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Unos personajes, unas fechas
...decía Borges de una película: que su Un vinatero madrugador va con su pellejo de vino a hombros desde una bodega subterránea a la taberna; por el camino se encuentra con un huertano insomne que trae naranjas de su huerto; se saludan y hablan amistosamente. —Buen día tengas, Matías. —El mismo te deseo, José Tabernas —responde el agricultor—. ¿Qué, llevando el clarete para los paisanos madrugadores? —Pues sí, Matías —contesta el tabernero—. Ya sabes, hoy es día de mercado y todos madrugáis, y queréis beber, comer y os gastaréis algunas monedas en mi humilde negocio. —Sí, tienes razón, yo mismo estoy por acompañarte ahora a desayunar algo. Vengo de recoger estos pomelos y si me fías me gustaría tomarme un par de huevos fritos en tu posada antes de ir al mercado. —Hecho, Matías —responde el posadero y tabernero a la vez—. Siempre has sido un buen pagador. —Vamos, José. Aunque adelántate tú. No sé qué me pasa. Siento las piernas pesadas y creo que tardaré un poco en llegar a tu mostrador. Por el mismo camino que discurre por un campo seco, con pocos matorrales, algún olivo y unas jaras, van unos caminantes y entre ellos un pastor vestido con pieles. La oscuridad empieza a caer después de una larga jornada: el zagal solitario vuelve con sus ovejas al redil y se ve obligado a llevar un cordero a hombros porque quiere llegar pronto a la majada. —Dejaré el rebaño guardado y me daré una vuelta por la taberna del pueblo —piensa el pastor—. Una partida de cartas antes de cenar y una charla con los viejos amigos y me olvidaré de problemas. Olvidarse de la sequía, de los impuestos, de altos soldados extranjeros que hablan una lengua extraña y tienen unas costumbres extrañas. Ellos siempre tienen dinero para gastarse en vinos, en telas y en apuestas de dados y cartas. Los pensamientos del pastor son compartidos por muchos campesinos y ganaderos de ese pequeño pueblo blanco mediterráneo. Un resplandor, una gran luz como un relámpago, surge de golpe por lo alto y luego todo se vuelve oscuro. Al día siguiente, el tabernero vuelve con su odre de vino a cuestas y se encuentra a un paisano que lleva una gallina cogida de las patas. —Hola José. Tú como siempre con el vino a cuestas. —Sí, ya ves, como siempre, y bueno, ¿vas al mercado? —No, no, voy a pagar los odiados impuestos. Pero creo que esta situación humillante acabará algún día, esta esclavitud tiene que terminar y tendremos libertad. —Libertad, ojalá —suspira el tabernero—. Calla, calla, esa gente tiene traidores por todos los lados, y te pueden denunciar. Corren malos tiempos para nuestra gente. Los augures y las hechiceras en sus sueños ven grandes acontecimientos. —Yo también sueño mucho ahora. Soñé que la mano de un gigante me movía... pero siento los pies de plomo, muy pesados... —Pues yo he visto gente extranjera e importante y me preguntaron cosas extrañas. No me gusta nada esto. En ese momento de la conversación, una mujer que lavaba en el río cercano, les gritó: —José y David, sois unos charlatanes. Os quería aquí veros, agachados como yo, con las manos heladas con este agua fría, y luego seguro diréis que trabajáis. ¡Hablando y luego bebiendo vais a trabajar mucho! —No hagáis caso a esta bruja —contestó un chaval que con su caña pesca aguas arriba—. Os espera mi padre en la posada. En la taberna se oyen voces que hablan de presagios, de independencia, de vientos de guerra, de deportaciones. A la puerta unas gallinas picotean el suelo, buscan su comida sin moverse del sitio y sin importarlas estos humanos acontecimientos. Lejos de allí un caminante mira a lo alto, la luz le ciega sus entrecerrados ojos y pone una mano como visera para adivinar mejor lo que sucede cerca de las montañas. No sé, en esta acción a este humilde narrador se le escapan algunos personajes, unos importantes por sus posteriores hechos, otros importantes por sus cargos, edictos y sabidurías, algunos por sus palabras eternas; pero creo en esas fechas finales de un otoño incierto que marcaran a gentes, pueblos y generaciones venideras como hasta ahora no había sucedido. A este humilde narrador se le olvidó mencionar muchas cosas; no situó el lugar exacto de los hechos, ni fecha exacta... tal vez lo hiciera aposta... porque lo que está describiendo... son los personajes... son las figuras de su Belén casero.
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