repasé e inventé los míos durante toda la noche que estuvimos encerrados. Es más, tú amenazas con ser un invento y yo, un recuerdo. ¿Y el Mentolátum? Una voz en la oscuridad. La ronca voz que por momentos alcanzaba tonos de locura, desvariando entre canciones y algún pinche o cabrón o carajo suelto.

Y yo, una memoria perdida entre corrientes de aire frío, un nombre que no es el mío y unos recuerdos que tampoco me pertenecen y que tal vez no pertenezcan a nadie.

¿Cuál fue la última imagen que se grabó en tu mente? ¿La del sargento llegando al amanecer, con la vista baja y gritando sus órdenes incongruentes? ¿La del general con su sonrisa de granito que no dejaba de verte? ¿La persona del Mentolátum mentando madres y escupiendo al soldado que se le pusiera enfrente? ¿Mi imagen y mis ojos hundidos y mi tez demacrada? ¿El sol, la tierra, los árboles o los gallos que cantaban?

¿O tal vez quedó impreso en tu memoria el disparo en la iglesia, el disparo sobre el crucificado, y tu miedo al saber que en este momento estás solo, que nadie puede ayudarte?

¿O sería la duda que te asaltó como si hubieras recibido un disparo en el pecho, la duda de que tu vida sacerdotal había sido inútil? Temías la respuesta, por eso fue que caíste de rodillas sobre el polvo, por eso fue que lloraste y arrancaste la cruz que siempre llevabas colgada al cuello; por eso fue que el general sonrió con más soltura y los soldados te levantaron entre gritos de "Cállese, los hombres no lloran, viejo marica".

¿Te acuerdas de todo eso? Yo lo hago por ti, espero que el Mentolátum esté recogiendo mis recuerdos ahora, para no sentirme tan solo.

Es mi turno de caminar hacia el paredón.


       

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