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19 de julio
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La noticia

Luis Martínez

Tenía la sensación de que no vendría. Seguiría esperando unas cuantas horas más. El próximo tren llegaría a las seis. Para vencer el aburrimiento, decidió tomarse un café. El café quedaba a lo último de la estación, al lado de una librería. Allí se enteraría, mientras leía el diario, de los últimos enlaces, que nacían como palabras, en el país. Encontró un poco de paz y tranquilidad.

Pidió un capuchino y empezó su lectura en los recordatorios. Pero no pudo evadir la sorprendente noticia que apareció, como rayo eléctrico, en el titular de la primera página: MUERTE, HOMBRE MUERE MISTERIOSAMENTE. Cuando trató de leer este titulo, las piernas se le flojearon, el corazón perdió el latir por unos segundos, el sudor frioso acarició su frente y el pulso comenzó a gemir. El café llegó y se puso frío. Estaba en un estado de shock.

"Míralo, ese tiene que ser...".

No podía creer que muriese y, mucho menos, que hubiese sido asesinado. ¿Quién fue? ¿Quién sería? Estas preguntas caminaban en su mente como miel de abejas. Todavía no estaba de lo bien cuando reconoció la taza. La tomó temiendo que la calentura lo iba a quemar, pero al sentirla, conoció su temblor. Ordenó, desesperadamente, otro café. Le entregó el desahuciado chorro de café a la muchacha que lo atendía.

Recobró su postura y terminó de leer los informes, y, decidió, después de haber recogido a Miguel, ir a la jefatura por más información.

"Notaste cómo se puso. Perdió el color al leer la noticia del día".

Eran las seis y diez cuando el pitar del tren avisó su llegada. La perturbación mecánica, que acariciaba el genuino cielo oscuro, dejaba mucho qué decir y poco qué pensar. El rotundo temblor de la máquina escandalizante y el continuo movimiento de sus siete compartimientos robaban el poco cantar de unos pájaros que ya, supuestamente, estaban contados. Al pensar, creo que los tres pares que marean esta estación son los últimos que quedan en este infeliz mundo. La llegada de ese instrumento era algo insólito, incapaz de escapar la atención de un sordo. El bulleo de los viajantes no ayudaba a la situación, la cual crecía al asomarse a la estación Ciudad. Pero él, distraído más por la tragedia que por el aburrimiento en el café, no sintió su llegada.

Miguel buscaba, atentamente, pero no veía a quien, supuestamente, debería estar esperándolo. Llevaba un bulto obviamente pequeño, un traje de lino, una camisa más blanca que un cielo, unos zapatos italianos, genuinos y un sombrero de caballero de clase. Sí, el señor no era ningún don nadie; era, al parecer, un hombre de negocios, un profesional; venía, seguro, de haber firmado unos papeles. Esos que compran legalmente las vidas de una hacienda. Era cierto, el señor Miguel del Castillo Pérez era unos de los negociantes más destacados y ricos de todo el país. No conocía al señor que lo esperaba, sólo sabía que éste tenía algo que le pertenecía. Aceptó el encuentro porque no temía nada. Desde pequeño, su padre le había enseñado el valor de mantener el control en cualquier arena humana. Nunca conoció la pobreza. Era un señor de pensamientos sumamente aristocráticos. Un común o simple hombre, digo para él todo el mundo, aparte de él mismo, era nadie, no lo iba a aterrorizar. Vino a buscar lo que, en su pensar, le pertenecía. No quería conocer por qué ese individuo se había poseído de una de sus innumerables reliquias. Sólo deseaba recobrarla y llegar sin falta a su mansión, lo más pronto posible.

El señor Del Castillo Pérez entró al café no sabiendo que allí estaba el canalla que le había robado la calma desde hace unos meses, tres para ser franco. Siempre se sintió un hombre de suerte y allí, sin sorprenderse, encontró a su presa. Él, sobrecogido, saludó e invitó a un café al señor Del Castillo Pérez.

"Fue, sinceramente, coincidencia. Quise tomarme un café antes de empezar y, ¡pau!, aquí te encuentro", dijo secamente el señor.

"Bueno, lo que pasó fue que llegué temprano, y la espera me distrajo", habló nerviosamente.

"¿Qué le pasa? Está usted sumamente pálido. No lo voy a meter preso o matar; siempre y cuando usted me entregue lo que es mío", sonrientemente, hablaba calmado.

"¿No lee usted los diarios?", gritó de forma insensata.

La colmena del café notó de forma transcendente el descolorimiento del hombre que conversaba con el señor del sombrero.

"No vine hasta este pueblecito para discutir o desarrollar con un desconocido, que además de esto es un ladrón, los problemas campestres de este país. Así que, por favor, no le demos más vueltas al caso. ¿Cuál es su oferta?".

"Míralos, están conversando sobre lo ocurrido. ¡No!, no ahora, este no es el momento indicado. Dejemos que la oferta se haga, que un acuerdo se matice, entonces serán nuestros. Ya verás, estos dos infelices pagarán de una buena vez lo que han hecho".

Le comentó al señor lo ocurrido y tomaron un taxi hacia un departamento, localizado en las afueras de la pequeña imitación de ciudad donde vivía. No tenían ni la menor idea de quiénes los perseguían. Además, el intercambio era algo legal, siempre lo pensó así el señor Del Castillo Pérez. El matar no era una cosa del otro mundo. Era un acto que llegaba como el agua a los ríos desde el lejano mar. Era un mal innecesario, acertaba el señor. Un silencio arropó la noche oscura sin luna el coche desconocido y al otro, en donde una trama llegaba a su final. Doblaron esquinas de pulcritud, corrieron calles mundanas, avenidas pintorescas y volaron luces artificiales. Un gran nerviosismo y una inmensa tensión empezaba con el chofer y terminaba en la mirada de él. Pero al señor le faltaba más que calma, sólo sentía un poco la necesidad de encender un cigarro. Tenía más de tres horas que no fumaba. La sátira de la pequeña república corría en esos carros. Sí, el señor estaba más que acostumbrado a hazañas como esas. Pero la ingenuidad del otro se veía desde muy lejos. Esto llenaba más de poder al señor. Era sumamente listo como para no notar la torpeza de un novato, de un muerto de hambre. Sí, en un muy poco tiempo estaría en su mansión, deleitándose con un Cohiba en la boca. Una sonrisa abría el corazón del señor, mientras que, al individuo desconocido, lo ahogaba un vaso de agua.

El chofer era un simple mendigo. La poca ropa que llevaba era, seguramente, la única que tenía. Llevaba una barba de meses. Era inquietante, pero mientras el pelo reinaba y crecía en su cara mulata, el cabello en su cabeza, moría como noticias positivas en los diarios. Sus ojos proyectaban las necesidades de la patria: la falta de pan, el agua contaminada, libros quemados, escuelas muertas, niños sin padres y mujeres rondando calles. Aunque el señor y el individuo no lo percibían, el chofer sí sabía que un sospechoso automóvil copiaba su destinación. Pero el miedo no lo dejó hablar. Ya faltaba poco para llegar. Él los dejaría en el sitio indicado y seguiría su destino. Ellos no tenían porque buscarlo. Él no tenía nada que ver con lo que estaba pasando. Sólo ganaba un peso más. Este era su trabajo.

"La necesidad es, a pesar de ser dolorosa, más peligrosa que otra cosa" —estos pensares llenaban de terror al chofer.

"Ya casi los tenemos. No tienen la menor idea de que caerán esta misma noche en nuestras manos" —triunfantemente, comentaba uno de los detectives.

Al individuo ajeno le inquietaba lo del periódico. Una acidez atormentaba cada espacio de su estómago y le subía, aparte de ingratos sabores, culpas de remordimiento. No sabía por qué había consentido hacer tan drástico acto. Matarlo no era el objetivo. Fue un accidente de nervios, del momento, del terror, del jadeo de las necesidades, del no saber cómo actuar, del irracionalismo que vivía. Nunca tuvo padre ni madre. Las calles, las avenidas, los callejones, los caminos abandonados, los conucos de ricos y las casas en ruinas fueron su único refugio durante la pobre infancia que tuvo que resistir. Nunca quiso recordar ese pasado, que describirlo como oscuro era demasiado claro para él. Fue una oportunidad la cual le había conducido a tal suerte. Un afamado hombre le había hecho la propuesta. Era fácil, necesitaba el dinero. Aparte de esto, sólo era un robo. No se mezclaba o imaginaba muerte en ese acto común y vulgar, en el cual siempre había sobrevivido. Nunca antes había visto o conocido el tal señor Del Castillo Pérez. Sólo sabía que éste había sido el de la orden. Su célebre conocido era, simplemente, el intermediario. Pero éste había desaparecido, y su huida había sentenciado este enfrentamiento: el de un insoportable distinguido caballero contra un moribundo indigente, al cual había matado inconscientemente.

El chofer y su carro iban perdiendo el control cuando de pronto un edificio de alta compostura, de luces inmensas y de presencia inaudita domó el control violento de sus motores. El auto recobró el sonido nuevo que tienen los del año y el chofer respiró aire de vivo, de gente que sueña, de persona en gobierno. Cuando la boca del edificio se los tragaba, el carro suspendía su velocidad, el señor sonreía, el chofer respiraba final y el desconocido suspiraba tinta de diario siempre escrito. Se estacionaron en el piso bajo, al lado de una guagua gigantesca, de esas que patrullan el pueblo, en busca de pasajeros camino hacia la zona franca, en donde trabajan por sueldos de limpiabotas. El señor le exigió al chofer que le esperara, que sólo era cuestión de minutos. Además, le dijo que no le pagaría hasta que regresara. El chofer no tuvo más remedio que ceder. El miedo caminaba en sus espaldas; lo sentía, caminaba vereda hacia el norte. Le contestó, como perro a su amo, que contara con él.

"En qué lío me he metido. ¡Dios mío!, tengo un nudo aquí en la garganta. Algo me dice que una tragedia va a ocurrir aquí. ¡Y el carro que nos seguía!, ¿quiénes serían?" —preocupadamente, deliberaba el chofer.

El vehículo fantasma que los seguía estaba fuera de la fábrica. El momento se acercaba. Tenían que penetrar el rascacielos con mucha cautela. No podían delatar su presencia. Como sombra de medio día, navegaron por el amplio monumento de varilla y cemento. Los tenían en mira. Observaron un intercambio. Un contrabando tomaba inicio, afirmaron ellos. Lo que no podían conectar o sintetizar era cómo un señor de tal categoría se mezclaba en asuntos de tanta bajeza. Un personaje así, en vez de desenredar el caso, lo ocultaba más. Por esa razón decidieron esperar un poco más. Acusar de delincuencia a un ciudadano de la magnitud del señor Del Castillo Pérez no era fácil. Los detectives temían; si se estaban equivocando, acabarían en el bote por difamar al gran señor.

"Mire, señor, yo no quise matarlo. Fue un accidente. Un golpe mal dado, por desgracia. No fue culpa mía. Se lo juro" —le decía, totalmente arrepentido.

"Mire, cállese la boca. Cálmese, que aquí no ha pasado nada. A mí no me importa el que ese miserable desgraciado haya sido asesinado. Usted no tiene por qué preocuparse. Nadie lo vio. Además, si usted no se calma, el que lo hará morir soy yo. Así que déjese de arrepentimientos. Usted, en mi pensar, le ha hecho un bien a este país de mierda. ¿Dónde está lo que le pedí?".

"No es fácil vivir con la conciencia tranquila, después de haber matado a un hombre inocente. Aunque éste le hubiese robado esta pintura, no se merecía la muerte" —casi llorando, hablaba, tragando seco, estas palabras.

"Yo no le dije que lo matara. Solamente le pedí que recuperara lo que me pertenece. Usted, escuche, si es que quiere salir vivo de aquí, tomará el dinero del trabajo y se alejará de estos alrededores. ¡Entiendes!, de lo contrario, usaré mis influencias para callar su boca, bajo la excusa de que me ha robado. Y esto no es una advertencia, es una promesa. Que quede claro; tú no me conoces; esto nunca ocurrió" —afirmó señalándolo con el dedo.

"No me queda otra. Aquí tiene su apreciada, distinguida pintura" —le entregaba visualmente la chocante imagen; pero sin embargo, el corazón, el suyo, era el que se iba en ese intercambio de materiales.

Los detectives observaron, con temple, el intercambio de dinero y del reluciente cuadro. Una rabia de perdición de tiempo ocupó el poco aire que respiraban. Habían fallado. Esto era simplemente un intercambio de una pieza de arte por dinero, nada más. Respiraron aire de un muerto que recobraba vida, debido a que si se hubiesen llevado de sus instintos, estarían metidos en un lío de primera. Se sentían inútiles, incapaces de hacer el trabajo correctamente. Esta equivocación los mandaba al principio, a la elocuente equis. Aunque era un delito robar piezas de arte y luego venderlas a unos de esos señores de alta sociedad, era algo demasiado menor. No valía la pena cuestionar al señor Del Castillo Pérez, ya que traería más mal que bien. Mucho antes de terminarse el encuentro, los detectives abandonaron el apocalíptico edificio. Volvieron al café de la estación Ciudad.

"Aquí tiene lo prometido. Haga como una sombra y desaparezca. ¡Y cuidado!, mucho cuidado con lo que dice o habla. Olvídese de ese encuentro con la muerte, la información del periódico y de nuestro encuentro. Si lo vuelvo a ver, bueno, no quiero llegar a pensar que usted vuelva. No le conviene" —le habló con el tono de autoridad, el cual siempre sobresalía en él.

El señor tomó su pintura y, antes de partir, le enseñó la pistola que llevaba en su mano izquierda. Le dijo sarcásticamente, no te maté porque Dios sabe. Tienes suerte, demasiada buena suerte. El corazón le bajó a sus pies, cuando la mira del arma fue apuntada hacia su pecho. Pero nada ocurrió. El chofer desapareció con el señor. El individuo, sospechosamente, tomó el dinero y embarcó camino hacia el tranvía. Llevaba en sus manos la pena de un niño, la quiebra de un corazón, la contaminación de unos dólares y el gemido de un tren.

Escuchó claramente, aunque no lo veía, el motor del carro. Sí, era el auto donde iba el señor Del Castillo Pérez y el chofer hambriento. También imaginó la muerte del señor en manos del chofer, del hambriento hombre. Este pensar lo inquietó, apresurando su paso. Tenía que alejarse de allí. La negra imaginación que dominaba su razón era algo, pensaba él, derivado por el edificio, por la circunstancia, por las luces y hasta por el propio medio de locomoción que lo esperaba. Poco supo éste, lo que vislumbró, acerca del asesinato del señor, ocurriría así mismo, unos minutos después. El chofer, con un corazón sin pan, asesinó a puñaladas al señor Del Castillo Pérez. Ya nunca llegaría éste a fumarse unos de sus cigarros favoritos. Cuando encontraron al señor Del Castillo Pérez, apuñalado cuarenta veces, con la pintura intacta, con los rastros de que no había sido un intento de robo, con su sombrero de caballero y sus zapatos italianos puestos, los detectives, los mismos de esa noche, no pudieron comprender el porqué de su muerte. Sólo le habían robado la pistola, la cual ellos no sabían que existía. Era claramente, en los ojos de la justicia, un caso de asesinato. Así lo leyó, en el diario del próximo día, en primera plana, el individuo desconocido, quien iba con la pistola del señor Del Castillo Pérez en el bolsillo izquierdo de su abrigo. Después, pagó su café y siguió el camino del tren.


       

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