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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 81
1 de noviembre
de 1999
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La razón oscura (o Breviario de una noche en cualquier ciudad)

Silvia Veloso

Planea sobre la noche la sombra reluciente de una mentira
extendiendo sus garras sobre la ciudad entera que cree.
Se ríe, se ríe, se ríe
...

Sé de un lugar en el que doce comensales sentados a la mesa
celebran entre flores secas
con pan manchado en sangre y
carne cortada a destajo de un verbo inconjugable,
el nuevo nombre de dios.
Al señalar las palmas de sus manos
los huesos me temblaron repitiendo una oración inacabada que rondaba por
     [los huertos.
La cena había sido pesada y ante milagros demasiado escasos
vulgares labios clamaron más sangre por su dinero.
Después, aplaudiendo la inmolación presentida como la muerte del toro,
abandonamos todos y convinimos un lugar para encontrarnos al final de la
     [noche,
cuando sus alas desplegadas se cerraran sobre la ciudad entera que cree y
nuestros fieles hermanos pudieran por fin coronarnos con laureles a las
     [mismas puertas del imperio.
Pero de los cielos pronto olvidamos todo y ante la espada,
nuestra virtud arrugada acabó bien triturada en los camiones de basura,
donde nadie jamás volverá a encontrarla.
Huir.
...

Fue entonces cuando perdí un par de pasos martillando el asfalto como una
     [maldición
que volaba desquiciada buscando golpearme por la espalda.
Y comprendí.
Debo cubrirme.
Me he traicionado.
Dios, ¿por qué me he abandonado?

Al final de la calle, la jaula de los locos se ha llenado de lobos
     [hambrientos que en los débiles corderos no encuentran resistencia.
Entonces, la sangre fluye y de sus fauces resbala el miedo de los inocentes
     [incapaces de luchar.
Huir o bañarse hasta ahogarse son las contraseñas.
Sonrisas de perversa piedad bajo los sombreros
hacen sus apuestas en las esquinas.
Disponen del tiempo sin saber de cuánto tiempo disponen
y por eso a veces, ruedan sus cabezas que
acaban como pelotas viejas dando vueltas por las calles desiertas
a merced de las patadas de los niños desarrapados y
de los desalmados con olor a perfume caro que sueltan a sus perros para
que se diviertan desollándoles los ojos tiernos.
Después no queda nada, apenas una pelada calavera que recogen las
     [hechiceras para condimentar brebajes.
También se escucha música de noche:
los ciegos cimbrean la cintura y
con sus varillas blancas se destrozan las piernas sin que nadie acierte a
     [saber quién golpea a quién.
Ese era el juego.
Tres mujeres entran en el baile de disfraces: una es buena, otra mala y la
     [tercera es amiga de las dos.

Y yo, mientras corría tras los pasos traidores que escaparon a mis suelas,
adopté la palabra e hice míos los pecados olvidados en las aceras de la
     [noche y
la culpa y la misericordia me convirtieron en un santo.
Jugué mis cartas y tendí mis redes sobre una pesca fácil
hipnotizada por los reflejos de demasiada luz y,
sobre las aguas de la ciudad entera que cree, hice camino vendiendo en
     [cómodos plazos más cielo del que se ve arriba.
Bastó un segundo y mi nombre y ante mí se abrió un imperio sobre la miseria
     [acumulada de mucha fe derramada sobre el improvisado altar.
"Sobre tí construiré mi iglesia",
me gritó el crucificado mientras me mostraba sus manos límpias de dolor,
"guardarás todas las llaves si hoy sales de aquí".
Tenía poco tiempo pero mi piadosa sonrisa aprendió a escupir sacrílegos
     [consuelos;
se abrió tan amplia que llegué a llorar diamantes muy puros para adornar
     [con ellos mis mejillas y vestir alrededor la grandeza de mi gloria.
Después, uno a uno los robaron los infieles para
regalarle anillos a sus prostitutas,
las mismas que piden en bandeja la cabeza de sus enemigos
cuando en las tardes calurosas se aburren demasiado.

De madrugada, el más hábil de los desaparrados niños
debió cazar mis pasos,
descubrió mi guarida y
sin pudor pidió por ellos mi disfraz, mi gloria y veintinueve monedas que
     [alguien puso en mi bolsillo.
Dejé el altar y la bolsa,
entregué mitra, báculo y el último diamante salvado a la lujuria del
     [infiel.
Calcé bien los pasos a mis suelas y huí a la carrera negando siete veces
     [siete mi nuevo nombre mientras
mi relevo, acompañado por el canto de los gallos,
lavaba sus manos ante la ciudad entera que cree.
Sus colmillos crecieron y bajo sus pies de madera todavía acerté a ver los
     [primeros charcos de culpas sin dueño y pecados amasados,
cuidadosamente preparados para los rezagados ángeles de la última noche.
Así, bien provistos de razones, el usurpador los enviaba por turno riguroso
     [a pastar por los infiernos.
...

La razón oscura es ver por los ojos de otro,
cortarse las alas y renunciar a volar.
Echar raíces en la tierra e intuir
entre la niebla quién es dios y quién diablo.
El mal está en la sangre caliente y seductora y
el arte en eludir las estocadas que detrás de cada esquina pueden acechar
     [el paso.
El secreto es saber que hay una salida y una fórmula aprendida para
     [esquivar las faltas graves.

Todavía quedan en las calles algunas blancas calaveras por cuyos
últimos despojos luchan a muerte las hechiceras y los perros.
Cuando apunta sobre el horizonte la cabeza pelada del sol,
llega el tiempo de volver con mis hermanos,
borrar el surco de mis pecados,
colgar el disfraz y
retomar mi nombre.
Casi sin aliento,
a la hora convenida,
giro la llave en la puerta señalada;
apostado en el quicio de la noche,
un hombre más viejo que la mentira más vieja de la humanidad,
me escupe sin compasión la última trampa:
"de las tres mujeres que entraron en el baile de disfraces, dime hijo,
¿cuál de ellas se lleva la peor parte?".


       

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