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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 81
1 de noviembre
de 1999
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Letras de la Tierra de Letras

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Dos relatos

Guillermo González Ruiz


Coincidencia circunstancial

Sentado al borde de la cama, solo, como despertando a su pesar, recorrió con la vista muebles y objetos que le eran familiares. Inició un bostezo, pero un ataque de aquella tentación se lo cortó, sensación compleja y compulsiva que lo impelía una y otra vez a pensar y pensar en... lo que él sabía, como si estuviera en medio de una vorágine. Una parte de él, la racional, la objetiva, le decía que era algo maligno, absurdo, destructivo; sólo lo erosionaba y lo hundía en el pozo de aislamiento y soledad en que, por abulia, se estaba dejando caer. Escuchándose dentro se oyó decir con esperanza creciente que podía terminar con eso. Se fortaleció la posibilidad tantas veces acariciada; como antes, algo lo conminó: ¡Anda, levántate de un salto... sal a la calle a darle la cara al mundo, tus problemas son mucho menores de lo que crees, hazlo y verás que tienes sobradamente con qué superarlos..!

Pero sólo logró levantar un poco la cara, justo para encontrar su imagen reflejada en ese espejo artificialmente antiguo y manchado. Se encontró unos ojos inyectados, vidriosos y amodorrados. Cerrando los puños levantó los brazos al máximo, hasta sentir dolor en las articulaciones, apretó fuertemente los ojos, endureció los músculos de la espalda... abrió la boca y lanzó un grito sin soltarlo del todo... el sonido fue decayendo poco a poco, hasta no ser más que un susurro entrecortado... se hizo el silencio y dejó caer los brazos blandamente sobre la colcha, con una sensación de derrota y resignación. Quedó inanimado por unos momentos, giró la cabeza hacia atrás y dejó caer los hombros. Volvió a escuchar la voz del optimismo, esta vez más confusa, pero suficientemente clara para hacerlo sacar el pecho e intentar una sonrisa ante el espejo: una sonrisa cálida, seductora, optimista. Encontró la imagen que esperaba: una parodia de la alegría, forzada en un rostro prematuramente envejecido. Dejó salir el aire con lentitud girando la cabeza a ambos lados y tragando saliva, una saliva seca y amarga, con sabor metálico y un poco de acidez, resultados de una noche de sólo café, varios tragos y muchos cigarros; que enmarcaran una larga desvelada contemplando embrutecidamente la programación del canal cinco hasta sus últimas consecuencias. Se pasó una mano por entre el pelo, orpimiéndose el estómago mientras bostezaba ampliamente. Volteó nuevamente hacia el espejo... la imagen le devolvió fielmente la desesperanza que internamente quería ver, y deshaciéndose de todo intento de rehabilitación, tomó un cigarrillo de la caja semi vacía y lo encendió maquinalmente mientras se recostaba, presa de la angustia existencial en la que debatía desde siempre.

Al girar el cuerpo para apagar la colilla sintió un mareo leve, pero suficiente para verse inmerso en la tentación de nueva cuenta. Quiso resistir y aun trató de incorporarse... pero sucumbió. Con un gesto de desesperación infinita, asió con ambas manos el colchón y comenzó a mecerse lateralmente con regularidad y creciente intensidad, hasta que, ahogando el grito, profirió:

¡...Está temblando..!

Quedó exánime, la respiración agitada y el corazón saliéndosele del pecho; pero tranquilizado en lo más íntimo, con el masoquismo satisfecho. La tentación lo invadió de golpe, completamente..: él sabía, nunca pudo explicárselo, pero él sabía que si lo deseaba con suficiente intensidad, a su conjuro la Tierra se agitaría de lado a lado y de arriba a abajo, tan fuerte como él quisiera y durante tanto tiempo como se le viniera en gana.

Recordó las tantas ocasiones en que deseó que temblara, pero sin decidirse del todo, para voltear a ver lámparas, cuadros y demás objetos colgantes, y verificar que efectivamente se movieran a efecto de su voluntad... buscaba una referencia, cerraba un ojo, se mantenía inmóvil por un instante... y comenzaba a oscilar el cuerpo, con un ir y venir casi imperceptible, pero suficiente para notar cómo se desplazaban. Cambiando de expresión suspendía el ejercicio, asustado de su poder. Pero, a decir verdad, nunca se atrevió a realizar una experiencia hasta sus últimas consecuencias.

Nunca empleó toda su voluntad en un intento. Había sentido ya varios temblores, a pesar de no haber intervenido para nada en ellos. Internamente sabía, que sin duda, éstos habían sido producido por seres semejantes a él, con la misma capacidad para realizar tal clase de hazañas; con el mismo o tal vez mayor poder de la mente sobre la materia, estaba seguro.

Con gesto de verdadera preocupación, se puso a considerar los daños que pudieran resultar de un terremoto de gran intensidad: vidrios rotos, edificios caídos, incendios y muerte; mucha muerte. Heridos y desaparecidos, incontables daños en todos los órdenes... no, no debía desearlo, no debía siquiera pensar en ello; los demás, los afectados no tenían ninguna culpa... Ah, si pudiera provocar un gran temblor... pero sin daños... sería algo sumamente satisfactorio y, sobre todo, confirmaría su capacidad para producirlos...

Pero no, no debía dejarse tentar, conocía demasiado bien su poder; se reconocía poseedor de poderes de origen galáctico, tenía pruebas. De momento no recordaba ninguna, pero las tenía, estaba totalmente seguro... ¿o no?

Se recargó en los codos tratando de recordar alguna de ellas, aunque fuera una pequeña. Lo acometió un acceso de tos seca y súbita. Cuando al fin cesó, se pasó las yemas de los dedos por la frente, y poniéndose violentamente de pie, tomó la decisión: si no podía recordar ninguna prueba concluyente de su poder, tendría que realizar una experiencia, esta vez de manera completa, empleando la totalidad de sus poderes mentales...

Se sentó, articuló con voz silbante y ronca volviéndose a incorporar y consultando el segundero de su reloj: "Le doy exactamente un minuto al tiempo para recordar una prueba, en caso contrario, procederé al empleo del poderío que me es natural; no respondo por las consecuencias...".

Dejó transcurrir el tiempo sin apartar la vista de la delgada aguja, crispados los dedos sobre la muñeca, el rostro contraído y tembloroso... escudriñaba los más recónditos rincones de su memoria...

...El plazo llegó a su fin, se relajó, esbozó una sonrisa sardónica y se sentó nuevamente en la cama, casi en la misma posición original, murmurando quedamente: "Yo lo advertí... lo advertí... no tengo la culpa... ¡ninguna culpa..!", repitió en varias ocasiones.

Se llevó los puños a las sienes recargando los codos sobre las piernas... y se puso a desear el más espantoso de los terremotos... con toda la fuerza de que era capaz, como nunca lo había hecho. Le dolió la cabeza y tembló como azogado, comenzó a sudar fría y acabó cayendo de la cama.

El contacto con el suelo frío lo volvió a la realidad, reaccionó de inmediato suspendiendo el acto de poder, totalmente arrepentido de haberlo iniciado... quedó expectante, silencioso, con el oído aguzado y la vista fija en la lámpara... pero no pasó nada, absolutamente nada. Dejó caer los hombros y sonriendo con una mezcla de alivio y desilusión murmuró: "No debe temblar... ¡No debe!".

Se levantó de un salto, se duchó, se rasuró canturreando, se vistió con sus mejores ropas y decidió salir a la calle a darle la cara al mundo... al cruzar la estancia sintió como un mareo; instintivamente volteó a ver la lámpara... que comenzaba a oscilar cada vez con mayor intensidad... vasos y copas le enviaron un tintineante mensaje de auxilio... mensaje que fue ahogado por el ruido sordo que acompañaba al techo, que se acercaba inexorablemente al piso...


Deserciones

Siempre tuvo terror de la guerra y sus consecuencias, especialmente desde que muy a su pesar se vio enrolado, medido, analizado, pertrechado, embarcado, elevado y descendiendo por entre los aires nocturnos y llenos de acechanzas y peligros ignotos; hasta encontrarse así, caminando con gran sigilo, el dedo crispado sobre el gatillo y atisbando a todos lados, en medio de aquel páramo inhóspito.

Algo lo había hecho caminar más rápido que sus compañeros y ahora se encontraba solo. Casi amanecía y los ruidos propios del campo se empezaban a dejar oír. Se irguió y respiró profundamente, pero el tableteo de un arma y el silbido de sus balas lo hizo agacharse más que de prisa y recordarle dónde estaba y qué andaba haciendo: buscar al enemigo y derrotarlo, por la defensa de la libertad y las democracias, pilares sagrados que fundamentan el mundo libre, blanco, cristiano y occidental... él, con su piel más de chocolate que de leche, sin recordar más de cuatro de los mandamientos de la ley de Dios, y de su occidentalidad, sólo pensaba lo que había escuchado de aquel chino típicamente amarillo y ojirrazgado: "...El verdadero Oriente se encuentra al oriente de mi país; exactamente al otro lado del mundo, y es una tierra extraña y exótica, cargada de misterios a cual más indescifrable...".

Pero ahí estaba, y para colmo, en medio de una batalla que no podría ganar. Se lo habían explicado poco antes del descenso en paracaídas. Su deber era distraer al enemigo, hacerle creer que ahí se iba a desarrollar la batalla decisiva, mientras el verdadero ejército se dirigía a los verdaderos objetivos para ganar la verdadera guerra.

No estaba de acuerdo, no sentía tener madera de héroe y mucho menos en calidad de mártir, es más, ni siquiera sentía una especial aversión por los tales comunistas. Hacía un rato que no escuchaba disparos, vio unos árboles no muy lejos y se dirigió hacia ellos con grandes precauciones, buscando cobijo y tiempo para redondear una idea que le andaba centelleando en la meninge; porque soltarle un tiro así como así a un desconocido como que no era muy... por más comunista que fuera, o peor todavía que se lo tronaran nada más por andar de... Se sentó recargándose en un tronco que olía a brea y diciéndose que sí y luego que no, concluyó que tal vez era factible. Volvió a considerar todo el asunto y decidió que sí, que antes de matar a alguien o que lo mataran se haría pasar por muerto o herido, hasta que el enemigo lo capturara y pasaría el resto del conflicto en calidad de prisionero de guerra.

Se tendió en el suelo y recomido la posición hasta encontrar la más cómoda, estudió el ángulo y la posible trayectoria del proyectil muchas veces, hasta quedar totalmente satisfecho, luego, haciendo acopio de valor y decisión, quitó el seguro y jaló del gatillo. La bala salió unos centímetros más a la izquierda, fue más bien un rozón, un tiro a sedal que no causó mayores daños, si bien el dolor rebasó con mucho sus estimaciones más pesimistas. Poco a poco fue bajando el ardor y dejó de retorcerse, tiró el arma a un lado y se tendió en el lugar escogido con un brazo sobre la frente, lo que le permitiría detectar la llegada del enemigo salvador.

Se sentía un traidor abyecto, un desertor que abandona a sus compañeros en peligro, pero ante la alternativa de matar o morir... ni madre, sería traidor, desertor o lo que fuera necesario. Casi se había dormido cuando escuchó el primer sonido ajeno al campo, pasos sigilosos, abrió los ojos pero no vio nada. Volvió a escuchar ruidos, esta vez más cerca, pero desde atrás, desde sus propias líneas, o sea que da alguna manera, contra todos los pronósticos, las fuerzas de la libertad avanzaban. Retiró un poco el brazo y giró la cabeza para ver mejor... pero interrumpió a la mitad el movimiento, readoptó la posición original y decidiendo que de ninguna manera se reincorporaría a sus propias fuerzas, cerró los ojos otra vez.


II

"...Ése se movió... me cái que sí...", se dijo el recién llegado, atisbando por entre el ramaje... "Pá'su madre... si es de los míos", profirió con voz muy baja y acercándose hasta quedar casi encima del "muerto"... "Qué se va a mover, con tamaño agujero... nadie queda bien con un... aunque, viéndolo bien... parece que respira... pobre güey, se va a morir de a poquito en poquito y yo sin poder ayudarle en nada... si no anduviera desertando... pero, no lo puedo dejar así como así, le tengo que hacer aunque sea el último favor...".

Y lamentándose por la suerte del caído, apuntó a la cabeza y le dejó ir un tiro cuyo eco repercutió largamente por las laderas vecinas...


       

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