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La Trini

Santiago Charro del Castillo

A comienzos de agosto llegó el primer viento terral, ese viento que lleva fuego en sus alas y que nosotros siempre creíamos que venía del desierto del Sahara. El terral barrió las calles durante algunos días. Pero el calor que desprendía, como vapor de agua hirviendo, nos dejaba durante la jornada amodorrados y sudorosos en las calles del barrio, sin ganas de levantar los pies para patalear la pelota y tampoco nos dejaba fuerzas para correr detrás de ella. Los legionarios desfilaron sudando por la calle, con sus mangas remangadas y a paso ligero, al son de los tambores. Se dirigían al puerto, a embarcarse para Ifni, a defender a su compañeros asediados por los moros.

El mediodía que Chico se cayó del árbol, fue el primer día de aquel tórrido viento. Habíamos estado arrojando piedras con tirachinas a los gorriones, que cada vez se subían a las ramas más altas de los eucaliptos, huyendo de nuestros proyectiles. Luego, en vista de que los gorriones se nos alejaban como blancos probables, nos pusimos a tirarnos piedras entre nosotros. Sólo nos quedamos allí Chico y yo. Los demás huyeron despavoridos. De pronto, Chico se encaramó a uno de los árboles. Acababa de empezar la escalada por el tronco, cuando apareció el guardia municipal con sus correajes negros y su enorme gorra de plato gris. Mientras el guardia miraba enojado hacia arriba, se oyó el crujido de una rama y Chico cayó al suelo de costado. Se le quedó inmovilizado el brazo derecho. El guardia nos dijo que se había partido el brazo. Lo convencí para que me dejara llevarlo al puesto de socorro.

En el puesto de socorro le escayolaron el brazo y le cosieron algunos puntos en la frente, donde se había hecho una raja, por la que apenas había sangrado, a pesar de su anchura. Cuando llegamos a su casa, la madre nos dijo que cualquier día nos mataríamos, ya que, evidentemente, estábamos dejados de la mano de Dios.

Después de almorzar en silencio, le conté a mi abuela lo que le había pasado a Chico, mientras ella le decía a mi tío que esos legionarios habían llegado a Melilla procedentes de Ceuta. Luego me mandó a dormir la siesta, sin apagar la radio. Entre sueños, me puse a pensar en la Trini. Durante un tiempo, Chico no podría venir a los acantilados con ella, como hacíamos todos los domingos.

Apenas pude dormir con ese calor que había traído el terral. Sobre las seis o las siete, después de merendar una barra de pan con mantequilla de chocolate y un vaso de leche, me fui para la casa de Chico. Allí hablamos un rato sobre el guardia y sobre los demás de la pandilla. Le noté desanimado, con aquella venda en la frente y su brazo escayolado, tumbado en el sofá de la salita. Decidí ir a visitar a la Trini, pero, antes de llegar a su casa, me acordé de Chico.

Volví a casa de Chico. Me senté a su lado, en un taburete que había cerca del sofá. Me dijo de mala gana que jugáramos al parchís, que lo sacara del primer cajón del trinchero. La madre vino con la merienda y se la puso encima de la mesa. Chico no se movió.

—¿Tienes ganas de jugar al parchís? —le pregunté.

—Sí.

—¿Te duele el brazo?

—No. ¡Saca las fichas!

Esta vez no desplazaba las fichas a su antojo. Las colocaba donde debía, según los números que marcaban los dados. Estaba claro que Chico no se encontraba muy bien. Se escucharon de nuevo los tambores de los legionarios. Me asomé al balcón. Desfilaba una compañía con menos soldados que la de antes. Chico siguió sentado en el sofá. La madre me dijo que me fuese, que Chico estaba cansado.

Al día siguiente, casi a la misma hora, volví a su casa.

—¿Era bonito el desfile? —me preguntó.

—Sí —le dije.

—¿Iba el borrego?

—No. El borrego desfiló por la mañana, ¿no te acuerdas?

—Mi padre dice que los moros no se quedarán con Sidi Ifni, que si abandonamos Sidi Ifni, querrán quedarse después con Melilla.

—Chico, mi tío dice que la Trini tiene, por lo menos, la misma edad que él.

—¡Eso cómo va a ser! Si tu tío tiene veintitrés o veinticuatro años.

—Mi abuela tiene un mosqueo conmigo que no veas. No quiere que vayamos a los acantilados con la Trini y eso que me lleva ocho o nueve años.

—Me cago en la leche. Este año me voy a perder las tetas de la Trini. ¿Has visto cómo le quedaba el bikini el año pasado?

—Sí. Este año tengo que tocar a la Trini.

—No se va a dejar. Además, como se entere tu abuela, te va a inflar a palos.

El día siguiente era domingo. El terral no se había marchado del todo. Pero el agua de los acantilados estaba fría aquella mañana. Siempre que el cielo amanecía azul y despejado, el agua helaba las carnes. El padre del Rafi sacaba de las bolsas los arpones para pescar pulpos. La Trini apareció con su bolsita amarilla, estampada de bordados de rosas. Acababa de bajar por el monte. Llevaba unos pantalones cortos blancos y una camiseta amarilla, como el bolso. Nos tiramos al agua dos o tres de la pandilla. El padre del Rafi desapareció debajo del agua con su arpón, sus gafas submarinas y sus aletas, todo de color negro. Nuestras voces se repetían en eco cuando chocaban con una enorme gruta que había cerca de donde nos bañábamos. De la radio que había encima de una roca se escuchaba una canción de Antonio Molina.

Cuando vi que la Trini se iba a dar una vuelta por las rocas, me subí al cantil y la seguí. No se había quitado todavía la ropa. Se sentó en la arena, en la sombra, detrás de una roca. Me quedé de pie, delante de ella.

—¿Qué miras? —me preguntó.

—Nada, a ti.

—Déjate de tonterías. Eres un niño.

—¿Y si fuese mayor? ¿Te dejarías tocar?

La Trini empezó a reírse. Le noté cómo se le movía el jersey a la altura del pecho.

—¿Pero no sabes que ya tengo novio? —al escuchar aquella pregunta, se me puso la piel de gallina. Luego me dijo que su novio era uno de los legionarios que se habían ido en un barco de guerra a Sidi Ifni. Cuando dijo aquello se puso seria. Se levantó, se quitó la ropa dándome la espalda y se tiró al agua de pie, tapándose la nariz.

Al poco, escuché un grito de la Trini cuando estaba en el agua. Se había asustado con el pulpo marrón que le estaba enseñando el padre del Rafi, que acababa de emerger del fondo con las gafas submarinas encima de la cabeza.

Al día siguiente, el Chico salió de su casa y vino a visitarme. Me preguntó por la Trini, si la había sobado. Le dije que se había echado un novio legionario y me contestó que eso era un rollo, que el próximo domingo pensaba ir a los acantilados, y que a pesar de su brazo escayolado él le iba a atacar, que yo era un crío y que como él era mayor que yo, que ella lo iba a desear como a un hombre. Cuando apareció mi abuela con la fuente de pescado frito, el Chico se calló. Empezamos a comer pescado y a beber vino tinto de una garrafa.

Mi abuela, antes de irse a la cocina, nos dijo, mirando al Chico:

—¿Sabéis que la Trini se va mañana a Málaga? Me lo ha dicho su madre esta mañana, cuando la vi en el mercado —nos quedamos fríos, a pesar del vaso de tinto que nos habíamos zampado. Mi abuela continuó:

—Se va detrás del legionario. ¡Hala! Así está mejor para vosotros.


       

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