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19 de julio
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Solul

Ángel Campos Martín-Mora

Al trigésimo día de la coronación del joven Olaf, las runas fueron echadas ante la insistencia del nuevo soberano. Bajo el frondoso roble donde tantas veces las piedras hablaron acerca del futuro de las familias sobresalientes del reino, se reunieron el monarca y el druida. Un viento aún frío desmadejaba las rubias cabelleras del joven que por primera vez se acercaba al oráculo impulsado por una pregunta de reyes. Ya estaban reunidas las veinticuatro piedras marcadas que los dioses se encargarían de disponer sobre la piel de reno. El druida tomó el saquito y añadió una más sin marca alguna. El monarca aspiró profundamente el aire impregnado de mil fragancias y miró al norte, a los helados palacios de sus dioses, al reino de sus antepasados. El consultante cerró las puertas de su espíritu para abrirlas paulatinamente y dejar que la gran pregunta emergiera de lo más profundo de sí mismo para poder despertar, así, el confiado sueño de los dioses.

—Mi padre recibió la fuerza de su brazo, mi abuelo la elocuencia; ¿qué don me será dado? —preguntó el joven rey.

Y el aire aún frío de la primavera difundió el mensaje por doquier. Las runas no respondieron en las dos primeras tiradas; fue necesario una tercera para satisfacer la consulta del demandante. Trece runas se esparcieron sobre la piel de reno mostrando sus signos finamente tallados con el buril de asta. La runa del joven heredero fue concluyente: "Solul"; la runa de lo claro, lo brillante, el todo. El druida dispuso las doce piedras restantes en torno a la runa del joven rey y, éste, con los ojos cerrados se concentró de nuevo en su pregunta, ni tan siquiera el rumor de las hojas del roble pudo distraerlo; su mano firme comenzó a describir círculos con la rugosa Solul hasta detenerse junto a otras dos más; éstas y otras operaciones tuvieron lugar hasta concluir la tercera tirada, ya en el ocaso del día. Sin duda los dioses hablaron y el druida le comunicó el mensaje:

—Te ha sido concedido el don; te has convertido en el único monarca capaz de entrar en las mentes de todos tus súbditos, conocerás hasta el más intrascendente pensamiento del más humilde siervo; ningún hechizo podrá destruir tu poder, todos los pensamientos del reino serán tuyos y nadie podrá ocultarte nada; nadie a excepción de un siervo que agazapado en las sombras te destruirá si no lo descubres a tiempo. Podrá engañarte y hacerte creer que controlas su mente, pero en el momento más inesperado intentará asestarte el golpe mortal. No quiere el poder, tan sólo te odia y esperará al acecho su mejor ocasión para acabar contigo.

El joven rey miró al druida y los ojos del sacerdote se ocultaron tras sus despoblados párpados, mientras su espíritu zozobraba como nunca antes lo había hecho. El muchacho sintió el temor ajeno al tiempo que se aprestó a disculparlo. Era la confirmación del don concedido, los dioses le habían otorgado un arma más poderosa que la más afilada espada. No necesitaría en adelante la fuerza de su padre ni la elocuencia de su abuelo pues, sin esfuerzo, había conseguido otro reino: el reino de la mente. A partir de entonces, no solamente las vidas y bienes de sus súbditos le pertenecerían, también sus espíritus. Lo sucedido le mantuvo en vela la noche del cambio. Las nuevas preguntas que le asaltaban le impedían conciliar el sueño. El viento del norte se enredaba en las almenas y golpeaba incesantemente las contraventanas del aposento regio, modificaba la dirección de sus pensamientos en zigzag, espirales, arrancaba preguntas inquietantes, encontraba respuestas discordantes.

—¿Cómo descubriré a mi enemigo? ¿De qué medios se valdrá para sustraerse a mi nuevo poder? ¿Con qué aliados contará? ¿Cómo poder descubrirlos si su mente los protege..?

En cinco años de reinado, Olaf escrutó las mentes de todos sus siervos, desde la familia real hasta el último pastor sin descubrir otra cosa que el profundo temor que inspiraba a sus súbditos.

—Todos me temen y todos me odian, pero ¿quién me odiará hasta el punto de pretender arrancarme la vida? —se repetía una y otra vez.

Su enemigo sabía ocultarse, su nuevo poder era insuficiente ante el traidor que acechaba en la sombra. Su impotencia le empujó a acosar aun más a su familia, pues pensaba que el enemigo se agazapaba en palacio. Olaf, enfurecido, terminó por no hacer excepciones: los padres de su mujer, más tarde su esposa e hijo, incluso un palafrenero imberbe de palacio fueron ejecutados, acusados de alta traición. La sensación de no haber acabado aún con su astuto enemigo le empujó a nuevos crímenes hasta el día en que convocó de nuevo al druida que años antes, aquella fría tarde de primavera, invocó a los dioses bajo el mismo roble donde el oráculo habló a tantos reyes.

El suave y breve verano de las tierras del norte dejaba ver las estrellas desdibujadas por el fuego que el druida real encendió. El estático roble pareció iniciar una danza infernal al compás de unas llamas tan finas como cuerdas de zanfonía.

—Haz tu pregunta, Majestad —susurró el druida.

—Deseo conocer el nombre de mi enemigo. Renunciaré si es preciso al don recibido. Sólo quiero el nombre. He sacrificado a mi mujer e hijo, a mis más fieles vasallos y al más inofensivo de mis siervos, y sin embargo sé que aún vive, que merodea mi casa. ¡Dadme el nombre!

Y el nombre le fue dado: Olaf, rey de todos los hombres del norte, nieto de Olson, hijo de Eric. El monarca, sin ocultar su asombro, trató de leer en la mente del druida, pero ésta se mostró impenetrable, su poder se desvaneció con la misma rapidez que el oráculo deletreó su nombre. Las llamas se agitaron con inusitada violencia y el roble inició una danza macabra enloquecido por el viento del norte.

—¡Ahora veo claro! He sondeado la mente de todos mis siervos menos la mía. ¡Qué torpe he sido! Mi familia destruida, mis fieles diezmados y ese enemigo oculto se ha valido de mi brazo para destruirme, se ha ocultado en el confín más inexpugnable de mi reino, en mi propia mente. Mi venganza será terrible. Ahí seguirá inmóvil e indefenso; ya sabrá que lo he descubierto. Pronto se percatará del horrible final que le he preparado.

A la mañana siguiente, Olaf promulgó un edicto por el que todo el oro del reino sería requisado y enviado a palacio. Aquel último mandato real provocó la muerte de cuantos se opusieron. La sangre se derramó una vez más por todo el reino sin que su corazón se estremeciera un ápice. El oro requisado fue derretido en un enorme crisol. Entonces, Olaf se acercó a su borde para decir:

—Ya habrás adivinado tu final. Permanecerás eternamente en las paredes de mi cuerpo, y si por un casual lograras salir de él valiéndote de alguno de tus trucos, el oro de mis súbditos se convertirá en el más suntuoso ataúd que te acogerá hasta el fin de los tiempos.

Acto seguido, Olaf se arrojó con decisión al recipiente incandescente sin pronunciar el más mínimo lamento. No muy lejos del palacio, el druida canturreaba triunfante una canción de reyes mientras recogía los escasos enseres de valor de su humilde choza para dirigirse a su nuevo hogar regio. Todos lo esperaban con miedo y ansiedad, porque de sobra era conocido su poder.


       

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