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Rubén Darío ¿Invención editorial? Una fábula "de" Rubén Darío

Carlos Cañas-Dinarte

Para Rosy

Al estar Centroamérica a escasos diecinueve meses del fin del siglo XX, no creo ser exagerado al afirmar que muy poca gente nuestra ha tenido ocasión de acercarse a las fábulas creadas por el poeta Rubén Darío a lo largo de sus estancias en diversos suelos del Nuevo y Viejo Mundo.

Influido por el trabajo fabulesco del español Ramón de Campoamor, Darío —amigo y discípulo de nuestro polígrafo Francisco Gavidia y considerado el más grande exponente del modernismo hispanoamericano— no pudo escapar a la atracción fabuladora que se posó sobre mentes luminosas de los siglos XVIII y XIX. Esto es lo que revelan fábulas versificadas suyas como "Los zopilotes" (1886), "El zorzal y el pavo real" (1887) y "El molinero, su hijo y el pollino" ("Le meunier, son fils et l'âne").

Esta última es traducción en verso de una de las más conocidas fábulas del francés Jean de La Fontaine —a quien siempre se le vierte en prosa española—, publicada por Darío en su diario sansalvadoreño La Unión, en diciembre de 1889, con motivo de las discusiones sobre la necesidad de reedificar el Palacio Nacional de El Salvador, destruido un mes antes por un incendio criminal, tras veintidós años de funcionamiento.

Además de esas fábulas propias y dicha versión castellanizada, Andrés González Blanco y Alberto Ghiraldo incluyeron otra traducción fabulesca más en el quinto tomo (titulado El salmo de la pluma) de los primeros diez volúmenes de las Obras completas de Darío, impresos por la casa madrileña Renacimiento a partir de 1923.

Sin fecha de redacción, de allí fue retomada por los doctores Alfonso Méndez Plancarte (1909-1955) y Antonio Oliver Belmás (1903-1968), tratadistas mexicano y español a quienes debemos la más completa colección poética de Darío reunida hasta el momento. Sin embargo, esta magna obra está plagada de graves errores y alteraciones editoriales, ya señaladas algunas, en años recientes, por inquietos investigadores darianos como el nicaragüense Jorge Eduardo Arellano y el español Alberto Acereda.

"Un pleito" es el título de esa interpretación castellana de "Le fromage" ("El queso"), fábula escrita por el dramaturgo y fabulista francoalemán Antoine Houdard de La Motte (París, 1672-1731) como parte de sus cien Fables nouvelles (Fábulas nuevas, París, 1719), dedicadas al rey.

Al menos, esto fue lo que afirmó Méndez Plancarte en sus dos artículos "Rubén Darío y La Motte", difundidos por las páginas del diario mexicano El Universal en julio de 1948, desde donde llegaron este año a mis manos, gracias a los buenos oficios de mis buenos amigos Pedro y Fátima González Olvera.

El argumento de esos veintitrés cuartetos no puede ser más sencillo y de clara intencionalidad fabulesca, con la participación de dos gatos enfrentados y un mono que actúa como juez, tema usado antes por Félix María Samaniego en "El lobo, la zorra y el mono juez". Pero ante los aprietos del espacio periodístico, dejaré que sea el poeta colombiano Rafael Pombo quien plantee el asunto, en su traducción "El pleito", más cercana al breve original de La Motte que la versión "de" Darío:

Topáronse una nuez Bartolo y Pedro;
"Mía es", dijo éste; "yo la vi primero".
"No, señor, yo la alcé, no me la rape",
contesta el otro, y se arma zipizape.

Pasaba Juancho y le dijeron: "¡Hola!
Sé nuestro juez en esta chirinola".
"Bien", dijo el tal; toma la nuez, la parte,
y del siguiente modo la reparte:

"Media cáscara a ti porque la has visto;
y media a ti porque la alzaste listo;
y a mí el meollo, costas del proceso".
¡Buen juez! ¿Qué pleito no ha parado en eso?

Hasta aquí, al menos para mí, la cosa parecía no representar ningún problema. Méndez Plancarte saludaba la traducción de Darío y las personas hispanohablantes leíamos ese trabajo con deleite infantil, pese a que ya en 1963 la antologista María de Pina había considerado a "Un pleito" como una fábula original de Campoamor. Pero la duda no pasó a más, sepultada bajo los homenajes mundiales que se le tributaron a Rubén Darío en 1967, con motivo del centenario de su llegada a la realidad mundial y literaria.

Pero el colmo de mis confusiones darianas surgió hace poco, al revisar unos antiguos periódicos en el sótano de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Ahí estaba la misma versión castellana de "Un pleito", publicada en El Pueblo (San Salvador, año I, Nº 51, jueves 12 de febrero de 1891, pág. 4), ¡sólo que firmada por un tal "R. Torromé"! La interrogante brotó: ¿era este un seudónimo dariano o un grave error de los póstumos recopiladores de la obra de Darío?

De entrada, es más digno de creerse lo segundo, pues resulta improbable que Darío, por entonces en Costa Rica, hubiera autorizado la publicación de una traducción suya en El Pueblo, diario dirigido por el decano de los tipógrafos nacionales, Domingo Granados, cuyas oficinas estaban situadas en el número 8 de la capitalina calle de San Martín, la actual 5ª calle.

Dicho medio impreso estaba destinado a servir a los intereses particulares y gubernamentales de los hermanos Carlos y Antonio Ezeta, adueñados del Poder Ejecutivo nacional en junio de 1890, tras el derrocamiento y simultánea muerte del general Francisco Menéndez. Este hecho sangriento ocasionó la huida de muchos intelectuales, entre ellos Gavidia, Darío, Aberle y otros. Mientras, a esa tarea de adulación de los nuevos mandatarios se unió la de los periódicos capitalinos El Eco Nacional, El Correo Nacional, El Correo Militar y del santaneco América Central.

Además de la razón antes anotada, la historia literaria española registra a Rafael Torromé y Ros (1861-1924) como poeta, autor dramático y periodista aragonés educado en Valencia, tierra natal y mortal de su padre, el también actor y dramaturgo Leandro Torromé (1825-1878). Trasladado a Madrid, este precoz autor se dio a la tarea de escribir obras dramáticas, algunas elogiadas por las más altas personalidades intelectuales de su época, entre ellas Leopoldo Alas, "Clarín".

Olvidadas en las estanterías de bibliotecas europeas y estadounidenses, algunas de las obras de R. Torromé son Adiós (drama escrito a los once años de edad), Horacios y curiacios, El foco del torbellino, El magisterio español, La fiebre del día (1887), El sentido común (comedia dramática en tres actos y en verso, 1890), La dote (comedia en tres actos y en verso, 1891), Las irresistibles (juguete cómico en un acto y en verso, 1893), Cuentos del maestro (1906), El triunfo de la templanza (1906), Escenas infantiles (1907), Cuentos de cuentos (1907), En busca de la fortuna (1912) y La vida interna (1912).

No es, por tanto, un seudónimo o un heterónimo de Darío, sino una culta persona, alguna vez de carne y hueso, con vida y obras reales.

Ignoro dónde pueda encontrarse el original de esa traducción atribuida a Darío. Es más, quizá ya ni exista o haya sido un simple recorte de periódico que Rubén guardaba entre sus cosas personales, como también hacía Gavidia con producciones ajenas que leía, le agradaban, recortaba y pegaba al lado de sus propios trabajos. Quizá los recopiladores darianos no revisaron aquel material y sólo lo confundieron con un texto original del vate nicaragüense, sin siquiera saber que estaban dando pie a una notable invención editorial.

Es claro que en todo este asunto hacen falta algunos detalles y más evidencia documental. Este es tan sólo un primer acercamiento mío al tema. Pero lo cierto es que la interrogante cartesiana aquí planteada habla más que la "verdad" literaria dariana que se nos ha presentado hasta ahora.


       

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