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Indio viejo Las historias dicen que los primeros en asentarse en los páramos infestados al norte de la ciudad fueron unos descendientes de indios puelches. Indios cuchilleros, diestros en la monta y en clavar puñales en las cirqueras siluetas de sus mujeres. No había más tierra gratuita que aquélla, y allí estuvieron hasta que la muerte los asoló y los que quedaron, se desperdigaron por el país en las hordas trashumantes de las ferias de pueblo. De esos puelches desterrados vino a quedarse remolón en El Estero aquel Bienvenido Rucamora, que clavaba cuchillos alrededor del cuerpo de su mujer en las ferias que se daban para Nuestra Señora del Socorro junto al patio de ferrocarriles de La Seiba. Indio callado, ladino, que afinaba la puntería en el patio del conventillo donde murió de ensangrentada tos su mujer Micaela, que no se la llevó un puñal —decían—, sino un catarro mal cuidado. Indio callado, resentido, que vio pasar los años siempre en el mismo rincón de la cantina de Pereira, apurando un ron, diluyendo el humo de una tagarnina sin codearse mucho con el blanco. Los que en El Estero crecimos acostumbrados a los relámpagos de puñales de Rucamora, nos llegó a parecer inmortal aquel indiano chato, sin edad, de mirada perdida en la nada y siempre con su chaleco gris y su ensarta de puñales metralleros a la cintura. Era ya el viudo Rucamora cuando un día le brilló en los ojillos de perro apaleado una ilusión de mujer y cambió su costumbre de cantina a unos paseos sin rumbo en el atardecer del parque Alcorta, que se llenaba los sábados por la tarde con las siluetas blancas y gráciles de las criaditas, que venían de los casones de la calle Rosales, donde ya comenzaba a despuntar el vecindario más poderoso del municipio La Seiba. Como todas las cosas del indiano Rucamora, la boda fue sin aspavientos, se juntó con la Rosaura en su pequeño apartamento, y lo más lejos que los llevó la luna de miel fue quizás a un paseo en el recién estrenado servicio de tranvías que daba toda la vuelta a la Alameda del Puerto. No se le vio mucho al indio cuchillero por el café de Pereira, pero sí estuvo, como siempre, en la próxima feria, lanzando esa vez sus cuchillos certeros contra la silueta temblorosa de su nueva mujer. Afinaba los ojillos mientras sostenía el cuchillo alemán por la punta, y luego lo lanzaba, con un hábil movimiento de muñeca que impulsaba el giro del puñal, como una cruz rotando en el aire parecía a los atónitos espectadores, en un breve vuelo que siempre culminaba con el golpe seco, preciso, de la hoja hundiéndose en la tabla, uno tras otro, hasta pespuntear peligrosamente el cuerpo de la mujer, como un fatídico bordado de acero. Fue poco después de esa feria que apareció en plena vía pública, atravesado el corazón con uno de los cuchillos de Rucamora, un farmacéutico, originario de Suiza, en cuya casa familiar había estado empleada Rosaura no más ésta llegó de las llanuras norteñas, con cara de hambre y asombro, en el tren que terminaba vía en El Estero. Por supuesto que todos dudaron por lo obvio, pero el indio cuchillero nunca pudo explicar cómo uno de sus puñales fue a dar con el pecho del infeliz apotecario. Por entonces comenzaba a hincharse una promesa de vida en el vientre de Rosaura, y el tejido de los intrigantes ató cabos entre la muerte y el nacer. La flamante esposa de Rucamora ostentaba un embarazo que denunciaba posibles andanzas con su antiguo patrón. Para las lenguas viperinas, la mujer todavía debía verse con su amante, y el marido vejete los sorprendió. Fue un caso algo sonado, una defensa vibrante de un abogadito de la capital, un tal Palma, que llegó a emplear peritos sobre la trayectoria del puñal y la posición en que encontraron el cadáver, pero lo peor es que durante todo el proceso acusatorio, y aun durante el juicio, Rucamora no abrió la boca para defenderse, y quien calla otorga. El indio fue ahorcado en la explanada de la cárcel municipal de La Seiba un domingo de Navidad, a las nueve de la mañana. Los que éramos entonces unos muchachones en busca de morbosa aventura, nos las arreglamos para espiar la ejecución desde la parte del muro que colinda con el cementerio. Su última voluntad fue lo más raro de todo. Quiso lanzar sus puñales por última vez, tembló la Rosaura bajo los doce precisos aceros que dibujaron su figura hinchada por el embarazo. Rucamora suspiró mirando la figura endeble de su viuda, que sollozaba entre el dibujo puñalero en la misma tabla que siempre usaban en las ferias. Los señores de la municipalidad, así como el jefe de policía y el consternado abogadillo de la defensa, aplaudieron la proeza tantas veces vista; después permitieron actuar al verdugo. Las siguientes ferias lucieron deslucidas, sin el acto de los cuchillos. No hubo un Rucamora cuchillero hasta dieciséis años después. Algunos dicen que mejor que el padre, pero yo lo dudo.
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