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Amor estúpido... y feliz

Jorge Luis Bustamante Rodríguez

Ella nunca me haría caso. Definitivamente, no aceptaría ser mi enamorada. Ella no era de esa clase de chicas que están con cualquiera, no. Ella era de esas que buscan un enamorado alto, bien parecido, deportista si es posible y, sobre todo, con auto. Yo por esa época cumplía a duras penas con los dos primeros requisitos. Pero el cuarto estaba lejos, muy lejos de mi alcance. En ese tiempo cursaba yo el último ciclo de los Estudios Generales Ciencias en la Universidad Católica. Mis padres con gran esfuerzo podían pagar la universidad que, como todas en el Perú, es bastante costosa. Estudiaba ingeniería informática, la carrera de moda. "Tienes que estudiar una carrera lucrativa, que esté de moda", decía mamá. "Si vamos a hacer el esfuerzo de pagar esa universidad, que al menos te asegure un futuro promisorio", añadía papá. Estas frases se repetían especialmente cuando yo decía que la carrera no me gustaba, que odiaba la física, que mi vocación era la psicología —y las chicas de esa facultad. Finalmente ellos tuvieron razón, mi carrera es muy lucrativa. Y el prestigio de la universidad me sirvió para conseguir un buen trabajo, buen sueldo, buen auto y para, ahora sí, acceder a chicas como Lucía. ¡Caray! ¿Qué diría Lucía si me viera hoy? Seguro que se caería de espaldas pues ahora su fama de interesada es muy conocida en la élite limeña, de la que ella fue una vez parte, cuando estaba casada con un prestigioso abogado, de la Católica también, que tenía un bufete muy conocido hasta que se metió con el gobierno y fue, extrañamente, deportado. Después de aquel incidente ella se divorció y se casó a los pocos meses con un cirujano prestigioso, quien al descubrir sus intenciones, que para ese tiempo ya se hacían algo conocidas, le pidió rápidamente el divorcio. ¡Ay, Lucía, si me vieras ahora! Cuántas ganas me dan de ir a buscarte a Miami, donde dicen que estás, trabajando de anfitriona, acompañante y qué sé yo más. Seguro que a mis brazos te lanzarías (y en mi BMW raudamente te sentarías). Pero Fiorella, tu gran amiga, ahora mía también, dice que sería un gran error. No sé cuál error sería más grande, si el quedarme o el ir. Yo todavía sigo enamorado de ti, como antes, como siempre, observando esa foto que un día en los pasillos de Letras se te cayó y yo, después de dudar, me la quedé y guardé con mucho esmero.

En aquel 4º ciclo de Estudios Generales Ciencias nos permitían llevar un curso electivo en la Facultad de Letras. Me matriculé, sin pensarlo dos veces, en psicología. Y en esa, la primera clase, miércoles 10 de marzo de 1995, 11:00 am, la vi por primera vez. Yo me senté, como era mi costumbre de niño aplicado —léase nerd—, en la primera fila. Ella y sus dos amigas, Fiorella una de ellas, llegaron tarde así que no tuvieron más remedio que sentarse adelante también. Lucía a mi derecha, Fiorella a mi izquierda y la otra, de quien no recuerdo ya su nombre, detrás de mí. ¡Oh, el paraíso! Ojos verdes a la derecha, ojos celestes a la izquierda. Pelo castaño a un lado, rubio al otro. Mas el pelo rubio y ojos celestes de Fiorella nunca me impresionaron, ni aun ahora que, seguramente, ella quisiera. Me impactaron esos grandes ojos verdes, rodeados de aquel pelo castaño de aspecto despeinado, grandes labios rojos y nariz respingada, esbelta figura, no más de 55 kilos, muy acordes con su 1,72 m de alto. Dos horas bastaron para enamorarme, una eternidad me sobra para contemplarla, para amarla. Mas ella nunca se fijó en mí. No al menos como yo hubiera querido. Para ella, yo sólo era su profesorcito de matemáticas, nada más, ni siquiera su amigo, a pesar de que yo traté de serlo. Lucía, Fiorella y..., por más que quiero no me puedo acordar su nombre, siempre llegaban tarde a clases así que siempre se sentaban cerca de mí. Ellas, Lucía especialmente, al enterarse de que yo era de Ciencias (¿me delató mi ropa?, ¿mi forma de hablar..?; debió ser mi código, no sé), me habló un día a la salida de clases, yo no me atreví a hablarle antes por mi timidez, y me preguntó muchas cosas, entre ellas, si sabía Matemáticas 2. "¿Mate 2? ¿Derivadas, verdad? Pasé con 15 o 16, no estoy seguro". "Sí, me encantaría enseñarte". "El jueves no puedo, mejor el viernes... ¿A la una..? Listo, una y media... ¿En la sala de estudios..? En la rotonda... OK, en la rotonda de Letras, viernes a la 1:30 pm". "Nos vemos", dijo con una sonrisa —¡qué sonrisa!— de por medio. Y así desde aquel viernes me convertí en su profesor particular de matemáticas, de ella y de sus amigas. Cada quince días, el viernes antes de la práctica del sábado, nos reuníamos en la rotonda de Letras. De allí íbamos a la sala de estudios o a la Biblioteca Central. Para cuando acababa ya el ciclo, Lucía se mostraba muy amable, iba a pasar Matemáticas 2 llevándolo por primera vez, tenía por qué. Incluso me pidió mi teléfono y me llamaba a veces, aunque sólo para pedirme que le explicara algo que no había entendido bien. Fiorella y..., ¿cómo se llamaba?, siempre fueron muy amables conmigo, especialmente Fiorella, a quien, por ello, llamé años después para que fuera mi contadora.

Pero Lucía del Valle y Bardales venía de buena familia. Acostumbrada a ciertas comodidades que, definitivamente, en ese tiempo, un chico como yo no le podía dar. Yo no tenía carro, no tenía buen apellido ni nada. A las justas tenía para llevarla en combi. ¿Cómo la iba a invitar a salir entonces?. "Invítala, no seas zonzo, ella no es tan pituca como parece, ella es muy buena, sólo que tiene sus cositas de niña comodona, tú sabes", me decía Fiorella. Sin embargo yo nunca tuve el valor de invitarla. Menos cuando me enteré, al final del ciclo, que estaba en amoríos con aquel estudiante de derecho, que para esa época ya manejaba un Volvo y que años más tarde sería su esposo. A quien sí invité a salir fue a Fiorella, ella es muy linda, aunque finalmente ella pagó todo. "Gracias a ti pasé mate en prima, te debo una... En realidad todas te debemos una... Pero... Tú sabes como es Lucía, poco efusiva". Interesada, eso es lo que era, y sigue siendo, Lucía del Valle y Bardales.

Aquel ciclo, el primero de 1995, terminó con pena y sin gloria, o mejor dicho sin Lucía, para mí. Lucía siguió llamándome después, los siguientes dos ciclos en los que tuvo que llevar Matemáticas 3 y 4. Fiorella también me llamaba, a veces, pero no sólo para pedirme que le enseñara, sino también para saber cómo estaba. "¿Sigues enamorado de Lucía..? Ya olvídala, vas a ver que pronto vas a conocer a la chica que realmente te merece". Mentira. Hasta ahora no la conozco. ¿Fiorella? Siempre fue mi amiga, no sé, sólo la veo así. ¿Estúpido? Tal vez.

Luego de aquellos dos ciclos de reuniones cada viernes antes de la práctica del sábado, con llamada un día antes, no la volví a ver más. Salvo una que otra vez que me la encontraba en alguna cafetería o por algún lado de la universidad. Ella ya sólo me saludaba, bien del brazo de aquel prometedor estudiante de derecho, aunque ya no manejara un Volvo del año, sino más bien de un par de años atrás, ya más viejo y usado, pero Volvo al fin. Por supuesto que ella no sabía que mi situación económica había cambiado, ya para ese entonces mi papá tenía un puesto de gerente en una compañía constructora y años más tarde, ahora sí se enteró y me llamó, una cátedra en macroeconomía en nuestra universidad. Cargo que nos permitió agobiarnos del gran peso del pago mensual de la universidad y con el cual papá empezó a pagar la cuota mensual de un auto, hace rato que se lo merecía, y al año siguiente la cuota de otro carro para mí.

—¿Aló? ¿Carlos?

—¿Sí?

—¡Hola!, soy Lucía...

—Ah... Hola —dije yo con suma extrañeza, aunque no tanta después de recordar que papá había salido en el boletín de la universidad.

—¿Cómo has estado..? ¿Qué tal la facultad? Ya acabas este año, ¿verdad?

—Bien, gracias... No, el próximo, me faltan tres ciclos todavía.

—¡A que no sabes a quién vi..! ¡A Fiorella..! Hace tiempo que no la veía; tú sabes, está trabajando y ya no viene mucho a la universidad... Te mandó saludos, siempre se acuerda de ti.

—Gracias.

—Hablamos un montón, como una hora. Me dijo para reunirnos, salir un sábado en la noche, a Barranco, a tomar un par de chelas. ¿Ya tienes novia? Llévala, porque yo voy a ir con mi amorzote, Antonio, te acuerdas de él, ¿verdad? Y Fiorella me contó que también tiene enamorado, no me acuerdo cómo se llama, seguro que lo lleva...

—Ah. Pero... Yo no tengo enamorada...

—¡Ay Carlos! Tú siempre tan poco sociable... ¡Vamos, afuera esa timidez..! ¡Ya está..! Yo te consigo una amiga... ¿Te acuerdas de Claudia..? estudió con nosotros un par de veces, mate, está en mi facultad...

—¿Claudia?, no me acuerdo.

—No importa, te va a encantar, es guapísima, buenísima gente, muy linda... A ver... ¿Qué te parece este sábado..? No, no, es muy pronto, mejor el otro... Sí, el otro... Déjame ver que cae... ¡15! Listo, el 15 nos reunimos... A las 11:00 en la Plaza de Barranco... O no, mejor ven a mi casa, le digo a Fiorella que venga también... Nos tomamos algo aquí y luego nos vamos... ¿Te acuerdas de mi casa, no..?

—Sí, creo.

—Bien, entonces el próximo sábado, 15, a las 11:00... Mejor 10:30, en mi casa, ¿ok?

—Ok.

—Bueno Carlos, tú siempre tan hablador conmigo... ¿Con Fiorella no eres así no..? En fin, ya tengo que colgar, si no mi mamá me mata, dice que ando colgada del teléfono nomás... Nos vemos el sábado... Chao... Un beso...

—Chao.

Después de aquella sorpresiva llamada, hablé con Fiorella. Me dijo que le parecía genial que nos reuniéramos después de tanto tiempo.

—¿No sigues enamorado de ella o sí?

—...

—Ya olvídala.

Esa noche del sábado 15 a las 10:30 en punto llegué a su casa en mi Peugeot color negro. "¡Qué bonito auto!, ¿no te parece Lucía?", dijo su mamá. "Es más bonito que el de Antonio". "¡Caray, mamá! Tú y tus cosas". "Pasa, hijo, toma asiento, ¿te sirves algo..? ¿Un whisky..? ¿Con hielo..? Tengo un JW que está exquisito... Sírvete, hijo". Los demás llegaron un momento después. Fiorella y su enamorado, en taxi y Antonio en su auto, cada vez más viejo pero Volvo al fin. "Ay, me olvidé, Carlos, Claudia no podía venir, tenía un compromiso, lo siento... No te molesta, ¿no?". Esa noche fue un desastre. Lucía como siempre no paraba de hablar y de diez cosas que decía, once eran tonterías. Que mi papá se va a comprar un auto nuevo, un Volvo tal vez, como el de Antonio. Que Antonio ya está haciendo prácticas en un estudio de abogados. Que mi mamá y yo nos vamos a ir a Europa en vacaciones. Que... ¿A quién le importaba? Sólo a ella, pobre egocéntrica. Antonio, con sus aires de rico, no dejaba de hablar de la Facultad de Derecho y de cómo después iría a la Academia de Diplomacia, cosa que nunca hizo. José Carlos, el enamorado de Fiorella, aburridísimo él, sólo tomaba y contestaba con monosílabos. Fiorella, molesta con Lucía por lo que me había hecho, sólo cruzaba palabra conmigo y con José Carlos, quien apenas le contestaba. "¿Nos vamos?", dijo José Carlos después de unas horas. "Ok", respondió Fiorella aún angustiada por lo mal que había salido aquella noche del reencuentro de viejos (¿?) amigos. "Yo también me voy". "No te vayas, Carlos, quédate un rato... Mira... Allá en la barra, esa chica, hace rato que te está mirando, me he dado cuenta, ¿por qué no vas y le invitas un trago?". "Estoy cansado, lo siento, para otra vez será... Chao, Lucía; adiós, Antonio".

Nunca más nos volvimos a reunir, claro, después de eso, a nadie le sobraban ganas. Y no he vuelto a saber de Lucía, sino sólo lo que se dice por allí. Una vez le escribió a Fiorella desde Miami, una pequeña carta, muy triste. Pero el lazo entre Fiorella y Lucía se había roto ya. Fiorella se había dado finalmente cuenta de la clase de mujer que era Lucía, quien a pesar de ser como es, siempre fue amable con Fiorella, hasta sincera se podría decir. En la carta le contaba que le iba mal, que no era feliz, que quería regresar a Lima pero tenía miedo de lo que se decía sobre ella. "Además, no puedo regresar. ¿Que haría allí? Sabes bien que nunca ejercí mi carrera, estaría pateando latas. De lo que me dejaron mis padres como herencia, ya no me queda nada". Fiorella me entregó aquella carta, para que la leyera. "Quédatela si quieres, Lucía hace tiempo que murió para mí... Y tú deberías hacer lo mismo... Sigues enamorado de ella, ¿verdad? ¡Olvídala! ¡No seas estúpido!".

Hasta ahora conservo esa carta, siempre tentado a escribirle o, en un arranque de locura, a viajar hasta Miami y buscarla. Seguro que ahora sí me haría caso. Pero, ¿de qué me serviría? Yo sigo enamorado de ella; pero, como dice Fiorella, ella no me conviene. ¡Ay, Fiorella! Tú siempre tan preocupada en mis asuntos. ¡¿Cómo no me enamoré de ti?! ¡Qué tonto que fui, que soy! ¡Ja!, como si uno pudiera ordenarle al corazón. ¡Qué tontería más grande! Y si no se puede, ¿por qué entonces no voy corriendo en este mismo momento a Miami, busco a Lucía y me caso con ella? ¿Qué podría perder? ¿Dinero? Me sobra. Al menos sería feliz. Sería feliz pensando que ella se casó conmigo porque me quiere y no por mi dinero. Sería feliz cada vez que ella iría corriendo hacía mí diciéndome que se fue de compras y encontró cosas geniales, agradeciéndome con una noche ardiente. Porque, de hecho, ella me querría menos que a sus abrigos de Mink o que a su Jaguar o a esos lindos zapatos que combinan tan bien con el rojo fuego del carro. Pero eso a mí no me importa, así soy feliz. Y no me importa porque ella siempre tuvo una gran cualidad: su perfecta hipocresía. Tan hipócrita que hasta mamá le creyó cuando dijo sí, el día de nuestra boda. Tan hipócrita que cada vez que hacemos el amor, tres veces por semana o cuando a ella se le antoja, luce feliz, complacida y, al día siguiente, amanece radiante y tan bella como siempre. Tan hipócrita que... me hace muy feliz.


       

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