¡Comparte este contenido!
Cuatro poemas
Carlos Alberto Nacher
Nostalgia
En esta noche de luna como paño desgarrado
Mientras los maderos le silban a los pescadores del muelle
veo pasar al canillita gritando por la alfombra arenosa
que el viento con sus diarios le tendió en la orilla.
Veo pasar ausencias, lejanías, amigos enteros
veo bares tenues apagar la madrugada
y aquel lugar sin nombre, sin tiempo
donde comimos el pan que amasaba la noche.
Donde mujeres con vestido azul marino
nos masacraban la inocencia sin piedad
hasta regalarnos sin quererlo,
la añoranza deseada por los niños:
la nostalgia de ser grandes.
Pero no todo lo pasado fue mejor.
Hoy, solamente hoy
puedo ser el dueño de esas voces arcaicas en el horizonte
de mi abuela acomodándome el pullover
la secundaria rebalsando de tiza y sueños
del partido a 12 entre cunetas anegadas
el beso escondido en una plaza tibia
y de la inquietud de mi madre porque es tarde y aún no llego.
Solamente hoy, no antes, todo eso me pertenece.
Por eso vuelvo al muelle en estas noches mansas
porque no quisiera retornar a mi viejo barrio
y perderme a toda esta multitud de lo que ya fue
y abandonar el deseo del volver a ser
y no poder poblar al horizonte con abrazos perdidos.
Por eso también busco en este abismo del presente
la sombra del rostro de mi amada
para atrapar su cabellera de pájaro
y así seguir sembrando este jardín difuso
con semillas de nostalgia venidera.
La busco a ella, que está cerca,
para no olvidar a los amigos viejos
ni a las calles de alquitrán quebrado, ni al calor de la siesta,
ni a las luces girando en la pista de baile.
La busco para encontrar mañana la melancolía de esta noche
en que le digo "te quiero".
Para sentir una vez más el perfume de su cuello
un momento antes de que yo mismo
me convierta en un recuerdo lejano
en un rumor más que quizá se oiga
en algún otro muelle de horizonte negro,
con otros pescadores
y otros cielos.
Impresión nocturna
La noche dispara sus agujas de frío
Su voz que trae la ventisca
entrando por la hendija de la puerta
me es tan familiar como
aquella esquina indecente
que amontona verdín y yuyos
Por eso, al salir de la casa
no me hizo falta verla para saber
a quién le tocaba cantar.
Para ella, que siempre anduvo por ahí,
era más bien un alivio...
La noche canta en los baldíos
Se paró y dijo: "buenas"
pero ya estaba adentro
transpirando la emoción
de otra botella derretida entre las manos
y se puso a cantar
En la avenida de más allá
la noche aglutina varios pares
de Pampero rotas
las junta con el grito agudo
de los diarios recién escritos
La noche se marea en los boliches
Esperando que alguien se los lleve
hombres y mujeres se desploman
frente a algo de tomar
la mente se les pierde en los parlantes
y piden otra vuelta para reírse de algo
Luego, en la esquina del baldío
el rimel seco y corrido en unos ojos
acostumbrados a mirar fijo a los autos
denota el aburrimiento
de otra noche de rutina sin sorpresas
La noche imagina cosas
En el segundo piso del edificio de enfrente
un tal don Ismael que es filatelista
se tuerce sobre la mesa mal iluminada
soñando con la bailarina rusa
de la estampilla sellada en 1934
Como en un ajedrez diabólico
las piezas juegan en tableros distintos
así, cada peón diariero de la esquina
vive su propia noche sin saber
a qué hora sirven la cena en el internado
La noche enaltece los rostros
Para mí, que no vengo de muy lejos
aunque no sé qué hago en esta cuadra
me resulta un extraño rito
caminar con las manos en los bolsillos
bajo el frío filoso de la noche
Ya vi tantas veces esas caras
que brotan de la nada y se alimentan
de la oscuridad y del frío
que hasta las arrugas terrosas del linyera
se me mezclan con las líneas corridas de rimel
de aquella mujer recostada en la pared
que según don Ismael
se parece a la bailarina.
Papel mojado
La lluvia siempre trae los recuerdos.
Mirándola tras una ventana
con su cortina de agua
aprieta la boca del estómago
con algo del pasado.
Aunque el viento luego
borre todo vestigio de humedad...
y los charcos duren poco.
El nexo de la lluvia
con la realidad del ahora,
con las hojas del árbol goteante,
es este brillo en los charcos
de luces de mercurio
y suelas de botas oscuras.
Este brillo y tus manos
que estaban antes
sobre la mesa del bar
esquivando los pocillos
temblando, tus dedos
que procuraban una rara ansiedad,
un roce tibio.
Es mejor leer el diario en estos casos
(Clinton atacó a Irak
y el Loco Palermo hizo un gol)
antes que enfrentar cara a cara
al rostro borroso que martilla la ventana
que se escurre tras la nube de vapor
de una boca desconocida
y de las gotas grandes en el vidrio
que le moja las mejillas.
Es mejor leer el diario,
que salir a caminar
y ver su reflejo en cada charco.
Es mejor seguir ajando
el café en blanco y negro
hasta que pare la lluvia...
y el viento vuele los rostros...
y seque la nostalgia.
La ruta
Ya conozco a la ruta
la crucé varias veces, nunca termina
vi las alambradas corriendo a los costados
vi postes de luz perforando el campo y el cielo.
Sentado indiferente a todo la crucé
en una máquina que aplastaba insectos
y calentaba los pies.
La conozco porque estuve
en micros con olor a tapizado viejo
mezclado en un pasaje adormecido
con dolor de cuello y piernas
mirando una película cualquiera que pusieron
que no se escuchaba.
Y nunca había nadie adelante
a veces algún espectro de metal
que esquivaba y se iba rápido.
A veces un nido de horneros en uno de esos palos
que corren siempre al costado
o una lechuza, o a lo sumo vacas mudas y ciegas
que siempre están lejos.
Por eso que nunca se acaba la ruta
por más que tantos camiones
intenten redibujarla en la banquina.
Viajar sin rumbo
Es como caer al vacío desde un punto del espacio
sin vértigo ni peso, sin saber que se cae.
Pero sabiendo que al final de la caída,
al final de la ruta cósmica del campo
que la gravedad mantiene a ras del piso,
nunca hay nada.
Porque aunque tras el parabrisas
se muestre a lo lejos el perfil de un pueblo
preanunciado por casuchas flojas
y carteles grandes y luminosos de bienvenida
y surtidores de nafta y luces:
la ruta no se termina nunca.