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Camiones

Mario César Cámara

A Borges

1

Bruto Scannia. Ese que veo ahí. Aparto las ramas y cada vez que lo hago es como si recién lo descubriera. Un verdadero hallazgo. Este ligustro inunda el barrio, se multiplica; a algunos molesta, pero a nosotros nos sirve de tapadera, nos esconde y nos ayuda. Nuestros escondites deben tener pinos y ligustros. Pinos para que Martín se recueste y ligustros —o arbustos o como quiera que se llamen— para escondernos. Más que escondites son simples terrenos sin dueño a la vista. En ellos nos sentimos como dentro de una torre con un agujerito preparado para ver. Hace tres horas que espiamos al Scannia. En ese tiempo me he dedicado a comparar y recordar. Comparé este camión que ahora veo con el Ford de hace dos semanas y la verdad es que no sé cuál de los dos me gusta más. Yo siempre defendí al Scannia y en ciertas oportunidades me he agarrado a trompadas por estos camioncitos, pero tengo que admitir que el Ford plateado de hace dos semanas me desorientó, transformó mi férrea postura en un tembladeral. Me sudaban las manos por el deseo de robarlo. Transportaba cables. Discutimos mucho antes de hacer nada. Hasta que se me ocurrió que algún enchufe tendríamos que arreglar. Santo remedio. Nos largamos a correr como perros y casi ladrando nos llevamos un cordel que contenía miles de metros de negro cable. Recordé, también, mi debut con una rastrojera color granate, que encontré cerca de mi casa. Fue hace poco más de un año, en una tarde de intenso olor a mar. Caminaba con mi rifle de aire comprimido dispuesto, más que a cazar, a dejar que las horas se desenvolvieran y me dieran la excusa para encontrarme nuevamente con el sueño. Y entonces surgió ella. Toda mi vida, cada acción de mi existencia, como un vector enloquecido fue a dar contra ese grupito de graciosas chapas. No pude resistirme. Si aquella imagen hubiera sido una trampa de la muerte, yo ya no estaría en el mundo de los vivos. Me acerqué a contemplarla, la toqué, acaricié el metal brillante. Amé sus faros y fue en ese momento que mi vocación más profunda se completó. Me asomé a la caja, abierta, y tomé de ella un martillo. Aquel acto me reveló qué grado de placer era capaz de alcanzar. Corrí y corrí con el martillo como un tesoro inhallable y me encerré en mi cuarto a empezar una vida nueva. Unos meses más tarde llegó Martín Nilsen. Nos hicimos amigos, lo sumé a mi trabajo, le inculqué mi profesión. Todo eso recordaba mientras miraba este Scannia que se parece a un insecto gigante, un enorme ciempiés dispuesto a llegar hasta el fin del mundo. Creo poder acercarme sin peligro. Camino hasta la cabina. El chofer tiene colgado un banderín de Racing y un chupete en miniatura. Seguro que si lograra entrar y revisara la guantera encontraría una foto del hijo, un morochito bien gordo vestido para la ocasión con una remerita celeste y blanca. A modo de protector solar, tiene un pedazo de pana pretendidamente fileteada. Me juego que sobre el paragolpes trasero hay un fragmento de algún tango. Camino, busco la respuesta. Quiero satisfacer mi intriga. Llego a la parte trasera y descubro la cara de Carlitos grande, pintada con su clásica sonrisa de zorzal. Martín está a mi lado. Él observa el camión, yo lo contemplo, me extasío. Viajo montado en mi deleite. Regresamos a esperar. Martín vuelve a su pino. Siempre se sienta acurrucado. Dice que piensa, que así se dedica a pensar. Ahora va a prender un cigarrillo. Veo el chispazo que sale de la caja de fósforos, una explosión azul y amarilla con un sonido como de gas que pronto se estabiliza. Acerca la llama al cigarrillo y lo prende, lo va quemando y el tabaco se transforma en una brasita color oro líquido, para después obtener un verde mortecino, que la hace parecer apagada si uno no supiera que el tabaco tiene el aspecto del barro seco. La noche aún no llega, sin embargo se intuye. Fijo mi vista en la puerta azul del Scannia, que cambia y se hace violeta, que vuelve a cambiar y se hace bordó y cuando quiero reflexionar acerca de la penumbra, la puerta ya es una masa oscura que adivino azul pero que tiene el color de la oscuridad. La noche agazapada por el oeste, una vez más invadió esta parte del mundo sin que yo pudiera identificarla. Me doy vuelta y dejo que Martín acabe con el proceso de avivar y opacar la brasita. Entonces lo invito, le digo, lo conmino, le ordeno. Martín se levanta, se sacude la tierra adherida que tenia en el culo y avanza. Avanzamos. Vamos a robar el camión. ¿Que hay? Ni me había fijado. Gaseosas. Muy bien. Hoy serán gaseosas. La cuestión es robar.


2

—¿Qué querés que haga?

—Llévala al cine y cómprale maní con chocolate.

—Si pudiera.

—No entiendo. ¿Te vieron pinta de maricón?

—Quieren que salga, está muy sola.

—Que vaya a ver un desfile de modas.

—Soy el hermano, no sé si te acordás.

—Sos el hermano, no el niñero.

—Ya te expliqué.

—Y yo no entendí nada.

—Está todo el día encerrada.

—Es una mujer, me parece lógico.

—Si me negaba me tenía que quedar con ella.

—Entonces no vengas más. Ándate a tomar un heladito y de paso miran vidrieras por la peatonal.

—No hace falta dejar de robar nada.

—Es peligroso.

—No si no se mete.

—¿Y cómo hacemos para que no se meta?

—Nos espera en el terreno y listo.

—¿Cuándo viene?

—Mañana.


3

Estoy subido a un 1114. Lo único que escucho es un grillo y el campanilleo que provoco con las botellas. Un tilín-tilín que me hace acordar a un reloj que hay en mi cuarto. Miro alrededor, deduzco cuál será la casa del chofer del camión. Jamás digo dueños, los camiones no tienen dueños, sólo choferes. La casa elegida es pequeña, tiene porche y una puerta color verde laurel. Allí, el chofer debe estar con su amante: una gorda campesina que lo esperará con las piernas flojas y los brazos abiertos una vez a la semana. De tanto robarles conozco sus costumbres, sus miserias, sus caminos. Los tengo divididos en dos grandes grupos. Están los que surcan el país: nómades atemperados por la vida, buscadores que utilizan el camión como coartada, y están los otros: miserables repartidores de ciudad, vencidos sedentarios. A los primeros los respeto; a los segundo, ni justicia.

El camión sobre el que estoy parado es conducido por un chofer del primer grupo. Lo sé porque es de Budweiser y los de Budweiser vienen de Buenos Aires. Miro con insistencia la casa y no me cuesta nada imaginar al hombre montado sobre la mujer, empujando, dispuesto a derramarse con facilidad y encontrar rápidamente la placidez del sueño. Por la mañana, supongo, emergerá atontado a causa del vino y con cierto desagrado contemplará con quien ha pasado la noche. Deseará salir pronto de aquella casa, subir, montar el camión, calentar el agua, preparar el mate en silencio. La ruta le parecerá linda, sólo eso, no tendrá palabras para describir el vapor que el campo desprende cuando el sol derrite las heladas. Bajará la ventanilla y dejará, por unos instantes, que el aire del amanecer lo acaricie. Entonces llegará y la ciudad, la gran ciudad, le parecerá un monstruo devorador y sin pensarlo siquiera, querrá volver cuanto antes a su camino. Merece que le robemos, me digo. Es el peaje por tanta tranquilidad. Martín toma las botellas que le arrojo. Me siento diferente, me duelen las mandíbulas de tanto apretármelas y los huesos de mis manos parpadean. Sigo pasando botellas. No se cuántas irán. Detrás de los arbustos está Marta, quietita, tiene los ojos como los de una liebre, aferrados al camión, al movimiento acompasado de mis manos. Su transparencia me enturbia. Sacudo una botella, lejos, se rompe. Salto del camión y huimos.


4

Marta dice que no va a tomar, que ella no toma. Está sentadita muy cerca de su hermano. Abro dos botellas, le doy una a Martín. Hace una semana que nos acompaña. Casi no habla, se ríe. Me mira y se ríe. Lo mira a Martín y se ríe. Mira a los árboles y se ríe. Brindamos por el Mercedes. Después del primer trago pienso que la chica no es un problema. Hasta diría que es más piola que su hermano. Así, calladita como es, no jode para nada. Abrimos otras dos botellas. La cerveza está tibia. Martín dice que en Londres se toma caliente. Es cierto, le respondo, pero es otro tipo de cerveza, no esta mierda. Esta es como huevo batido. Pura espuma que escapa de la botella y se arrastra como babosa hasta mis manos.

Después de la botella diez o doce me sale compadrear, decir frases ingeniosas, humillantes. Mi destinatario es Martín. De repente no lo soporto y busco una excusa cualquiera para atacarlo. Y Martín me la da, anuncia que son casi las nueve y se tiene que ir. A mí esa frase, dicha así, entre los árboles y los yuyos, me enerva, me subleva. La encuentro ridícula y cobarde y me lleno de burbujas, me bebo dos o tres botellitas de golpe. Me lanzo. Lo insulto y su cara, más anónima que nunca, se me hace desconocida. Que te vayas, le digo y él me mira. Quizá den un buen programa en la TV y puedas verlo calentito en la mierda de comedor de tu casita. Y me abalanzo, me avalancho con ganas de acabarlo. Pero algo pasa. Se me confunden las manos. Se van de mí. Quedo indefenso, sin brazos. Soy un rostro gigante expuesto a sus puños. Y recibo, recibo. Pero no siento dolor. Todo dura el ladrido de un perro, el repiqueteo de un grillo, el croar de una rana. Quedo acostado sobre la hierba fría. Se me cuelan las estrellas a través de las ramas del pino. Todo es quietud en estas afueras. Siento la tierra girar sobre su órbita. El tibio líquido que es mi sangre me acaricia las mejillas. Me descubro avergonzado por lo que Marta pueda pensar. El asomo de una ternura me entristece. No quiero visitar ese sentimiento. Quiero odiarla con locura.


5

Estoy abriendo. Ya abrí. Es Marta. Parece que no recuerda mi simulacro de Agamenón. Intento una disculpa que no es escuchada. Ella tapa mi voz, habla a los empujones, como si hubiera venido corriendo. Casi no entiendo lo que dice. La hago repetir todo, desde el principio. Cuenta que hay un camión, que descubrió un camión muy raro. Le pido que me lo describa. Es muy largo. Eso no me dice nada, le digo. Muy ancho. ¿Muy ancho? Eso sí que no suena. Quiere que la acompañe. Le pregunto por Martín. Tuvo que salir, después va para allá. Él lo había visto. Sí, sí, me dice. Me apura, me inquieto. Le digo que me espere, que voy a ponerme un suéter y vuelvo.

Llegamos al lugar y lo único que encontramos es una camionetita miserable, una Dodge desvencijada que no habría mirado ni en mis épocas de principiante. Un montón de fierros descoloridos y resoldados decenas de veces. Furioso le digo que mi tiempo de camionetitas ya pasó, que yo ya estoy para otra cosa. Su estupidez me enferma. Tengo ganas de pegarle, grito para no perder el control. Ella se pone blanca, corre hacia un terreno. La sigo con una sensación de culpa que aumenta a cada paso. Cuando llego está sentada contra un pino, le pido perdón. Me dice que me arrodille y me arrodillo y hablo, hablo sin parar, no quiero parar nunca de hablar. Su voz se abre paso por entre la mía, me ordena sentarme. Cumplo con su pedido, si me pidiera que me arroje bajo las ruedas de un camión también lo haría. Me atraen sus ojos grises, su boca que muestra un instante el aire que respira y la lengua como una viborita. Comienzo a recitarles camiones: bruto Scannia ese aquel que robamos hace unos días y luego, antes, el Ford plateado como la armadura de un caballero y mucho antes un Mercedes color oliva que visitamos una noche templada. Y ella me dice que se siente como una camioneta con todas las puertitas abiertas para mí y quiere la robe. Confundido como estoy no puedo distinguir un puto color. Caigo. Pero hay más. Nos desnudamos. Y seguimos. Ya no sé.

Esta noche voy a soñar.


6

Hace como si yo no existiera. Se le arrima a Martín, más que su hermana parece su novia. Estuvieron así desde que me pasaron a buscar. No quiero mirar, sin embargo miro y sufro. Finjo mostrarme más atento que nunca. Es un día calmo, particularmente luminoso. Caminamos sin rumbo. De repente Martín lanza un grito. Yo me detengo. Ante nosotros se alza un auténtico Mercedes con acoplado, doble cabina y un televisor enorme (esto último lo imagino yo). Quiero conmoverme frente al hallazgo, no lo consigo. Busco con desesperación algún sentimiento que me remita a mis antiguas sensaciones, sólo encuentro indiferencia. Esa mole de metal es entonces nada más que una mole de metal. Nos alejamos. Nos ubicamos en nuestro terreno más cercano. Cada uno juega su papel a la perfección. Martín se sienta contra un pino y hace que piensa, Marta se le refriega como un gato y se ríe y yo contemplo el camión detrás de los arbustos. Así pasamos la tarde, esperando que la luz desaparezca. Una vaga intencionalidad suicida me hace proponer un ataque antes de lo aconsejado para estos casos; deseo para expresar mi despecho a la vez que mi valentía. Nos acercamos. La puerta de la caja está cerrada con candado. Logro abrirla con el golpe seco de una piedra. Marta está junto a nosotros. Sin saber de qué manera está parada junto a nosotros. No tengo fuerzas para mandarla al terreno. La situación se ha descontrolado. Quiere subir, que suba. Subamos todos y hagamos una gran fiesta. Invitemos a vecinos y parientes, pongamos música, divirtámonos. Encima hay que ayudarla. Queda con el culo al aire de tanto estirar las piernas. El interior de la caja me hace imaginar el vientre de una ballena. Es frío, húmedo, oscuro. Lo recorro como si fuera a encontrar algo sobre esta superficie vacía. Siento que Martín se acerca, posa su mano sobre mi espalda. Enfoco mis ojos sobre los suyos y descubro un urgente pedido de reconciliación. Nos abrazamos y silenciosamente volvemos a comunicarnos. Nos separamos. Somos pesados navegantes en un territorio desconocido. Después de algunos minutos quedamos enfrentados, los tres. Los miro, me escrutan. Los contemplo, me vigilan. Los estudio, me observan. Súbitamente me encuentro triste. Fui un miserable que se atrevió a deshonrar su vocación. Me aparto. Nadie habla. Retrocedo, los veo por última vez y son para mí los hermanitos Nilsen, una foto congelada dentro de un remoto lugar; en la imagen no sonríen, ni se mueven, apenas se ven sus ojos, milagrosamente idénticos, que brillan y se opacan y se apagan. Salto de la caja y trabo la puerta con candado.

Se me agotan las calles, se me gastan las piernas. No sé lo que va a pasar ni quiero saberlo. Busco un terreno dónde descansar. Una joya como esa jamás había arribado a este pequeño pueblo, pienso mientras corro. Me voy deteniendo. Me detengo. Nunca me habían tocado este tipo de camiones que un día llevan cintos y al siguiente regresan con vacas para volver a salir con muebles. Soy un hombre afortunado. Sonrío, me río. Puedo definir mi pasión, tallarla como se trabaja la madera. Estoy otra vez detrás de los arbustos. Acechante. El aire que me rodea comienza a espesarse. Me propongo descubrir el exacto nacimiento de la noche. Quizá hoy sea mi día de suerte.


       

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