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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 69
3 de mayo
de 1999
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Letras de la Tierra de Letras

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Una mirada en el espejo

José Miguel Pallarés

  Cuando hay
fuego en mí
yo aún sigo frío.

Cuando tengo
el rostro de tu amor,
no puedes verme.

A todo doy
sólo aquello
que me dan.

Con el tiempo
puedo tenerlo todo,
pero no puedo
quedarme nada.

Neil Gaiman

Primero sólo hubo oscuridad. Inmediatamente advino la conciencia y supe con certeza que yo no era como los otros. Sobre el vidrio limpio el ácido nítrico, la potasa y agua destilada, mi hacedor mezcló el nitrato de plata con el elixir a tan alto precio comprado. Un precio alto. Luego un dolor punzante que me recorrió en un prolongado espasmo mientras el metal se oxidaba.. Y tuve noción plena y definitiva de mi existencia. Después fue la luz y enseguida pude ver el rostro de mi creador, Maese Giacomo, sonriendo orgulloso de su arte. Parece ayer y ya está acabando el milenio.

Por la ventana el olor a salitre y humedad penetraba acogiendo mi alumbramiento mientras una luz glauca, la luz del amanecer, la luz de la muerte, presenciaba mi nacimiento filtrándose en el desordenado taller en que nací. Maese Giacomo abrió las ventanas más rebeldes, hinchadas por la humedad, para que hubiera más luz, se contempló en mi superficie y se felicitó por un trabajo bien hecho. Él no era un mero artesano, era un creador obsesionado por la perfección de un verdadero artista. Su trabajo no es como ahora, donde trabajar resulta humillante, alienante, estúpido, frío, sin una pizca de creatividad sino una labor de creador, de artista, de Dios. Para él nunca resultó importante el dinero —aunque le gustase vivir bien— pese a lo que sus enemigos hayan escrito sobre su desmedida avaricia. En cambio sí son ciertas sus relaciones con el Diablo. Su alma a cambio del secreto. El viejo trato. Quid pro quo. Eso fue en aquellos tiempos en que el Maligno debía ganarse con esfuerzo y argucias su salario, su ración de almas. Ahora en cambio los hombres se la regalan a cambio de nada. Una donación absurda y consentida. En estos tiempos el alma parece ser un estorbo del que resulta conveniente desprenderse con angustiosa y despreocupada rapidez.

Él me creó en 1662, cuando la Serenísima llevaba ya diecisiete años embarcada en la guerra de Candía, mientras las góndolas surcaban los canales de Venecia y el Dux, prepotente, amenazaba el arte de mi hacedor para mantener los privilegios del gremio e industrializar el secreto de los espejos en beneficio exclusivo de la República de Venecia. Aunque todo eso lo supe después, escuchando las conversaciones, cotejando susurros, reflexionando las palabras dichas al azar. Y he de decir que me creó para sí (no en vano había pagado un alto precio). Jamás pensó en conceder el privilegio de la posesión de mi sustancia, del milagro que había forjado en mí, a cualquier rica barragana de algún rico mercader como regalo por favores carnales. Fui su mejor obra, aunque no la última, pero esos trabajos eran encargos meramente alimenticios en los que ponía en ellos su arte pero no aquellos de sus secretos más recónditos. Me creó sólo para su disfrute aunque no con fines altruistas (como supe después) aunque ciertamente yo rompí el molde. Soy único en el universo. Por ello estoy orgulloso. Por mí. Por él.

Tal vez más adelante Maese Giacomo intuyese la posibilidad de utilizar sus saberes oscuros en alumbrar el nacimiento de otros como yo, mis hermanos con el fin de asegurarse la eternidad y jugársela al Diablo. Pero debería haber sabido que las obras maestras rompemos los moldes, somos irrepetibles. Sí, los moldes se rompen y él fue mi molde. También debería saberlo. Pero los hombres suelen olvidar lo que les aterra en lugar de hacerle frente.

En la habitación de mis primeros años puedo todavía recordar las campanas al alba, las luces tan variadas que el Mediterráneo ha concedido a Venecia recorriéndome y la sensualidad musical de los cantos y conversaciones de los gondoleros surcando las aguas tranquilas del gran canal, en una de cuyas casas habitaba mi, creo que puedo llamarlo así, padre. Recuerdo las lecciones, su inalterable tesón, su empeño, incluso su cariño. Usaba sus mejores instrumentos de persuasión con ese acento tan soñador. He conocido muchos hombres a lo largo de los siglos, muchas historias que son la misma porque el hombre es un ser tan torpe que se limita a reproducir la misma obra una y otra vez sin sacar de ella ni siquiera una pizca de provecho o enseñanza alguna, pero lo que nunca ha sido igual radica en la magia de la voz, el italiano es música, poesía, arte. Venecia es el sueño irracional convertido en materia, demasiado frágil para mi gusto. La ciudad sobre el agua que la bautiza a diario y que tras tantos años me parece un milagro. El recuerdo de mi infancia. El último jirón que me une a la realidad. Mi yo más profundo. Mi última identidad.

La luz es mi esencia pues no puedo existir sin ella, pero en mi alma han quedado guardadas ad eternum las cenas lujosas que presencié, los chismes de las matronas, las picardías de los criados, los sordos rumores sobre la guerra, los engaños de los mercaderes. Todos hablaban libremente en mi presencia, todos en mí se miraban. Maese Giacomo me había enseñado bien. En las fiestas figuraba en el salón principal y todos pasaban horas contemplándose en mí porque no veían sus figuras sino sus secretos. Mi creador me había adiestrado bien en leer sus deseos. No veían lo que eran sino lo que les hubiera gustado ver. Se veían como querían verse. Yo disfrazaba la arruga de la cortesana entrada en años, poblaba de dignidad el rostro de avariciosos usureros, eliminaba feas cicatrices de guerra de los veteranos mutilados o aligeraba la incipiente barriga de un gigoló que se marchitaba y perdía sus encantos pues el otoño acechaba su vida. Todo lo aprendía y practicaba en silencio. Y mi padre y señor aguardaba pacientemente a que yo estuviese preparado y hubiese madurado lo suficiente. Aunque no supe realmente cuáles eran sus verdaderos propósitos hasta un tiempo después cuando ya nada importaba pues todo era polvo. Esos son los retazos que conforman mi breve y efímera infancia.

De la huida tan sólo recuerdo el nerviosismo, la oscuridad que cantaban las aguas de Venecia en la huida nocturna (yo me encontraba embalado y protegido, pues entonces se desconocía mi verdadero poder) huyendo de la ira de la Iglesia, de la codicia del Dux. El dolor por abandonar la Serenísima resultó tan traumático como la pérdida de un brazo, pero más vale perder un miembro que el cuerpo entero.

Mi creador no se adaptó a la lujosa vida en Francia. La jaula de oro curvó su espalda, sus músculos se volvieron torpes y las bolsas que rodeaban sus ojos se hicieron más y más grandes. El rey le había destinado buenas estancias y generosas dádivas. A cambio Maese Giacomo sólo le proporcionó migajas, espejos de calidad mediocre pero que a los franceses les encantaban. Maese Giacomo, pese a lo que la historia diga, nunca reveló el secreto de los espejos venecianos.

El día de difuntos de 1665 tres hombres de armas penetraron en la casa de mi creador amparándose en esas horas ambiguas en que el hogar todavía no está dispuesto para la cena caliente y los recuerdos junto a la chimenea, pero su llamada ha vaciado las calles y caminos. Se miraron en mí y supe que venían a matarlo. No recelaron de mi presencia. Yo sólo era un espejo de calidad. Una prueba de la traición. Todavía era un niño inconsciente de mis habilidades. Maniataron al ama y a los dos criados. Sostuvieron una dura pugna con Doménico, el fiel espadachín sordomudo a quien mi amo había confiado su seguridad, hasta que una estocada le atravesó el corazón y esperaron la llegada del "traidor". Me debatí prisionero en el cristal. Tarea tan inútil como el tratar de mejorar a los hombres. Lo cosieron a puñaladas y le cortaron la garganta. Entonces, sin saber cómo, su imagen fue capturada por mí y me transformé en su doble, un doble perfecto aunque invertido. No era carne. No era cristal. Sólo el Diablo puede saber de qué sustancia estoy impregnado. Me guardaré mucho de recordarle que existo. Libre del cristal no tardé en impedir que los asesinos mandados por el Dux pudiesen contar su gesta. Pero Maese Giacomo murió y de repente estuve otra vez encerrado en mi cárcel particular. Volví a ser un espejo. No tenía padre y había perdido la inocencia, esa flor que sólo crece una vez.

El taller fue saqueado con fiereza como si Maese Giacomo hubiese sido un criminal. Mi posesión se convirtió en fuente de polémica hasta que llegó una nota firmada por Colbert, el gran hombre, el bastión y cerebro de Francia escondido hábilmente en un rincón para que el rey Luis brillara en plenitud, reclamando mi pertenencia para los aposentos reales.

Pero, afortunadamente, no fue tal mi destino. Estaba escrito que no gozaría de una estancia en la suntuosa y revencial corte de Versalles, que no languidecería en el gran palacio y el famoso parque una vez que me hubiera cansado de contemplar el rostro de las cortesanas que periódicamente calentaban la cama del monarca, de disfrutar de los diseños de Le Vau y le Nôtre y las decoraciones de Lebrun, Coysevox y Girardon.

Mi hogar durante aquellos años fue la indócil París. Ardini (el jesuita excomulgado por sus tratos con el Maligno) y, el avaro pero lúcido Colbert, tesorero modelo, ministro de Interior en la sombra, diseñador de la planificación económica y fiscal, fueron mis amigos unas veces, mis maestros otras y mis amos casi siempre pues por aquel entonces estaba en mi naturaleza que yo sólo existía para servir.

Ardini, el jesuita oscuro, nunca me reveló su verdadero nombre ni las razones de su huida de su Roma natal. Podría decir muchas cosas de él, que fue el sustituto de mi padre, que fue mi amo, pero quizá sería lo más apropiado decir que fue mi maestro en el mundanal y cochambroso basurero que los hombres llaman vida.

Ardini tenía poderes, podía comunicarse conmigo, enseñarme según su conveniencia y servir así a Colbert. Ardini, su jefe de espías particular en París, me reveló que desde la caída de Fouquet todos los colaboradores del monarca aprendieron a mantenerse en una discreta penumbra quizá para la mayor gloria personal de un rey obsesionado por mandar y borrar la inferioridad de la realeza durante su minoridad o más probablemente por mantener el equilibrio de sus cabezas sobre sus cuellos.

Ardini me enseñó a hablar, a dejar de ser un espejo para transformarme en cualquier ser que se hubiera reflejado en mí, a pensar y sobre todo a leer en la mente de cualquier persona que fijase sus ojos sobre mí, salvo él, a quien nunca pude penetrar ni quise traicionar. Eran sus logros por pactar con Satanás.

Mi papel como espía se convirtió en básico. Interrogaba con precisión, sustituía a personas y a veces mataba. Ardini me arrancó el pánico a la destrucción haciéndome así imprevisible. Me reveló que las armas convencionales jamás podrían destruirme. Colbert lo consideró un error pero yo nunca les traicioné probablemente porque el mundo de la alta política jamás logró interesarme, no conseguía entender su propósito. Mantuve algunas discusiones con el propio Colbert quien me enseñó mucho sobre economía y finanzas, ambos nos respetábamos.

¿A cuántos hombres maté? ¿En cuántas traiciones estúpidas intervine? Llegó el momento en que me abandoné por completo, perdí la noción de mí mismo. Supe entonces que yo no era malvado. No disfrutaba con ello.

Me revolqué durante mucho tiempo en las cloacas del poder. Tal vez había sido creado para servir pero lo cierto es que mi adolescente ensoñación no me permitía vislumbrar que no me consideraban más que a un mueble caro. Trabajé duro y las lecciones no fueron fáciles. Mis cristales se llenaron de sangre. Como me forzaban iba descubriendo mis límites. Así Ardini y yo descubrimos que no podía entrar en una iglesia, que el agua bendita me producía llagas y, sobre todo, que no podía escapar del espejo durante más de seis horas consecutivas. Era un esclavo pero no me daba cuenta. Mi poder era superior y sin embargo me doblegaba ante ellos porque aún no había descubierto que la esclavitud es, ante todo, una actitud mental. Domina las mentes y reinarás en la Tierra.

Pero lo que realmente produjo la semilla del cambio en mi interior se produjo a partir del año 1681. Ardini, conocedor de los bajos fondos, se enfrentaba a un problema de orden público: el asesino de los ajos. Un hombre se dedicaba a violar y torturar prostitutas y otras mujeres en los bajos fondos de París. Pero París no reaccionaba porque en aquel momento las "dragonadas" se encontraban en su máximo apogeo. Y el pueblo parisino ha sido, es y será un pueblo amante de la política.

Ya desde Richelieu los protestantes franceses adictos al calvinismo (hugonotes) lo habían tenido difícil. Luis XIV realizó una política de conversión al catolicismo que fracasó totalmente. Louvois, un mediocre con ganas de medrar, le propuso el sistema de alojar a los soldados en las casas de los hugonotes. Había una tensión en el ambiente que se podía palpar. La violencia se desataba a menudo y en aquel momento los protestantes todavía no habían optado por la emigración hacia territorios hermanos. ¿A quién le importaba un asesino de rameras y mujeres de baja condición social? A Ardini. Su madre fue puta. Una puta degollada por un cliente insatisfecho. Un cliente poderoso que jamás fue juzgado.

En medio de aquella vorágine encontró tiempo para que me dedicara al asunto. Tras haber adoptado la identidad de un preboste hugonote y desentrañar personas y lugares clave, merecía un descanso de varios días. En lugar de eso, Ardini casi imploró mi ayuda y así descubrimos que podía leer también en los ojos de los muertos. Bastaba que abriera sus párpados y filtrara mi ser para destripar sus secretos.

Jean Pierre de la Croix. ¿Cuánto tiempo estuve buscando entre multitudes enfrentadas y maniobras de soldados a aquel hombre astuto y desalmado? Lo que les hacía a aquellas mujeres, su crueldad sin límites y la impunidad en que se movía no me movieron a la piedad. Finalmente encontré la mente que me dio una clave, el rostro de la hermana muerta del asesino, un rostro que él había amado hasta el incesto. No fue difícil adoptar su voz, su apariencia y dejarme ver para que él me encontrara.

No tuvo una muerte agradable, Ardini me espoleaba y yo obedecía. Nunca antes habíamos trabajado juntos. Finalmente le arranqué el corazón y adopté la forma de Ardini, me transformé en su gemelo. Una tos al final del callejón nos devolvió a la realidad tras la borrachera de sangre y vísceras arrancadas. Una mujer desarreglada tosía. Lo había visto todo. Ardini me ordenó eliminar a la testigo.

La mujer tendría unos veinticinco años. Pese a ello aún conservaba gran parte de los dientes y del pelo. Los piojos que habitaban su cuero cabelludo eran abundantes pero todavía se la podía considerar una mujer atractiva según los cánones de la época. Estaba preñada de cinco o seis meses. Leí en su mente que a pesar de la tisis, la sífilis y el embarazo quería vivir. Podría vivir todavía tres o cuatro años más. Ella era consciente de eso. Y también sabía que había presenciado algo que no debía. Pero pese a todo quería vivir, consumir su tiempo. Esa manera desesperada de aferrarse a la vida provocó en mí una sacudida desconocida hasta aquel momento.

En ese momento comencé a interrogarme sobre el valor de una vida, humana o no. La suya, la mía. Y tuve miedo. Miedo a morir. Miedo a matarla. Porque si amas la vida no puedes efectuar concesiones. La maté, claro. No me había hecho nada. Pero Ardini chillaba. Fui rápido y piadoso. Pero extinguí, sin derecho alguno, sus ganas de vivir. Y me odié por ello. Luego dentro de mi espejo me pregunté por mi propia longevidad, por la situación de mi ser en el mundo, el sentido de la existencia, de la inteligencia. Me hice preguntas para las que todavía no he encontrado respuesta. Sólo soy un espejo raro que sobrevive más allá de sus coetáneos. En ese momento me inicié en la edad adulta. ¿Quién era? Sin raza, sin amigos, sin congéneres, ¿cuál era mi destino? ¿Habría para mí un cielo y un infierno?

Un desapacible día de otoño Ardini se quedó toda la mañana levantado. Me extrañó dado que era ave nocturna. Tosía sangre.

—Muchacho, me muero. Satanás reclama mi alma.

—¿Puedo hacer algo?

—No lo sé. Mi conocimiento sobre tu naturaleza es fragmentario pero dudo que el de los cuernos te permita romper nuestro contrato. Hay algo que debo contarte, pero sal de ahí y ayúdame a tumbarme en la cama.

Adopté la forma de un criado de su confianza e hice lo que me pedía. Recuerdo aquella conversación con la precisión de quien ha sido condenado a no olvidar, a guardar las palabras que le hieren.

—Tu hacedor... No te creó por amor. Su obsesión era la muerte. Quería vivir más. Se sentía envejecer y quiso engañar a la siniestra señora por mucho tiempo. Por eso te crió tan delicadamente, pensaba sustituirte, matar tu débil personalidad y ser él un ser de cristal. Tú debías morir en su lugar y él podría eludir durante mucho tiempo el destino que nos aguarda a todos.

—No te creo. Maese Giacomo me quería como a un hijo. Yo era su obra.

—No quieres creerme. Muchacho, ¿no has aprendido nada sobre nosotros los hombres? Egoístas, vanidosos, traidores —escupió más sangre—. Somos decepcionantes.

—Si me creó el diablo, ¿por qué no soy malvado?

—Abre el cajón de la derecha y hazte con esas cartas de recomendación. Desaparece. Mucha gente te buscará para usar de tus poderes. Yo te he protegido, he tapado cuanto he podido el conocimiento de tu existencia. Cuando muera, muchos locos se lanzarán sobre ti. Debes huir sin correr. Ser más inteligente. No dejar pistas.

—¿Cómo?

—Te he enseñado mucho sobre espionaje. Usa esos conocimientos. Tienes una gran ventaja sobre ellos. Puedes esperar toda una eternidad.

—¿Qué haré ahora?

—Debes encontrar tus propias ideas, ser dueño y señor de tu destino. Puedes hacerlo mucho mejor que cualquier hombre porque no estás atado por nuestra bajezas. Mírate —volvió a toser—, eres lo imposible y nada puede detenerte. No seas esclavo.

—¿Qué haré ahora? —repetí de nuevo.

—Encontrar tu propio destino. Estoy seguro de que podrás hallar un lugar bajo el sol, más allá de los hombres, de Dios y del Diablo. Si no lo intentas jamás podrás encontrar la paz.

Fue en aquel instante cuando decidí que debía tener un nombre propio y tras muchas vacilaciones opté por llamarme Adán, el primero de mi especie. Por aquel entonces todavía albergaba esperanzas de localizar algún congénere. Todavía quedaban maestros que conservaban las arcanas tradiciones del secreto de los espejos. Pero ahora estoy solo y esa esperanza ha muerto, pues esos hombres únicos e irrepetibles cubrieron sus ciclos hace siglos y el tiempo barrió de ellos hasta su memoria. Polvo al polvo.

Unas cosas perviven y otras mueren. El arte de fabricar góndolas, de pulirlas, de armar y ensamblar con el infinito amor de siempre sus más de 300 piezas ha permanecido en secreto, perviviendo en el seno de unas pocas familias venecianas. Pero el secreto de los espejos vino de oriente y encerraba poder. Las fuerzas vivas lo destruyeron ya que no pudieron moldearlo a su capricho. El poder es cobarde y celoso.

Cuando me instalé en el Levante español ya había asumido que tal vez podría encontrar mi lugar en el mundo pero que éste no podría compartirlo con nadie de mi propia especie.

Tras un continuo vagabundear el Mediterráneo terminó por ser la opción más natural. Necesitaba su luz inigualable para vivir. Porque yo me alimento de luz. Sentada esa premisa elemental decidí que debía ser alguien, formar parte de algo. Necesitaba una familia así que elegí como comprador a la familia Pons de Urbieta y me integré en sus vidas.

Las noticias del exterior procuraba eliminarlas. A veces venían alegrías, la revolución de los desheredados en París, a veces las tristezas, su degeneración y el terror de Robespierre, y otras dolorosas hasta el extremo, como la anexión de la República de Venecia por Napoleón.

Mi estancia entre ellos duró casi cien años. El recuerdo de esos días, como el buen vino, mejora con el tiempo. Generaciones vividas intensamente apegado al ciclo de la tierra, al transcurso de las estaciones, impregnado por el efímero pero intenso sentimiento que la breve vida humana desprendía. Aquello me confortaba.

Madres e hijas, bodas y entierros. A cada generación yo ayudaba (en la sombra) y entregaba mi corazón. Sus penas eran mis penas. Nadie me enseñó tanto sobre el valor del cariño. Mi aprendizaje espiritual se completó allí, en la menuda historia de seres anónimos que zozobraban en sus vidas ajenas a la historia. Cariño y odio. Allí aprendí que van de la mano. Entre ellos aprendí a considerar el valor de una vida humana.

Tal fue mi encardinamiento entre "mi" familia, mi dolor por sus muertes, mi alegría por sus celebraciones que aparté el mundo a un lado. Tan sólo retazos menudos llegaban hasta la mansión, coqueta, alegre, venida a menos, pero perfumada por naranjos y elíxir de mandarinas. Lo que necesitaba era la luz, y además podía respirar el aroma a salitre, de mar, "mi" mar, y disfrutar del constante ir y venir de las olas entre los chillidos de las gaviotas.

Yo sólo era un espejo consecuente surgido por accidente, con poderes que ignoraba y repleto de miedos. En medio de la enorme Inés, Lucas, Luis, Laura, Eduardo, Clara, Saulo, Ruth, María, Carmen, Jonás, Joan el mudo, Pere Joan el jorobado y tantos otros engendré sentimientos y aprendí que los sentimientos son lo único realmente importante. Nada valen el poder y la gloria ante la amistad o el amor. Por eso sólo las más mezquinas gentes de cada sociedad ejercen el poder, son los excrementos virulentos de cada época que ignoran los sentimientos, porque los sentimientos te llevan al clímax de la felicidad o las desdichas, pero te hieren y duelen como nada en el mundo. Pero sin ellos, ¿para qué existir? El amor duele, la amistad se clava como un aguijón. ¡Qué segura es la vida sin ellas!, pero qué vacía, estúpida, aburrida y triste queda.

Pero aunque yo me encerrase en mis cosas pasaron cosas de las que yo apenas tuve eco, tan sólo las noticias de España me importaban levemente: los cien mil hijos de San Luis terminaron el trienio constitucional, pese a todo acabó por ceder el trono Fernando VII, pues la muerte no parece respetar a nadie (pero qué me importaba a mí eso cuando la pequeña y querida Marieta moría al dar a luz), las guerras carlistas desangraron el país, llegó la desamortización de Mendizábal, tan rápido como vino se fue Amadeo de Saboya, tampoco duró mucho la Primera República.

Pero de España yo recordaré otras cosas más íntimas: el panadero tiznado por la harina que enseñaba a hablar a un loro y cantó obscenidades a media docena de "mis" hermanas, el rebufo ácido de la droguería de don Matías y mis largas noches en la inmensa biblioteca de la casa. Ese es mi equipaje. En plena agonía de la dictadura militar de Primo de Rivera el dolor por tanta muerte en la familia Pons de Urbieta por un virulento brote de cólera me despertó una añoranza sin límites. Tenía que volver a París.

Joan marchó allí a estudiar para ser escritor y culminar sus estudios y yo lo acompañé para sumergirme de lleno en la vida bohemia. Mi ciclo de irresponsabilidad comenzaba, eso creía yo. Venían problemas. Enormes problemas.

Nuestra vida en París tuvo su lado alegre. Locura. Desenfreno. Creatividad sin límite. Drogas. Mujeres fatales. Joan pronto abandonó sus estudios y se dedicó a la literatura. No tenía talento. Lo intentó en la pintura. Le faltó una pizca de suerte. Después llegaron las drogas. Y eran caras. Por aquel entonces compartíamos un pequeño y polvoriento apartamento con Ninette, una chica francesa de cuello de cisne y pelo negro. Siempre fumando. Era corista. El truco era sencillo, ella atraía a los incautos extranjeros, se acostaba con ellos, los narcotizaba y Joan les despojaba de todo salvo del pasaporte. A la policía no le importaba siempre que le dieran su parte y se tratase de extranjeros. Unos verdaderos patriotas.

Pasaban horas enteras en la cama, drogados, incapaces de moverse. Era entonces cuando yo tomaba su forma y paseaba a mis anchas por París, hacía contactos y escribía buenos relatos. Joan siempre estaba diciendo que sólo escribía bien cuando estaba borracho. Pero él dormía babeando y era yo quien escribía relatos en cualquier idioma que luego se vendían en el extranjero o se publicaban desinteresadamente en revistas que no duraban más de seis o siete números pero proporcionaban un aire de perdedor que encantaba a los incautos. Además eso proporcionaba una tapadera perfecta para su estancia delictiva en París. A veces Ninette se tenía que acostar con algún gendarme o pasarle unas cuantas dosis. Pero nada más. Nunca hubo problemas por eso. La policía siempre es sobornable y previsible.

Un día llegó la rusa. Una dama madura de alto rango. Rica. Hermosa pese a su edad. Se hacía acompañar por un ridículo perrito que continuamente estornudaba. Se acostó con decenas de hombres, mientras fueran guapos y jóvenes no parecía importar nada más. La amiga de Joan por aquel entonces había cogido el tren para visitar a su madre. Reconozco que aquella mujer sabía disfrutar del sexo, pero mi interior me gritaba que las cosas andaban muy mal.

Antes de que el misterio se hubiera desvelado desapareció. Su propósito no era otro que la venganza: un contagio sistemático. Se trataba de una molestísima variante de la sífilis. Los médicos sentenciaron impotentes que venía de oriente. Magro consuelo para los jóvenes infectados. Expulsaban pus por el pene. Joan dejó de tener suerte con las mujeres. Era un drogadicto sin talento. Sólo yo le salvaba de la locura y adoptaba su forma para salir por ahí e impedir que todos adivinaran la verdad: que estaba acabado. La magia de París se había esfumado, la bohemia agonizaba. Nubarrones negros se cernían sobre Europa aunque nadie quisiera verlo. Hitler subió al poder. El Duce gobernaba Italia. Si vis pacem para bellum... Ya había fracasado una vez. Las noches de tabernas y borracheras parecían espantar un fantasma que ganaba cada cuerpo ante los ojos ciegos de los gobernantes europeos.

Joan empezó a vender cosas. Me pareció bien. Necesitaba el dinero puesto que el tratamiento exigía atenciones médicas cuantiosas y hacía tiempo que no se comunicaba con su familia, cansada de tanta extravagancia. Un día un extraño judío, enjuto, de nariz prominente y vestiduras negras entró junto con Joan en el apartamento y me examinó. Dentro de mí algo gritaba alerta. Irrumpí en su mente, pude leer: "El secreto de la vida eterna a mi alcance, ¡por fin!". Quise reaccionar pero roció mi refulgente superficie con un polvo blanco y murmuró unas palabras. Por primera vez en mi azarosa existencia quedé inerme, dormido. No supe más de los Pons de Urbieta. Permanecí dormido largo tiempo.

Antes de despertar me traspasó un olor a carne quemada. Un hombre metódico se afeitaba mirándose en mí. En cuanto hube recuperado mis poderes empecé por penetrar en su mente. Estábamos en el invierno de 1943. Aquel hombre era Rudolf Höss y dirigía el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Allí acabó mi confianza en la raza humana.

Yo he visto cosas que os harían vomitar. No son documentales asépticos o montajes salvajes, snuff movies las llaman, sino genocidio en masa, polacos, judíos, gitanos, rusos y tantos otros. Al principio apenas tenía fuerza, el tormento al que me había sometido aquel judío me debilitó mucho pero me permitió descubrir que podía ser "polizón" en los ojos de cualquiera que dirigiera una mirada hacia mí.

Yo he visto cómo un germano gordo y maloliente clavaba un palo de un metro y veinte centímetros en el suelo y como los niños andaban de puntillas intentando sobrepasarlo porque sabían que si no les esperaba la cámara de gas. Montado en Rudolf Höss pude ver dignidad a raudales en aquellos polacos de la resistencia que cuando iban a ser fusilados por el sistema convencional del tiro en la nuca miraron a sus verdugos y les pidieron, como soldados que eran, mirar de frente a la muerte y sentir cómo aquellos cobardes se acojonaban por el valor de razas inferiores. Se me ha quedado grabado el proceso de marcar a los presos, las torturas, el engaño para meterlos en las cámaras de gas para dejar que el cyklon B produjera la muerte por asfixia a centenares de inocentes. He contemplado las listas de la feroz rapiña a que sometían a los prisioneros antes y después de matarlos. Cómo penetraban en las cámaras para arrancarles los dientes de oro, y cortarles el cuero cabelludo para venderlo para la construcción de sayas. También ví cómo cuando alcanzaban el grado del musulmán (no más de 35 kilos) muchos presos se lanzaban contra las vallas electrificadas felices de morir para acabar con aquella agonía. Pasé de ojos en ojos como "polizón" a muchos verdugos, a algunos prisioneros para ver sus literas (8 o 9 dormían en cada una), las listas de objetos saqueados que superaron los ciento setenta y ocho millones de marcos de aquel entonces, la selección de presos aptos para trabajar en los mismos andenes del tren por la que todos los médicos pugnaban porque recibían raciones extra y cigarrillos al tiempo que se convertían en dioses capaces de impartir la vida y muerte de sus semejantes. Vi eso y mucho más. Pude ver la muerte de Suss, el judío que me había adquirido y aniquilado durante mucho tiempo.

Pero no me quedé quieto, insuflé fuerzas a los más capacitados y se creó un movimiento de resistencia. Se robaba comida y se tomaban datos, se organizaban fugas (el fracaso era la horca) y se tomaban fotografías. Los vientos de la guerra cambiaron. Intentaron ocultar las pruebas del genocidio. Pero más de cuatro millones de muertos no resultan fáciles de esconder. A las tres de la tarde los soviéticos entraron en Auschwitz y en Birkenau. Era el 27 de enero de 1945. Con mis poderes recuperados permanecí todavía por allí un tiempo como espejo del mariscal Koniev primero y luego de otros. Recurrí al viejo truco que me enseñara Maese Giacomo de mostrarles de ellos mismos sólo cómo querían verse, no cómo eran en realidad. Permanecí allí para ver las ejecuciones. Sobre todo la muerte del comandante Höss, quien mostró arrepentimiento pero bastante menos valor que aquellos a quienes masacró.

Desengañado de todo decidí tomar el control de mi propia vida. Recordaba rostros de otras épocas y me convertía en ellos durante mis seis horas de libertad. Hice negocios con el extraperlo en el Berlín de los 50. Fui un buen espía durante la guerra fría —nadie conseguía mejores informaciones que yo— vendiendo información a los dos bandos. Pero el juego era aburrido y me escapé. Volví a Venecia en 1959 porque Venecia era mi alma, mi ser. Necesitaba mamar el aire del Adriático. Venecia era como yo, alguien con más pasado que futuro. Mi refugio después de la tormenta. No me he aferrado a nadie. Los desastres de la ex Yugoslavia y la impunidad con la que se mueven sus responsables no han empeorado mi visión del hombre. Yo ya he visto cuanto necesitaba ver. No me sorprenden los cambios climáticos o las continuas hambrunas en el Tercer Mundo ante la indiferencia generalizada de los países occidentales. Siempre fue así.

Hoy es el primer domingo de septiembre y podré disfrutar con la regata en el Gran Canal, animando a los diferentes gondoleros en su carrera a ninguna parte. Visito a menudo a los monjes armenios de San Lazzaro degli Armeni. Respiro más a gusto. Sigue intacta y conserva una biblioteca que me da la paz. He perdonado a todos los hombres, buenos y malos, simplemente he llegado a la conclusión de que debo vivir al margen de ellos para evitar ser desgraciado. Venecia me ayuda a ello pero está pagando su precio. El sueño se hunde —las acque alte son más frecuentes— y probablemente yo con ella.

Este año otra señal: ardió La Fenice, un teatro de acústica incomparable. Con él muere algo más que la música, muere esa parte de Dios Apolo que llevamos dentro. Permanezco de espaldas al complejo de Porto Marghera. También aquí el hombre mata al medio ambiente. La industria y el turismo masivo están matando a Venecia. Se trata de una constante en la vida humana. Es incapaz de convivir con la naturaleza, sólo sabe destruir. Ya me he acostumbrado.

Venecia. Paseo por sus calles, almuerzo en el café Florián, acompaño a los turistas en el vaporeto, permanezco horas enteras en la Plaza de San Marcos condenado a no poder entrar en una iglesia consagrada por ser un espejo producto de la brujería. Al final sólo queda la belleza, efímera pero suficiente. No necesito más. Soy dueño de varias casas, de varias identidades, de recuerdos que abarcan cientos de vidas. Aquí me quedaré, contemplando cómo lentamente se va degradando todo, muriendo poco a poco conforme contemplas que aquello que más amas desaparece, se convierte en polvo y tiene, como único destino, el olvido.

Me considero como un caracol con su casa a cuestas pero yo puedo salir de ella. Disfruto de mis seis horas de libertad bebiéndome la luz del Adriático a tragos. Paladeo la incomparable hermosura de Venecia bañada por el sol sin que ese placer me haya aburrido hasta ahora. Me conformo con lo que tengo y lo que soy. Soy Adán. El espejo. Sin raza ni especie. Sólo Adán.

Me creó el Diablo como moneda de cambio para conseguir un alma, pero no es mi dueño. Dios me tolera. No soy propiedad ni de uno ni de otro. Lo hermoso se desvanece de prisa, eso es lo que le da valor. Pero yo fui preparado para durar y puedo saborear todo eso pues fui fabricado sin fecha de caducidad. Soy libre, no tengo patria y si permanezco en Venecia es por mi voluntad. Es mi lugar. Un sueño absurdo. Soy lo imposible.

Soy Adán. El espejo. Rindo tributo a la luz aunque sea hijo del Diablo.

Pertenezco a la belleza.


       

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