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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 69
3 de mayo
de 1999
Cagua, Venezuela

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Letras de la Tierra de Letras

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"Corriéndosealfondoquehaylugaaar..."
Interno 56

Gustavo Raimondo

Era agosto, y el intenso frío de la mañana laceraba la piel con su puñal de hielo. Nazareno, tiritando, había llegado al trabajo con el tiempo justo para marcar su tarjeta laboral, saludar a sus compañeros, revisar su planilla de recorridos, tomar un pocillo de café como único desayuno y partir. Esa ceremonia era el preludio al rutinario recorrido que realizaba día tras día, desde hacía once años, a bordo del interno cincuenta y seis de la línea doce de colectivos urbanos. En el trayecto al playón, su vejiga le anunció que si no pasaba primero por el baño, el recorrido por la ciudad se convertiría en una insoportable tortura. Presuroso, se dirigió al sector de vestuarios, ubicado a un costado de la cabina de tráfico. Casi al llegar notó que sobre la puerta de entrada del vestuario de hombres pendía un largo andamio de gruesa madera, sostenido de sus vértices por cuatro sogas deshilachadas y, sobre él, un único operario de overol con brocha en mano dispuesto a comenzar a pintar.

En el instante en que Nazareno pasó por debajo del andamio, escuchó un leve chasquido. No tuvo tiempo de reaccionar. El grueso tablón se le vino encima, y con él, el pintor que cayó como un yunque sobre su humanidad.

Pasado el susto inicial, y luego de ser socorridos por sus compañeros, descubrieron que ninguno de los dos había sufrido lesiones de consideración. Al operario le dolía un poco la pierna y el brazo derecho, pero se incorporó sin ayuda y no denunció otra dolencia. Nazareno, por su parte, sólo presentaba un chichón en su cabeza. "Nacieron de nuevo", dijo el jefe de tráfico sin ocultar su asombro, y dirigiéndose a Nazareno, preguntó: "¿Estás en condiciones de hacer el recorrido?".

Nazareno tenía una vasta experiencia en golpes y caídas. En su Corrientes natal, se subía a diario a la copa de los árboles en busca de nidos de cotorras para destruirlos —en esa zona, la cotorra verde es plaga. Se mueve en bandadas azotando los sembradíos de maíz y los frutales—. Sus padres lo comparaban con el gato Félix, por sus siete vidas, y su maestra de primaria, con un carnero, porque tenía la cabeza dura como piedra.

"No fue nada. Déme unos minutos para ir al baño y salgo de recorrida", le respondió a su jefe. Al rato partió a bordo de su colectivo, el interno cincuenta y seis, rumbo a la primer parada de sección.

Dio un vistazo a su reloj de pulsera: marcaba las siete, el segundero comenzaba su segmentado derrotero hasta el próximo descanso. A metros de llegar, reconoció las caras de siempre; las de los pasajeros que día a día, puntual y mansamente, lo esperaban formando una ordenada fila detrás del poste de parada.

Arrimó el colectivo al cordón y saludó con cortesía a doña Elvira, una anciana que cuidaba enfermos en el sanatorio Lavalle. "Buenos días, mijito", respondió ella, mientras trataba de introducir las monedas en la máquina expendedora de boletos.

Subió el señor de traje marrón y maletín negro, con el diario doblado bajo el brazo y su inalterable cara de póker. No saludó, nunca lo hacía, retiró su boleto y se sentó en el mismo asiento de siempre, el cuarto de la fila de asientos individuales empezando por el frente; dos lugares detrás de doña Elvira, que siempre elige el primero detrás del chofer.

El cadete de Casa Tía que vivía con los auriculares de su walkman metidos a presión en sus orejas como si estuvieran soldados, no estaba en su puesto habitual; alguien se le había adelantado. Nazareno no lo había visto nunca; era un hombre bajito, levemente encorvado, rechoncho, de unos cuarenta años, pelo desordenado. Su overol azul gastado y ajustado mostraba a las claras que databa de varios años atrás, cuando todavía la grasa no se había acumulado en su vientre. "A la cabecera", dijo el hombre y se detuvo frente a la expendedora esperando que Nazareno marcara el destino en la botonera digital.

—Se confundió, señor. Acabo de salir de cabecera; voy a la terminal en Barracas. Con bajar y caminar hacia atrás unas pocas cuadras, llega a la cabecera de Pacífico —dijo mirándolo por el gran espejo biselado ubicado sobre su cabeza.

—No importa, me da igual —respondió el hombrecito sin moverse de su sitio.

Nazareno presionó la tecla correspondiente y el sujeto retiró el boleto luego de introducir dos monedas de un peso. Caminó despacio hasta el fondo y se sentó en el medio de la última hilera de asientos que ocupa todo el ancho del vehículo. Nazareno lo siguió con la vista. Sólo desvió su mirada cuando el hombre comenzó a observarlo a través del gran espejo.

La luz del semáforo había cambiado a verde y el último pasajero esperaba frente a la máquina expendedora. Mientras arrancaba en dirección a la próxima parada, preguntó:

—¿Cómo siempre, pibe?

El cadete, que lo observaba por el espejo con la mirada ausente y la música desbordándole por los auriculares, hizo un ademán de aprobación, extrajo el boleto y se sentó en el último asiento doble, del lado de la ventanilla.

Cuatro cuadras era la distancia que los separaba de la próxima parada. El tránsito endemoniado de la mañana provocó que Nazareno pusiera todos los sentidos en alerta y se concentrara en mantener una armoniosa conducción.

Al llegar, vio a través del parabrisas empañado las desdibujadas siluetas de las personas que esperaban en fila, en perfecta formación detrás del poste de parada. Notó algo familiar en aquellas figuras. Desempañó el vidrio con una franela y pudo ver con claridad una realidad que lo estremeció.

"Pero...", balbuceó al identificar aquellas caras. "...No puede ser", concluyó diciendo, mientras frenaba bruscamente orillando el cordón de la calzada.

Sin abrir la puerta, levantó la vista hacia el gran espejo y advirtió lo imposible. Alarmado, casi con los ojos desorbitados y el corazón queriéndosele escapar por la boca, accionó el freno de mano, se levantó de un salto y giró hasta quedar parado de cara al pasillo, frente a veinte asientos vacíos.

"¡Puta madre!", dijo. Y lo dijo fuerte, casi gritando. Caminó hasta el fondo del pasillo, revisando entre los asientos, con la infantil esperanza de encontrarlos agachados detrás de los respaldos. De tener éxito, no haría como en sus días de infancia en Corrientes cuando, jugando a la escondida, descubría a alguien y gritaba para que todos oyeran la entonada sentencia de rigor: ¡PIEDRA LIBRE PARAAA FULANO QUE ESTÁ ESCONDIDO DETRÁAAS DEL ÁRBOOOL!

No, no haría eso; ya estaba grande para el juego de la escondida. Pensó que al primer pasajero que descubriera, sea cual fuere, lo levantaría agarrándolo de los pelos y lo echaría a patadas en el culo de su colectivo. Eso haría.

Sin embargo, para su sorpresa, por más que buscó, revisó y miró, no encontró a nadie. En aquel espacio enlatado no había otra alma más que la suya. "Todas las ventanillas están cerradas; las puertas también. ¿Cómo carajo hicieron para salir?", se preguntó.

Dos golpes secos, distantes, como en sordina, lo hicieron reaccionar. Venían de la puerta de ascenso de pasajeros. Fue hacia adelante, se ubicó a desgano en su asiento y abrió. Un latigazo le recorrió la espalda, desde la nuca hasta los testículos, cuando vio a doña Elvira, la primera de la fila, mirándolo desde la vereda mojada, con el monederito en una mano y la bolsa de los mandados en la otra. "¿Y, mijito? ¿Qué pasaba que no nos abrías? ¿Querés que nos congelemos acá afuera?", protestó la anciana, disparando las preguntas una tras otra sin esperar respuesta.

Nazareno, aturdido, balbuceó: "¡Suba!".

Y subieron todos, en el mismo orden que en la primer parada, sacando cada cual su boleto y sentándose en los mismos lugares. Hasta repitió la conversación que tuvo con el petiso de overol azul, salvo un ligero cambio, porque ahora estaban a unas ocho cuadras de la cabecera, y le sugirió que se cruzara a la mano contraria y tomara el interno que venía de Barracas.

Cerró la puerta, despachó al pibe del walkman y levantó la vista hacia el gran espejo biselado; examinó cada detalle, cada nueva situación y cada movimiento...

"Todas las ventanillas cerradas. Las puertas de ascenso y descenso también. ¿Cómo mierda hicieron?", se volvió a preguntar.

...Hasta dar con el pequeño hombre del fondo, que era el único que le devolvía la mirada; era penetrante, dura, y no parpadeaba. Lo veía tan tieso que creyó estar ante una figura de cera. No pudo sostenerle la mirada; en esa pulseada ocular, el otro había ganado. Así que no tuvo más remedio que prestar atención al tránsito, destrabar el freno de mano, poner primera y arrancar rumbo a la próxima parada, ubicada justo frente a la parroquia de la Sagrada Eucaristía.

De a ratos, cuando el tránsito torpe y desordenado se lo permitía, espiaba por el espejo para cerciorarse de que todo estaba en orden. Fue en una de esas ocasiones cuando advirtió un movimiento sospechoso detrás de doña Elvira: era el señor de traje marrón que comenzaba a abrir la ventanilla correspondiente a su asiento. Nazareno, de rápidos reflejos, pisó con fuerza el pedal de freno sin medir consecuencias. El pesado colectivo se detuvo casi al instante, acompañado por un fuerte soplido de aire comprimido que escapó de las entrañas del fatigado sistema de frenado. La inercia hizo que todos los pasajeros —y Nazareno— fueran lanzados hacia adelante y regresaran a su posición en un vaivén brusco, pero a la vez acompasado. El único que no se ajustó a ese homogéneo movimiento fue el sujeto del fondo, que sin poder aferrarse a nada, cayó sentado en el piso, y como si le hubieran colocado rueditas en el traste, se deslizó velozmente por el pasillo hasta quedar atorado entre la cuarta y quinta fila de asientos dobles.

Afuera todo era caos. La intempestiva maniobra de Nazareno provocó la ira colectiva. Su pesado transporte quedó detenido en el medio de la avenida Santa Fe, justo en el cruce con la calle Darregueyra, taponando a todos y generando un embotellamiento descomunal. Los bocinazos, las maldiciones y el viento frío se colaron por la única ventanilla abierta. Nazareno, ajeno a todo y con un único objetivo en mente, se levantó de un salto, dio dos pasos...

—¡Qué hace! —le gritó al tipo de traje, que lo miraba perplejo.

...Y en un solo movimiento manoteó la empuñadura de la ventanilla...

—¡Nada! ¿Se volvió loco? —protestó el hombre mirándolo con desconfianza, manteniendo aferrando el maletín contra su pecho.

...Cerrándola violentamente y asegurándose de que quedara bien trabada.

—¡Aquí los únicos locos son ustedes..! Y me quieren volver loco a mí —dijo con la cara roja de ira. Todos lo miraban aterrados. Y el petiso de overol azul, que a duras penas pudo levantarse, intentó sin éxito abrir la puerta de descenso.

—¡Usted se me sienta en el fondo, donde le corresponde, y espera a que yo llegue a la parada! —le ordenó ni bien descubrió la maniobra evasiva, y dirigiéndose a los demás:— De aquí nadie se baja antes, ¿estamos de acuerdo?

Varios automovilistas habían bajado de sus coches y, rodeando al colectivo, amenazaron a los gritos con romperle todos los vidrios si no lo sacaban "ya mismo" del lugar...

Nazareno parecía estar ajeno a todo lo que ocurría en el exterior, como si su universo estuviera contenido por las cuatro paredes metálicas del Mercedes Benz 1114. Pero esa última amenaza, la de romperle todos los vidrios, la escuchó como en sordina, algo así como una voz que venía de su interior. No podía permitir que rompieran lo único que impedía la fuga en masa de los pasajeros, así que fue a su asiento, se inclinó levemente hacia el volante, lo atenazó con sus manos y, todavía con la palanca de cambios en punto muerto, dio una atronadora acelerada a fondo en señal de intimidación que sonó como el rugido de un león hambriento.

...Una amenaza que acabó en el instante en que Nazareno acompañó el rugido con una seña con la mano, ordenando que se hicieran a un lado o "los paso por encima".

No hizo falta otra señal; todos comprendieron por igual y se metieron dentro de sus cálidos autos en espera de un milagro.

Y, como un acto divino y milagroso surgido de las entrañas de la cercana iglesia, frente al colectivo quedó un resquicio, un eslabón ausente en aquella cadena de autos. Y por allí pasó Nazareno, la vista al frente, fija en el horizonte cercano que se avizoraba: el poste de la próxima parada, frente a la iglesia, a pocos metros de la calle Uriarte. Casi sin levantar la cabeza, espió por el espejo, comprobando que no faltaba nadie y que todas las ventanillas estaban cerradas. Por primera vez sonrió. Y lo hizo saboreando el dulce triunfo. Triunfo que se convirtió en amarga derrota cuando, a escasos metros de llegar a la parada, reconoció a través del parabrisas empañado la figura inconfundible de doña Elvira, la primera de la fila.

Sin detener la marcha, levantó la vista hacia el espejo, que mostraba, como pintado en acuarela, el interior del coche vacío, las ventanillas cerradas, las puertas también...

Torció un poco el volante a la derecha, y con la trompa apuntando a la parada, tuvo el deseo de acelerar a fondo y aplastarlos a los cuatro, para terminar de una vez y para siempre con esa pesadilla de aparecidos: "...Nada por aquí, nada por allá... y ¡voilà!: emergen de la nada los cuatro conejos en fila detrás de una gran vara mágica, semejante a un poste de parada".

Aunque no era creyente, se conmovió al ver la cantidad de gente que salía por la puerta principal de la iglesia: gente que se mezcló con ellos, los cuatro de la fila. Gente que no tenía ninguna relación con aquellos infames idiotas que esperaban alineados, de uno en fondo, su llegada...

Desvió su marcha hacia la izquierda, apuntando al tercer carril.

...Que no fue llegada ni partida ni nada, porque lo vieron seguir de largo como una locomotora sin control. Porque no paró; no, qué iba a parar. "A ver a quién joden ahora. ¡Cáguense de frío ahí abajo, pelotudos!".

Siguió por la avenida Santa Fe al ritmo del tránsito, por el carril del medio y bien alejado de la vereda. Al pasar por la tercer parada, miró de reojo y los vio: los cuatro en línea, pechos con espalda, y doña Elvira, la primera de la fila.

 
 

La escena se repitió en todas las paradas, menos en la terminal, cosa que a Nazareno sorprendió. El encargado de tráfico lo siguió con la vista desde su oficina vidriada hasta el fondo de la playa de maniobras, donde finalmente se detuvo. Al bajar del último escalón, Nazareno lo vio venir trotando a su encuentro.

—¿Te pasó algo? —su voz sonaba agitada—. Llegaste con treinta y cinco minutos de adelanto.

No respondió. "Para qué... me va a tomar por loco" —pensó.

—¡Che! ¿Estás bien? —insistió el encargado cuando Nazareno comenzaba a alejarse en dirección a la calle.

—No. Me voy a mi casa —respondió sin detenerse.

La última cosa que puede hacer un colectivero es tomar un taxi. No hay una regla escrita, pero sí un código tácito que todos respetan y cumplen con devoción: "Jamás subirse al carro del enemigo".

Nazareno se impuso una tregua. Vio la pequeña luz roja del cartel de libre detrás del parabrisas y no dudó; levantó su brazo hasta dejarlo horizontal al suelo, perpendicular a su cuerpo, diametralmente opuesto a la entrada de la terminal, en donde sus compañeros azorados, veían cómo Nazareno cometía —ante sus propias narices, abofeteando su honor y el de todos los ancestros colectiveros— el infame acto de subirse al carro del enemigo.

No podía arriesgarse a subir a ningún colectivo —aunque fuera de otra línea— y repetir una experiencia que casi lo lleva a la locura. "Voy a Honduras y Thames. Tome por donde quiera, menos por la avenida Santa Fe", le dijo al taxista, que lo miraba por el espejo con recelo, un poco confundido, sin llegar a entender qué hacía un colectivero vestido con uniforme de servicio en su taxi. Él también tenía un código, y sin darse cuenta, o tal vez dándose cuenta, pero necesitado de recaudar algo de plata que pudiera convertirse en pan para sus hijos, lo levantó. A las pocas cuadras, quiso amenizar el viaje imponiendo algún tema: "Está fría la mañana, ¿no?".

—Sí.

Otra vez reinó el silencio. El taxista lo miró de reojo por el espejo y advirtió la preocupación dibujada en su cara.

—¿Le pasó algo con el colectivo?

Nazareno no estaba con ánimo de psicoanalizarse, y menos con un taxista.

—Mirá, hermano, hoy tuve un día de mierda. Por favor, no hagas preguntas.

Desde ese instante, reinó la paz. Una paz que necesitaba como el aire que respiraba. A pocas cuadras de llegar —y sin saberlo, porque en su vida no había leído otra cosa que no fuera la revista El Tony—, elaboró mentalmente un pensamiento que preocupó a Esteban Espósito (personaje creado por Abelardo Castillo. "El que tiene sed") en un oscuro bar de Buenos Aires. Pensamiento que se ajustaba a lo que le estaba ocurriendo: "Lo inesperado produce dos efectos. O al menos dos. Lo inesperado es el fundamento de lo cómico; ahí está uno de los efectos. El otro efecto es el miedo. Yo siento que esto carece de gracia; yo tengo miedo".

Él lo planteó de un modo más simple: "Qué curioso. Ante la sorpresa de lo inesperado, casi se me escapa una carcajada. Después no me causó gracia el asunto y finalmente sentí miedo. Aún siento miedo".

El simple hecho de bajar del taxi, entrar a su casa y quedarse en la entrada de la cocina —de pie frente a su esposa que, desde el otro extremo, mesa de por medio y mate amargo en la mano, lo miraba perpleja sin decir palabra, como esperando que él aclarara el motivo de su temprano regreso—, fue una empresa que le demandó un gran esfuerzo. Estaba abatido, confundido, sin rumbo, como el caminante que pierde el punto de referencia en el horizonte. Y se le notaba en la cara.

—Qué te pasa, Nazareno —preguntó la esposa.

—No sé. Bueno, si sé, pero no sé si es cierto.

La mujer escuchó esa especie de trabalenguas siseante con piadosa calma. Se le acercó despacio, sin rozar el aire, con la liviandad de un ángel. En actitud maternal le acarició las mejillas y lo fue envolviendo en un suave abrazo. Nazareno se sintió contenido. Gozando de una inmensa calma, cerró sus ojos y experimentó la dulce sensación de estar dentro del seno materno, buceando libre entre líquidos vitales, rodeado de suaves paredes de placenta...

...Hasta que los abrió y se encontró sentado frente al volante de su interno cincuenta y seis, respirando el aire frío, rodeado de paredes de metal y ventanillas de vidrio. Dio un vistazo a su reloj de pulsera: marcaba las siete, el segundero había concluido su segmentado derrotero cayendo un lugar.

A metros de llegar, reconoció las caras de siempre; las de los pasajeros que día a día, puntual y mansamente, lo esperaban formando una ordenada fila detrás del poste de parada.


       

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