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Dos cuentos
Lo sentí desde mi cama. Increíblemente sentí su temblor de frío desde mi habitación tan lejos de ahí en medio de la noche; Paula Berardo temblando sola en un rincón, sentada cubierta sus brazos y sus piernas en el piso de granito helado, desnuda en el inmenso tablero de ajedrez de algún salón lejano; la piel erizándosele poco a poco, marcando con autoridad que es recién el comienzo del frío, que aún estoy a tiempo de llegar y tocar despacio su pelo rojo y no hablar de nada, sacándome cada prenda para ponérsela a ella, trasladarle apenas mi calor, en un intercambio que ella y yo tomaremos equívocamente por amor. Ponerle cuando ya esté completamente desnudo mi slip negro y que por eso estemos a punto de sonreír, pero el frío; lo cómico de una prenda demasiado masculina en un cuerpo de mujer, las diferencias de relieve, esas cosas; luego la necesaria camiseta de frisa blanca, doblarle un poco las mangas hacia arriba; las medias; el pantalón demasiado holgado para Berardo pero quizás ajustando el cinturón en el orificio indicado; la camisa celeste prendida hasta el último botón; el chaleco, la primer sonrisa de tibio placer en el rostro de Berardo; la corbata y su nudo impecable, inútil pero prolijo, los zapatos varios números más grandes pero apretando un poco los cordones; finalmente el saco bien prendido y poder vernos así de frente, ella con mi traje ya templada y yo completamente desnudo, parados uno contra otro, mientras el frío ahora sube desde la planta de mis pies. Un beso interminable desde su boca tibia a mis labios helados; verla alejarse por el salón como un peón negro triunfante y salir por la puerta principal. Paula Berardo caminando tranquilo desde su flamante calor. Sentarme a sentir el frío en el mismo rincón, en la misma posición, los brazos y las piernas cubriéndome inútilmente; mi piel erizándose hasta el preciso momento en que él lo sienta desde su cama, desde su habitación lejana en medio de la noche, hasta que por fin él se decida y venga, cuando conozca desde allá el frío que toda mujer sentiría como yo siento aquí sentada en un salón grandísimo contra el granito helado; hasta que otro hombre acepte el cambio, hasta que otro hombre acepte el cambio, hasta que otro hombre acepte el cambio.
La he visto a Rebeca y todo ha sido una gran confusión, porque habíamos convenido no volver a encontrarnos desde la enfermedad de Lucía, desde esas noches de insomnio llevando y trayendo recipientes de agua con hielo y trapos limpios. Lucía delirando una fiebre que nació de saberlo todo, de los restos de tu colonia barata, Rebeca; tus cabellos castaños en el cuello de mi camisa a cuadros, la de algún aniversario. No vernos porque entonces sería peor para los tres, porque así nos iríamos cayendo cuesta abajo indefinidamente, formando una gran bola de nieve que arrastraría al pobre de Juan, a ese tan buen hermano mío, al perfecto esposo tuyo, Rebeca; pensándolo mejor sería peor para los cuatro, mucho peor para los cuatro. Una gran confusión de conciencias remordiéndose ácidamente porque los prejuicios son mucho más fuertes que el amor, y a eso Rebeca tendría que comprenderlo más física que racionalmente. Alejarse de las noches compartidas sin sentido solamente por habernos creído a salvo, porque en los pocos años de nuestros respectivos matrimonios ya habíamos aceptado que los esfuerzos eran inútiles, ahora no pensábamos como antes, casi obsesivamente, en tener hijos. Ya cada uno, Rebeca a su modo y yo al mío, habíamos sabido conformar un amor sin paternidad aunque maldiciendo nuestros destinos, simétricos y esquivos a la vez; porque quizás fuera por eso mismo que nos buscábamos, porque aquel aborto en la adolescencia de Lucía le impediría para siempre hacerme padre, y los inútiles esfuerzos de Juan, mi pobre hermanito, que no supo de su esterilidad hasta mucho después del abandono tácito y compartido de una Rebeca resignada a fuerza de terapia y lágrimas. Por todo eso la equidistancia trágica nos arrimaba casi con lástima, como a dos barcos de papel en la cuneta, encerrándonos en hoteles baratos y sucios a pensar en ellos dos, en los primeros síntomas de Lucía, dieta rigurosa y paños húmedos de agua helada, porque los casi cuarenta grados y por otra parte la tristeza casi crónica de Juan; mientras aquí, en este cuarto de treinta pesos, vos y yo, Rebeca, nos alejamos del verdadero dolor, dándonos un amor apenas falso, casi físico. Y mucho después, casi siempre pasando por un bar alejado y oscuro, borrándonos las huellas que nos dejamos mutuamente; volver cada uno a su infierno, con Juan ausente, quizás emborrachándose por ahí, o perdido en mujeres baratas; y aquí en casa, yo escribiendo para intentar comprender todo esto, el por qué de toda mi ropa desordenada en el placard, y el lugar en donde tendría que estar la de Lucía completamente vacío, el cuarto excesivamente limpio y la cama impecablemente tendida, porque después he llamado al doctor Luna y me lo ha dicho todo; entonces una reacción en cadena ha comenzado en eso y seguramente terminará cuando marque tu número, Rebeca y entre lágrimas ácidas y sollozos entrecortados, me cuentes de la carta de Juan, de su tímida confesión, de sus flamantes planes junto a Lucía y el hijo por venir.
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