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Poemas
Daniel Di Trana
Último acto
Nada podrá detener las mareas
Ni las brisas, ni los vientos
demoníacos que azotan las azoteas desnudas,
las usinas desiertas
y los parajes más errantes
de los paisajes más hostiles
No habrá un minúsculo reducto
donde esconder la risa
donde moldear las almas
donde aplacar la ira
ni posponer las frías mañanas del olvido.
No habrá descanso
ni puertas, ni atajos, ni cornisas.
Nada podrá detener las mareas
ni la sal corrosiva de sus dientes
canibalescos, impiadosos,
arma sutil que cercena las entrañas
sagradas
de los cuerpos casi limpios.
Nadie podrá ser parte de este caos
Ni juez, ni espada, ni palabra.
Nadie tiene en sus manos la estocada
que detenga el fluir
silencioso de los mares.
Ajenas
Mis noches tenían sabor a mar
Inmensas, oscuras, profundas
Muchas veces (o siempre) frías,
saladas,
distintas a las tuyas.
No conozco tus noches.
Mis noches rompían el hervor del sol
que claudicaba
inhibido frente al sosiego del mal
que se hacía presente cada noche,
Distintas a las tuyas son mis noches
De azar, de miedos
de comisuras partidas por el frío
y serpientes borrachas de deseo.
Sibilas errantes
Devoradoras de la piel de los hombres errantes.
De los fondos ríos
Me he visto en la obligación de someterme
a la indecisa levitación de mi alma
me he visto caer
agonizar en tu seno
revolcarme en tu regazo
y gozar de la piedad
de tu consuelo.
Me he visto zozobrar en tus orillas
maniatando mis verdades
a la profunda base de tus sueños.
Me he visto vapuleado
errático
oxidándome en el hierro de las horas,
y casi a punto
de abandonar las ligaduras del consuelo
Me he visto avasallado
sin forma
intimado por el barro abrasador
de las turbias aguas
de los fondos fríos
de los fríos ríos.