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Rafael Alberti
Rafael Alberti (El Puerto de Santa María, 1902 - El Puerto de Santa María, 1999)
La voz marinera

Francisco Arias Solís

"¡Sal, hortelana, del mar,
flotando, sobre tu huerto,
desnuda para llorar
por el marinero muerto!"
Rafael Alberti

"Nací a la sombra de las barcas de la Bahía de Cádiz", nos contaba Rafael, "cuando —1902— las gentes campesinas de toda Andalucía se agitaban, hambrientas. Los primeros blancos que aclararon mis ojos fueron los de la sal de las salinas, las velas y las alas tendidas de las gaviotas".

Es tan clara y simple la melodía de este mar —claro mar de Alberti— que difícilmente pudiera avenirse con la elocuencia de los grandes mitos. En el mar de Alberti se juega a sirenas y a marinerillos. También se juega a piratas, con naves corsarias y todo. Valerosa expedición esta que cruza el mar a todo vapor, a todo color, a todo rumor.

Rafael Alberti, último mito viviente de la Generación del 27, murió en la madrugada del 28 de octubre de 1999 en su casa Ora Marítima de El Puerto de Santa María. Tenía 96 años. Poeta jondo, dramaturgo comprometido, pintor sensible y hombre de paz, la voz de Alberti ha sonado con potencia enorme por todos los mares a lo largo de este siglo. Sus cenizas fueron esparcidas en la Bahía de Cádiz, el mar de su infancia.

El poeta gaditano, andaluz y universal Rafael Alberti nació el 16 de diciembre de 1902 en El Puerto de Santa María. En 1913, Alberti ingresaba en el Colegio de San Luis Gonzaga, regentado por los jesuitas. Empezó por entonces a despertarse en el joven Rafael la vocación de pintor. En mayo de 1917, la familia Alberti decide trasladarse a Madrid. Alberti pasa muchas horas en el Museo del Prado estudiando y observando a los copistas. Su vuelta al Mediterráneo le recuerda su niñez atlántica; Málaga va a constituir un sustituto de los días pasados junto al otro mar.

Alberti escribe su primer poema la noche en que su padre muere, en 1920. Es en 1923, recién estrenada la dictadura del general Primo de Rivera, cuando nuestro poeta comienza a trabajar en los primeros poemas de lo que luego será su primer libro Marinero en tierra, lleno de versos "que iba sacándome de mis nostalgias del mar de Cádiz, de sus esteros, sus barcos y sus salinas...". Estos poemas, escritos a la sombra de Gil Vicente y de los cancioneros musicales de los siglos XV y XVI, los escribe en la sierra de Guadarrama, donde se encuentra descansando víctima de una enfermedad de pulmón. Los días que baja a Madrid los pasa con sus nuevos amigos de la Residencia de Estudiantes de la Institución Libre de Enseñanza: García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel y Moreno Villa. También entra en relación por aquellos días con Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego y Pedro Salinas.

En 1925 aparece Marinero en tierra, que pocos meses antes ha dado a su autor, al alimón con Gerardo Diego, el Premio Nacional de Literatura. Traba conocimiento con su admirado Juan Ramón Jiménez, quien comienza a aconsejarle y establece amistad con José Bergamín.

El claro mar de Alberti tiene también su marina, traspasada de inequívoca luz andaluza. "El marinerito de mi carta de 1925 creció muy pronto", nos dijo Juan Ramón Jiménez. "Su marinera preciosa de mis calles del mar se la quedó tan en hilo, que al poeta le daba vergüenza salir a la calle de Madrid con tanta carne fuera (...). Rafael Alberti le va a decir a lo mirado una gran cosa del tamaño por lo menos del mar de Cádiz, el más bello mar, para mí, del mundo, el golfo más rico de poesía sudoeste que yo conozco".

Entre Marinero en tierra y los primeros poemas de la guerra civil española, Alberti crea una obra que le asegura un puesto notable en la lírica española. En la misma línea de su primer libro están La amante y El alba de alhelí. Con motivo del tercer centenario de la muerte de Góngora (1927) escribe la prodigiosa arquitectura de Cal y canto. Sobre los ángeles, es uno de los hitos fundamentales en la lírica española moderna, y supone una doble ruptura: de forma, en su tendencia hacia el simbolismo, y de fondo, por la aparición de un cultivo más intenso de la intimidad.

Su compromiso político se produce al final de los años veinte, y en 1933, siendo ya miembro del partido comunista, funda con María Teresa León, la compañera de su vida, la revista revolucionaria Octubre; a partir de ese momento su postura se hace cada vez más comprometida con el Frente Popular, posición que se acentúa, una vez estallada la guerra civil, como secretario de la Alianza de Escritores Antifascistas. Son características a este respecto, Capital de la gloria y El poeta en la calle. Rafael Alberti, el indiscutible iniciador de la poesía revolucionaria en España, tiene sobre Emilio Prados —que tal vez cronológicamente se le adelanta en alguna composición— la ventaja de haberse convertido desde el primer momento en jefe visible de esta nueva orientación de las letras. Alberti está convencido de consagrar su inspiración a una causa noble. El compromiso con la sociedad es llevado a cabo con todas sus consecuencias a pesar de las reacciones que llega a provocar. Esta "poesía de urgencia" ha invertido el ideal lírico de años atrás. La ética por encima de la estética.

En 1939 llegó ese día sin alba. Una avioneta llevó a Alberti y a María Teresa a Orán. Luego; París, Buenos Aires, Roma... Viajero universal. Alberti se convirtió en uno de los símbolos más representativos de la otra España.

Con posterioridad a la guerra publica un buen número de libros que han acrecentado su reputación como uno de los más importantes poetas contemporáneos. Son de destacar: Entre el clavel y la espada, Coplas de Juan Panadero, A la pintura, Retornos de lo vivo lejano, Ora marítima, Roma, peligro para caminantes, Los ocho nombres de Picasso... De su producción teatral merecen citarse los siguientes títulos: Fermín Galán, El hombre deshabitado, El adefesio, para muchos su pieza teatral más lograda, y Noche en el Museo del Prado. Es asimismo autor de una serie de semblanzas de escritores reunidas en Imagen primera de..., y de las memorias recogidas en La arboleda perdida. La antología Sólo la mar (1994), ilustrada por el autor y preparada por María Asunción Mateo, recoge los temas fundamentales de la poética albertiana: el amor, el exilio, la libertad, la mitología y el mar.

Tuvo que esperar la muerte de Franco y aún tardó en volver. El 27 de abril de 1977 llegó a Barajas con María Teresa y su hija. El canto de La Internacional le humedeció los ojos. "Me fui de España con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta en señal de concordia". Aceptó ser candidato al Congreso por el Partido Comunista. También tuvo el reconocimiento absoluto en su país: Premio Nacional de Teatro (1981), Cervantes (1983) y Premio Andalucía de las Letras (1993).

"Su poesía tiene", decía Pablo Neruda, "un aroma enlutado de Gustavo Adolfo Bécquer". Alberti sacó de Andalucía el escandinavismo de Bécquer y el lunatismo de Juan Ramón. Pero también sacó el surismo espléndido de litoral: la sensibilidad exacta de la mejor Andalucía; de Andalucía atemporal e inesperada.

Hay, en la poesía de Rafael Alberti, limpieza, pureza segura, firme, dura, duradera: de cal y canto. Sus ángeles —o su ángel andaluz— le construyeron esta pared andaluza. De cal y canto, la poesía de Alberti se alza y se afirma, vertical, pisando tierra, mirando al mar, entre dos cielos. Parte y define la luz misma como el muro encalado de un patio en la casa andaluza de tradición romana. Cádiz, los puertos, Bécquer y, además, el llamarse Alberti. Y en consecuencia, ¡a qué distancia de todo el romanticismo o costumbrismo, sucio-pintoresco!

La poesía de Rafael Alberti con sus resonancias (Italia, renacimiento, cancioneros, idealismo, andaluz...) es ante todo, como El Puerto de Santa María, como Cádiz, limpieza, belleza, pulcritud. En Andalucía antes de saber lo que es bello, se sabe lo que es limpio. Y todo es —lo que es— limpio o bello: pulcro.

El juego, limpio, de torear —nacido en Ronda y Cádiz, renacido en Chiclana— tiene su imperativo estético y moral en la pulcritud (limpieza, belleza). El torero luminoso con el toro sombrío, por la suerte, establecen ese principio de limpieza que condiciona el juego (su moral, su belleza): perfección de razonamiento matemático, identificación del espacio real y el geométrico; la exactitud hasta la crueldad. Esa suma de exactitudes, de claridad, de nitidez, crueles, es andaluza típica —característica de la obra y, sobre todo, de la personalidad poética de Rafael Alberti, como de otros tres andaluces universales: Lorca, Falla y Picasso.

El canto poético de Alberti empezaba por ser canción, por ser canto rodado en el ímpetu de la corriente lírica, hasta hacerse más plano cada vez, más pleno; hasta ahondarse más, limpio y liso, lisa y llanamente: más llano, más simple, más puro, en el sentir, fluir poético del pensamiento. La poesía de Alberti ha sumado tradiciones y se ha parado en seco de pronto. Así Rafael Alberti hizo su poesía: porque le dio y como le dio la realísima gana. Del modo más perfecto, o del único modo perfecto: el poético puro. La poesía de Alberti adquiere, de este modo, sitio excepcional y distinto en la lengua española. De tal modo la voz marinera de Alberti ha logrado una poesía la mar de clara. Y aquel marinero en tierra se fue al mar. Y como dijo el poeta: "Ya está flotando el cuerpo de la aurora / en la bandeja azul del océano".

    Cádiz, 31 de octubre de 1999.


       

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