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El pollito aristotélico (una fábula darvinista)

Pedro Martínez Figueroa

Los pollitos avanzaban felicísimos, agitando más que más sus alitas, hacia el corral escolar. ¡Cuántos nuevos enigmas y secretos estaban a punto de develar! Así, ávidos de conocimiento, iban al encuentro del magíster, un gallo viejo, aristotélico y sapientísimo, que con sencilla licencia procuraba sus lecciones al mundo y, claro está, a cualquier pollito librepensador que así lo desease.

El magíster habría de dilucidar, para sus alumnos, qué es lo que es, qué es menester pensar y hacer, y qué hay más allá del devenir, pesquisas todas —y más para los pollitos— de muy difícil intelección. Consiguiera o no su cometido, al cabo algo quedaba bien sentado: su veneranda autoridad. Sí, casi todos lo tenían por un sabio. Por mi parte, no os habré de aburrir examinando aquí, detenidamente, los atinados decires de la multitud.

Ya dispuestos los estudiantes en el improvisado salón, entre el alboroto de las parlanchinas gallinas y los juguetones polluelos, un nervioso discípulo agitó sus alas. Algo quería preguntar:

—Magíster, ¿qué conviene pensar en torno a nuestro origen? ¿Qué es primero, el huevo o la gallina?

El preceptor, con sentido esfuerzo, frunció el pico y, con decidida altiveza, pronunció:

—Sois un pollo bribón cuya necedad sólo os puede venir de la mocedad. ¿Acaso se puede dudar de lo que cabalmente está ya bien establecido? Escuchadme bien: es de necios dudar donde ya no cabe dudar. ¡Abrid vuestro entendimiento a la razón! ¡Decidme! ¿Es posible que algo imperfecto haga nacer algo menos imperfecto?

—Creo que no —profirió el pollito, apenas convencido de que ésa fuera la respuesta.

—Entonces, ¿por qué preguntáis por la prioridad original, por la prioridad del Ser?

—Porque no veo el modo en que, naciendo todas las gallinas de un huevo, y poniendo todas las gallinas huevos, se pueda poner al huevo detrás de la gallina o a la gallina detrás del huevo. O bien alguien puso en el mundo un huevo sin mediación de la gallina, o bien alguien puso una gallina sin mediación de un huevo. Ambos casos me atormentan, pues me quedo ya con un huevo sin gallina, ya con una gallina sin huevo.

—¡Movimiento, movimiento! —casi gritaba el magíster.

—¿Qué?

—¡Movimiento!

—¿A qué os referís exactamente?

—No podréis dilucidar la aporía, si no apeláis al movimiento. Lo que parece no tener solvencia se os revelará, si consideráis el movimiento, claro para el entendimiento.

—¿No está igualmente claro que el movimiento es una ilusión, que..?

—¡Así lo imaginó Parménides! —interpuso inmediatamente el simpatizante de Aristóteles, como si con ello fuese a alejar del mundo, para siempre, ese tipo de aseveración, una rotunda desviación intelectual—. ¡Es un hecho! Se da el movimiento entre los entes. Éstos, en cuanto potencialidad de ser algo, precisan ser actualizados para agotar su materia, para agotar su potencia. Necesitan poner su potencia en acto.

Ahora al magíster le brillaban los ojos. Su andar era trémulo y sus alas dibujaban aspavientos elocuentísimos: ya movía una ala, ya levantaba las dos. Todo él se movía que daba gusto. Nada más de verlo, si uno fuese una gallina cualquiera, algo aprendería de toda esa parafernalia, sin que él moviera aún el pico.

—Sólo un ente más perfecto —continuó—, uno que posea, respecto a otro, menos potencia que acto, es el que ayuda, es el que mueve a otro de la potencia al acto. ¡Así se mueven los entes y así se perfeccionan!

—¿He entendido bien? ¿Ser perfecto es agotar potencia, es agotar materia? ¿Para que un ente se actualice precisa agotar su materia por acto? —preguntó muy sorprendido el pollito.

—Ser perfecto es ser acto. Un huevo es un ente muy imperfecto. Cabe en él toda la potencialidad de lo que vaya a ser: hoy un huevo, mañana un pollo, pasado mañana un gallo, después padre, y más tarde, filósofo o salteador. En suma, el huevo es, en potencia, más de un proyecto.

La seguridad de estos asertos complacían al magíster y le hacían aguardar ansioso la respuesta de su alumno. Éste estaba aprendiendo la lección.

—Si lo que mueve a un ente a actualizarse —aseveró el pollito con cierto aire de autoridad—, si el movimiento es lo que media entre el acto y la potencia, entonces los que mueven son entes menos movidos y más perfectos.

—¡No pudisteis haberlo dicho de mejor forma, alumno mío! —casi se le salían las lágrimas de emoción. Perplejo, instó con sus alas a su discípulo para que siguiera hablando—. ¡Sigue, sigue!

—Entonces, a la pregunta de qué fue primero, el huevo o la gallina, puedo responder que la gallina. La gallina es el motor del huevo. Es ella quien mueve al huevo. Ella mueve y actualiza en virtud de que es más perfecta, en virtud de que es más acto y menos potencia. ¿No es así?

—¡Claro que sí! A ojos vistas es así.

De las pocas bondades que caen en suerte a las desdichas de un profesor, está la de que un alumno sea secuaz de sus doctrinas. Ello llena de gusto. Es casi como redimir un poquito el mundo. Es una pequeña obra de evangelización. Y esa pequeña evangelización era un milagro que tenía lugar en el corral: el pollito estaba a punto de convertirse, redimido por su profesor, el cual no tuvo siquiera que estar colgado de una cruz. No obstante, también puso su esfuerzo en ello. El gallo aristotélico no cabía en sí de gusto. Siguió atento el discurrir de su aplicado discípulo.

—Pero, magíster, ¿quién es el motor de la gallina?

—Decidlo vos.

—El huevo no podrá serlo jamás. Tiene que ser una mejor gallina... ¡No! Un ente más perfecto, uno más actualizado que una gallina... ¿Sí?

—Así es, un ente puede ser motor respecto a otro menos perfecto y, a su vez, ser movido por otro más perfecto. Una gallina es más perfecta que un huevo. Es su motor.

—Ahora bien, ¿cómo es que describo algo sin poder verlo siquiera?

—Respecto a algunos entes sólo podemos inteligir. Es el caso de nuestro Motor. Nuestra inteligencia sola es la que nos da cuenta del movimiento de los entes y la que nos hace descubrir que el Ser es al acto lo que la materia a la potencia.

—Entonces no podemos ver la verdad. La verdad la inferimos mediante el entendimiento. ¿Es cierto?

—Sí. Por mejor decir, la verdad la descubrimos pensando deductivamente sobre la naturaleza del Ser. No olvidéis que es del todo seguro que los sentidos traicionan y mienten al entendimiento. Lo que debe guiar el derrotero de los pollos o gallos filósofos es la pura intelección y deducción, vías seguras del conocer sustancial.

—Hay todavía muchas cosas que no alcanzo a comprender. ¿Todo esto significa que podremos deducir el motor de la gallina como un ente más perfecto, pero que no lo podremos ver jamás?

—Así es.

—¿La única evidencia que de él tenemos es nuestra intelección?

—No. Las evidencias se nos revelan mediante la intelección, cuando construimos juicios e inferimos deductivamente conclusiones de ellos. Eso nos procura conocimientos seguros.

—¿Es seguro entonces que, siendo las cosas lo que son, los entes se actualizan unos a otros, los más perfectos moviendo a los menos perfectos, de tal suerte que debe de haber uno que es el que impulsa todo?

—Ese es el Uno, el Motor que no es movido por nadie.

—¿Es un Motor inmóvil?

—No. Es el Motor inmóvil.

—¿Cómo y cuándo agotó su potencia?

—No agotó potencia alguna, porque sencillamente no la ha tenido. Es puro acto, puro ser. Es el Ser. Es la causa primera que actualiza la cadena de los entes.

—¿Cuántos eslabones tiene esa cadena?

—No lo sabemos, pero es finita.

—¿Cómo saben eso? ¿Por qué no pensar que es infinita?

—Retrocedéis, caro plumífero. Si así fuere, ¿cómo podría una cadena de actualizaciones de un número infinito de entes concretarse en movimiento, en un momento dado, en el presente? ¿El infinito se hace presente?

—¡Tenéis razón! Por eso se tiene la certeza de que es finita, aunque no conozcamos su número de eslabones. Y siendo finita, alguien necesariamente tendrá que no ser movido; si no, el infinito se nos haría presente. ¡Qué barbaridad! Luego, lo que no es movido y mueve lo llamamos Uno.

—No lo llamamos ni pensamos de ninguna forma. Él es el Ser y el Uno. Él se revela a la razón cuando filosofamos.

—¡Increíble! Con mi pequeña mente, apenas mayor que la de una gallina parlanchina, puedo descubrir y ver con la inteligencia lo que es intangible para mis sentidos.

—¡Eso es saber, saber sustancial!

—Sí. Eso es.

—Decidme, alumno, qué podéis inferir de esto: entendido que la gallina es motor y actualiza al huevo, ¿qué hay que decir, si comparamos eso con el mundo, respecto al devenir de las cosas?

—Que el cambio o el movimiento sólo se da en la proporción del acto y la potencia; que, más allá de este dinamismo, el mundo se conserva imperturbable, sin cambios.

—Sí. Ello significa que las gallinas siempre han sido gallinas nacidas de un huevo y que el motor de la gallina ha sido siempre un Ser superior. ¿No?

—Así es.

A todos los demás alumnos, atónitos por aquél ir y venir de tanto saber, no les faltaban deseos de dejar en suspenso su respiración para no interrumpir la clase. Uno solo, en cambio, disentía silenciosamente. Agazapado como rapazuelo, en un rincón, esperaba el momento oportuno para hacerse oír por el magíster y el pupilo:

—¿Por qué estáis tan seguros de que siempre hemos nacido de un huevo? ¿No sería más sencillo pensar lo contrario: que no siempre ha ocurrido así?

—¿Qué sandeces proferís contra Aristóteles, pollo pico largo? —volteó amenazador el magíster, mirando fijamente al que había osado dudar—. ¿Acaso creéis haber descubierto algo cuyo entendimiento y dilucidación le pasaron por alto al magnífico Aristóteles? —en ese momento miró con insistencia a su pupilo, al pollito aristotélico, como si lo invitase, habiendo sido por él adoctrinado, a hacer una apología de quien debía considerar el sustento de su pensamiento. El pollo rebelde los miró.

—Vosotros dos, más parecidos a gallinas cluecas, ¿podéis poner en duda, por un momento, esas afirmaciones? ¿El vuestro es un saber incuestionable?

Juntitos bien juntitos, como para protegerse del embate, maestro y pupilo, sin atinar a responder algo, casi se abrazaban. Finalmente el magíster habló:

—¿Por qué habremos de cuestionar los asertos que concienzuda y detenidamente hemos aceptado como verdaderos? Mejor deberíais conocer y haceros oír los nuestros. De ello, no lo dudéis, aprenderíais muchísimas cosas; entre ellas, a cuidaros de hablar y discutir cuando no conviene. ¡Sentaos y dejarnos hablar! —diciendo esto, el magíster recuperó su recién cuestionada autoridad. Pero fue por poco tiempo.

—Hacéis mal en dar órdenes. Los filósofos deben pensar y sólo pensar. No deben evitar discutir. ¡Cuidaos de aquéllos que no sabiendo que no saben, lo saben todo! El saber no es algo acabado y definido de una vez y para siempre. Es algo que debe estar en constante lucha, en constante debatir. Debatir nos augura conocer; dar algo por sentado para siempre, anquilosamiento y estulticia. ¿Acaso, estando seguros de la verdad, ya no cabe nada por conocer, ni siquiera dudar de que sea seguro lo que tenemos por seguro? ¿Hago de hereje por desear secundar a Aristóteles, ciertamente genial y grande, queriendo, en una actitud meramente racional, ser un animal curioso e inquisidor? No lo dudéis: llegar a un mundo de verdad absoluta e incuestionable es llegar a ninguna parte. Hay que definir derroteros cuestionando y no cuestionar por injusto al que los propone. ¿Adónde queréis llegar sin avanzar por camino alguno? No seáis vulgares pretensiosos del saber.

Aprestado para batallar con un necio, y convencido de su supremacía intelectual, acometió burlonamente el preceptor:

—¿Cómo podríais argumentar, para persuadirme, por poco que fuera, de que las cosas no son como las he pensado y piensan muchos sabios? ¿La inteligencia de Aristóteles os parece tan reducida que podéis sencillamente afirmar que la vuestra, indubitablemente menor, ve verdades donde no las vio Él?

—Os confundís severamente. Ésa no es la forma de discutir. El que muchos tengan algo por verdad, por millones que sean, y por el tiempo que sea, no significa que los ampare la razón ni que hayan alcanzado precisamente la verdad. Los más suelen creer en idioteces y asegurar, como si la proporción numérica fuese su argumento, que no deben estar equivocados. Eso vale por creer que mil tontos conocerán la verdad, a condición de que su número sea tal que no pueda ser sino la cantidad el sustento de esa verdad. Entonces la verdad sería idiotez. Y ello no es así. Ciertamente para la mayoría de los gallos es más fácil descubrir verdades que ser menos tontos. La ignorancia está al amparo de la multitud; el saber, infortunadamente, de unos cuantos. En efecto, mi genio no es ni medianamente comparable al de Aristóteles. Pero lo que indirectamente quiero poner a consideración es el hecho de que ni el más sabio de los sabios puede ser una garantía de la verdad. No dudo de la sapiencia de Aristóteles. Dudo de la verdad absoluta y de quienes creen alcanzarla. El saber no es algo que un solo hombre pueda alcanzar completamente, por bien que sea sabio, ni algo acabado en un momento dado; sí, en cambio, algo que se construye con constancia y, a veces, con mucha mesura. Por eso puedo dudar, agregando gravidez a esa constante tensión entre el saber y la pretensión de verdad latente en toda discusión y pesquisa filosófica. La pretensión de verdad, no obstante, no es la verdad absoluta. Aristóteles es un peldaño más en un túmulo pétreo que a veces se sostiene con dificultad: nuestro conocimiento. No podemos afianzarnos rotunda y absolutamente en ninguna piedra. Es mejor sólo hincar nuestra ignorancia en la cima, apoyándonos, para no caer, en otras piedras que son también sostén, para ver algo más allá de lontananza. Yo soy un enano montado en los hombros de un gigante que se apoya en gigantes y en otros que no lo son tanto. No estoy bajo los pies de nadie. Tal vez algún día seremos asimismo sostén de otros que desearán alcanzar la cima, haciendo más grande el túmulo. En ese momento estaremos bajo los pies de otros. Por ahora sólo quiero estar en la cima y pensar en cómo podré sumarme al túmulo. Vos sólo os engañáis poniendo a Aristóteles en un lugar que no le corresponde. Eso no es hacerle justicia al Estagirita.

Un pollo se acababa de salir del guacal. El maestro estaba asombradísimo por la lucidez de quien no era su discípulo. Preocupado, se dio cuenta de que tenía que hacer frente al problema. Podía asentir y sumarse a las elocuentes afirmaciones. Prefirió demostrar lo improcedente de la actitud del pollo rebelde, cosa, por cierto, bastante difícil de conseguir. Pero tantos años de experiencia y contagio con la verdad no eran cosa para ser desechada así por así. Él había de defender sus convicciones. Apenas se hubo repuesto de tan excelente diatriba, decidió llevar lejos su discusión, queriendo dejar bien claro que las suyas, venidas de Aristóteles, eran las mejores ideas respecto al Ser del mundo.

—No me niego a pensar ni a discutir, y dado que a ello me instáis, pregunto: ¿qué conviene pensar en torno a nuestro origen?, ¿qué es primero, el huevo o la gallina?

—No lo sé.

—¿Esa es la filosofía que defendéis?

—¿Cuál?

—No tener respuesta a los problemas. Al menos Aristóteles me satisfacía más.

—Os confundís otra vez. Muchas veces es mejor hacer una buena pregunta que inventar mil respuestas. Sin tener una respuesta absolutamente definida, sí soy capaz de disertar sobre vuestro problema. Preguntar qué fue primero, el huevo o la gallina, es aceptar y apostar por el origen, puesto en relación al huevo o la gallina. Cuando alguien pregunta eso, también acepta que la respuesta será el huevo o la gallina. Entonces esa pregunta en esas dos posibles respuestas se agota. Por eso he dicho que no sé, porque no creo en la legitimidad de esa pregunta, cuya respuesta me compromete con los supuestos que la plantean.

—¿Entonces no hay respuesta?

—No en esos términos.

—¿En cuáles entonces?

—¡Movimiento, movimiento! —gritó sonriente el pollito rebelde.

—El movimiento sólo me lleva a concebir motores y más motores —dijo el magíster, verdaderamente deseoso de saber a qué se refería su interlocutor.

—Cuando preguntamos por el huevo o la gallina, únicamente podemos argumentar en favor de uno u otra. Considerad el movimiento como cambio, como dynamis. Extended vuestras fronteras conceptuales.

—¿Hasta dónde queréis que las extienda? ¿Hasta donde casi todo valga por respuesta?

—Hasta donde no os estorbe ni el huevo ni la gallina. Si, como vos decís, las gallinas siempre han nacido de un huevo, resulta difícil entender cómo ha sido posible nuestra existencia. Los recién nacidos pollitos precisan de sus madres para subsistir; y todavía más los mamíferos, quienes pasan períodos verdaderamente largos indefensos y al resguardo de sus padres. Si esa dependencia de los hijos, como se infiere directamente de vuestras aseveraciones, se ha presentado siempre, sencillamente no sería posible nuestra existencia ni la de los mamíferos. ¡Ya estaríamos muertos! Todos los pollitos y todos los mamíferos precisan ser cuidados para no perecer tempranamente —se detuvo a reflexionar un momento. Luego prosiguió—. Parece que las cosas no han sido como se nos presentan. Y como nuestra existencia es cosa dada y cierta, entonces cabe pensar que tuvimos, necesariamente, en algún momento, que haber nacido de otra forma, es decir, no haber nacido siempre de un huevo; si no, no estaríamos vivos. Si esto es verdad, en el mundo se dan constantes cambios casi imperceptibles. Lo que menos impera en él es la finalidad y lo establecido para siempre. Los seres vivos también están sujetos al cambio. Evolucionan.

—¡Quiquiriquí, quiquiriquíiiii..! Como estéis seguro de eso, más valdría que no se lo dijeseis a nadie. ¿Quién va a creer que algún ancestro suyo, una gallina, nació de un ser que no ponía huevos? ¡Por todas las lombrices! ¿Gallinas que no ponen huevos?

—Obviamente no eran gallinas. No ponían huevos. Incluso es probable que, no habiendo nada que lo desmienta definitivamente, fuesen menos perfectos que nosotros. Ésa es la ventaja de pensar en términos de evolución: se abren las fronteras y las posibilidades para la reflexión. Es una explicación plausible que da buena cuenta del porqué de nuestra existencia y de la de otras criaturas. Además hay ciertas evidencias que apuntan hacia allá.

—He de deciros que los argumentos que habéis expuesto no son convincentes.

—Son convincentes y toman por base la propia vida, creando conjeturas de tipo inductivo. Vuestra pregunta, así planteada, no nos lleva a ninguna parte, visto que nos encierra en un círculo vicioso donde no queda más que concebir una respuesta con un huevo o con una gallina. Pero ni el huevo ni la gallina explican a satisfacción nuestra existencia. Antes bien, nos sumergen en un marasmo intelectual y en una incógnita mayor. El huevo o la gallina hacen una circunferencia que no se pronuncia por la vida, que no la toma en cuenta. Hay que reformular la pregunta. ¿Es posible dar razón de nuestra existencia tomando por origen a un huevo o una gallina? No. Entonces no es posible que hayamos nacido siempre de un huevo ni que hayamos tenido por ancestros a las gallinas. Si un huevo siempre es puesto por una gallina y toda gallina nace de un huevo, ¿cómo, pues, es que estamos aquí? Necesariamente tuvimos que nacer de un ser que no nació de un huevo y que, por primera vez, puso uno. A partir de ese momento la relación entre el huevo y la gallina se establece tal y como la conocemos. Ello explica nuestra existencia. La lógica de la vida contradice los asertos aristotélicos. No es cuestión de que seres más perfectos actualicen a los menos perfectos. Es cuestión de evolución. Antaño, nuestros ancestros, los que no ponían huevos, seguramente no eran dueños de un aspecto muy acorde a su ambiente. Incluso, tal vez, pudieron tener ramitas. Pienso que, en lo que hace a los seres vivos, no hay una finalidad ex profeso en su morfología, en relación con su ambiente. Eso se da por azar en los continuos procesos de la dynamis, de la evolución. Consideremos lo siguiente: si las garras, la cola, en fin, todo el diseño de un gato nos parecen tan adecuados para las tareas que realiza —y en general toda la disposición de los animales que observamos—, no es porque en ellos haya un plan preestablecido por un Ser superior. Seguramente los ancestros de los félidos no lucían tan excelentes. En suma , no se ve la necesidad de que el motor de alguien, si así lo queremos llamar, sea un ser más perfecto. Esto puede, sencillamente, no ser así.

El magíster ya había tocado fondo. No era posible discutir razones con ese alumno. Más valía hacerle ver que, no estando de acuerdo, convenía que se fuese a otra parte. ¡Qué afán de asistir a una clase para negar y negar lo expuesto! ¡Qué cosas! Siendo él maestro, había recibido una lección. Por lo menos el pollito rebelde lo dejó hablar en un principio.

Estando ahí, en el salón de clase, parado, como flotando en otro mundo, supo cuánto le recordaba ese pollito a él mismo. ¡No! Más bien cuánto lo envidiaba. Y dos personas medianamente parecidas difícilmente aceptarán, de buena gana, estar en el mismo lugar. Él no era el que se iba a ir.

—Os convendría partir. Nada hay qué discutir y nada aprenderéis aquí que os sea útil. Dejad en paz a quienes desean conocer.

—Hay mucho qué discutir, profesor. Mas tenéis razón. Nada tengo que hacer aquí. Antes de partir, un favor os pido: no os regodeéis más como sabio ante vuestros alumnos.

Ante las miradas de incredulidad, el pollito rebelde salió. De él, en ese lugar, nadie volvió a saber nada, excepto que fue un gran gallo. Ese día todavía se le vio, a lo lejos, corriendo y corriendo. Tras de sí había dejado, meditabundo y triste, a un maestro que no era el suyo, dispuesto a olvidar la mala pasada y el sinsabor, volviendo a las andanzas: enseñar la verdad. Tras de sí había dejado a un buen alumno, el pollito aristotélico, y a muchos otros pollos a quienes la filosofía importaba poco, a quienes, sin ver nada más allá de sus narices, les era de mayor valor cazar lombrices por la pradera. Habiendo pasado ya muchos años, hay quienes cuentan que el joven maestro puso pies en polvorosa, sin otra firme intención que la de dejar atrás a la pomposa ignorancia y al insoportable dogmatismo, ilustrísimos personajes que casi siempre suelen secundar la llegada de un gran sabio. ¡Caramba! Las cosas no parecen tener mudanza. Sic transit gloria mundi.1


  1. Así avanza la gloria del mundo.


       

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